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Con la elaboración del catálogo de los fondos antiguos que el Colegio Mayor Universitario Ximénez de Cisneros alberga en sus instalaciones, culmina una tarea pendiente desde hace más de medio siglo. Se han sucedido muchos directores desde los años cuarenta, pero sólo la exquisita sensibilidad y el respeto del bien público de José Luis González Llavona, su actual Director, han permitido llevarla a cabo. Gracias a su voluntad y empeño, al tiempo que a su visión de futuro, se ofrece ahora a los investigadores y al conjunto de la comunidad científica la visibilidad de ese legado histórico. Con ello se da una respuesta a ese tan largo e inexplicable silencio y se abre un tiempo nuevo para conocer mejor la antigua biblioteca de la Residencia de Estudiantes de la que el Colegio Mayor fue en su día -y sigue siendo hoy- el heredero directo.

 

En efecto, dos de los Colegios Mayores propios de la Universidad Complutense de Madrid, el Ximénez de Cisneros y el Santa Teresa de Jesús derivan de instituciones españolas emblemáticas: la Residencia de Estudiantes de 1910 y la Residencia de Señoritas, creada en 1915 a su imagen y semejanza con el mismo decreto que permitiera dar vida al grupo masculino. Dos instituciones puestas en marcha por la Junta para Ampliación de Estudios y por José Castillejo, secretario y alma de la misma desde su primer momento quien, de la mano de su maestro Giner de los Ríos, había recorrido Europa y Estados Unidos, estudiado sus diferentes sistemas universitarios, visitado las universidades de Oxford y Cambridge, sus conocidos colleges, y había vuelto con la idea de reproducir en Madrid ese ambiente cultural.

 

Por el éxito casi inmediato de la demanda y por el acierto de su política educativa, basada en la formación integral de la persona, muy rápidamente las dos Residencias se convierten en referentes obligados de todo proyecto educativo universitario. El programa se fue perfeccionando a lo largo de los años, pero desde el primer momento el deporte ocupa un lugar preferente, no sólo para la salud física y mental, sino como medio de crear vínculos fuertes, tal y como recoge la Memoria de la Junta de los años 1914 y 1915. Deportes, pero también excursiones al campo y a la Sierra, excursiones a lugares de interés cultural y artístico, clases de lenguas extranjeras, estancias largas de los residentes en París, Berlín o Londres, conferencias, seminarios... Tal vez las habitaciones de los centros no fueran lujosas, pero los residentes disponían de laboratorios y de una buena biblioteca.

 

Las bibliotecas de las dos Residencias se crearon inmediatamente y se convirtieron en el recinto preferido. Por aquel entonces, no existía en España una gran tradición de bibliotecas públicas. La Biblioteca Nacional y la biblioteca del Ateneo no eran muy accesibles, lo que tal vez favoreciera en su día la tradición de las tertulias en los cafés. Con tal de regresar lo más tarde posible a sus humildes y en ocasiones miserables casas de huéspedes, los estudiantes se entretendrían sin mirar  el reloj. Existieron también la biblioteca de la Institución Libre de Enseñanza y la del Internacional Institute for Girls in Spain, conocido como Instituto Internacional o Instituto Boston; pero nada comparable con las magníficas bibliotecas de los colleges ingleses que Dámaso Alonso evocó en su ensayo Mis bibliotecas. Por otra parte, en su recinto se celebraban las conferencias, los conciertos, las tertulias, las veladas poéticas, más tarde las sesiones de cine... Nada extraño que se convirtieran en el lugar más emblemático de las Residencias.

 

Las asignaciones económicas atribuidas por la Junta para las bibliotecas no eran enormes, pero los donativos de los propios estudiantes se hicieron frecuentes. También hubo muchas donaciones por parte de conferenciantes y escritores ilustres que venían a impartir sus lecciones y seminarios y no se marchaban sin antes firmar y dedicar sus obras a las Residencias. El sistema de la biblioteca intentaba reproducir el de las bibliotecas universitarias americanas, con personas entendidas para servir y orientar al lector. En el grupo de Señoritas, las residentes que colaboraban en sus tareas recibían una formación previa gracias a la colaboración con el Instituto Internacional. Y los libros que se compraban eran cuidadosamente seleccionados, siempre después de oír la opinión de personas especializadas, por lo que sus fondos bibliográficos fueron de gran calidad científica y artística.

 

Con la victoria nacional y la creación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en noviembre de 1939, se cerraron todas las instituciones regidas por la Junta y deudoras del espíritu institucionista. Exilio, depuraciones, profesores expedientados para ser separados de su cátedra o de su docencia, cambios de nombre de las instituciones para borrar las huellas de la aventura educativa que había comenzado en los albores de la Restauración... Y volvieron las iglesias; y volvieron los espíritus de las "esencias patrias". La Residencia de Señoritas se reinauguraba en marzo de 1940 con el nombre de Residencia Teresa de Cepeda, en sus mismas instalaciones de la calle Fortuny 53, con solemne misa y cóctel presididos por Doña Carmen Polo de Franco y al que asistieran José Ibáñez Martín, Ministro de Educación Nacional y Pilar Primo de Rivera. Por el decreto de 19 de febrero de 1942 se creaba el Colegio Mayor Santa Teresa de Jesús y seis meses después se decretaba oficialmente, por la Orden de 14 de agosto, que la Residencia femenina Teresa de Cepeda incorporada al Consejo Superior  pasaba a ser el Colegio Mayor Santa Teresa de Jesús creado con anterioridad y dependiente ya de la Universidad de Madrid. Idéntico y paralelo fue el proceso que sufrió la Residencia de Estudiantes, con la salvedad de su traslado a la ciudad universitaria casi inmediato, por estar previsto antes de la guerra civil. A la luz del proceso mismo que acabamos de desglosar, resulta patente que ambos colegios mayores no salieron de la nada.

