LAS HUELLAS DE LA PALABRA | Filosofía y Ciencias Sociales
Román Reyes, 1998

LAS HUELLLAS DE LA PALABRA
08. TIEMPOS DE TOLERANCIA (I)
LA EUROPA DE LA FRUSTRACION

Asistimos día tras día a una particular ceremonia de la confusión. Asumimos con la misma celeridad el pararelo sentimiento de perplejidad e impotencia. Si bien lo hacemos con esa resistencia que no admite sumisión alguna, que no se rinde ante cualquier eventual frustración: Los acontecimientos se suceden en nuestro entorno más inmediato, ese tambaleante medio, soporte de un proyecto de equilibrio personal y social al que nos hemos habituado, garante de nuestra identidad. Los acontecimientos se superponen sin que los problemas que más de cerca nos afectan encuentren una solución satisfactoria. No ha sido posible hasta ahora que en Bruselas, por ejemplo, las partes lleguen a acuerdo alguno: sectores tradicionalmente precarios, como el pesquero, no consiguen esa estabilidad mínima que les permita organizar siquiera su estrategia, la justa defensa de sus intereses, para sugerir a continuación una política social y económica lo más solidaria posible.

Quien dijo sistema, quiso decir mundo cerrado. La existencia, no obstante, es justamente lo contrario. Algo que en su tiempo nos recordaba Kierkegaard, algo similar a lo que a su vez suscribiera Nietzsche cuando, en su peculiar tono apocalíptico, nos advertía: "Yo desconfío de todos los sistemáticos y me aparto de su camino; la voluntad de sistema es una falta de honestidad". Todo sistema, en efecto, se convierte a medio/largo plazo en un sistema de más, porque el sistema sitúa la realidad bajo la lógica de una coherencia a-histórica, lineal. La existencia, sin embargo, la vivimos a golpes, más allá de cualquier abstracción. Por naturaleza, es discontinua. La voluntad de fragmento se traduce, por tanto, en voluntad de realismo, contingente, por humana. Lo que implica asumir un elevado riesgo: Es precisamente la determinación "incertidumbre/riesgo" la característica de nuestro tiempo, ya no post-moderno, pero todavía pronto para clasificarlo como "sobremoderno". Demasiada es la carga de modernidad que, desde Baudelaire hasta hoy, venimos arrastrando. Demasiada carga, que describen los acelerados acontecimiento de nuestra contemporaneidad, un presente confuso sin voluntad de reconciliación con un pasado inmediato no asimilado, al menos lo suficiente como para ser comprendido. Vivimos tiempos excesivamente sobrecargados: los acontecimientos, la historia nos pisa los talones. Como sobrecargado se nos muestra el espacio, cada vez más difuso, cada vez más extenso, escenario de esos acontecimientos.

La insatisfacción -- es decir, nunca sentirse a gusto/cómodo con lo que se es o se tiene, tal como se ha conseguido ser, tal como se nos ha permitido poseer --  legitima una de las condiciones básicas del ciudadano de nuestro tiempo. Es precisamente ese sentimiento de carencia el que puede activar decisivos mecanismos de superación. Describir, por tanto, la existencia como angustiosa supone introducir variables de difícil control, que obstaculizan cualquier proyecto de superación, cualquier desarrollo planificable. Es por ello comprensible que se opte por la seguridad que un sistema proporciona en tanto que paradigma estabilizador, por más que su vigencia sea cuestionada. La historia de las ideas, de las formas y del pensamiento político occidental está plagada de ejemplos que lo avalan. Pero se trata de una historia macro, de relatos que dan cuenta de colectivos y, a la sumo, de comportamientos aislables, homologables, dentro de los mismos. En tanto que descriptores de episodios reales que han generado teorías, los relatos que esa historia perpetúa se convierten, por tanto, en útiles herramientas de trabajo. La otra historia, la historia de los individuos, está por escribir. Ahora bien, pretender pensar al individuo no es posible sin (com/pro)meterse en/con el vértigo de la existencia, sin perderse por los abismos de la creatividad, arriesgando la propia imaginación, arriesgando a su vez la de los otros más cercanos. No es posible pensar al individuo, ahora permanentemente "de paso", sin ser alevosamente cómplices de las disfunciones que el conflicto y el desorden generan, obviando refugiarse en las apacibles aguas del orden y de la armonía preestablecidas que definen nuestra entidad y, lo que es más peligroso, determinan nuestro comportamiento. Y porque nos limitemos a individuos de contextos o formaciones culturales concretas, no por ello se nos va a facilitar su estudio.

Tiempo también de pactos de difícil respeto, de consensos de escasa credibilidad, preferimos seguir res(dis)olviendo los conflictos, reduciéndolos a aparentes contradicciones. Se dice que las instituciones funcionan cuando las voces discrepantes asumen un papel que no pretende ir más allá de su papel "decorativo", cuando las mayorías legitiman con su silencio/pasividad un determinado estado de equilibrio uniforme/homogéno, propicio para una coyuntural y contagiable voluntad de adhesión. A nadie se le escapa que lo que se manifiesta y comporta homogéneamente es más manipulable que lo heterogéneo. Aquellos que irrresponsablemente hacen uso de esta cómoda posición olvidan que el conflicto es un elemento recurrente en toda sociedad democrática: la democracia se justifica precisamente por la diferencia.

