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feediconRSS Vol.2, núm.2grisAR2010 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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Exilio, insilio y diáspora. La literatura cubana en la época de las literaturas sin residencia fija
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Dieter Ingenschay

Universidad Humboldt de Berlín

Resumen[1]
En el pasado siglo XX, el exilio de escritores ha sido un fenómeno frecuente, debido a las guerras, las dictaduras o los genocidios que han tenido lugar en todo el mundo. En el presente trabajo, se establecerán diferencias entre exilio y emigración, términos que se confunden con frecuencia. En este sentido, se analizarán las peculiaridades del caso cubano y de algunos autores interesantes, como Zoé Valdés, Pedro Juan Gutiérrez o Jesús Díaz, entre otros. La situación de muchos escritores y artistas de la isla -tanto los que han permanecido en Cuba como los que han salido del país- ha dado lugar a migraciones, exilios, diáspora e insilios.
Palabras clave: Cuba, exilio, insilio, diáspora, migración.

Title: Exile, "insilio" and Diaspora. Cuban literature in the times of literatures without permanent adress
Abstract
In the past century writer's exile was a common phenomenon, because of wars, dictatorships or genocides that took place all over the world. The present paper establishes differences between exile and migration, terms usually confused. In this sense, the peculiarities of the Cuban case will be reviewed and some interesting authors, as Zoé Valdés, Pedro Juan Gutiérrez o Jesús Díaz, among others. The situation of many writers and artists of the island has lead to migrations, exiles, Diasporas and "insilios" or interior exiles.
Keywords: Cuba, exile "insilio" or interior exile, migration.

Índice
1. Introducción: problemas y perspectivas "tradicionales" de las literaturas del exilio
2. Del exilio a la migración
3. Textos y contextos cubanos
3.1. Consideraciones sobre el exilio cubano
3.2. Fenómenos colaterales: Diáspora e insilio
4. Nuevas vías


1. Introducción: problemas y perspectivas "tradicionales" de las literaturas del exilio

Cuando se habla del fenómeno polifacético de la "literatura del exilio", uno piensa en constelaciones políticas, en el triste hecho de que nuestro pasado siglo XX ha sido una era marcada por migraciones forzadas, por dictaduras crueles, por guerras horribles y genocidios incomprensibles. Con Auschwitz vivimos, en la perspectiva desarrollada por Adorno y Horkheimer, el fracaso total de las ideas humanitarias de la Ilustración francesa y el retorno a una barbarie atávica. Y en todo esto, aunque esta es una constatación más que ambigua, se puede confirmar que una parte muy importante de la producción cultural (literaria) depende de las dictaduras contra las que se escribe, de las que se ocupa.

Las literaturas del exilio se deben al terror del siglo pasado; son la reacción más concreta y palpable contra las dictaduras, son los foros por excelencia para discutir, acusar y procesar las catástrofes históricas, para articular y mantener la memoria, para convertir la persecución y el trauma en experiencia artística, literaria.

Trazando un mapa de los principales exilios, el primer hecho que llama la atención es que son consecuencia de revoluciones, guerras, regímenes totalitarios previos: la revolución rusa, el Tercer Reich de Hitler que mandó al exilio tanto a burgueses -como Thomas Mann- como a comunistas -como Brecht-, las dictaduras de Europa occidental -Portugal, Grecia y sobre todo España-, las dictaduras del antiguo Bloque del Este desde la misma Unión soviética hasta Polonia, Rumanía, la antigua Checoslovakia y la RDA, y las dictaduras militares y/o fascistoides de América Latina, también de Asia (pensando en figuras como Pol Pot) o de África y sus potentados (Guinea Ecuatorial). El contexto en el que se produce el exilio en todos estos casos es cuando un intelectual crítico no soporta más la (re)presión que ejerce la fuerza opresora y se va a vivir y trabajar a un país que le acoge y que es, a veces, pero no siempre, más cercano a sus concepciones políticas. Últimamente, la creciente politización es una particular consecuencia del fenómeno: el exiliado habla con odio, como en el caso de Reinaldo Arenas, culpabilizando a Castro de su enfermedad de SIDA, o Alexandr Solchenitsin, que había informado al mundo sobre los gulags rusos y terminó escribiendo para la prensa neonazi alemana.

