LAS HUELLAS DE LA PALABRA | Filosofía y Ciencias Sociales
Román Reyes, 1998

LAS HUELLLAS DE LA PALABRA
09. TIEMPOS DE TOLERANCIA (II)
LA EUROPA DE LAS NACIONES

Los mapas sirven no sólo para dar fe de la existencia, dimesión y forma de un territorio y de la organización de su espacio. Facilitan también la circulación de bienes e individuos. O la simulan. Un itinerario dibujado/nombrado es, de alguna manera, un itinerario conocido. Viajar por ese itinerario es, por tanto, hacer un re-conocimiento. Un cartógrafo se convertiría así en un estratega. Hay que saber perdese para trazar un mapa. Pederse es no reconocer un lugar ni (poder)hacerse reconocer en el mismo. Un extraviado es aquel que ni siquiera se reconoce a sí mismo. Porque no ha sabido dibujar un mapa o trazado un itineario. O porque no posee o ignora mapas e itinerarios. Ser un "perdido" es carecer de referencia. Un extranjero calca el mapa desde una posición marginal: aquel punto de su propio mapa que le permite pasar transitoriamente a una situación de riesgo. El extranjero es un extraviado que se extravía "fuera de lugar", un viajero que se pierde conscientemente, pero sin perder la referencia, su origen, su procedencia. Hace una traslación momentánea de su privacidad, un exotismo. Los lectores se extravían, a su vez, leyendo los relatos de viaje. Relatos de un nómada. Pero sólo los nómadas descubren otros mundos. Todo relato es un relato de viajes. Como todo texto es un relato de quietud, de asentamiento. Cuando la tentación del nomadismo se ha controlado. Cuando se detiene en un punto de reposo que las autopistas de tránsito ofrecen cada ciertos tramos, forzando que esos puntos coincidan con la proximidad de algún espacio "de interés turístico".

La reproducción de espacios pertenece al mundo de la ficción. La utopía representó siempre una voluntad de acción, de tensión, de propensión. Nunca de quietud. Un extranjero es un usurpador de realidad. O, en el mejor de los casos, un actor. Traduce los nombres de las cosas para representar a los protagonistas, compra el alma de las palabras y el demonio de los relatos. Toda representación es sacrílega. Si además se hace pública, se convierte en obscena. El usurpador de realidad, el actor no consigue conocer, desvelar el sentido de las cosas. Por eso, su interesada y obligadamente sesgada traducción es un engaño, una traición al texto y a aquellos que lo dictaron.

Es significativo que los etnólogos propongan/recurran al paradigma isla para ejemplificar el lugar por excelencia de la totalidad cultural. De una isla se pueden delimitar/dibujar con verosimilitud/verificabilidad tanto sus contornos como sus fronteras. Sobre un plano se pueden dibujar muchos mapas. Pero sólo uno es el que repesenta un determinado conjunto de islas, un archipiélago. Sobre ese mapa es fácil trazar los circuitos de/para el desplazamiento, la navegación. El intercambio se realiza utilizando itinerarios fijos y (re)conocidos que acotan un espacio exclusivo, que fijan fronteras de identidad relativa: la coexistencia y la proximidad geográfica. Y el mundo-otro: la no-coexistencia, la lejanía, el extrañamiento. Es decir, lo otro, lo exterior comienza más allá. Y el extranjero viene de ese más allá, pertenece al reino de un caos amenazante, porque se nos muestra organizado. Identidad relativa, porque existe consenso tácito, pactos sancionados con arreglo a formalidades de difícil explicitación: identidades (auto)reconocidas tanto como sistema de relaciones (auto)instituídas. La mejor caracterización de un isleño, el ideal del etnólogo que desee subrayar las particularidades, lo singular, sería identificar a cada isla con su correspondiente micro-(etnia)cultura. Dentro de un espacio de reconocimiento recíproco y compartiendo lo suficiente como para mantener lazos de interrelación e identidad colectiva. Una isla en el espacio que otras cercanas comparten, pero diferente a las otras, en donde cada isleño fuese el homólogo lo más exacto posible de su vecino. Aunque cada vez es más difícil señalar a un isleño-tipo.

Un pueblo es el resultado de un consenso legendario. Una nación es la expresión de un proyecto común, históricamente consolidado y en el que existe confluencia pactada de intereses. Un territorio autóctono es el espacio geográfico, el lugar que sacralizan las manifestaciones culturales de ese pueblo, bajo las formas de organización social en sus variantes sagradas y profanas, en sus versiones religiosas y/o políticas. La organización del espacio y la constitución de lugares son, en el interior de un mismo grupo social, una de las apuestas y una de las modalidades de las prácticas colectivas e individuales. El lugar antropológico es al mismo tiempo, principio de sentido para aquellos que lo habitan y principio de inteligibilidad para aquel que lo observa. En una isla -- retomemos el ejemplo de antes --  el individuo que la habita recibe su sentido, un nombre. A través de ese nombre-con-sentido se hace valer la propia identidad ante un eventual visitante, ante un coyuntural controlador. Visitantes y controladores son mensajeros del más allá. Llegan extemporáneamente de fuera y con la misma imprevisión desaparecen, para regresar de nuevo a su tiempo. El espacio y el tiempo de los mensajeros nada tienen en común con las paralelas determinaciones de nuestra contemporaneidad. Porque existe un mundo diferente, el nuestro se convierte en la negación de ese mundo-otro, legitimándose a sí mismo. Y al revés. De ahí esa tan humana manía de pensar lo absoluto, de trascender hacia lo otro condicionando/ religando el acto de trascender lo pensado/vivido. Con un único objetivo: que uno se eternice, que sea para siempre. Que se pierda en el abismo, que destruya los mapas, que recupere el silencio.

