El planeta de los toros

Ricardo Fernández Romero

   
  

 

Acercarse a la fiesta de los toros es en primer lugar, abandonar en parte este mundo. El planeta de los toros es, efectivamente, un espacio especialísimo de la cultura española, universalmente difundido, confundido y mal interpretado hasta la saciedad, de tal modo que para el neófito, adentrarse en una plaza de toros es penetrar en un mundo desconocido y casi incomprensible, donde parece que no ocurre otra cosa que la persecución de un bello animal hasta su muerte.

Ofrecer a cualquier persona mínimamente interesada en la fiesta una visión siquiera somera de lo que es en realidad es una tarea compleja, más aún, quizá, si quien se acerca a los toros lo hace desde otra lengua y otra cultura. En estas páginas vamos a intentar asomarnos a ese mundo e invitar a quienes enseñan la cultura y la lengua españolas a que hagan que otros puedan adentrarse en este extraño planeta. O cuando menos puedan llegan a intuir por qué quienes viven en él no están dispuestos a abandonarlo. Nuestra intención, por tanto, es ofrecer una serie de materiales y pistas que puedan ser aprovechados y profundizados. No vamos a negar que todo lo que sigue no pretende descubrir nada, al contrario, tan sólo pretende, repetimos, ofrecer una modesta guía al visitante que llega de lejos.

La fiesta de los toros es sencilla y compleja a la vez. Muchos de los que contemplan por primera vez una corrida de toros abandonan a su término la plaza decepcionados, aburridos, incapaces de comprender las reacciones del público habitual de estos festejos. Muy probablemente esta reacción se debe a los condicionantes a que actualmente está sometida la fiesta de los toros. Por un lado está la ingénita complejidad de sus leyes y ritos, por otro los sentidos ancestrales de esta fiesta de raíces milenarias, pero también, y a ellos vamos antes de empezar a explicar la fiesta, los prejuicios y tópicos que sobre las corridas de toros se han cernido desde hace un par de siglos.

No todos los españoles tienen en su armario un traje de luces, ni viven en un estado propio de los protagonistas de la ópera Carmen, de Prospero Merimée. Valor, arrojo, temeridad del torero, exhibicionismo machista de latin-lover y, por otro lado, la crueldad de la fiesta, la tortura al animal libre, empañan y deforman el sentido de las corridas de toros. Quien acude a la plaza, visitante extranjero o incluso nativo español, puede hacerlo, a veces de forma inconsciente, con el ánimo de comprobar estos tópicos, y puede que con la esperanza de contemplar un accidente del torero, que caiga herido por un toro, o que sortee el peligro en el último instante, para vivir el momento de emoción en el que creen que consiste la fiesta. Y nada más. Y tanto unos como otros, también el español neófito, que no por ser nativo del planeta de los toros tiene garantizado entender la fiesta, intuyen, comprueban en seguida, que las corridas de toros son algo más, pues esos momentos no se dan siempre, y el público entendido parece valorar y esperar otras cosas que ese instante de peligro.

Conviene por tanto aclarar ciertas cuestiones previas, quizá redundantes para un español, aunque no sea un gran aficionado a los toros, pero esenciales para plantear la explicación de los toros en su justa medida y evitar las distorsiones hacia el tópico. La primera pregunta a la que debe responderse, mucho antes de explicar qué hacen toro y torero en la arena de la plaza es: ¿qué vienen a ver los aficionados?

La respuesta a semejante pregunta debe deshacer los principales prejuicios con respecto a la fiesta. En primer lugar cabe reparar en las palabras y expresiones con las que se conoce la fiesta en otras lenguas: bullfighting en inglés; Stierkampf, en alemán; stieregevecht, en holandés y combattimento col toro, en italiano (aunque también existe torear). En todas estas expresiones aparece el verbo equivalente al español luchar. Literalmente se pueden traducir como ‘lucha con el toro’ (por cierto que el francés se acerca algo más al español, pues admite course de taureaux, traducción casi literal de corridas de toros). De este modo, ya en la denominación aparece una inexactitud importante. Las fiestas de los toros fueron en un principio exactamente eso, luchas con el toro. Sólo a partir de su celebración en plazas construidas a propósito para celebrar espectáculos taurinos tuvo lugar la evolución que ha dado lo que es hoy la fiesta: un espectáculo en el que la lucha entre hombre y animal subsiste, pero ha quedado relegada ante otros valores. Hoy en día lo que empezó como combate ha dado lugar a algo casi completamente diferente. Hay que tener en cuenta esta evolución si se desea mostrar correctamente el sentido de la fiesta. De otro modo, si nos quedamos en la superficie del enfrentamiento entre hombre y animal difícilmente podremos hacer ver la verdadera riqueza de la fiesta.

En español usamos la expresión corrida de toros, expresión que contiene aún la idea de enfrentamiento, lucha, y fiesta de los toros. La palabra fiesta recoge mejor lo que realmente contemplamos en la plaza. Lo que allí sucede podemos describirlo y entenderlo en términos de fiesta, en su sentido antropológico: celebración de la comunidad y al mismo tiempo acto ritual, cargado de significaciones que afectan a la vida de la comunidad que participa en la fiesta. La celebración es también espectáculo en su sentido más teatral. En la plaza de toros tiene lugar una obra de teatro, con unos protagonistas y un argumento perfectamente definidos. Una obra de teatro en la que se ventilan temas tan hondos y graves como la relación del hombre con los ciclos de la vida y la muerte, o el enfrentamiento eterno entre naturaleza, razón, pasión, etc. Por la misma naturaleza de la fiesta, es la corrida de toros un espectáculo teatral especial, pues en ella la representación se tiñe de verdad, saltando, de forma fascinadora, poderosa, la barrera de lo que es verdad y mentira. En los toros sólo es admisible torear con "verdad", sin fingir, paradójicamente, sin escamotear la enjundia de lo que se está tratando delante del toro. No es un espectáculo deportivo, y sin embargo está muy cerca de serlo en la misma idea en que hoy en día pueda considerarse un deporte la caza. No obstante, es un espectáculo lejos de los deportes competitivos, en los que interesa, por encima de todo, ganar. El toreo está, inevitablemente, más cerca del arte: no importa tanto vencer sobre el toro, sino hacerlo de una determinada forma, de una forma que tenemos que calificar, a falta de otra palabra mejor, artística. El espectáculo de los toros es, naturalmente, danza, pues la danza es en el fondo el lenguaje del toreo. Lenguaje del cuerpo del torero y el toro, que deben moverse de forma armoniosa, acompasándose el uno y el otro alrededor de la estela efímera de la muleta o el capote que agita el hombre ante la cara del animal. Y como el toreo es danza, la música es un elemento importante: los pasodobles populares que amenizan la espera antes de la salida del inicio del espectáculo y que adornan las mejores faenas, a veces exigidos a gritos por el público. Un público que entiende que la danza no puede ser muda, aunque ya José Bergamín hablara de la música callada del toreo.

¿Qué debe verse en la plaza? ¿La victoria del hombre sobre el animal? Sí y no. Lo que debemos entender es el sentido, repetido una y otra vez, de esa victoria, pues en realidad, la corrida es una representación cuyo final ya conocemos. A la plaza no se va a contemplar el resultado de un enfrentamiento en los términos de un combate que puede decantarse de un lado o de otro. No es la posible derrota del toro lo que debemos valorar, pues el argumento del espectáculo es el camino recorrido hasta llegar a la muerte del toro, inevitable final.

