Teoría de los Colores: 1.La Geometría del Deseo
Las huellas de la palabra, Huerga & Fierro Ed., Madrid 1999, pp. 109 ss
ROMÁN REYES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID


2.Movimiento

Filtrar la mirada es filtrar la palabra. Filtrar el silencio que la palabra dicha, una vez pronunciada, activa. Filtros del deseo. Los filtros son imprevisibles determinaciones, jugadas de las pasiones y/o que las pasiones nos hacen. El juego de la pasión se puede --se debe o se tiene que--  jugar respetando reglas secretas, esas que sólo interlocutores cómplices conocen, iniciados en y para el mismo juego.

La razón de integridad es principio de inseguridad: dejar que otros asuman por uno el riesgo de tomar partido/decidirse por. Renunciando al resto, permitiendo que ese resto se convierta en parte de un competitivo otro: (mi)el des-garro sucede a/en los otros. Por eso duele menos. El principio de inseguridad esconde la más caprichosa --aunque legítima--  de las voluntades: el deseo de eternidad. La voluntad de teatro/(re)presentación.

Más allá del principio de realidad importa el principio de racionalidad: hacer que las cosas --estructura y contenido--  sean como a uno le conviene nombrarlas y hacer a continuación que un otro implicado identifique con ese irreal estado de cosas un discurso que las simulen. El principio de racionalidad significa también que se ha dado prioridad a esa arrogante pretensión de reducir nuestro (interesado)discurso sobre lo real, al único y excluyente orden de cosas que nombra. El resto --palabras y cosas-- es lo in-nombrable, por in-existente.

Perpetuarse más allá de uno mismo engullendo previamente el cadáver de los más preciados objetos del deseo. Vivir matando, asesinando, para no morir en el anonimato, in-activo. La acción originaria fue un crimen ritual que destruyó las fraternidades y el principio de (auto) identificación a través de la unión con el otro y con lo otro que interesa a ese selecionado --controlado/reducido, nombrado--  competidor: el hombre y su máscara, los sentimientos y el campo cromático que barrieran. La belleza se convirtió entonces en narcisismo primario, de un orden todavía-no-nombrable, no catalogable. Ni en registros éticos, ni en estéticos. Ni siquiera, en registros cromáticos. El suicidio --es igual bajo qué formas o registros--  cierra el ciclo. Para entonces, sobran ya los rituales.

Una teoría de los colores ha de contemplar tonalidades varias y complejas, como la tonalidad opaca. Una teoría del gusto no sólo ha de ocuparse de la geometría de las luces. Diseña primero una geometría de las sombras, pantalla de proyección o marco de restricción de un juego de luces. La pasión es, por ello, pasión por el cuerpo, por ese juego de luces y sombras a través del que los objetos toman cuerpo. Cuerpo iluminado o --angustiosa-mente a la espera, por iluminar--  en la penumbra. O en la caverna, que es la antesala del compromiso.

Pasión por los colores, que es deseo que confunde formas, gestos y posiciones con olores o sensaciones olfativas. El silencio clausura la secuencia. Las sombras que restan se confunden con el silencio. De noche hay --la noche es--  silencio. El misterio de lo inombrable, de lo oculto. Las sombras que ocultan mostrando. Hay posibilidad de correr (un)el velo, de desvelar lo ocultado cuando interese que se haga la luz, cuando convenga que los cuerpos se muestren al desnudo. Cuando el tiempo de la penuria sea historia.

El misterio de la donación --incluída la propia--  es un acto o conjunto de secuencias que se cierran sobre sí mismo, aunque con voluntad explícita de posición, de excluyente referencia. El placer de dar/regalar pertenece a la naturaleza del don. La receptividad es imprevisible en su registro y efectos, no en la intencionalidad del dador: el regalo se recubre, por ello, para que no llegue a otras manos, por ocultar un valor biunívoco. La esperada/deseada manipulación del don está en función del filtro cromático del receptor: las condiciones sujetivo-objetivas de/en el momento de la entrega. Aunque los mensajeros confundan mensajes con formas flotantes, con ese apacible y juguetón entramado que sobre aguas cristalinas sólo nenúfares diseñan.

