Teoría de los Colores: 2.El Orden de los Objetos
Las huellas de la palabra, Huerga & Fierro Ed., Madrid 1999, pp. 121 ss
ROMÁN REYES - UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID


1.Movimiento

Ben-dito el que venga en nombre del señor. En el nombre. Señor de los objetos y de los nombres que a esos objetos corresponda. Señor del medio de/para la mostración y tráfico de los objetos. El uso autorizado que del nombre hacemos legitima la llegada, cualquier desplazamiento, re-in-corporando al visitante, re-conociendo su mensaje y re-creando su cuerpo, que la palabra --cuando la mano no llega-- manipula.

Venir de fuera, de espacios contiguos filtrando fronteras. De espacios lejanos, construyendo corredores de acceso. Se desplaza uno porque ha usurpado la propiedad de un nombre, asumiendo una función: decidir cuándo ha de abrir o cerrar la puerta y a quién. Trans-gresor re-con-vertido ha empeñado el soporte del deseo, su propio cuerpo, tomando en préstamo el nombre a través del que convertirá en valiosos los objetos que toque: la razón del intercambio, las manifestaciones del deseo. La re-in-versión más rentable. Venir, porque ha sido previamente bien nombrado, bendito.

El señor llama a los objetos por su nombre, introduce un principio de orden. Uno legitima ese orden utilizando los nombres del poderoso, re-ordenando los espacios de la pro-ducción, los campos posibles del deseo y de los objetos que lo simulan. El señor in-duce, porque in-vierte. El señor es solvente, tiene liquidez. El señor llama a los objetos por su nombre: ese excluyente nombre que objetiva, que crea realidad, que convierte en objeto, en entidad autónoma, lo nombrado. El señor se-duce, porque re-con-vierte: di-suelve a los portadores de nombres reduciéndolos al estado líquido, para que fluyan. Los liquida.

Originario (des)orden de las cosas. Posterior orden de las cosas nombradas: cosas ordenadas. Originario (des)orden de las palabras. Posterior orden de palabaras(juegos de) que nombran cosas: palabras ordenadas. Originario (des)orden del sujeto. Posterior orden del sujeto que ordena las palabras: sujetos ordenados. Conjunto de cosas que un sujeto re-conoce, siempre que el silencio se rompa y se recupere el (viejo)orden del discurso.

Al principio era(había un) el Orden. Las palabras se con-fundían en el silencio, se ocultaban tras su sombra. El origen de ese principio fue la voluntad que se activara: al principio las cosas no eran cosas, sino proyectos de cosas. Campos de objetos posibles. Nació el activista, que engendró al disidente. La activación de esa voluntad convirtió a las cosas en cosas en sí, que podrían convertirse en cosas para mí. Si re-conocía el nombre que originariamente se les asignara. Pronunciar el nombre de las cosas suponía acceder a su posible consumo.

El orden de las cosas sucumbió así al orden de las palabras. Los intermediariorios, los sujetos hablantes, tuvieron que aceptar la reducción a cosa, si querían ejercer luego como dispensadores de sentido, como con-figuradores de realidad, como diseñadores de cuerpos en espacios flexibles. Soportes convencionales que garantizarían la diferencia, el principio de individuación, la justificación de tonalidades, fónicas y cromáticas. El cuerpo figurado se redujo así a un color con el que se identificaba el interés que el hablante ocultaba.

Un mal-dito no puede filtrar fronteras, ni construir corredores. No puede siquiera pensar el movimiento, situarse en una posición de despegue, de arranque. No sabe pensar lo posible, porque no puede nombrar lo real. Nada puede, en consecuenica, trans-portar, si siquiera asumir su propia carga a desplazar. No sabe en qué consiste la trans-ducción. Un mal-dito es un mal-eante nato. No va --ni quiere llegar--  a parte alguna. No toma, ni puede tomar partido, porque él es ya (la)parte ex-cluída del re-parto, parte im-partida por excelencia, pero no com-partible, des-hechada.