La complejidad de este argumento puede llevarnos a excursiones a terrenos donde la sobreinterpretación de la fiesta puede dar lugar a lecturas metafísicas en el peor sentido de la palabra, pero lo cierto es que resultan evidentes determinados simbolismos de los que los espectadores habituales de la fiesta son más o menos conscientes.

La vida y la muerte, la razón y la naturaleza, lo masculino y lo femenino son los conceptos básicos que intervienen en la fiesta. Por un lado, el triunfo del torero sobre el toro supone el triunfo de la vida sobre la muerte. Remárquese al respecto el simbolismo cromático de los participantes: el torero viste un traje de colores vivos, donde dominan los tonos cálidos y de entre estos el amarillo ("oro" en el argot taurino) y las diversas tonalidades del rojo y el marrón (color "tabaco", por ejemplo), pero también el verde (verde oliva, verde botella); el toro en cambio suele ser de pelaje negro (si bien no son raros los marrones e incluso el blanco). A veces también el traje del torero puede ser en parte negro (color "azabache"). En todo caso el traje del torero se denomina "traje de luces". El torero representa la vida y el toro la muerte, pero también la razón y la sinrazón, respectivamente, o la civilización y la naturaleza. En este sentido, la victoria del torero es un recordatorio de cómo el hombre vence a la naturaleza, impone su razón sobre la misma y la domina para ponerla a su servicio, incluso eliminándola. Pero toro y torero inician una danza en el ruedo. El torero no somete al animal sin más para preparar su muerte, sino que lo hace mediante una danza que no puede calificarse sino como seducción. Existe en el toreo un componente erótico evidente que algunos antropólogos han querido explicar en clave ritual. Según estos estudiosos, el toro, con su fuerza, su bravura, su energía salvaje y libre, simboliza al entrar en la plaza la pujanza masculina, el poder erótico sin dominar, sin socializar, sin ser sometido a las reglas de la sociedad, donde el erotismo se vive dentro de un orden familiar, por ejemplo destinado a la procreación. El torero representa a la comunidad, a la conciencia social de la misma que doma ese instinto para reconducir esa energía en un sentido positivo. El torero al matar al animal adquiere su energía y la transforma para hacerla socialmente aceptable. El espectáculo del toreo se presta, sin embargo, a interpretaciones ambiguas, pues también es posible entender que el torero, al matar el animal, penetra con su espada, símbolo fálico, en el toro, convertido en una simbólica mujer. No en vano el lugar por el que penetra la espada del torero se llama el "ojo de las agujas", es un pequeño espacio con forma de hoyo en lo alto del animal que evoca rápidamente los órganos sexuales femeninos. En todo caso, en la danza del toro y el torero se da un extraño y fascinante juego de seducción, de sorprendentes resonancias, donde amor y muerte parecen unirse misteriosamente, más todavía si la danza se ejecuta con perfección, con armonía.

Como puede verse, el sentido original de lucha del hombre con el toro debe resituarse en la perspectiva de una lucha simbólica de conceptos, por lo que el simple ejercicio de dominio sobre el toro se trasciende hasta lindar con los terrenos del arte, pues el rito ha traspasado su sentido religioso, social, hasta colocarse en el terreno de la representación, es decir, del arte. El aficionado acudirá siempre a la plaza para disfrutar de la destreza con la que se lleva a cabo la representación. El final, por conocido, importa menos, importa el cómo se lleva a cabo todo. Quizá por eso no se torea sino que se interpreta el toreo, como si fuera música. El premio no es la muerte del animal por sí misma, sino que ésta debe ser el lógico colofón a una faena, que así se llama la actuación ante el toro, un colofón que dé sentido a todo lo que se ha hecho antes.

Queda además la cuestión de la supuesta crueldad del trato dado al animal. La fiesta es cruel si se la desprende de su dimensión ritual, en la que el castigo adquiere sentido, si se deja de lado que el animal puede defenderse y que no está permitido que el torero disfrute de ventajas que el animal no pueda contrarrestar, aunque la mayor inteligencia del hombre determine su victoria sobre el toro, y, por lo tanto, la muerte, casi siempre, de éste. No es menos cruel la muerte dada a los animales destinados al consumo de carne, al contrario: éstos jamás serán tratados al nivel de un animal sagrado como lo es el toro. Por otro lado, ningún aficionado acude a la plaza a disfrutar de un espectáculo de tortura, o ensañamiento con un animal. El espectador está situado en otro lado, quizá en esa dimensión donde se cruza rito, misterio religioso y arte, por lo que el supuesto sufrimiento del animal queda trascendido. Y decimos sufrimiento porque, sin rechazar la idea de que exista dolor y sangre en la fiesta, hablar del sufrimiento del toro es un abuso del lenguaje, pues atribuye al animal una capacidad y sensibilidad propias de un ser humano, no de un mamífero con el desarrollo cerebral propio del toro. Sin embargo, y quizá porque la fiesta de los toros no es de este mundo, que diría José Bergamín, no es nuestra misión justificar ni defender, sino mostrar.

Así pues, sólo después de despejar algunas dudas sobre lo que vemos en la plaza podemos empezar a apreciar el encuentro entre el toro y el torero. A continuación ofreceremos un resumen de cuanto sucede en la plaza, en las corridas de toros que se celebran en España, aunque teniendo en cuenta que el mundo de los toros se prolonga fuera de las plazas de toros; pero el ámbito total de la cultura del toro que se genera en España es un terreno demasiado basto para recorrerlo aquí. Para seguir estas explicaciones es recomendable disponer de soporte audiovisual, pues explicar los toros sólo puede hacerse si se ve la corrida. A través del Canal Internacional de Televisión Española se ofrecen regularmente corridas de toros (siempre durante los meses de la temporada taurina, que cubre en España la primavera y el verano hasta el mes de octubre) De modo que tomaremos la plaza y la corrida por el centro de ese mundo. La fiesta de los toros ha sido una celebración en continua evolución en paralelo con otras celebraciones táuricas, de tal manera que casi debería hablarse de múltiples fiestas, pues en muchos pueblos de España, en casi toda su geografía, se siguen celebrando ritos de muchos tipos con el toro como protagonista, aunque no en las plazas y bajo las reglas actuales de las corridas. En esos casos, las celebraciones con los animales están más cerca del rito antropológico que del arte.

