Materialismo Histórico y Teoría Crítica
TÍTULO PROPIO DE LA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE - MADRID

    materiales | 14.Marzo.2003

Notas sobre reformismo, imperialismo y Xabier Arrizabalo |
Diego GuerreroUniversidad Complutense de Madrid

I. Introducción
II. El imperialismo no es una fase del capitalismo
III. A vueltas con el reformismo
IV. Dos toques sobre la democracia, para acabar
Referencias bibliográficas Notas

I. Introducción

Como las exposiciones de Xabier Arrizabalo siempre son especialmente claras, sistemáticas y gustan a la audiencia, no puedo menos que empezar felicitándolo y agradeciéndole su intervención en el curso. Su charla llevaba el título de "La crisis económica y los límites del capitalismo", y eso le permitió un recorrido panorámico desde el lugar de "lo económico" en el conjunto de la reproducción social; los distintos modos posibles de producción y utilización del excedente por parte de las sociedades; la forma específica que adopta el esquema de la producción y el excedente en el caso capitalista; la "ley de la tendencia descendente de la tasa de ganancia", tal como la plantea Marx, resaltando la importancia que tiene para la comprensión de las crisis económicas capitalistas; la contraposición entre las interpretaciones marxistas de la crisis basadas en la caída de la rentabilidad y las (mucho más limitadas) que se centran en la sobreproducción y en la desproporcionalidad sectorial; el análisis de las causas de la caída de la tasa de ganancia, etc.; hasta llegar finalmente a una caracterización de la crisis actual como una crisis "estructural", y a la cuestión de los límites a los que se enfrenta el sistema (capitalista) cuando choca con una crisis estructural como la actual.

En general, estoy de acuerdo con el planteamiento hecho por Arrizabalo, salvo en los tres puntos en que centraré mi comentario de hoy –secciones II a IV de esta nota– y en algún detalle, entre los que sólo mencionaré uno, y de pasada, antes de pasar al grueso de mi crítica.

Xabier dijo que el marxismo no es un modo de producción ni tampoco una política económica –lo que en mi opinión es totalmente correcto–, pero añadió que es sobre todo "un método de análisis". Por muy popular que sea este punto de vista, no lo comparto. Por una parte, desde un punto de vista puramente instrumental, los métodos de análisis son y deben ser lo más variados posibles (si se interpretan como conjunto de herramientas a disposición del investigador y del estudioso), sin ningún tipo de censura previa, y así fue como los usó el propio Marx. Por otra parte, en un sentido abstracto y general, "el" método científico es el mismo para todos los que quieran hacer ciencia en serio; por consiguiente, me parece una mala táctica refugiarse en una supuesta "especificidad" del método de Marx, porque eso acrecienta el riesgo –y la tendencia efectiva, como se ha visto tantas veces– de utilizar esta singularidad como coraza protectora frente a las críticas de, o incluso frente al diálogo con, las teorías hostiles que nos oponen nuestros enemigos ideológicos.

Puesto que ésta es una cuestión si se quiere epistemológica, estrechamente relacionada hasta cierto punto con la cuestión del eclecticismo, ya tocada (véase Guerrero, 2003), sólo dejaré apuntado que una reflexión sobre lo que acabo de decir en el párrafo anterior no debería crear la falsa impresión de que me estoy contradiciendo a mí mismo y defendiendo una postura ecléctica.
 

II. El imperialismo no es una fase del capitalismo

Aunque Xabier no sea de los autores marxistas (por ejemplo, Baran y Sweezy, 1966) que llevan la concepción del imperialismo, entendido como "capitalismo monopolista", hasta el extremo de usar esa caracterización como argumento en contra de la validez de la teoría laboral del valor en la época "actual", creo que sí pertenece al grupo de quienes defienden la misma como simple retal ideológico salvable del propio compromiso partidista con el leninismo.

En mi opinión, Lenin podrá tener los méritos que se quiera –quiero decir, que no pretendo discutirlos aquí ahora–, y en especial podrá estar todo lo cerca que se quiera de la posición que tenía el propio Marx sobre ciertos temas, pero es un error monumental pretender hacer de él un teórico de la talla de Marx. Aunque todos nos hemos sentido atraídos alguna vez por la sistemática exposición de su Imperialismo (véase Lenin, 1917), la verdad hay que decirla siempre, y en mi opinión lo cierto es que el análisis del imperialismo por parte de Lenin, no sólo no se sostiene, sino que, como tantas otras cosas de los marxistas, se opone a las ideas que al respecto tenía Marx.

Xabier nos leyó el resumen que el propio Lenin hacía de los cinco rasgos básicos que caracterizaban el imperialismo como, en su opinión, la "fase monopólica del capitalismo".