Cada exilio tiene sus experiencias esenciales, comparables, traumáticas, pero sobre todo tiene su propio lugar histórico. La germanística alemana de la posguerra inmediata reprochó a autores como Thomas Mann su estancia en California como una fuga cobarde, la política tampoco quiso perdonar a Frahm, más tarde Willy Brandt, su exilio fuera del país. Hoy en día, sin embargo, más de dos décadas después de la reunificación alemana, muchos jóvenes no saben cuáles de los autores alemanes de la Alemania Occidental se exiliaron a la Oriental, o -caso raro pero existente- viceversa (Ronald Schernikau), o incluso varias veces en ambas direcciones (como Joachim Seyppel).

El exilio literario español es un caso particularmente notorio en este contexto, que provocó una verdadera sangría de intelectuales. En España, el recuerdo de la guerra civil y de la dictadura franquista sigue, por lo menos en un sesenta por ciento de los intelectuales, dolorosamente viva y, por ende, el exilio intelectual durante la guerra civil y el franquismo es un tema central del proceso democrático. Es parte de un proceso importante e imprescindible en una España donde un partido abiertamente fascista logra imponer su voluntad.

Pero si España es, por un lado, el país por excelencia de la experiencia del exilio (político y literario), también es a la vez el país de la reflexión profunda sobre el mismo. Es justamente en el contexto español donde Claudio Guillén, en El Sol de los desterrados, pidió que se pasara del ámbito de los temas al de los problemas, una idea a la que vuelven después muchos teóricos de los exilios. A María Paz Balibrea (2007) debemos la grave reflexión acerca de que la cultura del exilio se desarrolla en dependencia (y en función) de su enemigo fundamental, el franquismo. Este hecho encontrará, una vez más, su reflejo en el exilio cubano que se define, desarrolla y determina siempre en función de los conceptos, ideas y tendencias del régimen castrista.

La comparación entre la situación de los autores españoles después de 1936 y los latinoamericanos que huyen de sus respectivas dictaduras después de los años setenta revela, por una parte, que París -y Francia en general- fue el primer destino de los exiliados, pero muestra, a la vez, la simetría entre el exilio español y el latinoamericano: los autores viven -a diferencia de Thomas y, más tarde, Heinrich Mann en California- en un ámbito de habla español y en ambientes intelectuales con rasgos comunes, con órganos de publicación paralelos, con un mercado literario prácticamente comparable. Así, la resistencia de los intelectuales españoles exiliados, de Aub a Bergamín, de Prados a Ayala, de Manuel Altolaguirre a Claudio Guillén, sirve de modelo a las generaciones posteriores de autores latinoamericanos.

México es el país preferido por los exiliados españoles dentro de América Latina, país acogedor e incluso orgulloso de recibir a los intelectuales europeos. María Aurora Sánchez Rebolledo (del Centro de Estudios Literarios del Instituto de Investigaciones Filológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México) lo resume con estas palabras:

El exilio literario español forma parte ya de la historia de la literatura del México contemporáneo, no sólo porque su obra impresa fue, desde 1939, superior en calidad a la producida en la España franquista, sino porque supo incorporarse -a pesar del dolor por la tierra perdida- a un paisaje cultural nuevo y distinto. (Sánchez Rebolledo 2008)

Hay otras posiciones contrarias. Tuvo que pasar mucho tiempo antes de que la crítica diera cuenta de un aspecto particular del exilio español en México. En su libro Exile and cultural hegemony (2002), Sebastiaan Faber muestra no sólo la falta de integración de algunos españoles en el "sistema cultural" de su nuevo entorno, sino también la posición hegemónica que ocupan en un país debidamente preocupado por la digestión intelectual de su revolución y sus movimientos internos tanto políticos como culturales.

Otra vez encontramos una situación simétrica relacionada con los latinoamericanos del llamado boom de la década de 1970 en España: Fernando Tola de Habich y Patricia Grieve nos revelan, en Los españoles y el boom (1971), las envidias de ciertos autores peninsulares frente al éxito mundial de sus colegas de las antiguas colonias, que pudieron reclamar la frescura de la escritura, la innovación inusitada.

2. Del exilio a la migración
Habíamos dicho antes que España es el país del exilio por antonomasia, tanto desde la perspectiva de los españoles que se exiliaron como desde la perspectiva invertida de los extranjeros que buscaban exilio en los territorios ibéricos. Pero una mirada detenida a la realidad actual (o al mundo mediático) revela que, a pesar de la cifra enormemente incrementada de extranjeros, son pocos los que llegan a España como exiliados[2]. Para la gran mayoría de estos extranjeros, la noción de exilio no se puede aplicar. Y hay publicaciones muy recientes que prueban que parece haber pasado el auge del término 'exilio', tanto en otras regiones del mundo como en la propia España. En su libro A la intemperie. Exilio y cultura en España, Jordi Gracia se muestra escéptico frente al futuro del concepto mismo de exilio y de su vigor: "sus posibilidades de intervención se agotaron por razones políticas, pero también de pura consunción biológica y de anacronía o desfase histórico" (Gracia 2010).