Como se verá a lo largo de las explicaciones que vamos a ofrecer, el mundo de los toros se basa en una serie de complejas reglas y tradiciones. Al neófito puede parecerle, incluso, que la fiesta se ahoga en las muchas reglas que determinan cada momento. Sorprende que una actividad que se pretende artística carezca de la libertad que se presupone, precisamente, a cualquier disciplina artística. En efecto, el planeta de los toros parece un planeta conservador. La tradición y la ortodoxia son los raseros invocados continuamente por los aficionados para medir al toro y al torero, y sin embargo esto es tan sólo una impresión, bien fundada, eso sí, porque la fiesta de los toros combina admirablemente tradición, conservadurismo e innovación. La fiesta ha estado siempre en continuo cambio; la invocación de preceptos y tauromaquias, o artes de torear, escritas por toreros, se ha ido poniendo al día a medida que público y toreros han evolucionado, pero también ha conservado unos rasgos inamovibles. Ni siquiera a lo largo de este siglo, cuando las reglas y preceptos han parecido estabilizarse de forma definitiva, la fiesta ha permanecido igual, porque existe un espacio para la innovación. El carácter ritual y artístico al mismo tiempo de la fiesta de los toros es la razón probable de esta extraña mezcla de rigor y transformación. La fiesta como rito religioso, se resiste al cambio, pues la repetición de los actos rituales forma parte del sentido mismo del rito: volver una y otra vez a instaurar el tiempo y el espacio del rito. Pero la fiesta, como realización artística que sin duda es, admite la contribución de uno de sus protagonistas, el artista, que con su sensibilidad y su especial inteligencia para esta actividad, aporta, sin salirse de los esquemas del rito, nuevas formas de entenderlo. La continua reinterpretación del rito ha contribuido no sólo a su pervivencia, sino también a su conversión en un híbrido de arte-espectáculo-fiesta sagrada originalísimo en el mundo occidental. En la dialéctica entre ortodoxia o tradición e innovación artística surge el interés y la polémica que suscitan los toreros que cada temporada, cada año, defienden en la plaza sus concepciones del toreo, sus propias tauromaquias. El planeta de los toros tiene también a otros protagonistas, los aficionados, los encargados de mantener la tradición viva a través del recuerdo. Los aficionados aceptan o rechazan las formas que cada torero tiene de interpretar el toreo. Los aficionados se dividen en partidarios de tal o cual matador de toros, y disputan sobre la supremacía de los últimos a la hora de interpretar el toreo bueno.

Parece que todos los aficionados acuden a la plaza con una idea precisa del toreo, inamovible. Y así es, por extraño que parezca, existe una especie de toreo ideal, basado en conceptos tales como: templanza, quietud, ligazón, mando, etc. que iremos viendo en estas páginas. El arte del toreo es un arte en el que el espectador, partícipe de la fiesta, juez determinante, espera que el torero cumpla con ciertas normas y no que se aparte de ellas. A diferencia de otros campos artísticos, la novedad en el toreo es sólo la reinterpretación de la tradición sin apartarse, ahondando en ella. Misteriosamente, de ahí, de ese volver a interpretar la ortodoxia, surge a veces la novedad.

En estas páginas vamos a explicar ese toreo ideal que todo aficionado espera ver brillar en la plaza. De ahí el tono que tendrá en adelante esta explicación, llena de directrices, de prohibiciones y mandatos, de un único toreo bueno. Pero el torero no está maniatado a las normas, tiene capacidad de decisión e improvisación, basada en una serie de imponderables que debe resolver siempre: el toro es una incógnita, cuyo comportamiento cuando sale a la plaza se desconoce; la faena debe construirse en el mismo instante en que se interpreta —el toreo se hace al mismo tiempo que se deshace: arte volátil y perecedero—, pues cada toro necesita una forma de ser toreado, dentro de las formas previstas por esa especie de tauromaquia ideal, etc. En estas páginas ofrecemos, por lo tanto, una descripción de lo que sucede en la plaza de toros y al mismo tiempo, una descripción de lo que el aficionado valora, para que el neófito entienda las reacciones del público.

La fiesta de los toros universalmente conocida se celebra en plazas redondas desde el siglo XVIII, aunque la forma regulada en que se torea, base de la actual, data de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Se celebran corridas en España, desde la primavera al otoño, y en Hispanoamérica (son importantes las plazas de México, Perú y Colombia). Las corridas se celebran por las tardes, generalmente, aunque no es extraño que se ofrezcan algunas sesiones matinales. Existen dos tipos fundamentales de corridas, las corridas a pie y las corridas a caballo. En este texto vamos a describir las primeras, por ser más conocidas y más apreciadas, aunque los toreros a caballo (llamados rejoneadores) son también capaces de crear con sus caballos escenas y momentos de gran belleza ante los toros. Las corridas de a pie se dividen en dos categorías: las de novillos (toros de menos de cuatro años) y las de toros (toros a partir de cuatro años). En el primer tipo de corridas quienes se enfrentan a los toros se llaman novilleros. Para enfrentarse a toros de cuatro años el novillero debe demostrar cierta experiencia y superar una ceremonia de iniciación apadrinado por un torero. Superado este trámite el novillero se convierte en torero y puede ya torear animales de cuatro años.

La plaza de toros es un espacio redondo de arena (albero), rodeado de una barrera de madera generalmente pintada de rojo, en la que existen diversas puertas. La puerta de chiqueros es la que se usa para sacar el toro a la arena. Existe también la puerta de caballos, por la que acceden al ruedo los picadores, como veremos. También existen una serie de aberturas en la barrera (entre tres y cinco dependiendo de la amplitud del ruedo), protegidas por un telón de madera que se coloca delante de la abertura. Entre el telón y la abertura existe un espacio, el burladero, para que el torero en caso de peligro pueda penetrar y ponerse a salvo de la acometida. También se usa el burladero para atraer la atención del toro sin sufrir riesgos innecesarios.

Los toreros se acompañan de una serie de ayudantes, de ellos destacan los tres banderilleros y el mozo de espadas, encargado de cuidarlas y entregárselas al torero en el momento adecuado. Al torero también se le conoce como espada, matador, o figura si ha alcanzado un cierto renombre entre el conjunto de toreros que compiten en un mismo país. Al toro se le conoce también con los nombres de burel, cornúpeta, astado, etc.

El torero salta al ruedo vestido con su espectacular traje de luces, cubierta su cabeza con la montera, y armado de espada y capote. La espada se conoce con el nombre de estoque. En la actualidad se usan dos tipos de estoque, uno de aluminio ligero, con el que el torero se ayuda mientras torea y otro de acero con el que llegado el momento matará al toro. Los otros elementos fundamentales con los que se interpretará el toreo son el capote en los dos primeros tercios de la actuación de la lidia y la muleta. El capote recuerda a las antiguas capas con las que los españoles se protegían del frío y la lluvia. Es una tela de forma trapezoidal de color rojo o rosado por un lado y amarillo en su envés, aunque los colores pueden variar. La muleta es una pieza de tela, también de forma trapezoidal, que se sujeta con un palo (estaquillador) al que está cosida. La superficie de la tela puede aumentarse ayudándose de la espada. La función de estas telas es la de burlar al toro, que no burlarse de él, como aclararía José Bergamín. Mediante el capote y la muleta, también llamados engaños, el torero se oculta del toro, le hurta su cuerpo para que el animal en su embestida no le arrolle. El torero agita brevemente el engaño ante el toro (a este acto se le llama citar) para provocar su embestida. El torero usa la muleta y el capote para dirigir la embestida del toro o para acompañarla si no se ve capaz de dominar el movimiento del animal. Del uso de la muleta depende la belleza de la danza de toro y torero. Pero torear es bastante más, pues a través de los engaños, de los movimientos del cuerpo y de otras operaciones que detallaremos, se puede y se debe controlar la embestida y el comportamiento del animal, para que resulte lo más satisfactorio posible. Como decía un famoso matador, el toro cuando sale a la plaza no sabe embestir, el torero es el que debe enseñarle. Torear consiste por tanto, en el dominio del animal.

