Biblioteca Quijotesca

  

Thomas Mann

Travesía marítima
con don Quijote

  

29 de mayo



El tiempo ha continuado siendo bueno; ligeramente nublado y fresco. Desde que, a las cinco y media, nos hemos despedido de nuestros angostos lechos (en los que hemos pasado alguna noche de incesante vaivén), el barco ha vuelto a ponerse en movimiento, deslizándose pausado. Durante la noche ha estado quieto, así que por primera vez hemos podido dormir sin el golpeteo de la máquinas.
Hemos desayunado, hemos dado la última mano al equipaje y repartido las últimas propinas. Equipados para el arribo, hemos subido a cubierta para presenciar la llegada. Ya se levanta, en el vaho de la lejanía, una figura conocida, la estatua de la libertad, con su alta corona de laurel; un recuerdo clasicista, un ingenuo símbolo, muy ajeno ya en medio de nuestro tiempo presente...
Me siento como en sueños; a causa de haber madrugado, por el particular contenido vital de esta hora. Además, también esta noche he soñado, en la ya acostumbrada paz sin ruidos, y trato de reconstruir el sueño, que provino de mi lectura de viaje. He soñado con Don Quijote; era él en persona, y yo hablaba con él. Lo mismo que la realidad, al presentársenos, se distingue, sin duda, de la representación que de ella nos habíamos hecho, Don Quijote tenía otro aspecto que el de las ilustraciones. Llevaba un bigote grueso y enmarañado, una frente alta y huida, y, bajo las cejas asimismo enmarañadas, unos ojos grises, casi ciegos. No se llamaba el Caballero de los Leones, sino Zaratustra. Teniéndolo ahora presente ante mí, era tan bondadoso y cortés, que yo, con indescriptible emoción, pensaba en las palabras leídas ayer: "...porque verdaderamente, como alguna vez se ha dicho, en tanto que Don Quijote fue Alonso Quijano el Bueno, a secas, y en tanto que fue Don Quijote de la Mancha, fue siempre de apacible condición y de agradable trato, y por esto no sólo era bien querido de los de su casa, sino de todos cuantos le conocían". Dolor, amor, compasión y admiración sin límites me llenaban por entero mientras se me hacía patente aquella caracterización; y todos esos sentimientos vibran en mí soñadoramente en esta hora de arribo.
Una tendencia, harto europea, de sentir y de pensar mirando hacia atrás... Delante de nosotros, surgiendo de la niebla matinal, se van destacando lentamente los altos edificios de Manhattan, un fantástico paisaje colonial, una gigantesca ciudad torreada.


Thomas Mann, Travesía marítima con Don Quijote



Volver al Índice