Biblioteca Quijotesca

  

Javier Abril Espinoza

Diálogos y hechos
de autores inundados

(fragmento)

  

 

Esa misma inversión de las realidades alternas y la visión desgarradora de un instante simplemente atroz, alcanzó a Shakespeare, que antes dormitaba, en el estante de los clásicos, junto al Quijote de Cervantes. Muy cerca de ellos, los trágicos griegos se rindieron ante el irremediable drama de perecer inundados en las aguas del huracán que, ya sin Calixto ni Melibea a la vista, penetraban sin amor alguno por toda la Librería Nuevo Mundo, situada en los márgenes del río Guacerique. Azorado, Shakespeare pudo ver las mareas, ya putrefactas, que crecían y amenazaban con envolver sus obras como confites líquidos. Cervantes y Shakespeare fueron los primeros en escuchar los gritos desesperados de Moliere, provenientes de un tomo ilustrado, de la colección Editorial Aguilar, y que contenía su teatro completo. De modo que fue Shakespeare quien no quizo o no pudo continuar en el estante de los clásicos, y antes de que el agua lo alcanzara, lo que pareció una temeridad para las filas de otros autores próximos a inundarse -comprendido quizás sólo por Cervantes en tal trance mortal-, se dejó caer entre los torrentes crecientes, abriendo como alas los empastes dorados de sus copiosos volúmenes y uno de los cuales, quizá de la Editorial Alfredo Ortells, antes de hundirse, dejó leer: "Rey Lear: Preciso es que nos sometamos a la carga de estas amargas épocas; decir lo que sentimos y no lo que debiéramos decir"... Así, Cervantes, creyó estar solo una vez más en la vida. Sus obras se estremecieron de cabo a rabo, ya no de miedo ni de rabia, y de modo audaz, inesperado para el resto de los libros y autores que propugnaban aún por salvarse, se lanzó también hacia las horrorosas aguas que destruían a la Librería Nuevo Mundo. Una ilustración de Sancho Panza, montado en su rucio y quizás de alguien más que no fuese Gustav Doré, pareció preguntar al autor de sus andanzas: "Y dígame ahora: ¿cuál es más: resucitar a un muerto o matar a un gigante?" Ni Cervantes ni don Quijote le contestaron a Sancho. Ciertamente, y era de creerse, que Cervantes pensaba, con su obra entre las olas huracanadas, que si alguna vez él había muerto el mismo día del mismo siglo en que también muriera William, su colega inglés, y habiendo sobrevivido, ambos a los fuegos y las aguas del paso terrenal de los siglos, de los vientos, y de todas las desgracias humanas vividas desde entonces; no tenía por qué ser diferente si ambos morían, nuevamente juntos, el mismo día de otros siglos, para continuar sobreviviendo así, los dos -y el propio mundo terrible al que habían venido-, por los siglos de los siglos. Afuera de la librería la gente también se inundaba, se hundía en el huracán. Y el mundo, no tan lejos de la guerra del Medio Oriente, no tan lejos de las hambruna de África, no tan lejos de la guerra estúpida en Iraq; volvía a morirse: se moría entre huracanes y otras desgracias no tan naturales. Por otra parte, la vida en la librería ya no era posible para ninguno de sus ilustres huéspedes, los autores y sus libros. Y así, de manera quijotesca o no, toda las literaturas habidas y por haber en el que fuera el planeta Tierra, fueron arrastradas, ese día, en ese único día, por un mar monstruoso, por un mar de espanto -nada que ver con el señor Kafka ni con la batalla de Lepanto- y que nadie vivo en Centroamérica osó antes conocer (...)



Javier Abril Espinoza (Honduras) Un ángel atrapado en el huracán, Imprenta López, 2003, ISBN 99926-30-54-X

Enviado por la Dra. Erika Flemming 23/04/2004



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