Sólo es posible el anonimato en los lugares de tránsito. A la entrada y a la salida el pasajero habrá de probar, no obstante, su inocencia: que se le ha asignado un nombre y que está adscrito a un lugar. Por eso el isleño viaja tan a menudo: su imaginación no conoce fronteras. Pero siempre regresa ritualmente a casa, aunque lo haga un cuarto de hora antes del amanecer. Adquiere su sentido por el simple hecho de haber nacido en una isla. Por eso vuelve siempre, puntualmente a casa, a su origen, que es el origen de todas las cosas y el centro del universo. Para un isleño la delimitación de su territorio se corresponde con un conjunto de posibilidades, de prescripciones y de prohibiciones cuyo contenido es a la vez espacial y social. Nacer es nacer en un lugar, tener destinado un sitio de residencia. En este sentido, el lugar de nacimiento es constitutivo de identidad individual. El lugar de nacimiento obedece a la ley de "lo propio" y, en consecuencia, genera un nombre: el nombre propio.

Es batante significativo que, cuando se habla hoy de la Unión Europea o del nuevo orden mundial, la cuestión que se plantea inmediatamente sea siempre la de la localización del centro que a cada uno corresponda: Bruselas/Estrasburgo, Bonn/Berlin, Nueva York/ Washington, etc ... El pensamiento del lugar nos preocupa siempre y el "resurgimiento" de los nacionalismos, que le confiere una actualidad nueva, podría pasar por un "retorno" a la localización de la cual parecía haberse alejado la voluntad de Imperio, como presunta prefiguración del futuro género humano. Pero, de hecho, el lenguaje del Imperio era el mismo que el de las naciones que lo rechazaban, quizá porque el antiguo Imperio, al igual que las nuevas naciones, deben conquistar su modernidad --es decir, capacidad de conciliar pasado y presente --  antes de pasar a la sobremodernidad: imposibilidad de conciliar pasado con un presente a-contemporáneo, sobrecargado de acontecimientos, sin fronteras de fácil definición.

En la coexistencia de lugares y no-lugares, en situaciones-límite --espacios fronterizos, tierra de nadie, de trásito hacia ninguna parte --  el mayor obstáculo es siempe de naturaleza política. Sin duda, los países del Este terminarán encontrando un "lugar natural" en las redes transnacionales de la circulación y, especialmente, del consumo. Los países del área de influencia de la Ex-Unión Soviética y aquellos otros que buscan una nueva identidad o recuperar una vieja y conflictiva identidad bajo condiciones nuevas igualmente conflicivas. Caso de la Ex-Yugoslavia, por citar un ejemplo de lamentable actualidad. En tanto que lugares soportan el más riguroso de cualquier análisis económico, lugares a su vez de fácil re-conocimiento, los no lugares, que a estos países corresponden están ya contagiados de velocidad. La reflexión que sobre ellos los correspondientes políticos hagan, está de antemano contagiada de esta sobrecarga: Y, en consecuencia, terminan por preguntarse adónde realmente van porque cada vez menos saben dónde efectivamente están.

A la vista de los acontecimientos que tan bruscamente están agitando a nuestra más contemporánea Europa, nos vemos obligados a aceptar que vivimos un "retorno" de los nacionalismos. Tal retorno supone un claro rechazo de un (macro)orden social, de cuyo equilibrio se duda y cuya vigencia, por tanto, comienza a cuestionarse. El modelo de identidad nacional se presta por sí mismo a dar forma a este rechazo. Sin embargo, lo que hoy en día sienta las bases para ese anunciado retorno es la (nueva)imagen del individuo, que representa una movilidad de difícil control, que describe una trayectoria de trazos autónomos y que termina dando sentido, cuando no justificando, el discenso social: La acelerada movilidad que facilitan las autopistas de la modernidad, sean éstas terrestres o se traduzcan en corredores aéreos o marítimos. Sean también y especialmente, autopistas de la información, de la publicidad y de la incesante invitación a un consumo desenfrenado.

En sus modalidades más limitadas, al igual que en sus expresiones más exuberantes, la experiencia del no lugar es hoy un componente esencial de toda existencia social. Nunca las historias individuales han estado tan incluídas en la historia general, en la historia a secas. A partir de ahí son concebibles todas las actitudes individuales: la huída (a su casa, a otra parte), el miedo (de sí mismo, de los demás), pero también la intensidad de la experiencia (la preformance) o la rebelión (contra los valores establecidos). Ya no hay análisis social que pueda prescindir de los individuos, ni análisis de los individuos que pueda ignorar los espacios por donde ellos transitan. En el anonimato del no lugar es donde se experimenta solitariamente la comunidad de los destinos humanos. Habrá. pues, lugar mañana, hay ya quizá lugar hoy, a pesar de la contradicción aparente de los términos, para una etnología de la soledad (Marc Augé).

Ahora, en esta agitada Europa de las Naciones, cuando la transición hacia una nueva e incierta época se ha iniciado, cuando la sobrecarga de acontecimientos nos impide siquiera pensar el presente, bueno y recomendable es una tregua. Los cansados (desencantados)pueblos de nuestra Vieja Europa merecen esa tregua: dar una última oportunidad para el autoanálisis, la automirada, el autoreconocimiento. Porque en este nuestro agitado tiempo ya es demasiado tarde para aprender a leer los textos de la saturación, los productos de una época del exceso, permitámonos, al menos el mejor de los regalos: la tolerancia.



[Madrid/Canarias, Octubre de 1995]

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID | EUROPA, FIN-DE-SIÈCLE: PENSAMIENTO Y CULTURA | THEORIA: PORTAL CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES

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