 

Ciertamente, se sustituyeron los responsables de las instituciones; las capillas desplazaron en parte las bibliotecas. Un nuevo cargo se implantó: el de "asesor religioso" que se encargaría nada más llegar de expurgar los magníficos fondos bibliotecarios de aquellos libros considerados más "peligrosos" para las almas. La Orden de 14 de agosto de 1942 pretendía incluso relegar la educación cultural a un segundo plano, después de la educación religiosa y de la política, en función claro está de los principios del Movimiento Nacional. Se enarbolaban incluso modelos: por una parte el del Padre Poveda, fundador de la Institución Teresiana y gestor de una institución católica de Enseñanza, que pretendía ser la antítesis de la creada por Giner de los Ríos; por otra, el del Colegio Viejo de San Bartolomé de Salamanca que el jesuita Enrique Herrera Oria, presidente de la Junta Nacional de Acción Católica, invitaba a imitar. Dos colegios mayores que trabajaban para formar los espíritus en una verdadera pedagogía católica, genuinamente española. No obstante, y a pesar de todo, el peso de las estructuras se impuso. En nuestras instituciones se retomaron viejas iniciativas. Desde el punto de vista organizativo, los dos Colegios Mayores recogieron aspectos propios de las antiguas Residencias. En el Teresa de Jesús, la nueva directora, Matilde Marquina García, perteneciente a la Sección Femenina de Falange, nombrada en enero de 1940 buscó, nada más llegar, asesoramiento y ayuda en la persona de Eulalia Lapresta -¡la que fuera la mano derecha de María de Maeztu durante años!- atribuyéndole de nuevo sus antiguas funciones. Fue rehabilitando incluso otros miembros del personal: el médico auxiliar, una profesora, la cajera, la contable, la telefonista, la encargada de la limpieza.... Retomó contacto con el Instituto Internacional, lo que trajo de nuevo a Enriqueta Martín para ocuparse de la Biblioteca. Volvieron a darse clases prácticas como las de biblioteconomía, el ejercicio físico y los deportes; se retomaron las clases de Latín, Griego, Alemán y Francés. Y de nuevo los residentes fueron los que organizaban los deportes, formaban comisiones o sociedades, servían los libros de la biblioteca, recaudaban dinero para las excursiones y colaboraban en el funcionamiento de los dos Colegios Mayores, como antaño en las Residencias. Y como lo siguen haciendo hoy en nuestras instituciones laicas del siglo XXI.

 

Ése es nuestro signo distintivo, lo que nos liga de forma directa con las antiguas Residencias y lo que marca la profunda diferencia con cualquier otro Colegio Mayor, privado o público, de la Universidad Complutense o del territorio nacional. No existe en ningún otro centro español -salvo el Colegio Mayor César Carlos, exclusivamente reservado a opositores- esa peculiar práctica de ser regido, en sus aspectos docentes y culturales, por los propios estudiantes. Los otros tres Colegios Mayores propios de la Universidad Complutense, de creación posterior -el Antonio de Nebrija, el Diego de Covarrubias y el Santa María de Europa- copiaron, como es natural, el sistema organizativo del Colegio Mayor Ximénez de Cisneros y del Santa Teresa de Jesús que éstos habían adquirido respectivamente en 1910 y 1915, con la deslumbrante experiencia de las Residencias.

 

En los años veinte y treinta la Residencia de Estudiantes y la de Señoritas habían compartido las excursiones y la Sociedad de Cursos y Conferencias, además del modelo organizativo, ejemplar en su convivencia interna. A finales de los años cincuenta, los novios del Cisneros tenían de nuevo acceso a la cafetería del Teresa de Jesús de la calle Fortuny. Y en los años sesenta compartían como antaño obras de teatro y representaban obras prohibidas de Lorca y de Alberti, como recuerdan las antiguas residentes del Teresa. Algún día, también habrá que escribir la verdadera historia de los tiempos oscuros. Tal vez se descubra que, a pesar del franquismo y de su ideología fascista, los dos colegios mayores pioneros de la Universidad Complutense heredaron algo más que servicios y enseres; heredaron una estructura organizativa portadora de un enorme potencial educativo. ¿Cómo, si no, se habrían catalogado los fondos antiguos de la Residencia de Estudiantes? Este inmenso logro es el fruto de un trabajo benévolo durante tres largos años. Y debe subrayarse: el trabajo benévolo de un colectivo colegial y en definitiva del Colegio Mayor Ximénez de Cisneros, bien asesorado por la Biblioteca de la Universidad Complutense en la persona de la Dra. Aurora Miguel y magníficamente dirigido por José Luis González Llavona desde 2007.

Esta exposición, que reúne lo más destacado de estos fondos, es una oportunidad única para mostrar a nuestro entorno un tesoro más de los muchos que nuestra universidad alberga.

 

Anne-Marie Reboul
Ex-delegada del Rector para los Colegios Mayores
Directora del CMU Santa Teresa de Jesús

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