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Nicolás Guillén

Donde nacen las aguas

      

 

Pólvora y rosa:
Cien años de Nicolás Guillén entre nosotros

Jaime Muñoz Vargas

Aunque murió en el 89, Nicolás Guillén cumple cien años de vida y sus versos saben, como el buen ron, cada vez mejor. Por ello, el festejo de este onomástico no podía ser más afortunado que con la publicación de una gorda antología donde el lector puede apreciar, de un solo tirón, la robusta voz de un poeta cuya obra es de las más originales, vigorosas y osadas del siglo veinte latinoamericano y, si me apuran un poco, de la literatura mundial contemporánea. Donde nacen las aguas es, pues, homenaje, en efecto, pero también revaloración de una poesía que no deja de sorprender por su temeridad estética y por su responsabilidad social.

Nacido en la provincia de Camagüey, Cuba, el 10 de julio de 1902, Guillén describió una trayectoria de vida que roza las márgenes de lo extraordinario. El catolicismo escolar y el liberalismo paterno le darán desde pequeño un profundo y nunca extraviado sentido de la justicia. El esbozo biográfico podría ampliarse, pero lo dejo aquí para ceder paso a la recensión específica de Cuando nacen la aguas; sólo agregaré que todavía en la adolescencia el joven mulato descubre las pasiones de la tipografía, del periodismo y, principalmente, de la poesía, arte que tocó de manera primeriza pero intensa en las lecciones de preceptiva literaria que dictaba en horario nocturno el profesor Tomás Vélez, con quien aprendió el amor al siglo de oro y de su trinidad: Góngora, Lope y Quevedo. Muy pronto arribaron sus primeros poemas, piezas que casi desde el inicio evidenciaron una tesitura distinta a todo lo ya cuajado en la literatura de su tiempo y de su lugar. Fue desde su origen un poeta crisol: en Guillén convergieron múltiples culturas y sangres; el talento y la heteróclita amalgama de una cubanía bien absorbida le dieron novedosa resonancia a sus inusitados versos. A eso se sumó, con fuerza de ciclón antillano, la presencia de Rubén Darío, el más grande motor que haya conocido la poesía latinoamericana. Allí está pues el caldo de cultivo en el que habrá de hervir el alma del gran Nicolás: tradición poética española, sonoridades africanas, influjo motriz del modernismo rubeniano, inclinación político-social y contacto con las vanguardias vigesimistas. El resultado, un poeta magnético, original, vivo y prolijo.

A cien años de su nacimiento, el recuerdo de esa efemérides, insisto, no podía ser más efusivo en México que con la publicación de una antología como la que hoy presentamos, tan espaciosa y bien surtida. Y aunque de hecho muchos han trabado relación con la poesía del camagüeyano a través de racimos antológicos como el reunido en Obra poética 1922-1958, un musculoso par de volúmenes publicado por Letras Cubanas y compilado, prologado y anotado por Ángel Augier, no es innecesaria ahora esta nueva selección pues facilita en nuestro país el acceso a uno de los poetas mayores del siglo recién ido. De hecho, no conozco ediciones mexicanas de esa poesía salvo la que publicó Editores Mexicanos Unidos, pequeño volumen en el que Guillén compartió páginas con Neruda y León Felipe. Donde nacen las aguas, entonces, viene a tapar un boquete que desde hace años estaba allí, mostrándonos que la obra del inmenso cubano había tenido presencia en México de manera casi subterránea.

