Teoría de los Colores: 1.La Geometría del Deseo
Las huellas de la palabra, Huerga & Fierro Ed., Madrid 1999, pp. 109 ss
ROMÁN REYES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID


3.Movimiento

En otoño nos seduce el juego de colores. Son bellos los colores del otoño, pensamos --y sentimos--. Pero los colores no soportan tonalidades cromáticas en función de un orden estético previamente acordado. Como a la inversa: la belleza de un conjunto no tiene por qué corresponderse con un determinado juego de colores. Bellos son los objetos que embellecemos --como antes objetiváramos esos objetos de placer--, que registramos como bellos. Bella es tan sólo la mirada atenta del sujeto que desea. Bellas son esas peculiares condiciones que hacen de un observador un per-turbado del medio --que per-vierte y se deja per-vertir--  convirtiendo en cómplices de nuestro peculiar capricho a los soportes del color. Nosotros hacemos bellos a los objetos --y los nombramos por su color--  y les damos el color del deseo, nombrándolos por su interés.

Abrir una puerta de paso restringido. Pasar de espacios no-protegidos --plataformas de con-fusión y pérdida--  a otros controlados --plataforma de fusión y encuentro-- . Pero uno ha de ser antes seleccionado, trans-eunte acreditado para (tras)pasar. Habrá que probar antes su propia inocencia. Cerrar a continuación la puerta, dejando fuera el resto, desgarrándose de lo otro cuyo excesivo peso no aligeraría el tránsito. Tan sólo eso se nos pide a cambio, para que el viaje, el in-greso no sea traumático.

Romper el silencio. Romper un sello. Violar la sacralidad del misterio, el espacio de la totalidad, des-sacralizar lo nuevo. Destruir imágenes: romper el llanto. Prostituir el deseo. Romper la imagen de las cosas que una vez tran-sitaron y que ahora están quietas, definitivamente en su sitio. Nos hacemos imágenes de objetos totales para protegernos de la fuerza que su acabamiento esconde.

Hablar es des-mitificar tabúes, des-cargar la tensión esencial, la tensión acumulada, espejo de un juego de tensiones hacia lo otro (ex-tensión posible) y sobre sí mismo (in-tensión oculta), la tensión ambiente: la palabra pronunciada --proposición que se dicta, dictados que se proponen--  alivia a quien la pronuncia. Pero distancia a quien la escucha, eliminando nexos --expectativas y deseos--  con respecto al hablante. La palabra pronunciada es una palabra rota, escindida: desposeída de su espíritu originario --simulación de rapto/robo--, quedando a merced de in-saciables suplantadores. Estos coyunturales usuarios decidirán entonces si les conviene reconocer la carga que el hablante en su origen le atribuyera o le asignan otra más soportable.

Las palabras, efectivamente, se las lleva el viento. Un viento a-fónico que hace enmudecer a cualquier frágil actor que desplace, de irreductible violencia, un viento insensible a las pequeñas pérdidas, tan valiosas para uno, como esa sonrisa o ese beso que no se termina de recibir. Se desea retener, al menos, un pedacito de ese sueño. Pero un brusco cambio en la dirección del viento nos lo puede arrebatar. Y ese sueño se va, sin decirnos adiós, sin saber qué color tendrían en otros cuerpos esa mi sonrisa y ese beso que no se me permite devolver. Y regresamos a nuestro mundo, al reino del silencio. Las(mis) palabras se pierden entonces en el abismo, el caos que el azar ordena.

Los textos, sin embargo, --las huellas de la palabra, la escritura--  permanecen. Se detiene el trans-currir, se clausura el movimiento: esos textos se adhieren a un cosmos que la necesidad ordena. Y es ésta la oportunidad que se nos brinda para recuperar lo que ha quedado preso/oculto en el discurso. Para liberar mi discurso --liberándome de ese agobiante acoso de mis mayores--  para descargarlo de actores/protagonistas y de sus palabras --sonidos y formas (juegos de)--  que crean opinión, que in-forman comportamientos y determinan actitudes. Para situar a los posibles actores en el punto de partida, el momento en que generaran movimientos no-dependientes.

