LAS HUELLAS DE LA PALABRA | Filosofía y Ciencias Sociales
Román Reyes, 1998

LAS HUELLAS DE LA PALABRA
02. M A R I A Z A M B R A N O
LOS SILENCIOS DE LA PALABRA / LOS SONIDOS DEL SILENCIO

Hablamos porque algo nos apremia ...
Se escribe para conquistar la derrota sufrida
siempre que hemos hablado largamente ...
Salvar a las palabras de su momentaneidad, de su ser transitorio
y conducirlas en nuestra reconciliación hacia lo perdurable,
es el oficio del que escribe.

El escritor ... quiere decir el secreto;
lo que no puede decirse con la voz por ser demasiado verdad;
y las grandes verdades no suelen decirse hablando.

MARIA ZAMBRANO


Silencio, palabra, poesía, tiempo ... filosofía. Estoy tratando de ordenar estos términos. Sé que son términos no-intercambiables, si bien se solapan parcialmente entre sí. Y sé además que soportan el escalamiento del analista de turno. Porque ni siquiera puedo ordenar mis intereses con respecto a ellos, estoy confuso a la hora de hacerlo, a la hora de introducir un patrón de análisis que me permita sistematizar mis tesis.

La palabra en sí, en su materialidad, es siempre la mostración de un proyecto, la apresurada exposición de un diseño incompleto. Y aunque ese diseño -- por el misterio que esconde --  llegue a apasionarnos, de quedarnos sólo en la pasión, sería esa una pasión inútil, sin coste alguno, sin disfrute, ni siquiera del disfrute estético del producto. La palabra no se cierra sobre sí misma, si bien --a manos de sus usuarios --  siempre regresa al origen de su constitución como palabra, es decir, al momento en que la palabra correspondía a la cosa que decía nombrar: Al principio existían las cosas. La necesidad de perpetuar esas cosas --perpetuándose uno a sí-mismo --  degeneró en lenguaje. Confundir es, desde entonces, un oficio noble.

María Zambrano: La verdad necesita de un gran vacío, de un silencio donde pueda aposentarse ...

¿El primer movimiento es la huída?. Jamás. El primer movimiento es la re-gresión. Moverse no es desplazarse sobre un plano, obedeciendo el trazado de una línea que la monotonía convierte en recta. La tensión --y cualquier acto necesita conluirse, para ser nombrado/padecido --  siempre es circular. Moverse es un reiterativo re-currir.

Cuando uno se siente perseguido no es el miedo quién nos inmoviliza, quien paraliza el regreso. Uno no puede moverse porque la tensión se detiene. Uno hace entonces historia sectorial de los momentos inmediatamente precedentes. Para agotar el instante. Habitar --aunque sólo se haga en situaciones límete --  el lugar de la concepción, la más radical de cualquier referencia, es, por ello, desentrañar la génesis de la razón. El tiempo de la razón lo marcan los intersticios de la palabra, los sonidos del silencio.

Esos claros del/en el bosque no es el vacío, la negación del plano. Esos claros del/en el bosque son la posiblidad más provocadora de la belleza. Es bello el movimiento que no se detiene, que reivindica su razón de estar, su voluntad de volver, que justifica su paso, su eterno retorno, sin referencias ocasionales, sin metas a corto plazo. La belleza es el don más preciado que vividor alguno posea. Es bella cualquier etapa, es bello cualquier acto que me legitime como existente, que me conduzca a Itaca.

La palabra, una vez pronunciada, provoca un silencio, tanto en el emisor como en los posibles y competidores receptores, silencio que la perpetúa. Pero también genera una complementaria acción o re-acción que a su vez la legitima. No puede, en consecuencia, entenderse el término al margen de aquel usuario que, insertándolo en un consensuado sistema de códigos, la pronuncia en su beneficio: La palabra como registro de la voluntad de trascendencia, la palabra como garante de la interacción y del intercambio. La palabra como seña de identidad, la palabra como testimonio de una presencia que desea y necesita ser reconocida.

