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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 9 de agosto de 2020

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Artículos de: Segura, Juan Ramón

Virtual

Soy el tripulante 90382 de la Nave Asaru.

Este nombre significa "Luz de los Dioses", aunque no podría asegurarlo.

Aún desconozco mi forma, idioma, aspecto, si soy vegetal, animal o mineral; aunque tengo la extraña certeza de saber en qué consiste mi misión:

Comprobar los niveles de potencia en los motores y realizar los reajustes necesarios. Por tanto, en resumen, no soy importante.

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Black Jack

Cuaderno de bitácora del Black Jack. Año 3024.

Selenitas. Siempre me hizo gracia ese nombre. Tal vez sea porque, cada vez que oigo esa palabra, me viene a la memoria las imágenes de una añeja película, rescatada de una base de datos, en la que unos hombres viajan en una bala de cañón; ésta se clava en el ojo de una cara gigante, y terminan luchando contra unos humanoides con este curioso nombre.

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Razas

El gigantesco ser reptó sobre sus seis patas camino de la tribuna.

Para él, suponía una gran responsabilidad representar a su especie en esta convención; ya que de las decisiones aquí tomadas, dependía el reparto de los futuros beneficios obtenidos en las nuevas zonas estelares.

La "sociedad galáctica", formada por los seres más cualificados y pioneros en la carrera espacial, discutía hoy quienes serían los encargados de explorar el sector Z-4.

Mientras erguía la gran mole, en la que consistía su cuerpo, Detritus (embajador de los Targos),  pensaba para sus adentros si le debía más a los genes de los hombres, o a los del tardígrado, el hecho de que los suyos hubieran llegado tan lejos en la conquista del universo. No en vano podían hibernar cientos de años bajo unas condiciones que hubieran sido letales para los humanos originales, de los que heredaron el cerebro.

Finalmente se agarró al estrado, desparramó su panza en el mismo, y colocándose sus diminutas lentes comenzó el discurso:

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Pasiphae

Desde su más tierna infancia se había criado entre algodones (aunque esta expresión estuviera prohibida en Ceres, tercer planeta del sistema Nímbico). Su familia pertenecía a una élite social mantenida por un proletariado que se deslomaba por sobrevivir con un jornal mínimo. Gracias a ello, desde que dejó de ser una semilla, pudo permitirse el lujo de vivir para y por el arte; más concretamente, el de "La ópera de las plantas cantoras". Espectáculo que, como su propio nombre indica, consistía en alcanzar por medio de la luz, sensaciones, imágenes y sonido, un estado de éxtasis denominado por algunas especies "Orgasmo Espiritual". En éste, sin tener contacto alguno con los ejecutantes, la mente del espectador podía sumirse en un trance de felicidad tal que rivalizaba con la sensación de un gozo sexual extremo. Aunque, en más de una ocasión, a Pasiphae se le pasó por la cabeza perpetuarse, abrir sus flores y ser polinizada por alguna otra planta, del más rancio abolengo, sabía que aún contaba con todo el tiempo del mundo, que era joven para esos menesteres y que, dada su fama, también podía alcanzar la inmortalidad viviendo en el recuerdo del gran público.

 

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Cómo inventé la máquina del tiempo

-¡Atención niños! -anunció la maestra- Hoy viene a visitarnos el Profesor Oswald Dante, descubridor del viaje en el tiempo. Supongo que os preguntaréis... ¿cómo es posible que una eminencia en este campo venga a una escuela perdida en una colonia exterior, verdad?. Pues bien, resulta que el profesor es un antiguo amigo de la aquí presente, señorita Osiris,... ainch. -suspiró la anciana, con mirada perdida, regodeándose en algún recuerdo pasajero.

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Política galáctica

El pequeño Muddy alternaba su luminiscencia entre el ámbar y el violáceo, en claro gesto compungido. Temía que su padre le reprendiera por hacerle unas preguntas tan sencillas aunque sabía que su progenitor disfrutaba de ponerlo entre sus cilios, acunarlo en su vacuola y adoctrinarle pacientemente sobre las cuestiones que le planteaban en la escuela.

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El origen del futuro

Capitulo 1. -Evolución.-

No sé si podríamos calificar sus vidas de felices, lo que es seguro era que los Naxgull vivían en la despreocupación de cualquier hecho que no fuera su propia supervivencia.

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