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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Lunes, 28 de septiembre de 2020

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Obras de: Javier Vela

Ofelia y otras lunas (2012)

XIX Premio de Poesía Ciudad de Córdoba «Ricardo Molina»

Madrid, Hiperión, 2012

 

Joaquín Pérez Azaústre, en su blog


Javier Vela nos abre el vuelo subterráneo de Ofelia y otras lunas, su último poemario, que va a ser publicado en Hiperión tras haber ganado, ayer, el Premio Ricardo Molina. Largo poema único, con esa expresión íntima de la reflexión existencial y también el tornado -Gimferrer, Tornado- de su propia espiral de fuerza musical, de empeño en expresar su ritmo sostenido, esa celebración de la vida cortada por matices que son la contención de un torrente verbal. Desde sus primeros libros de poemas -pienso ahora en La hora del crepúsculo, pero también en Tiempo adentro o en Imaginario-, muchos encontramos en Javier la predisposición al canto, en ese pulso rítimo y sonoro que no elude los riesgos de la voz y se expresa en poemas nacidos para ser recitados sobre un escenario, con esa contundencia de su timbre, lleno de gravedad percusionista. Sin embargo, se combina en Javier Vela, a través del viaje de sus libros, un cerco intelectual a su propia dicción, una decisión firme y consciente de moldear el meandro de sí mismo, de dotar a su voz, con su frescura, y con ese descaro manifiesto, también de un molde propio, la intencionalidad que se encuentra al azar en ocasiones, pero, al mismo tiempo, confía en no dejar nada a la conciencia del azar.
Poesía con intención, con una vocación por ser lo que primero se ha pensado, pero con puerta abierta a la emoción que tiembla y nos conmueve. Javier Vela ganó el Premio Adonais y el Loewe a la Joven Creación, entre otros muchos galardones. Ahora, con este Premio Ricardo Molina, concedido en Córdoba, ciudad con que le unen tantas y tan puras imágenes biográficas, un poco a lo Antonio Colinas en su novela Un año en el sur, asistimos a la confirmación de lo que ya supimos antes, mucho antes, en Tiempo adentro y en Imaginario: la llegada firme de un poeta que sigue siendo joven sin ser un poeta joven, algo que, seguramente, Javier no haya sido todavía.
En época de poéticas con voluntad minúscula, Javier Vela regresa con un poema largo, con ese largo aliento que es un largo adiós a la comodidad de la ambición escasa: Ofelia y otras lunas no es sólo un poema largo, sino también un canto que ha nacido como el reto tornado en realidad, tras exigir de nuevo a la poesía todo lo que cabe esperar de ella.

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Imaginario (2009)

Premio Loewe de Poesía de Joven Creación, 2008

Madrid, Visor, 2009

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Tiempo adentro (2006)

Barcelona, El Acantilado, 2006

Si alguna vez le vierais decidle que le extraño, / decidle que le aguardo al fondo de mis ojos, / que sólo para él he alzado con mis manos / un púlpito con vistas al océano, / y que le espero allí, / asomado al olvido, / asido a mis recuerdos como un náufrago / a un trozo de madera, / torpemente.


Gabriel Insaust, en Poesía Digital

Uno no sabe qué hacer con algunos libros: adivina en ellos un buen poeta pero se le antoja que en esta ocasión no ha dado el do de pecho, y la perplejidad se torna compromiso cuando se le pide que los reseñe. Tiempo adentro es uno de estos libros.

Como ya había dejado entrever con La hora del crepúsculo, el tiempo parece el tema central de la breve pero intensa y bien nutrida trayectoria de Vela: esa materia huidiza de la que está tejida nuestra existencia, que en aquel título premiado con el Adonais se seguía jornada a jornada y aquí se esboza en un trazo más dilatado. Y no es casual que el libro vaya precedido de una cita de san Agustín: descubridor de la disparidad entre tiempo vivencial y tiempo cósmico y de la inefabilidad de esa inaprensible dimensión (“si no me preguntan, lo sé; si me preguntan, no lo sé”), el sabio de Hipona da pie a la tripartición que estructura el libro con la siguiente declaración: “Éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación)”.