En cada corrida de toros se torean seis toros, aunque pueden ser hasta ocho. Suelen participar tres toreros, que se reparten dos toros para cada uno, a no ser que alguno de los toreros sufra un percance; en ese caso los otros miembros de la terna (así se llama el grupo de tres toreros que participan en la corrida) deberán repartirse el resto de toros por riguroso orden. En ocasiones son dos los toreros (corrida que se denomina mano a mano) o incluso uno sólo, aunque este caso únicamente se da en corridas excepcionales como la de Beneficencia en Madrid. Los toreros actúan siguiendo un orden preciso regido por la antigüedad del torero. Dicha antigüedad no depende de la edad, sino del tiempo que cada uno lleva como matador de toros en activo. Ese tiempo cuenta a partir del momento en que el novillero se convierte en torero en una ceremonia que se denomina alternativa. Así pues, se cuentan los "años de alternativa". El torero de mayor experiencia actúa en primer lugar y en último el de menor experiencia. Los tres toreros forman la terna o el cartel, llamado así por el papel en que se anuncia la actuación. Un buen cartel es la expresión que se usa para nombrar una buena terna de figuras del toreo.

Los toros llegan a la plaza en camiones y son descargados y conducidos a unas estancias, los chiqueros, de donde saldrán a la plaza. Hasta ese momento los toros han vivido en plena libertad, en amplias fincas, llamadas dehesas. En ningún caso el toro ha sido toreado, de modo que al llegar a la plaza se enfrenta a algo completamente nuevo. De ahí el componente de azar, de indeterminación, que da una amplia libertad al festejo dentro de la rigidez de las reglas y pasos que se siguen en la corrida.

La corrida empieza con el paseíllo, o desfile de los toreros y sus ayudantes. Este desfile es el prólogo de la corrida. Desfilan en primer lugar los tres toreros, seguidos de los banderilleros y los caballos con los picadores; cierran el desfile los encargados de sacar del ruedo al animal ya muerto del ruedo. El desfile acaba bajo el palco del presidente de la corrida. El presidente es el encargado de velar por que se cumplan todas las normas de la fiesta y premiará al final de cada actuación a los toreros que lo merezcan.

La lidia de cada toro consta de tres partes, llamadas tercios. Los tercios se conocen como tercio de varas, tercio de banderillas y tercio de muleta. El momento culminante es la muerte, con la que finaliza el último tercio, el de muleta. Los otros dos tercios se conciben actualmente en función del último, y en éste es la faena de muleta, es decir, el conjunto de pases, o de actuaciones del torero con la muleta ante el toro, el núcleo que todo aficionado valora sobre todo. Antiguamente el tercio importante era el de varas, donde se enfrentan caballo y toro.

El primer tercio empieza con los pases de recibimiento al toro en cuanto éste pisa la arena, al salir por la puerta de chiqueros. Se trata de pases que pretenden, en primer lugar probar al toro, comprobar su fuerza, su bravura, la calidad de su embestida, su capacidad para repetir varias veces la embestida, condición indispensable en el toreo moderno. Estos pases suelen realizarse en primer lugar por uno de los banderilleros, también llamados subalternos. El subalterno sostiene el capote con las dos manos y se sitúa delante del toro, corre de espaldas ante él y le atrae para provocar su embestida. Poco después el torero abandona un burladero y sale a probar al toro. En seguida los capotazos de tanteo, o pases con el capote, dan paso a las primeras muestras de arte, las verónicas.

La verónica se llama así porque recuerda la tela con la que Verónica, el personaje de los Evangelios, enjuga el sudor y la sangre del rostro de Jesucristo. La verónica se ejecuta sosteniendo el capote con las dos manos y situándose con respecto al toro casi de perfil. El torero embarca la embestida del toro, es decir, tapa por entero la cara del animal, sin que éste toque el engaño y hace que salga de la suerte, del encuentro con el torero por el mismo lado por el que acometió. Las verónicas se dan por los dos lados, el derecho y el izquierdo, haciendo que el toro gire alrededor del torero. Se valoran más estas series si se ejecutan ganándole terreno al toro, es decir adelantando un pie a cada verónica, casi como si fuera andando, y llevando tras de sí el torero al toro hasta el centro de la plaza.

El sentido de esos pasos es comprobar el estado y las capacidades, virtudes y defectos del toro. El espectador debe poner atención a las características del toro, pues de ellas depende la valoración de lo que haga el torero ante el toro. La mayor o menor dificultad de un toro determina el triunfo o el fracaso del torero, aunque el torero es directamente responsable en bastantes ocasiones de preparar y adecuar las características del animal, eliminando los defectos de su conducta y potenciando o aprovechando sus virtudes. Esas características deben ser las siguientes. Bravura: el toro no retrocede cuando se le acosa, cuando se incita su embestida. Lo contrario de la bravura es la mansedumbre. La bravura debe acompañarse de la fijeza. La fijeza es la capacidad del toro de acudir siempre a la muleta o al capote, con una embestida estable, a la misma velocidad, de la misma forma, bajando la cabeza lo suficiente, pues no es posible torear a un toro que no baja la cabeza, es decir, que no humilla. El toro debe embestir con claridad, dejándose engañar por el torero, sin descubrir, por tanto, la posición del torero tras la muleta o el capote, tras el engaño. El toro debe acudir al capote con alegría y prontitud, no debe ser tardón; es decir, debe responder rápidamente a las llamadas del torero. En todo momento debe evitarse que el toro puntee el capote o la muleta, es decir, que no toque en la medida de lo posible con la punta de los cuernos la tela de los engaños. Esta facultad se la conoce como temple. El temple, por tanto, se considera en realidad como la habilidad del torero para lograr que el toro no enganche nunca el engaño con los cuernos o pitones. El secreto nada fácil del temple consiste en dominar la embestida del toro, con el fin de conseguir que éste embista a un determinado ritmo y de forma regular, así el torero controla y dirige la danza con el toro para que el toreo salga limpio. El temple es también, sin embargo, la habilidad del torero para acompasar, para seguir la embestida natural del toro. Siempre se valora más ante cualquier tipo de toro la capacidad del torero para imponerse al animal y amoldarlo a las necesidades del lucimiento artístico.

Hemos señalado las verónicas como uno de los pases, o formas de usar el engaño ante los toros. Cada uno de los múltiples pases en que consiste el toreo implica una colocación del torero respecto al toro, unos determinados movimientos de uno y otro y un determinado recorrido previsto para el animal. Los pases con la muleta se llaman también suertes.

El elemento central del tercio de varas es la intervención de los caballos. Al ruedo saltan dos picadores montados a caballo. Cada uno de ellos se coloca en lugares opuestos de la plaza. Los picadores se llaman así porque usan una pica o vara con una punta metálica en uno de sus extremos, cuya misión es picar al toro, es decir, sangrarlo. La misión de los picadores es múltiple. En primer lugar deben sangrar al toro, siempre en lo alto de sus lomos, nunca en los costados, para conseguir amoldar su embestida. Amoldar significa aquí reducir la fuerza de la embestida, controlar la explosión de energía del toro que ha invadido el ruedo al principio del primer tercio. También se persigue fijar su embestida, que acuda con fijeza a los engaños; es decir, que no se distraiga y no atienda nada que no sean las órdenes de los toreros. La intervención de los picadores sirve para medir la fuerza del animal, su grado de acometividad, si es realmente bravo. Cabe indicar que algunos toros pueden parecer bravos porque embisten con fiereza, pero esa actitud puede esconder mansedumbre, como si el toro, en una especie de huida hacia adelante, como si estuviera aterrorizado, se enfrentara a cuanto se le pone por delante de forma desordenada.