El color del papel, la forma y las tonalidades tópicas del plano, la posibilidad de control de los movimientos sobre ese plano. Las pantallas, por el contrario, refractan o neutralizan, activan posiciones dialógicas o convierten en/reducen a masa lo que sobre ellas se proyecta. Las formas y las tonalidades de cada secuencia que prometen conjuntos: el tiempo del deseo es la medida de los objetos encarnados, que saben y huelen a cuerpos --con ese olor tan específico que garantiza la singularidad correspondiente--  y que tienen el color de la carne no maquillada, ni siquiera por lustres o colores neutros. La cobardía se refugia tras esa huidiza voluntad de indeterminación.

El color del papel que envuelve el regalo anticipa la intencionalidad del mensaje --qué sonrisas y besos se esconden detrás del papel--  y predispone al receptor en el momento de recibir el don. El receptor re-crea el cuerpo del regalo dando color/luz a los márgenes del objeto simbólico donado, re-creando, a su vez, su propio cuerpo en armonía con el cuerpo --ahora escindido, donado--  del amante.

Los filtros de la mirada se reducen así a los colores de los objetos, que no es otra cosa que el valor que en los objetos de regalo el destinatario reconozca. Es necesario, por ello, fingir/pactar colores y relaciones de colores entre sí. Fingir/pactar relaciones de objetos coloreados con códigos y relaciones de códigos que sitúan a los actores del intercambio en espacios exclusivos de difícil transferencia o extrapolación. Entre el color y el objeto está el abismo, al que los amantes se aproximan perdiéndose, mientras garantizan su re-encuentro.

Tristán sabía que tras su amor por Isolda se ocultaban sentimientos prohibidos. E Isolda simulaba no saberlo. Tristán no sólo amaba sentirse amado por Isolda y sentirse amando a Isolda, sino que además deseaba la presencia de su encantadora amada, Isolda la Rubia. Desenvainó su espada y se lanzó a una cruzada peligrosa, porque no había recibido las bendiciones de los "mayores en sabiduría y rango". Pero se encontró tan sólo con enemigos que la imaginación de Isolda forzara y que, de haber existido, poco riesgo podrían suponer ahora. Tristán volvió a envainar su espada. Clausuró su peculiar cruzada y ni él ni Isolda tuvieron que agradecer a esos "mayores en sabiduría y rango" una bendiciones que no habían solicitado.

Si no fuera verdad que las ciudades históricas son nostálgicas necrópolis y que el diseño que las caracteriza es un conjunto de monumentos funerarios y que, además, los llamados cafés de época son santuarios laicos en donde se trafica con la muerte y en donde se prostituye la memoria de los antepasados, podría haber sucedido cualquier lluviosa mañana de otoño en una histórica ciudad gris y en un café de época, con música de época. Pero hay tiempos --o espacios, sonidos y colores--  que, por más que los sacralicemos, no consiguen esa tonalidad cromática que nos devuelva a la vida, la inmediatez de la existencia, provisionalmente perdida, oculta.

Los filtros, por ello, como los ritos, siguen siendo necesarios. Al menos, para seguir llamando a las cosas por ese caprichoso nombre que nos gustaría tuvieran y no por ese otro que han de soportar para que la ficción de equilibrio y armonía continúe. Nosotros, mientras tanto y para no asumir riesgos innecesarios, nos seguimos creyendo un cuento que insensibles y egoístas narradores no terminan de contarnos.

 
THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - GRUPO DE INVESTIGACION UCM
Der Zeit ihre Kunst, der Kunst ihre Freiheit - A la Época su Arte, al Arte su Libertad