El desfase histórico se manifiesta en el hecho de que los escritores e intelectuales de hoy día no se autodefinen como exiliados en el sentido clásico del término (que conlleva la expulsión o exclusión de una cultura tradicionalmente propia, una relación más bien nostálgica con el país o la región de origen -"la patria"-, muchas veces una experiencia traumática debida a la opresión política y, como respuesta, el compromiso intelectual y político, la puesta en escena de la memoria individual y/o colectiva). Max Aub, español que describe La calle Valverde madrileña desde América Latina; José Donoso, autor chileno de El jardín de al lado, o su compatriota Roberto Bolaño, ambos escribiendo desde Barcelona, serían ejemplos típicos de la experiencia clásica del exiliado con su toque nostálgico.

Pero entre tanto una nueva generación latinoamericana ha llegado a España, y podríamos hablar de una "generación después". Se trata de autores que viven en España a pesar de la recuperación de la democracia en sus países de origen (un recuperación muchas veces más profunda y convincente que en España): pienso en autores como Andrés Neuman (argentino) o Santiago Roncagliolo (peruano), afincados ambos en Barcelona. Éstos no son exiliados, sino que representan un nuevo tipo de internacionalización. Su motivo principal para vivir y escribir en España es la participación en el mundo cultural hispánico internacional desde una posición estratégicamente favorable a la articulación y distribución de un discurso intelectual. Se trata de una nueva forma de internacionalidad que se debe a una oferta específica del mundo de hoy: la creciente movilidad en la era de los vuelos baratos en la aldea global.

Pero junto a estos autores globales, "internacionalizados", existe un nuevo fenómeno que sí comparte ciertos rasgos con la literatura clásica del exilio: se trata de autores forzosamente egresados de sus países, expulsados, marginados o incitados a la emigración por extremas necesidades. Dos ejemplos: el peruano Sergio Galarza publicó en 2009 la novela Paseador de perros, un texto semificcional cuyo protagonista se define como latinoamericano extranjero en Madrid, donde (sobre)vive en Malasaña gracias a la actividad mencionada en el título: paseando a las mascotas de la gente acomodada, una actividad absolutamente común en Latinoamérica. El segundo ejemplo es el relato (¿auto?) biográfico o "testimonio", según la denominación latinoamericana del género, del inmigrante argentino Marco Valle, Los árboles de la muerte. Crónica de un inmigrante sin papeles. En este caso el narrador-protagonista argentino ya no es el exiliado intelectual, sino el inmigrante del siglo XXI que trabaja en la agricultura y piscicultura gallegas, junto con inmigrantes de África Central y de Europa del Este. La internacionalización en este caso no refleja la globalización de la movilidad, sino de las emergencias generales en gran parte del globo.

A veces, la literatura clásica del exilio y estas nuevas formas que podríamos clasificar como literaturas sin residencia fija o literaturas del desplazamiento -remito a artículos de Ottmar Ette para definir la primera y de Fernando de Toro para la seguda noción- se acercan bastante: pienso en el caso de la literatura de Guinea Ecuatorial escrita en castellano por autores perseguidos por la dictadura que sustituyó enseguida a las autoridades coloniales españolas una vez proclamada la independencia en 1969. Donato Ndongo-Bidyogo es el autor más destacado entre ellos, un autor hispánico que publica en España, cuya última novela, El metro (2007), tematiza la problemática de un inmigrante africano, su complicado viaje e incluso su muerte a manos de unos cabezas rapadas xenófobos en el metro de Madrid. La estancia de Ndongo en España sí que correspondió durante años a un exilio clásico -la estancia forzada de un autor perseguido en su país de origen- pero da testimonio, a la vez, de la condición postcolonial de su autor, un escritor "sin residencia fija" africano que trabaja en una universidad norteamericana y que publica en España en su lengua.