Pero la pertinencia de un libro como éste no tiene que ver sólo con el calendario. Era pertinente hace diez, hace veinte años, dado que desde entonces la esplendidez del hacer guilleniano demandaba en nuestro país el vehículo de papel que le diera adecuada difusión. En este caso, Donde nacen las aguas pone a merced del lector el alfa y el omega de un poeta hito y lo hace con tres apéndices de gran valía: la introducción de Roberto Fernández Retamar, que en este caso son las palabras leídas por el autor de Calibán al momento de recibir el premio Nicolás Guillén en Piacenza, Italia; el musculoso prólogo de Jorge Luis Arcos y la nota preliminar de los compiladores Nicolás Hernández Guillén y Norberto Codina. Tras esas antesalas, las tres lúcidas y emotivas, sobre todo la de Fernández Retamar, el lector accede a la poesía del mulato y asiste a la evolución de una poética donde la su extraña musicalidad nos sigue deslumbrando. Porque Guillén, lo afirmo desde ahora, fue eso: música, sonoridad que seduce, violenta descarga de ritmos inaugurales y nunca envejecidos. Más allá de la idea, más allá de la incisividad social o del pincelazo epigramático del periodismo, el caribeño era propietario, lo fue siempre, de todos los recursos que el español le daba para lograr que la prosodia de sus versos siempre conllevara un enriquecimiento de los paladares auditivos. Si a eso le agregamos el sedimento africano que devino poema-son, con todo su sonido de caracoles y atabales, ya podemos explicarnos el porqué de la estimación que hasta el momento gozan las composiciones de Nicolás Guillén no sólo en la isla, sino entre todos los lectores habituados a la poesía de calidad. En este sentido, la selección que ahora nos ocupa, como observa Jorge Luis Arcos,

"permitirá al lector acceder tanto a los textos fundamentales de su obra [de Guillén, por supuesto] como a aquellos que sirvan para apreciar su evolución, las diversas facetas de su expresión, sus rasgos estilísticos generales, sus proyecciones ideotemáticas, en fin, acceder a una imagen integral de su poesía."

Comienza la criba con Cerebro y corazón, poemario que Guillén publicó en 1922, apenas a los veinte años no cumplidos. Aunque es un solo poema (“La balada azul”), y como destaca Arcos en su pórtico, esa pieza muestra la filiación romántico-modernista que nunca se desprenderá, al menos como mitigada música de fondo, de la estética guilleniana. Está allí un Nicolasillo encandilado por el cisne, un joven devoto de Darío que, como el nicaragüense, decora con exotismo sus poemas de primer grado.

Originada en la agitación política de un entorno familiar no ajeno por cierto a la tragedia, la inquietud cívica de Guillén comenzó muy pronto a mover sus engranajes. En el apartado “Poemas de transición” vemos por ejemplo “Futuro”, obra brevísima pero que ya enseña frontalmente el puño cerrado del creador. Allí mismo, la “Elegía moderna del motivo cursi” es como un ars poetica que recomienda educar a la Musa “en los parques, respirando aire libre”, es decir, compenetrada con el aquí y el ahora. A partir de estos poemas la obra de Guillén mezclará lo que más adelante fue evidente en sus creaturas: la palabra ceñida al contexto, el amor no descorporizado ni vaporoso, la rima al servicio de un propósito que va más allá de lo literario.

A los 28 años Nicolás Guillén hace la revolución de la poesía cubana y de paso se coloca entre los punteros de la literatura castellana vanguardista; en 1930 publica Motivos de son, libro que será fundamental a partir de entonces para la identificación de su autor. La nueva resonancia que produce en el verso español es tan atrevida que, toda proporción, se le puede comparar a su modo con el admirado Rubén. En ese segmento cualquier lector no iniciado encontrará lo que yo hallé cuando hacia 1985 me topé con aquellos versos: la sorpresa, la gravitación de un estilo recién nacido, el sello de un mestizaje hasta entonces nunca escrito (“Mulata”):

Yo ya me enteré, mulata,
mulata, ya sé que dise
que yo tengo la narise
como nudo de corbbata.

Y fíjate bien que tú
no ere tan adelantá,
poqque tu boca e bien grande,
y tu pasa, colorá.

Tanto tren con tu cuerpo,
tanto tren;
tanto tren con tu boca,
tanto tren
tanto tren con tu sojo;
tanto tren.

Si tu supieras, mulata
la veddá;
¡que yo con mi negra tengo,
y no te quiero pa na!