En primer lugar, el grado de concentración y centralización del capital ha llegado a tal punto que las unidades de capital se han convertido en monopolios. Falso. Los monopolios han existido siempre junto a las pequeñas empresas: desde la época mercantilista hasta la actualidad, la inmensa mayoría de los economistas burgueses los ha criticado como parte de su argumento a favor del sistema "competitivo", desde Adam Smith a Milton Friedman. No hace falta por tanto mencionar la larga lista de economistas burgueses en los que Lenin se apoyó directamente para escribir su librito.

En segundo lugar, la fusión del capital bancario e industrial había dado lugar a una nueva realidad: el dominio de la oligarquía financiera. ¿Se ha preguntado Xabier qué eran los Visconti en la Baja Edad Media, los Fúcar en la Europa de Carlos V, las Compañías de las Indias Occidentales y Orientales en el XVII, los banqueros como John Law a comienzos del XVIII y sus famosos experimentos financieros franco-americanos, etc., etc.?

En tercer lugar, la exportación de capitales domina cada vez más, en términos relativos, sobre la exportación de mercancías. Suponiendo que sea así, ¿acaso no sucedía lo mismo en la época de Ricardo o de Marx? ¿Qué otra cosa cabía esperar en la época del paso del capitalismo mercantil al capitalismo productivo?

Cuarto, las "asociaciones internacionales de capitalistas" se han adaptado siempre al contexto geográfico y social correspondiente, y si siglos atrás sólo se asociaban en torno al Mediterráneo o al conjunto formado por el Mar del Norte y el Báltico (la Hansa, por ejemplo), es lógico que a mayor espacio territorial abarcado, mayor tamaño y extensión habrá de tener el tejido organizativo empresarial (y si queremos introduirnos en el terreno de la ciencia ficción, si se llegara un día a un dominio capitalista de la luna o de algunos planetas, habría sin duda asociaciones "interplanetarias" de capitalistas).

Quinto, se ha terminado el reparto territorial de la tierra. Lo dudo, ya que ni siquiera hoy, ni nunca, todos (capitalistas, estados, etc.) lo darán unánimemente por terminado de una vez por todas. Véanse dos casos recientes. Primero, el reparto de Yugoslavia y, en general de la Europa del Este, significa un vuelco estratégico de esa parte de Europa hacia la esfera alemana, después de décadas de "pertenencia" a la antigua Unión Soviética (para un análisis más detallado de la rivalidad interimperialista entre Alemania y EEUU en la ex Yugoslavia, véase el muy interesante libro de Gowan, 1999). En segundo lugar, tenemos delante de nuestros ojos la nueva Guerra contra Iraq: ¿acaso no es un nuevo replanteamiento del reparto territorial del mundo colonial y neocolonial de las potencias imperialistas actuales?

Alguien podría pensar que al hablar yo mismo de imperialismo me estoy contradiciendo y defendiendo la idea de Lenin. En absoluto. Imperialismo ha habido desde que hay imperios (el romano, y antes el macedonio, y antes el asirio o el egipcio..., o el inca o el maya en otras partes del mundo) y consiste simplemente en la política que practica en cualquier momento y lugar la cabeza del imperio correspondiente, que puede resumirse en un solo rasgo básico: algo tan simple y elemental como la rapiña.

Pensar que el imperialismo es la fase "monopolista" del capitalismo –que Lenin sitúa a partir de 1870, y Arrizabalo parece que a partir de la Primera Guerra Mundial, y que los "leninistas" (en este sentido) actuales parecen pensar que será coextensiva con el capitalismo ya para siempre, pues nunca dicen cuándo terminó la fase que empezó hace ya tanto– no es sino una simple concesión por parte de Lenin a la concepción liberal (en el sentido de la teoría económica pura) del monopolio como negación (por muy "dialéctica" que se pretenda) de la competencia.

Para Marx, en cambio, el capitalismo industrial era la subsunción de la época del monopolio (anterior al capitalismo industrial) en la batalla competitiva, y ya atacó y criticó la posición de Lenin en lo que era la posición al respecto del "pequeñoburgués" Proudhon. Para los liberales "realistas" (incluido Lenin), el peligro del capitalismo competitivo es que las empresas se vuelvan grandes (pareciera que si se mantienen pequeñas se mantienen sanas, conforme a la posición de clase de Proudhon), y no, como para Marx, la propia existencia del capital (relación social) y la propia competencia. De ahí que tanto Lenin como Milton Friedman alcen su voz contra los grandes monopolios casi con los mismos argumentos (aunque defiendan intereses de clase tan distintos).