Jo també sóc catalana (Yo también soy catalana). Esta autodefinición excluye y rechaza la noción del exilio, porque el exiliado mantiene su patria en el corazón y no se identifica cien por cien con su país acogedor. Jo també sóc catalana es el provocador título de un texto autobiográfico de Najat El Hachmi, más conocida por su novela L'últim patriarca (El último patriarca) con la que ganó el Premi Ramon Llull en 2008. En diversas entrevistas, la joven autora destaca que su literatura no es literatura de inmigrantes, considerándose ella misma catalana más que hija de inmigrantes marroquíes. Pero la acción de la novela describe el destino de un emigrante marroquí en Catalunya, desde la perspectiva narrativa de su hija, que logra ganar paulatinamente su independencia de aquel padre tradicional, machista, cruel. El caso de Najat El Hachmi muestra este desplazamiento de la literatura: una mujer norteafricana postcolonial, de costumbres postmodernas, absolutamente opuesta al modelo del exiliado, más bien globalizada -o, mejor dicho, glocalizada-, esta mujer produce una literatura no del exilio, sino del desplazamiento. Y la literatura que tenía que desplazarse para otorgar a esta novela el premio más prestigioso de literatura catalana es la catalana.

También en Alemania es evidente la presencia cada vez mayor de autores y artistas "extranjeros", entre ellos muchos perfectamente integrados: los escritores y directores de cine de ascendencia turca que trabajan con gran éxito en Hamburgo y Berlín son todo menos exiliados (aunque Turquía ha sido país de exilio para intelectuales alemanes como Leo Spitzer y Erich Auerbach, lo que la Alemania de hoy les agradece a los turcos con una posición firmemente en contra de su entrada en la Unión europea). Los desplazados (y no los exiliados) aparecen, una vez más, como representantes de la actualidad.

Cuando nos preguntamos en qué contexto la noción del exilio mantiene su vigor hoy en día, son prácticamente solo dos los países que siguen provocando el empleo del término: Cuba y China. En el marco dado, Cuba parece tener un interés particular. Para exponerlo de forma radical: el africano que llega a España en su patera es un inmigrante, el balsero cubano se considera, cuando toca terreno estadounidense, un exiliado, ¿por qué?

3. Textos y contextos cubanos

3.1. Consideraciones sobre el exilio cubano
Que las revoluciones devoran a sus hijos es el mensaje más claro que nos enseña la historia cubana desde 1959. Los revolucionarios, entusiasmados, barbudos unidos a los vencedores Fidel Castro y el joven doctor Ernesto Guevara apoyaron, para realizar la empresa de la alfabetización y la creación del Hombre Nuevo, a los intelectuales y pudieron contar con el apoyo de estos. Los exiliados de primera hora eran, sobre todo, representantes de las profesiones liberales, del campo de la medicina, del derecho, del comercio. Quince años después de la victoria de la revolución, más de medio millón de cubanos se habían ido, muchos de ellos a través de los llamados freedom flights a Puerto Rico o Centroamérica, para instalarse enseguida en la Florida, EEUU, donde Miami se convirtió en la puerta de entrada para los emigrantes cubanos (Almazán 2006: 90). Entre estos figuran unos cuantos autores conocidos: Lydia Cabrera, José Sánchez Boudy, René Vázquez Díaz, etc. Sonia Almazán, catedrática de la Universidad de la Habana (y una de las primeras personas en trabajar sobre el exilio desde la isla) comenta la posición de este "primer exilio":

Para ellos la ruptura física con la Isla se hace notoria en sus obras, en cambio el discurso de la nostalgia está presente. Es la evocación de lo perdido junto al resultado que en cada caso ha marcado la transculturación. Esta es la temática que aparece en sus obras y que precisamente se diferencia a partir de una transgresión expresada en el mundo interior de cada uno. (Almazán 2006: 93)

Según mi colega de Heidelberg Frauke Gewecke, el rasgo más típico de la literatura del primer exilio era la idea de una limitación temporal de esta estancia (pensemos en el gobierno republicano español instalado "provisionalmente" en México y que no dejó de existir antes de la muerte del Caudillo). De ahí su carácter nostálgico y testimonial. Gewecke destaca que los rasgos autobiográficos y el anticomunismo manifiesto subrayan, sobre todo, la estrecha relación de los autores con su país de origen, y menos una cierta estética literaria (cf. Gewecke 2001: 553), una constatación que por cierto no vale para una autora como Lydia Cabrera.