Que esta poesía nació con el propósito de ser suma y compendio de la cubanía lo anota el mismo Guillén en el famoso y multicitado prologuito a Sóngoro cosongo, de 1931, pieza por suerte contenida en Donde nacen las aguas. En ese sitio, el autor clava la bandera de su literatura en el territorio que recién a descubierto, y advierte:

Opino por tanto que una poesía criolla entre nosotros no lo será de un modo cabal con olvido del negro. El negro -a mi juicio- aporta esencias muy firmes a nuestro coctel. Y las dos razas que en la isla salen a flor de agua, distantes en lo que se ve, se tienden un garfio submarino como esos puentes hondos que unen en secreto dos continentes. Por los pronto, el espíritu de Cuba es mestizo. Y del espíritu hacia la piel nos vendrá el color definitivo. Algún día se dirá ‘color cubano’.

Estos poemas quieren adelantar ese día”.

Esa es, me parece, la aportación capital de Guillén a la poesía española, no sólo a la cubana. Al incorporar el elemento negro, la sonoridad atamborada y a veces telegráfica y mocha de su discurso, el artista lo que hace es bastante más: rescata de la desmemoria a uno de los componentes esenciales -no el menos sufrido, debemos recordar de paso- de la configuración americana. Junto al indio y al español, la voz del negro es una presencia que gracias a Guillén aparece amalgamada con el castellano al que también ha energizado sobre todo en aquellos países donde la negritud es más numerosa. Lo impresionante en este caso es que Guillén salda esa deuda y arma esa revolución a los 29 años, una edad en la que muchos poetas apenas están domesticando al verso.

Los treinta servirán para que el poeta ratifique su convicción y para que madure su palabra. Aquellos eran tiempos -me pregunto si no lo son todavía- en los que el ejercicio del arte debía estar flanqueado por otro, por el de la política. A veces la presencia de lo social apaga o desvía un poco la valoración de lo estrictamente estético; eso ha pasado con Guillén mucho más de lo que imaginamos. Hoy, a setenta años de distancia ya, no es por nada pero siguen vigentes sus acusaciones y el valor artístico de sus versos no declina. West Indies Ltd. (1934), mi predilecto Cantos para soldados y sones para turistas (1937) y España, poema en cuatro angustias y una esperanza (1937), poemarios que alcanzan a colar una buena cantidad de piezas en esta antología, son ejemplos acabados de la madurez expresiva, y en aquel momento aún precoz, del artista mulato.

En el 47 aparece El son entero, poemario fundamental en la producción de Guillén, dado que allí se afina y alcanza su cúspide el hijo mayor de esa cosecha: el poema-son. De ese tranco es indispensable leer “Mi patria es dulce por fuera...” y “Cuando yo vine a este mundo”.

Del 48 al 58 se recogen las Elegías. En ellas el verso se expande, alcanza un aliento de mayor longitud y, sobre todo, deja ver la seguridad del poeta adulto que ya es Guillén. Ya no está allí la música brincoteante de los versos treintañeros, pero sí la honda lamentación por el desgarrado destino de su gente. Hasta aquí el Guillén de los hallazgos; lo que sigue es el poeta vertical y con la emoción bien sedimentada en el alma de La paloma del vuelo popular (1958), Tengo (1964), Poemas de amor (1967), El gran zoo (1967) y La rueda dentada (1972), entre otros, libros todos con un significativo número de poemas en esta colección. Aunque extrañé la inclusión de algunas décimas, molde que a Guillén tanto le gustaba para tirar pinchazos periodísticos, Donde nacen las aguas reitera que en su centenario Nicolás Cristóbal Guillén Batista sigue firme y desenvuelto; y lo parafraseo: estas son páginas “frescas y verdes, como ramas jóvenes”. Leerlas nos pone delante del poeta cubano más cubano, nos pone frente a lo que me atrevo a denominar “la auténtica sonoridad Guillén”.

Torreón, 25, septiembre y 2002.

 


 El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/nguillen.html



Espéculo. Revista de estudios literarios
(Universidad Complutense de Madrid) 2002