La primera de estas tres partes, “La edad de las palabras”, es una tentativa de regreso a la infancia a través de la memoria, que el primer poema define de este modo: Algo que nos amansa: un presentir acaso / de manos conocidas que nos acariciaran, / de labios que, muy tibios, apenas entreabiertos, / nombraran nuestros cuerpos hasta amarlos. Y, como en otros momentos de la poesía de Vela, luchan aquí circularidad y linealidad, en una travesía imposible con el único morral de los recuerdos, que nos devuelven a la mitología romántica y rousseaniana del niño. Parto en busca del niño sin edad conocida/ como parten las aves en busca del verano, dice “Búsqueda”. Vivir es regresar; habitar el tiempo es buscar su sentido más allá -o más acá- del propio tiempo.

La segunda parte, “Memoria del silencio”, tiene como tema el deseo y el encuentro amoroso como expresión de un puro presente donde cuerpos como montañas se funden, se golpean, donde los amantes se funden en un solo ser, un estremecimiento, un espasmo telúrico, y es posible llegar al éxtasis de la carne, amaneciendo: una traducción carnal de la vía unitiva de los místicos en que así fue que existimos, apenas un instante, fuera de la tensión de la memoria y la expectativa. La mejor muestra de esa abolición de la temporalidad por obra del erotismo se encuentra en “Gozo”: 

Y esta dicha por qué, de dónde emergen
estas ansias eterna de abrazarte,
de haber estado siempre en esta hora
y estarlo en adelante, fuera del tiempo ya.

Hay un escalofrío que florece en la médula
y desciende muy lento por la espalda
como un dedo de dios o del silencio.

Pero de dónde tú. Por qué esa dicha.

El último tercio del libro, que es el que le da nombre, sigue la tripartición agustiniana y expresa precisamente la anticipación del futuro más cierto, es decir, la muerte, con un tono que huye de la escatología y se queda en la meditación funeraria, casi en un ignaciano ejercicio espiritual en la penumbra. Véase “Miedo”, por ejemplo:

Hoy se ha ido la luz, y he puesto velas.

He dado a cada pábilo su llama
como un ave que diera de comer a sus crías,
y luego me he sentado a contemplarlas
(se han apagado días, tal vez meses).

Cuando ha vuelto la luz estaba yo pensando
dónde me esconderé, qué umbría soledad
cuando la luz se vaya
    y no regrese,
y ya no queden velas, ni un cuerpo al que aferrarse.

   
En suma, Javier Vela vuelve a rondar temas del universo que ya había delimitado en entregas anteriores y vuelve a demostrar que tiene bien aprendida la lección métrica y retórica, así como el imperativo de la claridad, la limpieza de las imágenes y el magisterio de algunos poetas de los ochenta, junto con referencias algo más postergadas en las dos últimas décadas pero que estos primeros años del siglo XXI han restituido, como Antonio Colinas y Claudio Rodríguez. El problema, a mi juicio, es triple. Primero, que no acabo de ver la razón de esta reincidencia: algunos poemas hacen pensar que Tiempo adentro reúne retales de La hora de crepúsculo -incluso hay un poema que lleva este título- a los que se han añadido composiciones más recientes. Segundo, que este dominio técnico, esta maniera, no queda exenta de algunos defectos ocasionales que empañan el buen hacer el poeta y le restan naturalidad: el anástrofe forzado sin necesidad métrica (Eran lentas las horas como sábanas), la expresión rara o desusada (noches que se advienen), el poeticismo (Así que nos fundíamos, largos ríos de lava), la dicción suntuosa (el dorso túrgido) e incluso la agramaticalidad (Es luego que los cuerpos se amalgaman). Y tercero, que algunos de estos tópicos -la mitologización de la infancia y la sacralización del erotismo, sobre todo- han sido tan transitados por la tradición moderna -desde Wordsworth hasta Eloy Sánchez Rosillo pasando por Cernuda, por ejemplo- que sólo resultan ya creíbles si se recrean de un modo nuevo, propio. A estas alturas, hablar de mi deseo/ como un acto de fe desesperada puede resultar sonrojante, hiperbólico, inverosímil. No digamos nada si esa sacralización del amor se eleva a “Cosmogonía”, como reza el título de un poema: Pero cómo tus labios se infundieron de sangre, / cómo naciste tú, mujer, mundo, universo, / único dios que creo y que conozco / más allá de los símbolos, y existes.