Hay que mencionar brevemente el "caso Padilla", aquel acontecimiento de un poeta inicialmente premiado y después forzado a una vergonzosa autocrítica pública, puesta en escena por el régimen en 1971 y que marca el momento de ruptura de muchísimos intelectuales (en particular escritores) con la izquierda mundial, que se había mostrado solidaria con el socialismo tropical hasta entonces. De la pérdida de tantas simpatías resultó en la isla un período que Ambrosio Fernet llamó "quinquenio gris", media década de escasa producción literaria, de hegemonía rígida del Partido y de marginación y opresión sistemáticas -por ejemplo de autores homosexuales ("gusanos")- e instalación de los famosos UMAPs (Unidades Militares de Ayuda a la Protección), campos de corrección, de "concentración" -dijo Arenas falsamente que Fidel Castro lo admitió y reconoció como un error casi treinta años más tarde-. La represión de estos años llegó hasta a autores tan fieles al régimen como Miguel Barnet (cf. Strausfeld 2000: 13 y ss.).

Cuando en abril de 1980 un grupo de intelectuales ocupó la embajada peruana de La Habana, Fidel les permitió salir al fin y al cabo. Después de sufrir la represión de las fuerzas estatales, unos 125.000 cubanos pudieron emigrar a EEUU desde el puerto de Mariel (cf. Gewecke 2001: 588). Juntamente con autores como el famoso Reinaldo Arenas, Carlos Victoria, Juan Abreu y otros disidentes, homosexuales y marginados de la revolución vinieron también algunos criminales, un grupo muy distinto de aquellas familias adineradas de la primera generación (cf. Strausfeld 2000: 14). Así, EEUU no daba una cordial bienvenida a los marielitos sino que los colocó en campos de internación (Gewecke 2001: 588). De las reflexiones de Gewecke podemos concluir, aunque ella no utiliza este término, que estos escritores marielitos forman una especie de "literatura sin residencia fija", dado que sus productores han dejado de soñar con la vuelta a la isla y, a la vez, mantienen una posición crítica frente al mundo norteamericano. Una vez más, Arenas, echando pestes tanto del máximo líder como de la frialdad del American way of life, es el mejor ejemplo.

Años después de la ola de Mariel, el gobierno cubano puso en marcha una política diferente, dando permiso a autores (Miguel Barnet, Cintio Vitier, Jesús Díaz y muchos más) para publicar en Europa y viajar al extranjero. En el contexto del desarrollo del exilio, el caso de Jesús Díaz es particularmente relevante. Díaz, socialista convencido hasta su muerte prematura en 2002, quería cambiar el sistema cubano, pero sin sustituirlo por un capitalismo de corte estadounidense. Admirado internacionalmente por sus grandes novelas Las iniciales de la tierra, Las palabras perdidas y otras, fundó la revista Encuentro de la cultura cubana en Madrid, como foro de la discusión fuera de EEUU (donde, por cierto, tanto en Miami como en Nueva York, los exiliados intelectuales disponían ya de sus redes informativas y comunicativas de diferentes colores ideológicos). En un artículo publicado en la revista alemana Der Spiegel, Díaz expuso a un público no literario su concepto de una tercera vía entre el comunismo heredero del estalinismo y el capitalismo "Rambo" de la última década del siglo XX, propuesta leída con gran interés por personas de ambas partes de Alemania que no querían solucionar el problema de la reunificación con el simple "ingreso" (y por ende, la "devoración") de la parte oriental del país dividido. Las autoridades cubanas, aturdidas por la derrota de sus principales aliados, la Unión Soviética y el bloque comunista, no lograron aceptar o tolerar la posición de Díaz. El llamado "período especial en tiempos de paz" endureció la mentalidad de Castro y la férrea política cultural cubana (con la única excepción de una actitud modificada y más tolerante frente a los homosexuales de la isla).

