Biblioteca Quijotesca

  

Thomas Love Peacock

La mansión de las pesadillas

  

Mr. Hillary:
Todas estas anécdotas pueden tener solución por principios psicológicos. Es más fácil para un soldado, un filósofo o hasta para un santo asustarse de su propia sombra que para un muerto salir de su tumba, Los médicos han escrito sobre mil ejemplos singulares de la fuerza de la imaginación. Personas de temperamento débil, nervioso o melancólico, extenuados por la fiebre, el trabajo o una débil alimentación, conjuran con rapidez, en el círculo mágico de su propia fantasía, espectros, górgonas, quimeras y todos los objetos de su odio y de su amor. La mayoría de nosotros somos como Don Quijote, para quien un molino es un gigante, y Dulcinea, una magnífica princesa: todos más o menos víctimas de nuestra propia imaginación, a pesar de que no todos lleguemos tan lejos como para ver fantasmas, como para imaginarnos seres de ultratumba, donde sólo hay ollas y teteras.



Thomas L. Peacock (1785-1866), La abadía de las pesadillas
(Nightmare Abbey, 1818), cap. XII



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