El toro debe acudir al caballo desde más allá del doble círculo pintado, generalmente con cal, en el ruedo. El toro debe estar situado en un espacio que comprende desde el centro del ruedo hasta esa doble línea. Los subalternos, y en ocasiones el torero mismo, citan al toro, lo llevan hasta colocarlo cerca del caballo. El picador debe llamar su atención, a veces moviendo el caballo, o, mucho mejor, tan sólo la pica. El toro debe embestir al caballo y el picador defenderse mediante la pica. Cuando el picador pica al caballo se dice también que le ha dado un puyazo. El toro se estrella contra el peto protector del caballo y lucha con sus cuernos. El toro no debe dar cabezazos, ni rehuir el encuentro con el caballo al sentir el puyazo, sino que debe persistir en su lucha, con fijeza. Se dice que el toro es bravo si no hace sonar el estribo en el que coloca su pie el picador para afianzarse sobre su caballo. El castigo al animal debe ser medido, es decir, debe realizarse según las características del toro, teniendo en cuenta si éste es fuerte o no. En ningún caso se debe sobrepasar un límite ideal, aquel que impediría seguir toreando al animal. En algunos casos se abusa de este castigo al toro, pues, evidentemente, reduce la fuerza del animal, lo que puede hacer que en adelante sea menos peligroso de lo que realmente era al inicio de la lidia. El sentido del tercio de varas no es destruir al animal sino acomodarlo para los tercios siguientes, sobre todo para el más importante, el último.

En las plazas de primera categoría, las más importantes (Madrid, Barcelona, Sevilla, Bilbao, Pamplona), el toro debe acudir al caballo, es decir, debe ser picado, tres veces al menos. En plazas de inferior categoría no existe esta obligación.

Tras el tercio de varas tiene lugar el tercio de banderillas. El cambio de tercio lo autoriza el presidente del festejo. El presidente está situado en un palco preferencial de la plaza y es el encargado de que se cumplan los reglamentos de la fiesta, así como de conceder los trofeos que acreditan la calidad de las faenas que han llevado a cabo los toreros.

En el tercio de banderillas suelen intervenir los subalternos o banderilleros de cada torero. Los subalternos son tres. Uno de ellos preparará al toro para que los otros dos les coloquen las banderillas. Las banderillas son unos pequeños palos recubiertos de papeles de colores; en uno de sus extremos existe un arpón con el que las banderillas se fijan en los lomos del toro. Las banderillas sirven para avivar la embestida del toro, que después del castigo en varas, es decir, después de haber sido picado, puede haber quedado, si no conmocionado, sí al menos muy disminuido no en su fuerza, sino en la prontitud de sus reflejos. Las banderillas se ponen por lo general al cuarteo. Para poner banderillas al cuarteo el banderillero debe llamar la atención del toro desde una cierta distancia. Toro y torero deben arrancar a correr al unísono y encontrarse de tal modo que parezca que van a estrellarse el uno con el otro. El banderillero engaña al torero en el último instante y logra ponerle las banderillas. El banderillero debe ponerlas asomándose al balcón, como suele decirse en el argot taurino, es decir, colocándose entre los cuernos del toro, con los brazos levantados para poder clavar en seguida las banderillas. El torero debe salir del encuentro de forma airosa, casi andando, sin demostrar miedo o prisas. En ningún caso deben ponerse las banderillas después de engañar la embestida del toro, sino al mismo tiempo.

Se ponen tres pares de banderillas, generalmente. En ciertas ocasiones, si el toro ha demostrado mansedumbre y otras malas actitudes durante el tercio de varas o durante el de banderillas, puede ponérsele como castigo unas banderillas negras, de arpones mayores a las banderillas normales.

Tras el de banderillas se pasa por último al tercio de muleta. Este tercio es el más importante en la actualidad. Puede decirse que toda la lidia confluye en esta última parte. Antiguamente, el tercio más valorado y espectacular era el tercio de varas, el enfrentamiento entre toro y caballo. En esos tiempos, al menos hasta los primeros años del siglo XX, los caballos debían enfrentarse a los toros sin peto que los protegiera, de modo que muchos de ellos quedaban horriblemente heridos. El último tercio consistía únicamente en los actos preparatorios para matar al animal. El tercio de muleta recoge hoy toda la atención de modo que lo que se realiza en los tercios anteriores apenas se valora por el público menos entendido, que llega a disculpar los fallos que en ellos se hayan cometido si se consigue triunfar en el último tercio. Sin embargo, algunos aficionados, han conservado la antigua gran estima por el tercio de varas; uno de ellos fue el pintor Pablo Picasso, al que fascinaba esa lucha entre los dos animales, el toro y el caballo, recreándose muchas veces en la derrota de este último ante la fuerza invencible del astado.

El último tercio tiene como punto culminante la muerte del toro, si bien cada vez más la muerte se considera el colofón necesario y no el único elemento importante de este tercio. Suele valorarse por encima de todo la faena de muleta, es decir el conjunto de pases o actuaciones que lleva a cabo el torero con la muleta ante el toro. El éxito de los toreros se cimenta en las faenas de muleta, con ellas se ganan los triunfos y la fama. Muchas veces una buena faena de muleta puede hacer olvidar la poca destreza o arte del torero para matar al animal, si bien es verdad que no puede existir una buena faena de muleta si no se concluye con una interpretación correcta de la muerte del toro, o suerte suprema. Ya hemos señalado más arriba que suerte es como se conoce a cada uno de los pases que se realizan con la muleta. El sentido taurino de la palabra pase tiene su origen en la acción que cumple el toro que acude a la muleta. El animal acude engañado, atraído por la muleta que sostiene el torero. Cuando el toro va a embestir la muleta se dice que entra en la suerte. El torero debe hacer pasar al animal tras la muleta, desengañándole, evitando que le encuentre a él. El toro sale del pase sin haber enganchado la muleta, descubriendo que tras ella no hay nada y dispuesto a perseguir de nuevo la muleta en el siguiente pase. No en todos los pases se da salida al toro, de modo que hay algunos que dejan al toro clavado en la arena; entre estos pases se cuentan los desplantes. Los desplantes suelen ser vistosos desafíos y actos de desprecio al toro, supuestamente basados en la valentía, aunque a veces temerarios. En muchas ocasiones resultan una estratagema del torero para ocultar la escasa valía de la faena que se está realizando. Dichos desplantes consisten a veces en soltar la muleta ante el toro, arrodillarse ante él, etc. Debe desconfiarse de los desplantes temerarios o demasiado espectaculares. El toreo exige siempre economía de maneras y gestos. La pureza del toreo se basa en su sencillez, en la aparente facilidad y falta de esfuerzo con que hasta lo más difícil debe interpretarse.

La faena de muleta consiste, como queda dicho, en un conjunto de pases. Más adelante detallaremos en qué consiste cada uno de ellos. El fundamento moderno de la faena de muleta parte de las innovaciones introducidas por el torero José Belmonte, famosísimo durante los años veinte y treinta. Se dice que él inventó el toreo moderno. Esa modernidad reside en el paso del enfrentamiento con el animal a la metafórica danza de hombre y animal. La base de esa danza es la ligazón de los pases, ligar los pases. Ligar indica la capacidad del torero de dar varias series de pases, de ejecutar diferentes tipos de suertes con continuidad, formando conjuntos armoniosos. Para lograr esto se necesita cuidar las características del toro que hemos ido indicando. A los anteriores rasgos del comportamiento del toro debemos añadir para este tercio los siguientes. El toro debe ser repetidor; es decir, que pueda ser capaz de acudir repetidamente a la muleta tantas veces como le cite el torero. Se dice también que el toro debe ser codicioso, deseoso de volver a embestir la muleta. El toro no debe quedarse en la suerte, es decir, que debe acudir y salir del encuentro con la muleta para volverse sobre sí y acudir de nuevo al engaño. Además de la ligazón resulta fundamental nuevamente el temple, la capacidad, como dijimos, de controlar la embestida y hacer que el toro no puntee la muleta con los cuernos.