En cuanto a la presencia mediática de los novelistas cubanos en Europa, dos autores se imponen por su éxito y su posición particular: Zoé Valdés y Pedro Juan Gutiérrez. Los dos me interesan menos por el carácter escandaloso de las escenas sexuales insertas en sus obras, y más por su respectiva historia en el proceso de recepción y marketing internacional de la literatura caribeña. Más tarde volveré a Gutiérrez. Zoé Valdés era, como tantos escritores e intelectuales exiliados, inicialmente socia del partido, representante convencida del modelo revolucionario y de su propio compromiso a través de su labor cultural en la industria cinematográfica. La primera novela de éxito, La nada cotidiana, con una protagonista llamada Patria y nacida en 1959, muestra una creación metonímica a partir de la experiencia de la revolución como punto principal de referencia de su existencia. Por la relación intertextual con el octavo capítulo de Paradiso de José Lezama Lima, famoso por su carga erótica, pero sobre todo por tematizar la necesidad imperiosa de gran parte del pueblo cubano y la escasez de los bienes fundamentales de la vida cotidiana, Zoé Valdés se atreve criticar el desarrollo práctico del proceso revolucionario, y lo hace a partir de argumentos tanto "materiales" como "espirituales". En la historia del exilio, desde Cabrera Infante a Valdés, la falta de bienes toma una posición creciente y llega a su auge con Zoé Valdés. Desde su exilio parisiense, la autora sigue repitiendo y variando el modelo exitoso de su primera novela. Los trucos contra la precariedad, los coches cincuenteros, los edificios al borde del derrumbe forman, junto a la ropa hecha en casa, simple pero sexy, una estética propia que me gustaría llamar "cubanidad exotizada", y que dispone de una subcategoría que mi colega Florian Borchmeyer ha bautizado, haciendo referencia a la obra de Amir Valle, "la estética de las ruinas". La Cuba exotizada, construcción de los medios extranjeros y del turismo, oculta la duradera y evidente división del país entre los que tienen recursos, moneda convertible, poder público y acceso a internet, y el resto, la masa, los pobres, los precarios. El exotismo y la estética de las ruinas no se perciben desde dentro. Para los cubanos, incluso los exiliados, divisiones y facciones de la sociedad se definen y se juzgan en función y dependencia de Castro y del régimen revolucionario, tal y como María Paz Balibrea lo había descrito con respecto a Franco y los españoles.

Mientras Zoé Valdés escribía en París y Jesús Díaz trabajaba en Madrid, José Manuel Prieto se formaba en Rusia, desde donde se mudó a México y después a Nueva York, lugar donde reside actualmente. Su último ensayo, La revolución cubana explicada a los taxistas, con el tono divertido de cierta literatura consejera (del tipo Como ser infeliz y disfrutarlo) parece escrito para el público del mundo norteamericano y europeo, entre el que tiene cierto éxito, quizás por ser una tesela más en el complejo mosaico de la mencionada exotización. Prieto, "maravillado siempre ante la inmensa popularidad de la revolución cubana entre los taxistas de todo el mundo", como dice él mismo, saca provecho -ésta es mi tesis- del exotismo para charlar de forma divertida también sobre los aspectos negativos olvidados de la Revolución (como el compromiso bélico en África, poco apreciado por el pueblo cubano). Prieto entra en un tema que nos lleva al núcleo del problema: aquella gente que asumió el riesgo de huir en barcos minúsculos, balsas e incluso neumáticos ("cauchos"), los balseros. Sobre esto, Prieto dice:

Como dejé el país cómodamente en avión, como no debí escapar con riesgo de mi vida ni intentar riesgosa maniobra alguna, he tenido noticias de la horrible tragedia de los balseros sólo por historias que he escuchado infinidad de veces de labios de quienes lograron llegar. Relaciones verídicas de esas fugas, historias de naufragios que me han helado la sangre en las venas aunque sin alcanzar nunca a imaginarme el drama en toda su magnitud, el destino terrible de los que se lanzan al mar.

Algo, déjenme decirles, que jamás habría hecho, embarcarme en una balsa. Hay mucho jefe que camelar, congresos y conferencias que maquinar, viajes en comisión de servicio en los que desertar limpiamente, de guante blanco, por así decirlo. Todos mis amigos -porque este asunto es también de clase, ¿qué no lo es?-, han "volado" así. Ninguno en la disyuntiva de abordar una balsa. Quizás alguno profundamente varado con niños (porque a los niños se les prohíbe viajar), o un trabajo con acceso a información confidencial, esa "figura legal", un obstáculo insalvable. Y, entonces, el mar, la fuga como única salida.

Strausfeld constata una diferencia llamativa de clase social entre el primer exilio y los marielitos de los años 80; y lo mismo se aprecia de forma más radical en relación con los balseros posteriores. Esta forma de éxodo masivo, descrita por Iván de la Nuez en La balsa perpetua: Soledad y conexiones de la cultura cubana (1998), es el camino de los pobres, como anota Michi Strausfeld:

35.000 "balseros" dejaron el país en dirección a Miami. "Gusanos", "marielitos" y "balseros" forman hoy el exilio cubano en Florida, y con los dos últimos grupos éste cambió de color: de blanco a mulato y negro. (Strausfeld 2000: 15)