Y por último, ¿qué aporta realmente, para el análisis de este sistema capitalista (que vamos a superar, aunque no sepamos cuándo), decir que hemos entrado en su época "imperialista", sino dos cosas? Por una parte, una denuncia "moral" y "sentimental" del capitalismo, es decir, una manifestación más de esa especie de socialismo sentimental (1) que de tanta mala leche ponía a Marx. En segundo lugar, contribuir a asentar en la cabeza de los estudiantes de Economía la idea (falsa) de que en el capitalismo manchesteriano "premonopólico" sí que estaba vigente la "competencia perfecta".
 

III. A vueltas con el reformismo

Tras su análisis de la crisis "estructural" actual –que lo llevó a plantear adecuadamente las políticas "de ajuste" neoliberales como una respuesta directa a la misma–, Arrizabalo pasó a las consecuencias de dicha crisis. Comparto su punto de vista de que entre sus consecuencias directas estaban la destrucción económica y la regresión social y política que estamos viviendo en nuestra época como un caso particular de las estrategias de "reestructuración" que siempre intenta aplicar el capitalismo ante una crisis de este tipo. Y también su diagnóstico de que las "contradicciones" –yo habría dicho "antagonismos"– no sólo no se resuelven, sino que se agudizan.

Esto le llevó a terminar su exposición con tres grandes conclusiones: 1) el paralelismo existente entre lo que fue la transición feudalismo-capitalismo y lo que podemos interpretar como otra transición, capitalismo-socialismo esta vez. 2) La elección que se nos plantea –y estuvo muy bien el rechazo de este elemento clave del "marxismo kautskiano" y a la vez su reivindicación de la célebre fórmula de Rosa Luxemburgo– sigue siendo entre "socialismo o barbarie". Y 3) (en sus propias palabras): "Y mientras tanto, ¿qué?". Pues reformismo, vino a decir Xabier Arrizabalo.

En otro sitio he escrito que, si no matiza suficientemente, no queda más remedio que aceptar que todo el mundo es "reformista", al igual todo el mundo es "progresista", o "demócrata" o "conservador"..., claro que cada uno lo es a su manera. Seguro que Xabier no compartiría esto porque arrancó de una redefinición del término "reformismo" que convenía muy bien a su manera de ver las cosas. En su opinión, las reformas "buenas" son reformas, y las "malas", simplemente "contrarreformas". Por eso, ser un reformista es bueno por definición (y ser un contrarreformista, igualmente por definición, es algo malo). Pero esto es una trampa: es dar por sentado que ya se conoce y se acepta el criterio utilizado para definir qué tipo de reformas son "buenas" y cuáles son "malas".

Para Xabier parecía claro que las reformas que propugnan los gobiernos de derecha son contrarreformas y, por consiguiente, malas. El problema es que en el contexto de su intervención no daba tiempo a definir siquiera qué debe entenderse por un gobierno de derechas. Está claro que los gobiernos del PP lo son (en España), pero ¿qué decir –y lo cito porque el propio Xabier sacó a relucir a Oskar Lafontaine (2)– del gobierno actual del canciller alemán Gerhard Schröder? Al día siguiente de su charla, El País titulaba así una noticia sobre la actualidad alemana: "Schröder propone recortes y cambios en las ayudas sociales para reactivar la economía"; es más, dejaba claro el perfume neoliberal de la "reforma" propuesta: "recortes en la percepción por desempleo, cuyo periodo máximo de prestación se reduce de los 32 meses actuales a 12 para los menores de 55 años y a 18 para los que superen esa edad" (15-3-03, p. 10).

En este caso, Schröder y Bush (y Aznar) no se hacen mutuamente la guerra, sino que hacen la misma guerra desde la misma trinchera y contra los mismos potenciales perdedores. Está claro que Xabier Arrizabalo no es un reformista y que tiene esto tan claro como pueda tenerlo yo. Pero lo que pongo en duda es la conveniencia de definir las "reformas buenas" como él lo hace. Xabier hizo referencia a la tradición marxista para argumentar en favor del reformismo progresista (se sobreentiende que en el contexto de una lucha por objetivos más ambiciosos). Yo diría que lo que hoy se entiende por reformista –o al menos lo que debemos entender por tal si queremos avanzar en la comprensión de la realidad actual– es la posición de todo aquél que está dispuesto a cualquier cosa con tal de entorpecer las posibilidades de una revolución, empezando por "demostrar", por esta vía, que la posición que defendemos los antirreformistas equivale siempre a, y es tan absurda como, la de un lunático que nunca tiene los pies sobre la tierra.

Está claro que las reformas sociales que han merecido históricamente la pena se han conseguido gracias a la presión de los revolucionarios. Pero no sólo eso: se han conseguido de esa forma también "gracias" a la oposición de los reaccionarios, "gracias" a las ambigüedades de los reformistas, etc. Es decir, como todo lo que sucede en términos históricos, lo acontecido es la resultante de un montón de vectores de fuerza que operan en distintas direcciones. Por tanto, dejemos que los reformistas y los reaccionarios empujen en la dirección que quieran, y empujemos los demás en la dirección del partido proletario, el único al que se puede pertenecer hoy sin convertirse en sectario.
 