Pero también se habla para liberarse hablando. Para competir anulando, neutralizando al otro, reduciéndolo a su otreidad. El habla como terapia: des-mitificar los instrumentos, devolviéndoles su función orginaria, su espontaneidad, su des-interesada mediación. Des-velar la magia de la voz que la palabra perpetúa. Se habla --y se escucha-- desde (un)el cuerpo y con (un)el cuerpo. Con los órganos de los sentidos, con esos receptores, generadores y transmisores de sentido y de sentimientos capaces de pre-sentir, activar estímulos previos que anticipen la puesta en marcha de su función, nuestro oficio de caminantes.

Toda presencia restringe movimientos: obliga a re-definir posiciones y condiciones de movilidad. Un anónimo y huidizo vigilante registra la presencia, cualquier forma de mostración. El ojo --clínico, porque es un órgano complejo, un pre-texto terapético--  puede incluso llegar a ver sin mirar. Y hasta puede no hacerse notar, fingir que elude los filtros. Aunque la ausencia de filtros es otra forma de mirar: detectar conjuntos no-(in)formados. La organización de esta complejidad garantiza la efectividad de la mirada y la tonalidad de sus filtros. La mirada como resultado de un acto que el ojo filtra, el registro de lo cotidiano.

Frecuentar el roce --por impulso, dejándose tocar--, la cercanía, el conocimiento de lo inmediato o circundante --en el sentido de proximidad sujeto-objeto--  genera colores y gamas, escalas de adscripción. Los encuentros responden a frecuencias mecánicas, no programadas, esporádicas, aunque ritualizadas. Se asimilan así figuras en movimiento (objetos que se desplazan) y contornos, re-escribibles en función del tipo de movimiento y de la posición del observador. Se activa una complicidad de pathos que un coyuntural ethos convierte en positiva, de aceptación o de rechazo: negativa (sin/anti-patía). Complicidad también con un medio que no es el propio habitual, pero que es fuente de legitimación o de re-conocimiento. Y complicidad con los actores, agentes de la movilidad del/en ese medio. Ciertos agentes adquieren la categoría de genuinos o propios (pertenencen al medio), porque hacen, convierten en necesario para un observador ocasional ese medio que frecuentan, ese espacio de la competencia.

La in-dependencia es una re-organización de la dependencia previa. Organizar es pactar figuras y posición. Proyectar direcciones y cruces. Fijar las condiciones de la tonalidad: pares de opuestos cromáticos que un orden numérico prioriza. O éticos, o estéticos que, a su vez escalan órdenes de precisión progresiva, de valoración excluyente: blanco/negro; bueno/malo; bello/feo ... Surge así el concepto de minus-valía y se (pre)diseñan así los espacios a donde se reduce y en donde se encierra cualquier objeto minus-válido.

Uno crea dependencia y se hace dependiente del juego de formas y movimientos en ese medio --provisional/artificialmente para mí--, porque es público por definición: de general consumo. Asumimos formas y movimientos porque, a ese medio, asignamos sonidos y colores, sensaciones: la voz y el movimiento que hace de una unidad cultural --simbólica y mediática--  una palabra.

Trans-ducir, permitir el flujo y que alguien fluya conservando ese estado sin que se le tienda una trampa: renunciar a su voluntad de no-liquidez. No in-ducir, forzar el flujo, ni con-ducir, vigilar ese flujo. Ni, por supuesto, re-ducir, anular el flujo por vuelta recurrente y forzada al punto de origen de (la naturaleza de) la fluidez y de las posibilidades de que existan líquidos que fluyan sin ser obligados a reducirse a otros estados (sólido/gaseoso).

Y dijo un dios ocioso: hágase la luz. Y hubo luz. Había hablado un auténtico dictador, donde los hubiera. Y hablaron los demiurgos, simulando no querer suplantar el oficio de los dioses ni su estado de quietud. Pero copiaron mal el dictado. Nosotros somos, por ello, copias imperfectas, in-acabadas de esa luz originaria. Y dijo, por último, el hombre, cansado de pro-ducir: que la luz(otra) se haga. Y todos, a su alrededor, comenzaron a ver de diferente manera, tonalidades equí-vocas, que era preciso reducir a fugaces secuencias de ritmos y filtros. Nació entonces la confusión pictórica, una historia del arte: la historia de la mirada y el precio que a cada color nuestro ojo ha ido asignando.

 
THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - GRUPO DE INVESTIGACION UCM
Der Zeit ihre Kunst, der Kunst ihre Freiheit - A la Época su Arte, al Arte su Libertad