El balsero, como el africano que llega a las islas Canarias en patera, es un migrante, no un exiliado. Pero no me parece que tengamos derecho a juzgar de los motivos de ambos grupos, como lo insinúa Iván de la Nuez en su ensayo. Tanto los cubanos que "volan" en avión para salir del país como los emigrantes desesperados lo hacen por motivos plurales y complejos, y la atribución de motivos honorables y políticos al primer grupo -los exiliados- y de motivos "bajos" y financieros al segundo grupo -los balseros- me parece demasiado simple después de haber visto, entre colegas universitarios cubanos, una tendencia muy comprensible a sacar provecho material de sus estancias en el extranjero. La diferencia entre el exilio y la migración existe, pero, por una parte, existen puntos de contacto entre ambos y, por otra, me parece que el desafío más grande hoy en día es el fenómeno migratorio, por sus implicaciones más amplias en un contexto de creciente desigualdad en el mundo. Pero en el contexto del exilio, el caso cubano me parece particularmente pertinente por disponer de dos conceptos adicionales que no surgen en todas las otras formas de exilio: la diáspora y el insilio.

3.2 Fenómenos colaterales: diáspora e insilio
Mencioné brevemente que la revista Encuentro de la cultura cubana, editada por Jesús Díaz, es sólo una entre muchas; otra, también publicada en España por Rafael Sánchez Mejías, lleva el título programático de Diáspora. Michi Strausfeld habla de otras revistas en Suecia, México y EEUU en su artículo titulado "Isla-Diáspora-Exilio. Anotaciones acerca de la publicación y distribución de la narrativa cubana en los años noventa" (Strausfeld 2000: 17), donde el título parece plantear una oposición entre exilio y diáspora. Conocemos la última noción en el contexto del pueblo de Israel condenado a vivir disperso por todo el mundo, en la diáspora, incluso después de la fundación del estado judío hace unos cincuenta años. El término sugiere que una unidad étnica o religiosa se define justamente a través de la totalidad de sus miembros esparcidos -los Sinti y Roma, "gitanos" en la terminología española, serían otro ejemplo típico-. Considerar a los cubanos emigrados a EEUU y Europa una diáspora oculta por un lado los motivos históricos concretos del éxodo de casi un 20% de la población de la isla, y sugiere, por otro lado, una coherencia entre la producción artística de los cubanos dentro y fuera de Cuba, lo que no corresponde a los hechos hasta ahora. Sin embargo, personas tanto del ámbito europeo (Michi Strausfeld) como de Cuba (Sonia Almazán) se sirven de este concepto -demasiado unificador e idealista, en mi opinión-. Strausfeld define la diáspora como "grupo de cubanos que no dejaron la isla por motivos políticos y que pueden por lo tanto volver o visitar su país cuando quieran" (Strausfeld 2000: 15), definición correcta en el momento de su publicación, pero falsificada por el rechazo del régimen a dejar entrar a cubanos críticos como Jesús Díaz. El término me parece utilizable sobre todo en el contexto de autores como Díaz, quien siguió asumiendo la responsabilidad por el desarrollo del proceso revolucionario incluso desde Europa. En general, resulta ser un concepto unificador de valor heurístico cuando se trata de construir una cultura cubana, pero que corre el riesgo de hacer olvidar los motivos de la emigración masiva.

Al otro lado de la escala encontramos a escritores que siguen viviendo en Cuba sin participar abiertamente en la discusión en torno al futuro del socialismo tropical, y ahora vuelvo, como había anunciado, al caso particular de Pablo Juan Gutiérrez, autor, entre otras, de novelas como El Rey de la Habana y Trilogía sucia de la Habana. Sus obras se encuentran en el límite de la pornografía cruda y son abiertamente machistas, racistas y misóginas. Gutiérrez es provocador hasta en la foto que le muestra desnudo en su balcón de la Habana vieja, publicada en Der Spiegel, donde un artículo extenso se asombra de que este enfant terrible de las letras caribeñas no piense en exiliarse. Sin embargo, las novelas de Gutiérrez no están a la venta en la isla, se comercializan exclusivamente en el extranjero, y esta inhibición no se debe a su carácter pornográfico. En su análisis discursivo de la escritura de Gutiérrez, Isabel Exner (2005) demuestra la transgresión política que este autor logra codificar en sus narraciones políticamente tan incorrectas. En este sentido, Gutiérrez, inadvertido por su ciudad y su sociedad, es un ejemplo típico de insilio, un escritor que prefiere el silenciamiento (siempre relativo) al exilio (siempre total). Con su éxito en el extranjero, es un caso particular del insilio porque, por su naturaleza, esta forma de protesta raramente aparece en el horizonte de la ciencia literaria. Pero gracias a la larga duración del proceso revolucionario en Cuba, gracias a la salida tardía de ciertos autores y críticos del país, o, a veces, del armario ideológico o personal, conseguimos al menos algunas informaciones sobre el insilio, camino fácil sólo en apariencia. Por el insilio optaron muchos intelectuales del franquismo, del Tercer Reich, de todas las dictaduras del mundo.