En las sociedades democráticamente organizadas se asumen los acontecimientos tal como suceden, tal como afecten a hombres y bienes, aunque no se nos oculte que los oportunos analistas están doblemente determinados: filtros socio-culturales de adscripción y de referencia que habrán de controlar. Los gestores correspondientes, de ser honestos en su representación y en su gestión, no se aventuran a suprimir realidad alguna que pueda suponer un útil descriptor que contribuya a la lectura objetiva del desarrollo de una formación que, por ser social/histórica, habrá de manifestarse en permanente cambio. En las sociedades democráticamente organizadas el modelo de interacción e intercambio se fundamenta sobre/a partir de conflictos reales, garantizando así el mejor de los equilibrios posibles. Una sociedad democrática es, por tanto, una sociedad plural, heterogénea, porque es sensible a uno de sus principios básicos: el cambio social. Conviene releer a Tocqueville: La homogeneidad y la armonía son ideas antidemocráticas.

La Europa moderna nace en medio de la frustración y la infelicidad. Lo que hoy consideramos "la conciencia europea" se remonta a la Florencia de los Médicis, conciencia entendida como el resultado de la ruptura de un mundo acotado, de un universo cerrado y unificado. La Europa moderna nace bajo el signo de la separación, de la división, de la tensión: la filosofía y las ciencias, el arte y la moral, la sociedad y el estado, el individuo y las colectividades son expresiones de esta voluntad de autonomía y fuente de acreditación/ legitimación de los signos específicos de identidad nacional. Se sanciona con ello una cultura específica, que ha venido definiendo la naturaleza de cada uno de los pueblos que integran la Vieja Europa. Cultura específica, en tanto que garantiza el respeto a las diferencias, por muy minoritarias que se nos antojen, y a los antagonismos, con versiones a su vez peculiares de esa Cultura con mayúscula que ha sobrevivido a los intentos de unificación y armonización por la fuerza, de las armas o de las leyes, presentadas como desarrollo de leyes fundamentales que pretendiendo no perseguir otro objetivo que el de proteger a las minorías han terminado oprimiéndolas, cuando no aniquilándolas. Intentos, lamentablemente todavía hoy siguen existiendo: no otra lectura pueda hacerse de los genocidios y deportaciones que en el mismo corazón de esa Europa de las Naciones provocan el sonrojo de los ciudadanos de un autodenominado Primer Mundo y la impotencia de los historiadores de nuestro presente.

Pero es preciso no olvidar tampoco nuestra historia pasada: La Europa moderna comienza con una crisis, la del Renacimiento. Desde entonces, la esencia de la nueva mentalidad europea no fue ni ha sido otra que la conciencia de separación, de división de los campos y de los pueblos que en esos espacios geográficos se han ido organizando. Una especie de superación de la diferencia, salvando la igualdad: ser lo mismo sin renunciar a lo otro. Así empieza el siglo XVI. Es una época de separaciones y de autonomías. La Europa moderna nace, por ello, en medio de una generalizada infelicidad y de una no menos extendida frustración.

Si hacemos caso a Hegel cuando escribe que "siempre piensa quien piensa desde el Todo y hacia el Todo" estamos en condiciones de comprender a aquellos que han hecho coincidir la voluntad de poder con la voluntad de saber. Hablar de sistemas totalitarios es ciertamente una redundancia. La voluntad de sistema es una opción que delata comportamientos arrogantes/ prepotentes: Todo sistema, por el hecho de serlo, supone acelerados procesos de absolutización, totalización acabada, a cerrar. Por eso la voluntad de sistema, o las formas tras las que se esconde en política o religión, no es otra que la versión secularizada de una pretendida y añorada voluntad de verdad. Los mentores de voluntades tan excluyentes acaban pensando que al final de cada sistema hay una utopía. Un destacado representante del pensamiento maldito de nuestra época, Bataille, pensaba, sin embargo, que la muerte, antes que convertirse en una finalidad no utópica, era el principio de todo exceso, un lujo. Claro que Bataille fue todo lo contrario de lo que se entiende por sistemático.

Si los sistemas pueden, no obstante, imponerse tan cómodamente es porque el inmovilismo y el conformismo forman parte de los comportamientos patológicos de nuestra sociedad. Sólo la carencia de cordura --no hacer lo que todo el mundo hace, como y cuando todo el mundo lo hace --  conduciría a la "insensatez" de refugiarse beligerante en la retaguardia excavando túneles por donde circulen a su antojo los topos de la contestación y de la revuelta. En los momentos de crisis, en los que las utopías se disipan como si de espejismos se hubiera tratado y la realidad se despoja de una de sus principales virtudes, la esperanza, los valores tradicionales, que surgen al amparo de un sistema termina perdiendo lo que les sotenía. En la confusión, la razón crítica recupera terreno forzando otra lectura, otros escalamientos.

Nietzsche se adelantó, como de habitual, a los acontecimientos posteriores, los que nos acosan ahora, cuando constataba que "la realidad ha sido despojada de su valor, de su sentido, de su verdad". Porque no lo han impedido los escasos escrúpulos de aquellos que alevosamente mentían cuando diseñaron la ficción y nos situaron en un mundo ideal. Porque el orden es una trampa puesta a la verdad, "el problema de la verdad" encuentra su acomodo en la solución política de un problema moral. La verdad es el final de un proceso. Pero, a lo largo de ese proceso se suceden múltiples cortes, espacios en blanco en los que se rompe la relación sujeto-objeto, la pretendida adecuación entre teoría y realidad. Esas "rupturas epistemológicas" son los espacios en los que el poder --ahora desposeído de la palabra --  se reafirma al organizar y convertirse en garante de la continuidad del proceso.

Con la misma frustración que nace la Europa Moderna, esa Vieja Europa, en las fronteras de la Modernidad se despide dejándonos una frustración similar. En las fronteras de la Modernidad, el tiempo del tránsito hacia una época diferente no puede llevar otro signo que el de la tolerancia.



[Madrid/Canarias, Septiembre de 1995]

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID | EUROPA, FIN-DE-SIÈCLE: PENSAMIENTO Y CULTURA | THEORIA: PORTAL CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES

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