Estos tres inconvenientes se resumen en uno solo: Tiempo adentro se me antoja demasiado “literario”; en él se advierte con demasiada nitidez la voluntad de hacer un poema tras otro y, por fin, un libro, como quien ha dado con una fórmula y se dispone a explotarla hasta la saciedad. Dicho sea esto desde la más sana y declarada envidia: ya me gustaría a mí escribir así de bien y haberlo hecho con tanta precocidad. Quizá aquí Vela participa de una calculada fecundidad que se ha reprochado a algunos poetas de última hornada, como Javier Cano, José Antonio Gómez Coronado, Carlos Vaquerizo, Jesús Beades o Javier Cánaves, que tienen en común un origen mayoritariamente meridional, una cronología parecida (hijos de la Transición, han comenzado a publicar en los primeros años de este siglo), una corrección que bebe de fuentes parecidas (con un mayor coloquialismo y una mayor presencia de la cultura pop en casos como Cánaves) y una trayectoria que con frecuencia pasa por el Adonais y la Fundación Gala. Claro que ese reproche es en sí injusto (¿acaso la brillantez y el trabajo constituyen un demérito?), pero no lo es tanto cuando el libro se adivina inferior a la capacidad del poeta, que tal vez podría haberse demorado un poco. En fin, les dejo con uno de los poemas que me parecen más logrados. Y a ver qué pongo en la reseña.

HUELLAS

Si alguna vez le vierais decidle que le busco,
que he surcado desnudo lentos mares de azogue
redivivo, decidle
   que regresé de los médanos,
y que hallé nuestras huellas hundidas en la arena.

Me encuentro con su ausencia donde quiera que vaya.
Perviven aún el patio,
     las hormigas
la acritud de las piedras, el tacto de las algas
al roce con un cuerpo pubescente (...)

Si alguna vez le vierais decidle que le extraño,
decidle que le aguardo al fondo de mis ojos,
que sólo para él he alzado con mis manos
un púlpito con vistas al océano,
y que le espero allí,
   asomado al olvido,
asido a mis recuerdos como un náufrago
a un trozo de madera, torpemente.


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Increado, el mundo (2005)

XXIII Premio de Poesía Ciudad de Badajoz

Editorial Algaida, Sevilla, 2005.

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La hora del crepúsculo (2004)

Premio Adonais, 2003

Madrid, Rialp, 2004

 

Este poemario, Premio Adonais 2003, cautivó al jurado por el gran dominio formal, el excelente ritmo y la visión integradora que ofrece de la naturaleza. Dividido en tres partes bien estructuradas, la primera -"Nocturno"- presenta ya desde el primer poema el marco que la sostiene: la noche, lugar que escoge el poeta para escribir y en el que encuentra el éxtasis y el silencio; la segunda -"Crepúsculo"- manifiesta el clímax del libro. Fundamentalmente, los poemas aquí incluidos están concebidos en una atmósfera de irrealidad. La tercera parte -"Vigilia"- reafirma el marco de ensoñación. El tema de la otredad cobra aquí especial fuerza; sobre todo en sus últimas composiciones.

En una tradición que comprende desde Pedro Salinas hasta Claudio Rodríguez -más velado-, desde poetas neorrománticos hasta neosimbolistas, Javier Vela no distrae su poesía de la feliz estirpe de autores con los que gusta emparentarse. Todos ellos no oscurecen su voz personal sino que la forjan como la de un poeta maduro, reflexivo, en la línea de la poesía más elaborada y excelente de este nuevo siglo.

 

José Luis García Martín (El Cultural, 18/03/2004)