Un nombre in-sípido e in-coloro, que ha agotado el manantial de los olores. Un nombre mal-dito, que no se pro-nuncia. Ni siquiera se a-nuncia. Un nombre que in-voca, si se hiciera, fuerzas mal-ignas, que se apoderan del cuerpo que al nombre in-vocado corresponda. No podría ser objeto de préstamo, nombre literalmente propio, de uso exclusivamente reservado a ese actor condenado a ser al mismo tiempo voz y palabra: ser (quedar reducido a) su propio eco, su propia sombra. Al doble que los ben-ditos arriesgan tan a la ligera, porque saben que su máscara sólo oculta un cuerpo ficticio. Destruir, sin embargo, este nombre mal-dito es aniquilar el cuerpo que lo soporta, reducirlo a registro de su historia particular, aislada. Robar el nombre de un mal-dito es desposeerle de todas sus propiedades: porque tan sólo es ese nombre. Su singularidad es in-demostrable: ¿cómo iba a in-vocar, en esa situación límite, la complicidad de otros actores?.

 Un mal-dito nada debe, porque nada se le ha dejado en préstamo. Ni siquiera su propio nombre, radicalmente propio porque ningún otro podría utilizarlo: el nombre de la ex-clusión por el que los in-cluídos le registran y le re-cluyen, sin asignarle un lugar preciso, sin localizarlo siquiera. Le asignan un tipo otro de espacio que no acaba de cerrarse: la plataforma de/para la pérdida.

 Pero ese largo viaje sin término ni dirección --trans-finito--  al que a un mal-dito se condena, cumple una función de diseño inverso de espacios de/para la movilidad controlada: sólo un vago, un perdido puede trazar un mapa, dibujar un plano que otros calcan. Mapas y planos tanto más precisos cuanto más se prolongue su caminar errante.

Nada se le regala. Un mal-dito no es merecedor ni destinatario de don alguno. Ni siquiera simulando el regalo. No entiende, ni puede por ello entender de colores: por eso los otros le asignan tonos grises, difusos, fácilmente identificables con las señas de la ex-clusión: soledad, miseria y muerte. Un mal-dito está satisfecho con lo que consigue, despojos de la abundancia entorno. Del tiempo de la saturación. Un ben-dito nunca satisface su hambre de totalidad y de infinito. Un mal-dito es la fracción que sobrevive --provisionalmente, autónoma--  justo el tiempo de la saciedad de los ben-ditos.

Un mal-dito soporta otras cargas, asimismo convencionales, pero soporte, en definitiva, como la repetición, legitimando así, por exclusión/negación, el principio de totalidad o masa in-forme, justificando otro orden de tonalidades. En esta ocasión, dia-fónicas y sin-cromáticas.

Ten, por favor, mucho cuidado. No me hagas daño: ¡soy muy frágil! --dijo la rosa, mientras su jardinero la regaba-- . Lo sé --le contestó ese amante secreto--. No tengas miedo. Jamás podría destruir la flor más bella que creciera en su jardín, esa flor que cada día le regalaba, con un beso y su sonrisa, una magestuosa sinfonía de color y olores. Ráfagas de color y sonidos otras veces, cuando, lejos del jardín, ese beso y esa sonrisa le llegaba de la mano de Karajan.

Si yo soy para esa flor el secreto mejor guardado --y ella sabe dónde escondo la llave--  y ella es para mí la palabra más preciada --y también ella sabe cuándo debe pronunciarse--, no habrá que esperar tanto para romper el silencio y sonrerir. Nunca más será ya tiempo de silencio, cuando el señor de los objetos y de los nombres que a esos objetos corresponda, regrese definitivamente a su Olimpo, porque se agotaran las ben-diciones que tanto dispensaba.

 
THEORIA | PROYECTO CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES - GRUPO DE INVESTIGACION UCM
Der Zeit ihre Kunst, der Kunst ihre Freiheit - A la Época su Arte, al Arte su Libertad