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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Sábado, 31 de octubre de 2020

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El bicho que no arrasó el calor

Martín, propietario de una tienda de souvenirs en Sevilla, intenta recuperarse tras la pandemia, aunque sus esperanzas no se ven refrendadas con los hechos, puesto todo se presenta como un gran caos económico que no sabe cómo podrá afrontar.

Martín no se habituaba a la estampa. Cada vez que cruzaba la plaza del Triunfo se sorprendía de no encontrar un guiri en la Puerta del León. ¿Dónde se han metido estos? Se preguntaba con la resignación del que conoce todas y cada una de las respuestas y ninguna le va a gusta.
Su caminar había perdido vigor, ya no necesitaba apresurarse para abrir su tienda de souvenirs en la calle Miquel Maraña. Un pequeño local que le había costado dios y ayuda levantar, y en el que había puesto todos sus ahorros, su vida, sus esperanzas y su futuro. Un medio de vida que ahora se había convertido en su maldición, porque subir la persiana cada día le costaba un dinero que no tenía y casi prefería volver al Estado de Alarma, para poder asegurarse las ayudas del gobierno.
El bicho había arrasado con todo, al menos con el medio de vida que Martín conocía y el que tantos momentos de seguridad y placer le había regalado, gracias a las cantidades ingentes de turistas que año tras año acudían a Sevilla. ¿Dónde se han metido estos? Se seguía preguntando a modo de mantra.
Martín tiene 45 años muy bien llevados... hasta hace muy poco. En cuatro meses ha envejecido un lustro y ha cambiado el rictus de una cara amable y risueña. Ahora parece un cincuentón que arrastra los pies, como si no pudiese soportar el peso que el mundo le ha tirado sobre las espaldas. El bicho le ha sacudido la vida, como una tempestad juega con un velero en medio del océano.
¿Dónde están estos? ¿Cuándo van a volver? Se pregunta cíclicamente, mientras descuenta los pasos hasta una tienda que ha dejado de ser ese oasis de prosperidad, para volverse una cárcel en la que se ha detenido el tiempo. Ni siquiera las palabras de María, su segunda esposa, le sirven de ánimo: "Ya volverán. Y venderás todas las camisetas de recuerdo que ahora no salen. Seguro que eres capaz de colocar esas tan feas que tienes, las de los toros bailando sevillanas", le dice para intentarle levantarle el ánimo.
Todo lo le iba de maravilla, o casi. Ya había conseguido asentarse con María, después de que tuviese un tumultuoso divorcio con Piedad. Ahora, incluso, ambos habían tendido puentes y habían llegado a un nuevo concierto en el que sus dos hijos eran el pilar de la relación. No había que ponerle demasiados peros al asunto, incluso el Sevilla FC, su equipo, se perfilaba como nuevo referente en Europa, en una competición que también estaba marcada por el bicho. Ver un estadio sin público era algo a lo que no se podía acostumbrar, como tampoco se resignaba a ver la Puerta de Jerez sin grupos de guiris persiguiendo paraguas.
Metió la llave en la cerradura del número 5 y la persiana se elevó poco a poco. -Esto sí que fue una buena inversión, se dijo, al tiempo que recordaba cuando encargó la persiana con motor elevador.- Con el paso franco, quitó los cerrojos de la puerta acristalada y dio por inaugurada la jornada de trabajo. Un día más a la espera de sábado, ya ni siquiera podía pensar en abrir los fines de semana y mucho menos en seguir manteniendo a Clara, la dependienta que desde hace un año le acompaña en el quehacer diario y que le liberaba en la mayoría de los fines de semana, la menos el tiempo suficiente para acudir al Sánchez Pizjuán cada 15 días.
La tienda estaba en perfecto estado de revista. Buena culpa de ello tenía que las ventas apenas superaban los 15 euros diarios y desde que se levantó el Estado de Alarma no había entrado por la puerta un pedido.
