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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Jueves, 21 de marzo de 2019

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Artículos de: Muñoz Ramírez, Víctor

Siempre para otro

Tras contemplarla de la mano de aquel tipo alto, con pelo rapado al estilo militar, y de haber mesado su propia melena, deseó que la piel de tan raudo hombre fuese la suya. Su chica dejó de hablarle. Ella firmó la guerra con el restallido de una bofetada, que sonó como una salva de cañones, y él, antes de girar la cabeza por el golpe, vio un resplandor del pelo rojizo y leonino de ella, y cobardemente, cedió al asedio, y así pasaron dos días sin hablarse. Al tercero, sin apartarla de su pensamiento, tampoco secundó el final, y sólo hizo un hueco para la joven novia del soldado, cuya instantánea todavía bombardeaba su memoria mientras caminaba por un parque de Madrid al atardecer, cuando los edificios en el horizonte se asemejan a una gran mandíbula a punto de devorar la cúpula celeste.

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Mátese y viva para contarlo

Tom Porta iba a matarse.

 

Tom Porta iba a morir.

 

Tom Porta iba a verse morir.

 

Cuando salió de su casa y se despidió de su mujer no dejó de invadirle cierta preocupación, aunque todo fuera a mejorar tras su muerte.

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No hay magia en el cine (reseña sobre "Clarke's third law")

Es difícil saber qué le pasaba por la mente a Arthur Charles Clarke cuando formuló su famosa tercera ley en la que establece que «toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». No hace falta pensar en fenómenos paranormales; es una sentencia que bien puede referirse únicamente al mundo de los hombres. El nacimiento del cine fue percibido por algunas personas como un avance inexplicable. Tanto es así que sus creadores, los hermanos Lumière, no tuvieron en consideración todo su potencial y se limitaron a exhibirlo por las ferias como un monstruo de barraca, una verdadera anomalía. Y, no obstante, siempre nos queda la duda sobre si este asombro humano está sobrevalorado y Clarke se dirigía a esos seres exteriores que nos estudian a través de extraños monolitos.

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Un mundo para ella

La bóveda celeste era un muro de oscuridad resquebrajada por tenues luces errantes. El Hombre se dejó caer contra un árbol, exhausto, con el infinito en sus ojos. Respiraba con dificultad, el viento helado le quemaba la nariz y tosía con cada bocanada de aire. En posición fetal se acurrucó contra el roble, apretando tan fuerte sus brazos desnudos con las manos que podía sentir sus uñas clavadas en su carne. Miró el final de sus piernas semi cercenadas de hombre doméstico; extrajo ramas y piedras incrustadas en sus muñones ahogando los gritos en su garganta. Sus callos no eran tan fuertes como para aguantar la marcha por aquel terreno tan irregular y abrupto. Dolor y cansancio, cuánto tiempo más serían sus compañeros. No tenía energías para derrochar en maldiciones. En su lugar dio un suspiro de miedo y desesperación. La huida había sido insoportable, lo seguía siendo, aún no había terminado. No conseguía darse calor. Quizás lo mejor era morir congelado, dejar que la circunstancia fuera su asesino. ¿Tenía otra opción que dejarse arrastrar por la fatalidad?

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Adiós a la percepción

Vuelvo a empezar y, aun con el riesgo de ser redundante, lo haré por el principio. Puedo recordarlo, al menos creo hacerlo con la suficiente nitidez como para hablar de ello.

En esa época estaba estancado. Los días se me antojan en mi memoria de color gris, con breves luces, tal vez producto de alguna cita concreta; pero por lo general dominados por la rutina y el tedio. Era insoportable trabajar en el mismo almacén día tras día, vivir la misma cotidianidad en el hogar y tener como única motivación sumergirte en un sueño tan profundo que quepa la esperanza de no despertar.

El mundo decidió por mí. Mi mujer se cansó antes que yo y me dejó, lo recuerdo perfectamente, el primer día de Semana Santa. Valiente puta, tuvo unas buenas vacaciones por delante.

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