Después de más de medio siglo, sigue empeñado el premio Adonais en descubrir nuevos poetas. Aunque hace tiempo que la fortuna no parece acompañarles en exceso, se trata de un benemérito empeño que honra a sus organizadores.
Javier Vela (Madrid, 1981) es un autor que puede considerarse inédito, aunque el año pasado publicara su primer libro, Aún es tarde, que apenas recibió atención, como suele ocurrir en los primeros libros de no mediar factores extraliterarios.
Dos veces se cita en La hora del crepúsculo a Antonio Colinas. Aunque también se cita a otros muchos autores, en nómina juvenil y heterogénea (Faulkner, Claudio Rodríguez, Platón, Machado, Huidobro, Salinas...), tal hecho me parece significativo. En un aspecto de la poética de Colinas parece encontrar Javier Vela su punto de partida: el neorromanticismo simbolista y trascendido que manifiestan libros como Preludios a una noche total y Noche más allá de la noche. De hecho, una de las dos aludidas citas de Colinas es implícita y alude al título de este último libro. El poema “Signos”, que le está dedicado, termina con los siguientes versos: “Qué solución entonces, qué delirio/de luz he de soñar/para que adopte al fin su verdadera forma/y trascienda la noche más allá de la noche”.
“Nocturno” se titula la primera parte de La hora del crepúsculo. La noche de la que hablan estos poemas no es la noche urbana que encontramos en tantos autores de los 80. Es la noche de la poesía romántica, con su cielo estrellado y sus anhelos infinitos.
Los versos iniciales dan muy bien el tono del libro, su empaque retórico, el ritmo cuidado y tradicional, la apuesta por la trascendencia: “La oscuridad se cierne sobre mí/como una enorme piedra sepulcral,/una piedra remota y primigenia/que entre su piel conserva los signos de la aurora/y oculta tras de sí toda la luz del mundo”.
Le cuesta al autor mantener ese tono. Lo consigue en los mejores poemas, que hablan de sueños y de vagas emociones sin nombre, pero otras veces resulta demasiado evidente el empeño por parecer siempre sublime. Los poemas menos conseguidos son aquellos en los que se trasparenta en exceso lo que tienen de ejercicio. Es el caso de “Ciclo”, ensayo de poema circular a la manera de Borges. El poema comienza con el verso “Y siempre se repite el mismo sueño”, y termina con “una voz que recita sus poemas/al fondo de la escena,/al otro lado/ del cuadro,/ un verso blanco de once sílabas: Y siempre se repite el mismo sueño...” La referencia al “verso blanco de once sílabas” parece puro relleno (y un verso aislado no es un verso “blanco”, esto es, sin rima: tal calificativo ha de ser aplicado en plural). La segunda parte del libro, “Crepúsculo”, reúne poemas de temática amorosa. Hay pasajes ciertamente acertados, que acreditan a un poeta. Pero rara vez el poeta es capaz de sostener la dicción a lo largo de todo el texto y no deja de recurrir al tópico y al solemne y un tanto vacuo trascendentalismo.
En “Vigilia”, última parte del libro, continúan los poemas de amor y el simbolismo que se quiere dar al conjunto, según indica la referencia a Platón: “Una vez llegado a la luz, tendría los ojos tan llenos de ella que no sería capaz de ver ni una sola de las cosas a las que ahora llamamos verdaderas”. La hora del crepúsculo revela a un poeta esforzado, todavía no por entero dueño de su mundo ni de su oficio según suele ser habitual en las primeras entregas salvo en alguna excepción memorable. Un riesgo: ahuecar demasiado la voz, querer ser sublime sin interrupción. Un mérito: la ambición, la aspiración al más depurado lirismo.

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Aún es tarde (2003)

Cádiz, Diputación, 2003

Si la poesía romántica busca la noche a modo de refugio donde acunar los versos, Javier Vela arranca su trayectoria literaria en Aún es tarde en busca de la luz, una luz física que nos deje ver la realidad con la claridad suficiente como para poder interpretarla y una luz psíquica capaz de formular un antídoto eficaz contra el tiempo y la muerte. La vida es una tregua que el tiempo nos concede para ajustar las cuentas con nosotros mismos, es un sol de bostezos que anuncia la aurora, es un fuego de olvido que rescata la memoria, es un silencio de gritos que arrancan la palabra.

Javier Vela es consciente de que la existencia es el camino que el ser humano traza hasta su destino final, pero sabe a ciencia cierta que la vida hay que vivirla con la intensidad propia del que quiere llevarse el mundo por delante, pues uno soporta sobre sus hombros el doble peso de una jornada: el peso de la vida y el peso de la muerte, el destello fugaz del día y la sombra esquiva de la noche, el amor y su ausencia, el mar y la memoria, el alcohol y la conciencia.

La poesía de Aún es tarde está llena de luces y de sombras, de tiempo y de playas donde una ola sacude la arena del recuerdo que, mojada, se refugia en el olvido. Dos olas bañan sus letras: La memoria del olvido refleja la fugacidad del placer y la eternidad de su condena y Memoria de las horas se concentra en el poder evocador del verso y del presente como una forma sutil de vencer nuestros miedos, en un pasado que retorna a la infancia como hojas de otoño esparcidas por el viento, como inocencia caída de las vírgenes ramas de la conciencia y en un amor que se sugiere más que se hace evidente y como fantasma va poblando las sábanas blancas de sus páginas. (Alejandro Pérez Guillén)

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