Otro elemento primordial en el último tercio, polémico en los últimos tiempos, es la colocación del torero ante el toro. El torero debe situarse en la medida de lo posible, en todo momento, frente al toro, cruzándose, de tal modo que esté no al lado de la previsible trayectoria del toro, sino prácticamente en línea recta a la misma, como si fueran a chocar. El torero debe embarcar al toro en la muleta. Es decir, plantar la muleta en la cara del toro de modo que se le tape a este toda la visión. Se debe torear presentando al toro la mayor extensión de muleta posible. Esto supone acercarse al animal, torear de cerca, exponiéndose. Y de ahí nace la polémica, pues algunos toreros ejecutan la faena presentando el pico, es decir un extremo de la muleta, y en una posición excesivamente lejana del recorrido que hará el toro. A esto último se le llama a veces torear fuera de cacho, es decir fuera del lugar correcto en el que debe situarse ante el toro el torero. No siempre es posible torear de frente o cruzándose, que es como se llama al acto de situarse en la trayectoria del toro. En todo caso debe torearse en la forma correcta a poco que el toro no lo impida de forma manifiesta.

Siempre se adelanta uno de los dos pies, de forma que a cada pase se debe ir avanzado terreno poco a poco. Esto es una señal de dominio del torero sobre el toro, muy valorada. Relacionado con este último punto está la necesaria colocación del torero de modo que no pierda nunca la cara al toro, expresión que indica tanto la atención que debe poner el torero, como el sentido de estar siempre en condiciones de no perder nunca la posición y el dominio de ésta sobre el toro. En ocasiones el empuje del toro hace retroceder al torero, situación que debe ser corregida inmediatamente, imponiéndose el hombre sobre la embestida del animal. Otra exigencia que debe cumplirse es la quietud. Se llama quietud a la capacidad del torero de encadenar series de pases sin cambiar de terrenos y casi sin moverse del sitio, haciendo que el toro pase una y otra vez alrededor del cuerpo del torero. Se mueve el toro y el torero lo justo para después de dar salida al toro al terminar un pase preparar el siguiente. El torero debe ejecutar los pase de tal modo que la salida del toro deje al animal preparado para iniciar el siguiente pase. No todos los toreros interpretan esta quietud en la misma forma. Algunos la dejan en un segundo plano, para optar por un toreo de fuerza, más basado en el enfrentamiento con el animal; otros acentúan la quietud para lograr un toreo más artístico, a veces en detrimento del sometimiento del toro. El ideal del toreo bueno, como se dice en el argot taurino, es el toreo de la quietud, el temple, el dominio. Otro aspecto final, este de gran complejidad, es el de los terrenos. Se trata de la difícil dialéctica de los espacios que ocupan toro y torero en el ruedo. Se une aquí el sentido de la territorialidad del toro, que busca unas determinadas zonas de la plaza para situarse en ellas y defenderse o luchar desde esa zona que, sin que sepamos muy bien por qué, es donde se siente cómodo el animal, y el intercambio de espacios que se produce durante las evoluciones de la danza que toro y torero interpretan. El torero debe saber identificar las zonas del ruedo donde el toro le dará mayores o menores facilidades para ejecutar la faena a su entender, según sus criterios artísticos. El torero debe dar espacio al toro, es decir, juzgar en cada momento qué distancia debe recorrer el toro, a qué distancia debe citarle, calcular cómo se van a mover uno y otro a lo largo del ruedo mientras se ejecutan las suertes. De este calculado movimiento depende el lucimiento de los pases, la efectividad de la danza. Pero esta cuestión de los espacios es asunto demasiado complejo para tratar aquí. Vamos a adentrarnos en la faena de muleta misma, en su desarrollo hasta la muerte del animal.

La faena de muleta puede basarse en una u otra de las manos. Es decir, el torero puede hacer pasar el toro por el lado izquierdo o el lado derecho de su cuerpo. En uno u otro caso usará una mano o la otra para sostener la muleta. Los pases ejecutados con la mano izquierda se llaman pases naturales, los pases ejecutados con la mano derecha, derechazos. Para dar ambos pases el torero puede o no ayudarse de la espada. El torero actúa siempre durante la faena de muleta armado con su espada, el estoque, que no usa nunca para defenderse, sino para aumentar la superficie de la muleta que ofrecerá al toro. En los naturales no se suele emplear la espada; en cambio, en los derechazos se usa la espada para aumentar la superficie del engaño que se presenta al toro. Por esta razón se valora como más difícil el pase con la mano izquierda o natural, pues el torero dispone de menor superficie de tela para ocultarse detrás. Cuando en el natural se emplea la espada se le llama natural ayudado (ayudado por la espada).

(pase natural)

 

(pase con la mano derecha: derechazo)

 


Un tercer pase acompaña a los dos anteriores, el pase de pecho, característico por consistir en un pase ejecutado sobre la mano derecha o izquierda que acaba con el torero levantando la muleta por encima de la cabeza del toro. Este pase se diferencia de otros que también acaban por alto, es decir, con la mano levantada del torero, porque el toro entra en la suerte, en el pase de pecho por un lado y sale por el otro. Se le considera entonces un pase cambiado, pues se cambia la dirección prevista de salida (si el toro entra por el lado izquierdo sale por el derecho o viceversa).

(Los tres momentos fundamentales de un pase de pecho)

Las faenas de muleta suelen consistir fundamentalmente en series de pases naturales, de derechazos o de ambos combinados, finalizadas por pases de pecho. Después de cada pase de pecho el torero suele alejarse del toro para dejarle respirar y recuperarse del esfuerzo de acudir una y otra vez a la muleta. Es evidente que el toro está ya muy cansado en el tercer tercio, por lo que el torero debe medir las fuerzas del toro, para dosificar el número y no quedarse ni corto ni largo, porque como se dice en el argot, hay toros que ya no admiten un pase y otros que al irlos a matar pueden quedarse con algún pase dentro, es decir, que han sido desaprovechados.

Antes de comenzar las series de pases naturales y derechazos, el torero suele sacar el toro; es decir, suele apartarle de la barrera, si el animal se ha desplazado hasta allí después del tercio de banderillas, para busca el lugar idóneo en el ruedo donde torearle, el espacio en el que el torero se encuentra más cómodo o el terreno donde juzgue que el toro le dará mayores facilidades. El torero lleva al toro tirando de él, es decir colocándose ante él y andando de espaldas hasta atraerlo al lugar preciso. El torero evita siempre las zonas del ruedo en que sople el viento, pues éste mueve la muleta descubriendo al torero, con el consiguiente peligro. Si no es posible evitar el viento el torero suele mojar los bordes de la muleta con agua o cambiar la muleta prevista por otra de tela más pesada.