Uno se hace palabra. Uno es guardián del discurso que libera, porque toda palabra señala fronteras. Toda palabra, como toda agresión, se convierte así en un gesto inútil, sin sentido, para alguien que no sea el hablante, para alguien que no sea el agresor.

Pero la palabra, al pronunciarse, se objetiva, es decir, se prostituye. Al principio es sólo una palabra escuchada y, en su caso, registrada. Un uso posterior precisa conocer los senderos que le condujeran a cualquier parte, la carga, el soporte nuevo que conlleva. Por eso es tan complicado aprender a leer, por eso es tan arriesgado traducir. Por eso uno, con los años, desconfía de las palabras: termina ignorando alevosamente su uso. Y hasta termina uno ... mudo. Ni siquiera entonces la provocación es estímulo para recuperar el habla.

Yo habito desde entonces lugares licenciosos. Desde ese extemporáneo momento recorro infiernos que la filosofía, el pensamiento estructurado no-recorre. El tiempo de la razón académico-institucional es una ficción. Se detiene en sí mismo. Ha nacido para ser historia. Es necesario escribir la historia de la razón para que la racionalidad haya tenido alguna vigencia. Nosotros parimos el tiempo del interés, olvidando el tiempo del disfrute, de la pasión. El tiempo de la vida que jamás va a discurrir por senderos que conduzcan a parte alguna.

Pero también, el silencio instaurado genera discursos, re-generando la palabra originaria: Al principio la palabra se confundió con la cosa. A fuerza de usar y ab-usar de la palabra, las cosas se han ido quedando sin nombres que les correspondan. Por eso el nuestro es tiempo de confusión, de pérdida: la referencia es equívoca, como equívoco es, paralelamente, nuestro tiempo, espacio de reconversión permanente.

No hay nada más calumnioso que el deseo, los sueños del deseo. La pasión como respuesta a la risa es una pasión que no pasa. Si es que pasar alguna vez fue registrado como sentimiento, padecimiento. La pasión de/por la sombra, lo abandonado, la réplica, el complemento: el otro y lo otro. El mar. Más allá de la tierra.

Es preciso, pues, remontarse al momento originario y controlar los filtros que, desde entonces, se han ido intercalando: la palabra, ahora, sigue siendo útil, porque es registro de la historia de las cosas, de la historia y estimación que esas cosas han merecido a sus usuarios. A sus usuarios, sujetos de esa historia, cosas igualmente historiables. Es preciso no olvidarlo.

La palabra se pronuncia con voluntad de respuesta. La respuesta no tiene por qué traducirse en discurso. Entre otras razones porque los discursos son mezcla de palabras-acción, de comportamientos y re-acciones. Nunca sabremos si es la palabra que pronuncio la que ha alterado el equilibrio de los otros. Porque toda palabra se pronuncia con voluntad de ruptura, la duda queda: Es posible que el rechazo y no la palabra, se convierta en los otros en estímulo de cambio, de re-situación en el tejido psico-social que les correspondieran.

Y si la palabra altera lo real, ?quién o qué orderá el caos?, ?quién o qué dará cuenta del misterio, lo innombrable?. Y si la palabra responde a un principio de orden, a un modelo de equilibrio, ?es traspolable dicho modelo a la estructura de la catástrofe, si es que el escenario del caos soporta estructura alguna?. El mundo en el que suponemos vivimos -- el que sentimos como nuestro --  ?es el mejor de los posibles, porque existe un principio de orden que lo gobierna y lo nombra?.

Todo principio de orden es una fundamentación/determinación cultural, que responde antes a los intereses del conocimiento organizado/estructurado que a la lógica de lo real, tal como entendemos registrar lo que es y lo que acontece.

Sabemos, por ejemplo, que las ciudades están diseñadas y construídas por los mayores. Por eso nos imaginamos sentirnos cómodos en ellas y hasta las dimensiones y las distancias nos resultan siempre razonables. Para un niño, para un enfermo o para un loco, esas dimensiones, sin embargo, y esas distancias no son tan razonables y no entiendo por qué no se ha diseñado de otra forma, desde otro orden de cosas, el espacio del recreo, de la dispersión y del ocio. El espacio de la creatividad. Sólo que entre una edad y otra discurren edades intermedias, el tiempo de la normalización e integración, patrimonio hegemónico de agentes, selectiva y oportunamente acreditados para hacer que todo discurra como debe suceder. El tiempo de la productividad lineal.