4. Nuevas vías
Por la desproporción entre su fama fuera del país y su silenciamiento en Cuba, Gutiérrez es un insiliado muy particular. No se puede especular cuánto tiempo se puede esconder o silenciar a un escritor tan prominente afuera frente a sus ciudadanos, dado que hoy la disponibilidad de una cantidad enorme de saberes culturales en la red sustraerá algún día al régimen su control total. Este proceso, a pesar de ciertos métodos de control de internet, está en pleno desarrollo y abre dimensiones insospechadas al insilio. Se conocen las plataformas políticas en la red y su impacto también dentro de ciertos grupos de la sociedad cubana; baste mencionar el blog de Orlando Zapata Tamayo (http://orlandozapatatamayo.blogspot.com/), quien acusa al gobierno de la detención de ciudadanos por motivos políticos.

También la literatura y la crítica cultural cubanas se apropian de la red. Entre los blogs de los autores destaca él de Ángel Santiesteban[3] (1966), donde el autor publica entrevistas y relatos, entre ellos una historia en la que la hermana del protagonista se despide de él porque se va rumbo a Miami. Paulatinamente, Pedro Juan Gutiérrez logra publicar relatos sueltos en revistas de la isla (como "Miedo" en La gaceta de Cuba). En la red, se encuentra una entrevista del antropólogo cubano Víctor Fowler con Gutiérrez. Así, el silenciado gana voz como ciudadano habanero en la aldea global. Son pasos que van en dirección a la disolución de las inhibiciones. Pero ¿dónde fijar el lugar del autor Gutiérrez? Lejos de sus lectores, podríamos considerarle como autor de una literatura ni cubana ni internacional, una literatura sin residencia fija. En 1993, Gustavo Pérez Firmat propuso tres categorías de la producción cultural de los emigrantes: la literatura del exilio (una literatura "desaforadamente retrospectiva"), la literatura de inmigrantes (literatura "esencialmente prospectiva") y la literatura que llama "étnica", literatura que cultiva, según él, la diferencia.

Los desarrollos de los pasados años exigen una nueva cartografía, algo diferente para el momento. El exilio parece, en términos de Ottmar Ette, un saber estratégico y tradicional de supervivencia, como lo era la literatura producida en los campos de concentración. Este exilio clásico parece, para volver a las palabras de Jordi Gracia, agotado por razones políticas en "sus posibilidades de intervención". Al margen del exilio encontramos no sólo a los autores cubanos de la diáspora, sino a los nuevos migrantes, ex balseros que tienen que arreglar una vida propia en una sociedad ajena. Todos estos grupos, tanto los exiliados en posición de espera como los representantes de una literatura del desplazamiento o sin residencia fija comparten la experiencia de un mundo alienado que Edward Said sigue llamando exilio:

The exile knows that in a secular and contingent world, homes are always provisional. Borders and barriers which enclose us within the safety of familiar territory can also become prisons, and are often defended beyond reason and necessity. Exiles cross borders, break barriers of thought and experience[4]. (Said 1990: 4)

Bibliografía
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[1] Este artículo es el texto de una conferencia leída en la Universidad Complutense de Madrid, el día 24 de mayo de 2010, en el marco del Congreso Internacional "Espacios y escrituras del exilio". La versión definitiva del texto se publicará más adelante.

[2]En los últimos 15 años, el porcentaje de extranjeros en España subió de 1,3% a más del 10%, y llega hasta una tercera parte de la población en ciertos barrios urbanos de Madrid o Barcelona y en ciertos municipios andaluces.

[3] http://www.cubaencuentro.com/angel-santiesteban/blogs/los-hijos-que-nadie-quiso, sustituido últimamente por http://loshijosquenadiequiso.blogspot.com/.

[4]El exilio sabe que, en un mundo secular y contingente, los hogares son siempre provisionales. Las fronteras y barreras que nos encierran en la seguridad del territorio familiar pueden muy bien volverse cárceles, y muchas veces se las defiende más allá de la razón y la necesidad. Los exilios rompen las barreras del pensamiento y de la experiencia.


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