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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Miércoles, 5 de agosto de 2020

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Mirón (Narrativas, 2014)

Este relato apareció publicado por vez primera en el nº 33 de la revista narrativas (Abril‒Junio 2014)

Desde luego que nadie tenía por qué decirle nada, comentarle los cambios, participarle las modificaciones, pedirle opinión sobre las obras, ayuda en las eternas mudanzas o las agridulces marchas, ni siquiera avisarle de las francas idas y venidas de embriagados e intempestivos personajes más que numerosos cada fin de semana, siempre a altas horas de la noche, que abandonaban tras una de las múltiples y variadas fiestas del propietario de turno el lujoso y exclusivo edificio de apartamentos que él, Ramón, en calidad de portero, llevaba adecentando y controlando, atento a los desperfectos y los fallos, por mínimos o molestos que fueran, desde que era poco más que un mero aprendiz, hacía ya de eso, tirando por lo alto, cerca de treinta años.
Desde luego que nadie tenía por qué decirle nada: se había acostumbrado al trato exquisito pero distante, condescendiente, que los antiguos inquilinos de aquel aristocrático lugar le solían dispensar; familias que con el tiempo fueron perdiendo la dignidad, la influencia, la posición, la suerte y el dinero, aunque no siempre en este estricto orden, hasta que sólo unos pocos miembros ilustres por su capacidad de adaptación y supervivencia quedaron en el majestuoso edificio, resistiendo los embates del tiempo y su propia decadencia.
Y el señor Márquez, descendiente afortunado y terminal de uno de aquellos clanes que manejaron empresas y destinos con la indiferencia y el descaro que proporcionan la impunidad y los contactos, era uno de ellos. Hombre ya cuarentón, pero todavía menor que el propio Ramón, el señor Márquez continuaba soltero y despreocupado, malgastando lo que le quedara de herencia y vida, que todo el mundo presumía en cantidad amplia, al menos la primera, en lujos y festejos. El señor Márquez vivía en un amplio piso, que ocupaba toda la tercera planta, y jamás había tenido una mala palabra o un mal gesto para con el portero; aunque tampoco ningún detalle. Sin embargo, ojalá todos los futuros huéspedes del edificio fuesen como él. Y hasta alguno de los presentes, añadiría siempre Ramón, exagerando aún más las diferencias de estilo y clase que separaban a dicho señor del resto de propietarios.
Por eso, sin quererlo pero tampoco pudiendo evitarlo, Ramón se sintió un poco dolido cuando al comienzo del verano, y como por otra parte venía siendo habitual, el señor Márquez partió de viaje, dejándolos a ambos un poco huérfanos, a él y al edificio; y en su lugar, sin previo aviso, y esto sí que fue lo peor, el ninguneo nacido del desinterés, una pareja amiga del dueño legítimo del piso apareció con las llaves del apartamento, blandiéndolas como salvoconducto y justificación ante la sorprendida jeta del portero, quien sólo pudo excusar tímidamente sus preguntas indiscretas y su recelo profesional con la débil disculpa del desconocimiento del préstamo y los extraños beneficiarios del mismo. (...)


Texto íntegro en nº 33 revista narrativas
http://www.revistanarrativas.com/ 

Género al que pertenece la obra: Narrativa,Literatura digital
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