Los sonidos del silencio serían entonces el lenguaje del des-orden: Una palabra que no provoca respuesta, una acción que no produce discursos. Ni siquiera sorpresa, ni siquiera curiosidad.Los sonidos del silencio. Del silencio previo a la asimilación de lo sublime, lo inesperado. El encuentro con eso-otro que altera nuestro equilibrio cotidiano: dependencia irracional de lo nuevo ante lo que igualmente uno se queda sin palabras.

Las palabras, otra vez, nos resultan pobres: dan cuenta de lo general, nombran la estructura ausente, dan cuenta tan sólo de la referencia. Un relato autoenvolvente para justificar la necesidad de un patrón excluyente, de un modelo pretendidamente óptimo ... Jamás explican una vivencia: Lo particular, la experiencia vivida desde uno mismo, no soporta nombre alguno.

Los otros exigen un texto. Mi compromiso ciudadano me lleva, en consecuencia, a objetivar los procesos y formas de mostración, a poner nombre al resultado. Es igual que para entonces mis palabras no den cuenta de sentimiento alguno: mi teatro, mi transformación obligará, en su momento, a aquellos otros-cercanos a modificar su posición con respecto a mí.

De querer relajar la tensión creada, me veo obligado a poner nombre a lo nuevo que me sucede y me acosa. Me veo obligado a asumir una nueva máscara.

Y, sin embargo, hay todavía quiénes se empeñan en seguir hablando lenguas de difícil traducción, en seguir construyendo -- y pronunciando --  discursos no-recurrentes, sin voluntad de retorno. Hay todavía quiénes continúan usando las palabras más allá del uso consentido, más allá de la necesaria y obligada referencia que, se supone, toda palabra soporta.

Para hablar desde el otro lado hay que morir previamente. Desde el otro lado se habla negando el discurso de lo real, negando la negación de lo trascendente, negando la negación del vacío y del abismo. Negándose uno a sí mismo. Descontextualizándose, extrañándose.

Sobra seriedad, falta ironía: la palabra intrascendente, el discurso de lo cotidiano, la i-lógica de lo real. Mirar desde otra posición, es decir, en silencio. La razón poética es una mirada marginal y marginante. La razón estética, por el contrario, es esa mirada que se confunde con el objeto/los objetos múltiples, aunque confluyentes de esa mirada.

Reivindico la razón irónica, la razón vital, la razón de lo recurrentemente descriptible / mostrable, la razón de lo real en tanto que metáfora, en tanto que conjunto de acontecimientos que van definiendo mi ser de cada día, el resultado de una vida que reclama su diferencia, es decir, un nombre. La conciencia irónica, la risa es la legitimación de la diferencia, del juego que uno juega y del que difícilmente pueden participar otros, salvo en calidad de espectadores.

A vueltas con la seducción y la provocación la poesía termina convirtiéndose en secreto hablado, lenguaje poético -- no convencional --  que necesita escribirse para fijarse, pero nunca para producirse. Se hace, por ello, ciertamente inaccesible aquello que se sumerge en los mares de lo incierto: en la noche, en el silencio o en el sueño. Pero es que hasta uno mismo puede ser para los otros, esa noche que se interpone, ese silencio que se instala o , quizás, ese sueño que nos agobia.

Decir tú, de alguna manera, es de nuevo señalar al enemigo. Porque un tú sólo se dirige a aquel que, competitivo, más cerca se encuentra. Un tú que es para nosotros silencio y que, a su vez, nos obliga a llamarle por su nombre, es decir, a contextualizarle. Un tú que se hace ineludible porque su silencio nos enloquece.