IV. Dos toques sobre la democracia, para acabar

De pasada, Xabier hizo mención a esta cuestión trascendental de la democracia. En su exposición comentó primero que la democracia era un auténtico obstáculo para el capitalismo. Yo creo que no falta en esa afirmación una buena dosis de liberalismo no percibido. Hay que decir la verdad: la democracia es absolutamente incompatible con el capitalismo. Sólo cuando hagamos desde abajo el comunismo que defendían Marx y ciertos anarquistas –pero nunca si nos aferramos a las recetas de la mayoría de los marxistas y de la mayoría de los seguidores de Proudhon o de Bakunin– tendremos una democracia que podamos llamar tal.

En cuanto a la democracia en España, al menos Arrizabalo no reproduce el tic de cierta izquierda que con tal de no decir "España" no tiene inconveniente en pedirle prestada a Franco su propia terminología, para referirse a nuestro país como el "Estado español" (véase Guerrero, 2001). Sin embargo, reproduce otros tics que tampoco es el momento de criticar a fondo aquí, pero sí de dejar apuntados.

Al igual que hizo en el curso del año pasado, Arrizabalo criticó la falta de ciertas libertades que hay "en nuestro país" (con esta expresión, no se sabe si uno añora el grado de libertades que hay en otros países capitalistas o qué), y citó expresamente las mermas que sufren los derechos "de expresión y de asociación". Uno no pudo menos que rememorar lo que dicen ciertos partidos de todo el espectro político (desde el marxismo-leninismo revisado à la Franz Fanon, de HB, hasta el conservadurismo del PSC o de CiU). Y no pudo uno menos que echar en falta la denuncia de esa falta absoluta de libertad de expresión que existe en el País Vasco. En particular, el "terrorismo intelectual" que existe en la universidad vasca, donde la gente no es capaz de decir lo que piensa por puro, es más poderoso, al parecer, que el que practicaba el mismo Franco.

Quienes defendemos la dictadura del proletariado como sinónimo transitorio de la democracia (en una primera fase de la construcción de la sociedad comunista) no podemos dejar de denunciar la falta de las libertades burguesas de expresión y manifestación que existen en el País Vasco (en mucha mayor medida que en Cataluña o Galicia). Eso significa que en esos lugares hay menos –y no más– democracia que en el resto de España. Y la justificación que dan algunos de sus defensores –que pretenden una patria vasca socialista–, debemos interpretarla como la típica retórica liberal de quienes, desde la época de la Revolución Francesa hasta los últimos estertores de la URSS, decían hablar en nombre del pueblo, pero sólo entendían por pueblo lo que sólo a ellos les interesaba materialmente.


Referencias

Baran, P.; Sweezy, P. (1966): Monopoly Capital, An Essay On The American Economic and Social Order, Monthly Review Press, Nueva York [El capital monopolista, Ensayo sobre el orden económico y social de los Estados Unidos, Ed. Siglo XXI, México, traducción de Arminda Chávez de Yáñez, 1974 (1ª edición, 1968), 311 pp.].
García Ábalos, J. M. (1949): "La teoría del salario en Carlos Marx", Anales de Economía, 35, sept., pp. 309-335.
Gowan, P. (1999): The Global Gamble: Washington’s Faustian Bid for World Dominance, London: Verso [La apuesta global, Akal, Colecc. Cuestiones de antagonismo, Madrid, 2000].
Guerrero, D. (2000): "¿Es posible una política económica alternativa dentro del capitalismo?", Filosofía, Política y Economía en el LABERINTO, 2, febrero, Málaga, pp. 66-87.
-- (2001): Recensión del libro de Pedro Montes: La historia inacabada del Euro, Madrid: Trotta, 2001, en Economistas, noviembre, nº 89, pp. 136-7.
-- (2003): "Notas sobre eclecticismo y Carlos Berzosa", en Materiales del curso UCM-FIM, febrero.
Lenin, V. I. (1917): El imperialismo, fase superior del capitalismo, en Obras escogidas en 12 tomos, tomo V, Ed. Progreso, Moscú, traducción de V. Uribe, pp. 372-500 y 538-541 (notas).


N O T A S
(1) Véase una aguda crítica del mismo en un artículo fundamental pero poco conocido de José Manuel García Ábalos (1949)
(2) Véase mi opinión sobre Lafontaine en Guerrero (2000).

Universidad Complutense de Madrid | Theoria: Proyecto Crítico de Ciencias Sociales | E-mail: marxismo@theoria.org

<<< HOME