Todo mejorará con el calor, verás como se carga al bicho, le comentaba cada día Tomás, dueño de la cafetería Águila, parada imprescindible para desayunar antes de abrir. Martín quería pensar que Tomás tenía una bola mágica en la que podía ver el futuro o que había adivinado qué ocurriría leyendo los posos de alguna taza de café de uno de sus pocos clientes.
El Águila tampoco vivía su mejor momento, aunque resistía. Muchos establecimientos del centro de Sevilla habían colgado el cartel del cerrojazo, como le gustaba decir a Tomás. Hoy, la cervecería de Julián, en la calle Cuna. Esto no hay quien lo soporte, reconocía el hostelero, que centraba todas sus esperanzas en que la canícula sevillana arrasase con el bicho, de la misma forma que a él le quitaba las ganas de vivir cuando a las cuatro de la tarde echaba la persiana para descansar hasta la noche. Ya no había razón de tener todo el día abierto, ya no había incautos por la calle, con la cámara en ristre, que buscasen un lugar para refugiarse del fuego hispalense.
Mientras Martín ojeaba la edición impresa de ABC de Sevilla y recordaba que tenía que anularla -no hay razón para tanto gasto, se decía- una figura conocida entró en su establecimiento: Julia, la guía turística que trabajaba como agente libre por las calles del centro, ofreciendo sus servicios a distintas agencias oficiales del ramo.
Julia es en realidad Candece Frosty, una guiri que aterrizó un verano en Sevilla y que decidió cambiar de vida para dedicarse a su nueva pasión: Sevilla. En la ciudad encontró un entorno que en el frío Manchester no podría evocar, y se enamoró del embrujo que tiene el barrio de Santa Cruz cuando se cruza para ir a la Alameda a disfrutar de la noche.
Esta británica, reconvertida a guía turística, utilizó su formación como historiadora y su dominio de lenguas para dedicarse de lleno a pasear o Sevilla, y de paso cobrar por mostrársela a ciudadanos de todo el mundo. Aunque casi siempre buscaba norteamericanos, formales en el pago, generosos en la propina y poco exigentes con los datos históricos.
-Todavía no sé por qué te llamamos Julia.
- Ya sabes que fue Lolita Tinoco quien me lo puso, que la muy burra no era capaz de pronunciar mi nombre y a la tercera, me dijo: ya estoy hasta el coño, a partir de ahora te llamaré Julia, como a mi gata.
-Podrías haber protestado un poquillo, no. Argumentó Martín.
-¿Para qué? Las ocurrencias de Lola siempre acaban imponiéndose y a mí tampoco me disgustó el cambió, es como si fuese otra persona desde que me instalé en Sevilla.
La visita de Julia hay que incluirla en la agenda profesional de Martín. La guía, desde que se levantó el estado de alarma, tenía que ir buscando clientes por toda Sevilla, y las tiendas de souvenirs eran un buen sitio para encontrar grupos familiares dispuestos a pagar algo más por una atención personalizada.
-Nada de nada, ayer sólo se asomaron por aquí varios grupos de Madrid y unos gallegos. Poca cosa, como siempre, pero nada.
La visita de Julia duró lo imprescindible. La británica estaba a la caza y captura del sustento y no podía dilatar mucho la ronda por los comercios en los que solía obtener clientes. Y su caso no era de los peores, porque al menos podía dedicar buena parte de la jornada a dar clases de inglés a los alumnos más rezagados, aunque el aprobado general masivo que se había dado en la educación española había herido de muerte al sector de las academias de verano.
Martín se quedó sólo, de nuevo, con su ABC entre las manos y sin entender muy bien el titular de una información: Víctimas de familiares del Covid anuncian querellas contra el Gobierno por negligencia.
El titular arrancó una medio sonrisa socarrona a Martín. Mitad de tristeza y mitad de acidez. Si quieren justicia, probablemente tendrán que ir a buscarla a Argentina o Luxemburgo, porque aquí se tapa todo, siempre se tapa todo, sobre todo cuando gobiernan los mismos.

Género al que pertenece la obra: Periodismo literario
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