María Zambrano, como Wittgenstein, se encontraba a menudo extraviada ante un nombre, ante una situación, ante una presencia que provoca en mí una toma de posición, una defición con respecto a lo nuevo que nos invade. La extrañeza se traduce entonces en saber que no

induce ni razona, ni imagina, ni propiamente prevé. Aunque mi posición frente a ese extemporáneo referente que me incita a conocer, pueda situarme en el otro extremo: el término opuesto a la indefinición, la inversión de la nada, en tanto que soporte convencional de las raíces del todo. Ese raro saber que ronda la identidad o la identificación, un saber sin palabras, silencioso como la acción que lo suscriba.

La sim-patía del hablante es aquí complicidad en el misterio, perdida en el silencio de una presencia que no puede eludir.

Escribía no hace mucho: Con frecuencia se me ha preguntado cuál era mi credo. Solía responder como lo hacía Sartre en situaciones similares: que ése es sólo un problema del que hace la pregunta. Yo he terminado creyendo en un Dios del silencio, una trascendencia asexuada, carente de sentimientos y que no habla. Ni permite siquiera que alguien lo haga en su nombre. Ese Dios del Silencio que dejaría de serlo -- latens deitas --  tan pronto como pronunciara la primera palabra: Porque la palabra da cuenta de la miseria --en situaciones límite, in cruce --, el silencio termina relatando el espectáculo de lo reconvertible, de lo eternamente nuevo.

Saber sin palabras, más allá de cualquier discurso, saber inmediato, más allá de cualquier sistema, saber inmediato que da o crea una especie de inocencia ... Una inocencia anunciadora del saber absoluto.

Por eso en ambas situaciones permanece uno mudo. Sólo que en un caso la palabra no tiene posibilidad de surgir y en el otro, la palabra no es necesaria. Hacerse presente a sí mismo y hacerlo de tal manera que mi puntual mostración se proyecte en el mismo campo de la receptividad. Sobran, pues, códigos; sobran, pues, discursos que se apuntalen en códigos. Ese campo de la interacción no es otro que un eventual silencio tan diáfano como para permitir el intercambio, el reconocimiento de uno mismo en espacios de reconocimientos que comparten otros.

Hace algo más, también escribía: Guardar silencio es un acto de rebeldía. Porque no hay palabras que describan nuestro estado de penuria, nuestra voluntad de ser heréticos. Hurtamos la palabra ante la muerte, ante la opresión y ante el olvido.

María Zambrano había escrito ante que yo: Más habrá silencio también cuando la presencia pura y total en que el poder, el saber y el amor se fundan, dejen su lugar a una presencia determinada, predominantemente sea por el poder, por el saber o por el amor.

Porque para mí los sonidos del silencio los imponen tanto el poder, como el saber o el amor, prefiero -- uno, que puede tan poco, que sabe menos y que ni siquiera ha aprendido a amar --  invocar, en este caso, los silencios que mis palabras provoquen.

Porque he hablado largamento, quiero conquistar mi derrota --mi agónico estado de superviviente de la palabra --  y remitirme al público que, en sus orígenes, legitimó esta escritura que dejo en el aire.

Porque, en realidad y como escribiera María Zambrano, sólo llega a tener público aquellas obras que ya lo tuvieron desde el principio. Gracias por haberos prestado a ser el público de siempre, mi público de ahora.

Pero llegado este momento he de pedir perdón por haber estado. Pido perdón, porque mi presencia ha forzado un discurso que, una vez activado, compromete a todo aquel que haya registrado mi presencia. Nos haremos necesarios, a partir de ahora, el uno con respecto al otro. No en vano los textos -- semi-escritos, casi siempre --  legitiman algo tan vulgar, aunque tan escaso, como una sonrisa, algo tan vulgar como una mirada que se activa sólo cuando en la pantalla -- codiciada referencia del deseo --  se sitúa cómplice un tú generalizado -- no menos codiciado objeto del mismo deseo.


Congreso sobre María Zambrano | Universidad de Extremadura | Texto base de la ponencia presentada | Cáceres, Diciembre de 1993
UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID | EUROPA, FIN-DE-SIÈCLE: PENSAMIENTO Y CULTURA | THEORIA: PORTAL CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES

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