Una vez situados en el espacio elegido el torero inicia la faena de muleta con unos pases de tanteo, pases preliminares. Estos primeros pases pueden ser una serie rodilla en tierra, rápida, de frente al toro, muy cerca de él, para ajustar su embestida si en los tercios anteriores ha visto que su comportamiento presentaba algún defecto que pudiera afear la faena de muleta.

A esta introducción breve sigue la fase central de la faena, donde el torero se centra ya con el toro. La parte central de la faena consta de series ligadas de pases naturales y derechazos. Los naturales y derechazos se dan según el torero vea cuál de ellos acepta o no el toro. Es decir, que hay toros que van bien por el lado izquierdo y otros que van mejor por el lado derecho. El torero debe probar cuál de los dos lados es el adecuado. De ahí que en las primeras tandas de pases combine naturales y derechazos, para decidirse, en las siguientes tandas, por uno u otro, aunque de vez en cuando puede insistir sobre uno u otro lado, para ver si ha cambiado la receptividad del toro. De esta manera el torero torea sobre el lado izquierdo o sobre el lado derecho.

Las series de tandas deben caracterizarse por la quietud y el temple. No debe abusarse del tiempo, de tal modo que es mejor torear poco y bueno que porfiar con un toro que ya no puede recorrer ni un metro más, cansado, después de haber sangrado mucho. Suele valorarse mucho que el torero baje la mano; es decir, que sostenga a baja altura la muleta. Es señal de dominio sobre el toro. No siempre suele conseguirse, pues supone un esfuerzo para el toro que está muy cansado o no tiene muchas fuerzas. El torero debe siempre intentar que el toro humille al entrar a la muleta; es decir, que no lleve la cara alta. Para lograr que el toro humille el torero suele bajar la mano poco a poco, después de los primeros pases, de modo que la serie gana en intensidad y belleza. Las mejores series son aquellas de naturales en las que el torero apenas demuestra esfuerzo por lo que hace, como desmayado, cuando parece que todo el toreo se concentra en la punta de los dedos que sujetan muy baja la muleta, alrededor de los cuales, cuando se interpreta el toreo en su pureza, gira la plaza.

Ya avanzada la faena, sobre todo cuando el torero ha logrado bellas series o, de no haber sido así, para que el público no se aburra, suelen ejecutarse los llamados pases de adorno. Pases donde no se obliga al toro, donde no se le somete, donde el torero no debe hacer tanto esfuerzo, pero que resultan muy vistosos y elegantes, si se interpretan con garbo y alegría. Estos pases son el pase afarolado, el molinete, los estatuarios, el pase de las flores y muchos otros. No se valora el abuso de ellos, sobre todo si pretenden ocultar una faena mediocre, pero el espectador los agradece con júbilo si sirven para dotar de variedad a una buena faena, a un buen muleteo.

El acto final de la lidia del toro es la muerte del mismo. El torero va hasta la barrera para recoger el estoque auténtico y regresa ante la cara del toro para proceder a matarlo. Se trata de una operación laboriosa, que exige a veces cambiar de terreno, es decir, conducir al toro hasta el lugar adecuado del ruedo donde el animal pueda encontrarse en la posición y disposición adecuada. El toro debe tener las manos, las patas delanteras, cuadradas, es decir, en paralelo, sin estar una más adelantada que otra, ni demasiado separadas ni demasiado juntas. El torero se sitúa ante el toro a corta distancia y adelanta la muleta con la mano izquierda hacia la cara del toro, con la derecha apunta sobre los lomos hacia el ojo de las agujas. El punto central de la suerte de matar está en conseguir que el toro siga la muleta que le ofrece con la mano izquierda. El torero se abalanza sobre el toro, apuntando con el brazo derecho extendido, mientras su cuerpo sigue una trayectoria contraria a la que marca la mano izquierda. El toro engañado sigue esa trayectoria mientras el torero escapa por el lado contrario después de haber asestado la estocada en todo lo alto.

Existen básicamente tres formas de entrar a matar, que es como se denomina el acto de matar al toro: al volapié, al encuentro, recibiendo. La primera es la más común, se usa con toros parados; es decir, con toros que llegan al final de la faena sin fuerza, sin recorrido, sin capacidad de embestir. En realidad hoy en día se la usa con todo tipo de toros, pues es la forma que permite un mayor control al torero sobre la forma de ejecutar la muerte. En la suerte de recibir el torero provoca la embestida del toro y antes de que el toro pueda herir al torero éste mata al toro. La modalidad al encuentro es una forma intermedia entre el volapié y la suerte de recibir.

(La muerte del toro. La suerte suprema ejecutada al volapié)

La estocada si se ejecuta correctamente debe herir de muerte al toro y acabar con su vida de forma inmediata. En este sentido, la colocación de la espada sobre los lomos del torero es determinante. El público entendido en ningún caso desea prolongar la agonía del toro hasta su muerte. Muy al contrario, se deplora al mal torero que no ha sabido colocar la espada de tal modo que acabe inmediatamente con la vida del animal. Si no se consigue que el animal caiga rodado, es decir, al instante, el torero deberá volver a entrar a matar si la espada no ha penetrado en el animal la mitad o más. Si ha penetrado casi entera, procederá a extraerla y rematar al toro con el estoque de descabello. El estoque de descabellar es una espada de punta muy afilada y con un tope para que no pueda penetrar en el animal más allá de la punta. Esta espada se usa para seccionar la médula espinal del toro y acabar con su vida definitivamente. Una vez descabellado el toro el puntillero de la plaza o uno de los subalternos con una especie de pequeño puñal acaba en la médula espinal el trabajo del torero. El relato de esta muerte puede parecer truculento, pero sólo lo es si el matador y los que le ayudan no son buenos especialistas en su trabajo. Del torero se exige que mate limpiamente al animal, sin tardanza y con la habilidad suficiente para que sea un momento rápido y limpio. Si el toro ha sido excepcionalmente bueno para la lidia, si ha dado toda clase de facilidades y mostrado las mejores virtudes que se exigen a un toro bravo puede llegar a indultársele. Si es así será devuelto a los corrales de donde salió a la arena de la plaza. Más tarde se le cuidará de sus heridas y servirá en la ganadería de donde procede como semental para ayudar a conseguir nuevos ejemplares con la bravura del padre. Cuando se indulta al toro el torero simula la suerte de matar con una banderilla, que deja clavada en los lomos del animal.

Una vez muerto, se arrastra al toro fuera de la plaza mediante un tiro o conjunto de mulas, llamadas mulillas. Tras la muerte del toro llega el momento de que el público exprese libremente su opinión sobre el éxito y la calidad de la faena. En esta valoración interviene también el presidente del festejo desde su palco. El público expresa su opinión mediante el silencio, si la actuación no merece más que indiferencia; abucheos si toro o torero no se han considerado a la altura; o mediante premios, que se exigen agitando un pañuelo blanco y sólo el pañuelo blanco. Los premios los concede el criterio del presidente. Estos premios se simbolizan mediante la entrega al torero de ciertas partes de la anatomía del toro. Los premios de menor a mayor importancia pueden ser, una oreja, dos orejas, dos orejas y rabo. El presidente debe valorar la fuerza de la petición del público, de modo que si existe una mayoría evidente en la plaza de personas que agitan su pañuelo blanco el presidente está obligado a conceder un trofeo: una oreja. Esta concesión la indica el presidente dejando colgar de su palco un pañuelo blanco. Tras esta concesión del premio el público puede exigir, si continúa agitando sus pañuelos, que se aumente el número de trofeos para el torero. El público exige entonces una segunda oreja. Las dos orejas sólo se conceden a faenas realmente importantes. El primero de los trofeos debe concederlo el presidente de forma automática, en cuanto se hace patente que existe una mayoría favorable entre el público; en cambio, entregar el segundo premio, la segunda oreja, queda totalmente a criterio del presidente, aconsejado en el palco, como es preceptivo, por un experto taurino, un torero retirado. Aquí suelen estallar enfados visibles y ruidosos entre el público y el presidente, pues puede darse el caso de que, concedida ya una primera oreja, el público exija la segunda, sin que el presidente haga caso alguno a esta petición. Los presidentes suelen ser reacios en ocasiones, sobre todo en las plazas importantes, a ser generosos con los premios, demostrando así un criterio de exigencia muy selecto, actitud que pretende ganar prestigio para la plaza de toros, indicando a los toreros que actúan y a los que lo hagan en lo sucesivo, que deben esforzarse en ese ruedo si se quiere obtener trofeos. Obtener las dos orejas y el rabo sólo está al alcance de maestros capaces de obrar milagros taurinos en la arena, de modo que es un premio muy raro de obtener y menos aún en plazas exigentes como las de Madrid o Sevilla. Una vez concedidos los premios, el torero tiene derecho a dar una vuelta triunfal al ruedo, una vuelta por cada premio concedido. En esa vuelta el torero irá recogiendo el aplauso, incluso los regalos del público, que le premia así. Los aficionados entusiasmados con el éxito del torero lanzan a su paso sombreros, flores, chales, etc. que el torero, acompañado de su cuadrilla, devuelve con agradecimiento al público. Son regalos simbólicos, indicativos sólo del aprecio del público. La vuelta al ruedo, en principio, sólo se lleva a cabo si se le ha concedido al torero uno o más trofeos, una o más orejas, pero existen excepciones. En ocasiones, el torero no consigue matar a la primera ocasión, por lo que no se le concede ningún premio, pero, si la faena ha sido meritoria, se le puede compensar de algún modo, pues el público puede pedirle con sus gritos que dé igualmente la vuelta al ruedo. Cuando el público está disconforme con los premios concedidos por el presidente, cuando le ha exigido una segunda oreja y no se la ha otorgado, por ejemplo, puede pedirle al torero que realice una segunda vuelta al ruedo, de modo que la segunda vuelta simbolice la segunda oreja. Como puede verse, en la fiesta de los toros el público busca siempre participar activamente en las decisiones que se toman con respecto a la actuación de los toreros. La fiesta es una fiesta casi democrática, donde la autoridad suele desafiarse cuando sus decisiones no se consideran acertadas. Pero decimos que es casi democrática porque la tradición y los reglamentos son aceptados como de obligado cumplimiento, por lo que la protesta suele quedar en eso, con todo su ruido, colorido y divertido surtido de improperios para el balcón presidencial.

Y llega así el final de cada faena. El siguiente torero repetirá casi todos los gestos y seguirá las mismas leyes y costumbres que le han precedido; incluso ejecutará los mismos pases y suertes, aunque nunca en el mismo orden. Y sin embargo, nada es igual de un toro a otro, de un torero a otro. Debe fijarse bien la atención, porque todo cuanto acontece en el ruedo parece igual a lo que le ha precedido y en cambio, nada es exactamente lo mismo, ni toros ni toreros se comportan igual. Existe en los toros, en un mundo tan reglado y uniformizado, una gran variedad de comportamientos, de expectativas, incumplidas muchas veces, de variedad y alternancia de comportamientos que garantizan el interés en cada toro, en cada tarde de toros. Nunca se sabe lo que va a suceder, aunque todo esté preparado para cumplir un rito siempre igual. Esta capacidad de variedad en la unidad obliga al espectador a contemplar con atención todo cuanto ocurra o perderá de vista los pequeños detalles que encumbran a un torero o que provocan el silencio indiferente, o el enfado del público.

Al final de la corrida público y toreros se retiran. En este momento se reserva para el mejor o los mejores toreros de la tarde un último reconocimiento de su éxito. Cada torero interviene al menos dos veces en la corrida; es decir, torea dos toros, de modo que puede acumular varios premios entre las dos actuaciones. Si logra sumar al menos dos orejas entre las dos faenas en que ha intervenido (tanto si obtiene una oreja de cada toro, como si sólo obtiene dos de un único toro) tiene derecho en la mayor parte de las plazas a salir por la puerta grande. Salir por la puerta grande, o abrir la puerta grande, es el reconocimiento final del torero esa tarde. Abrir la puerta grande o principal de la plaza de toros le certifica como el vencedor de la tarde. Si los otros toreros también han logrado trofeos suficientes pueden también abandonar la plaza por la puerta grande, de modo que uno o más toreros pueden hermanarse en el triunfo una tarde de éxito. Sin embargo, en La Maestranza, la plaza de toros de Sevilla, es necesario al menos obtener tres orejas para abrir la puerta grande, también conocida como Puerta del Príncipe.

Este es el final de la corrida. Los mismos rituales se repetirán al día siguiente o en los sucesivos, en otros festejos a lo largo de la geografía española o americana. Como decíamos anteriormente, la temporada taurina abarca en España los meses de la primavera y el verano hasta el principio del otoño. Las fiestas taurinas suelen agruparse en varias fechas para formar ferias. Las ferias suelen coincidir con otro tipo de festividades propias de la ciudad donde se celebran. Las ferias pueden durar varios días o incluso semanas. Las más conocidas son las siguientes: La feria de san Isidro en Madrid entre mayo y junio, la feria de abril en Sevilla, la feria de Fallas en Valencia en marzo, la feria durante la celebración de los sanfermines en Pamplona y la feria de Bilbao. En verano se torea casi cada día en algún rincón de España, y en muchas plazas, como Madrid o Barcelona, hay toros cada domingo.

Espero que estas breves y esquemáticas notas ayuden al curioso por la cultura hispánica a comprender, a adentrarse en este mundo, otro mundo, tan alejado por tantas cosas de nuestro posmoderno y globalizado planeta tierra.

Lecturas recomendadas:

Bergamín, José, La música callada del toreo, Madrid, Turner, 1994.

Cossío, José María de, Los Toros, 2 vol., Madrid, Espasa-Calpe, 1995.

Delgado Ruiz, Manuel, De la muerte de un dios. La fiesta de los toros en el universo simbólico de la cultura popular, Barcelona, Ediciones Península, 1986.

Moral, Antonio del, José, Cómo ver una corrida de toros, Madrid, Alianza Editorial, 1994.

Lugares en Internet:

La plaza de toros más importante del mundo, La Plaza de las Ventas, Madrid: http://www.cempresarial.com/toresma2

Información sobre la feria de San Fermín, Pamplona: http://www.sanfermin.com/

Lugares de información taurina (ferias, corridas, retransmisiones de televisión y radio, toros en Hispanoamérica, Portugal y Francia, vocabularios taurinos, etc.):

http://www.noticiastaurinas.com/

http://www.portaltaurino.com/

http://olympia.fortunecity.com/lipinsky/486/index.htm

Lugar de la revista de información taurina 6 toros 6, una de las publicaciones periódicas especializadas:

http://www.6toros6.com/

Lugar especializado en el mundo del toro en México: http://www.ikarus.com.mx/toros/

 

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Espéculo. Universidad Complutense de Madrid.
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