LAS HUELLAS DE LA PALABRA | Filosofía y Ciencias Sociales
Román Reyes, 1998

LOS ECOS DEL SILENCIO
15. PAPELES DE LA MEMORIA (I)
LA VOZ

1.1 TERRORISMO DE ESTADO

No me consta que al precipitarse los acontecimientos -- como día tras día se están precipitando --  algún político haya entonado un Requiem Aeterna en memoria del Estado. Y no voy a ser yo quién lo haga, porque los actos necrológicos honran antes a sus correspondientes afligidos deudos. Por ello convendría refrescar la memoria y recordar que no es bueno haber catalogado a aquellos -- que dentro o fuera de nuestras fronteras --  hayan optado por la acción armada y haber afirmado de ellos que el mejor terrorista será siempre un terrorista muerto. Porque ahora habría que hacer una obligada --e incómoda para esos políticos --  traspolación. Aunque, parafraseando a Nietzsche y dado que escasos problemas de interés general resuelven, ?de qué van a servirnos determinadas instituciones y especialmente los Parlamentos -- inconfundibles iglesias laicas --  si no son el sepulcro y los monumentos de nuestra Cultura Política?.

No me gusta llamar a las cosas por su nombre, porque termina uno reproduciendo el discurso del poder. Termina uno, en consecuencia, convirtiéndose en un anónimo -- e impagado --  agente represivo más. Algo que habitualmente hacemos -- y yo no me escapo a esa tipificación --  desde el momento que opto por la oscenidad/seducción y me arriesgo a escribir, después de que se me haya permitido hablar. Tal vez porque, por sobreexceso de ocupación, no tenga ahora cerca controlador alguno.

Pero uno elije al servicio de quién trabaja, por qué y para qué quiere escribir.En mi caso, hace tiempo que optara por llamar a las cosas por el nombre que esas cosas -- acontecimientos, historias de vida y soportes que los/las posibilitan --  les gustaría asumir, por el papel que les apetecería representar, por la voluntad de transformación y cambio que tras sus presencias y acciones se esconde.

Confieso que no me cae el bien el (super)juez Garzón, pero uno debe acostumbrarse a valorar a los ciudadanos antes por los actos que por su historia. Y el acto que del (super)juez Garzón valoro es un acto de rebeldía, algo que vengo demandando desde hace mucho: guardar silencio, en este caso, no iba a legitimar un pretendido Estado de Derecho.

Cualquier muerte altera el espacio de la inmediato, el plano de mi más genuina referencia, sintiéndome yo mismo alterado. Toda muerte se convierte así, en un acto de crueldad que, en contadas ocasiones, legitimaría una determinada terapia social, un modelo de convivencia más gratificante y solidario. Pero la rebeldía del (super)juez Garzón desvela, objetivándolo, un desgarrador silencio ante los crímenes de Estado, que la memoria colectiva no ha podido olvidar, por más que se pretendan prescritos, crímenes de Estado que por cometerse en nombre y representación de los ciudadanos de ese Estado nos convierten en cómplices de un magnicidio.

Ni por Dios -- un dios con rostro humano jamás demanda sacrificios -- , ni por la Patria --oscuro concepto que se confunde en las trastiendas de la corrupción --  ni en nombre del Rey. Porque la función real se legitima antes -- más allá de la azarosa coyuntura de un patrimonio recuperado --  en el compromiso público de quien desinteresadamente asume esa función para convertirse en árbitro de los conflictos político-sociales que se generen. Yo lucho por otras cosas y en nombre de otros intereses, cosas e intereses de poca importancia, porque no soportan referente rentable alguno para los gestores de lo público. De mucha importancia, sin embargo, porque es rentable en la medida de su consumo inmediato -- a un plazo que la necesidad acota --  en la medida que mis actos me reconfortan, reconfortando -- en un bello acto recíproco de complicidad --  a aquellos más cercanos.

Uno termina pudiéndolo todo a través de aquél/aquello que me hace fuerte. Ese impersonal toma cuerpo en el creyente y se diluye para el escéptico. Pero es un mismo impersonal que homologa voluntades: la voluntad de respeto, la voluntad de tolerancia, la voluntad incluso de perdón, que no de olvido. Porque, por suerte, somos antes hombres -- humanos, demasiado --  que dioses. Esos, hace tiempo que no habitan entre nosotros: han huído a espacios inaccesibles, espacios acotados llamados X y que unos identifican con El Olimpo, otros --  más realistas, sin duda --  con La Moncloa.

Se equivoca el Sr. González cuando afirma que implicar al Gobierno que preside en el diseño y sustento de los GAL es una hipótesis de trabajo absurda, por arriesgada, como arriesgado había sido para él que el no a la OTAN hubiera triunfado, simplemente porque, según él, sólo se puede gestionar aquello que le han dicho interesa. Olvida que el conocimiento científico --por lo tanto, el control sobre y el conocimiento de nuestra más inmediata realidad --  avanza apuntalándose en oportunos experimentos atrevidos/cruciales. La verdad no es un punto de partida, sino el resultado de un proceso. Si la verdad a alguien hace libre es porque un otro localizable muere por el pueblo. Pero los términos responsabilidad/rectificación o dimisión no pertenencen al interesado diccionario que determinados políticos manejan.

Barrionuevo pide al (super)juez Garzón que tenga un gesto de humanidad hacia los ex-altos cargos de Interior ahora encarcelados y que los deje en libertad. El mismo gesto de humanidad que pedimos al Gobierno para que los ciudadanos de a pié recuperen las libertades públicas, los derechos ciudadanos, siquiera al menos tal como dice garantizarlo la Constitución Española. Pero esa misma Constitución sólo contempla la figura del perdón bajo el nombre de amnistía, discrecionalmente aplicable siempre y cuando en los inculpados/ condenados, habiendo reconocido la culpa, se detecten indicios suficientes de arrepentimiento y enmienda.

Suerte tiene Barrionuevo que Jesús Ibáñez ya no pueda recordarle públicamente que de poco sirve haber simpatizado con un movimiento ciudadano reivindicativo -- La Vaguada, desgracidadamente ha continuado siendo de los otros -- , si en nombre de la Democracia justifica --como arrogante y provocadoramente ha hecho --  el Terrorismo de Estado. Su en otro tiempo amigo le felicitaría estas fiestas --a desgada, pero la cortesía se hubiera impuesto --  recordándole un texto suyo y que literalmente dice así: "Somos dominados por la razón, no por la fuerza: una rebelión fundada en razón sólo nos lleva a cambiar de Amo. Si no hay más razón que la fuerza y fuerza es lo único que tenemos, tomemos nota" (Jesús Ibáñez: "La Luna", n? 24, Madrid 1986).

Esperemos que los dueños de la palabra, dueños a su vez de la casa y de la hacienda, del caballo y la pistola tomen buena nota de ello. Porque los ciudadanos de este país la estamos tomando --  cada día con mayor compromiso --  siempre que se nos despierta anunciándonos un nuevo acto -- hasta ahora impune --  de represión/corrupción, comportamientos que creíamos incompatibles con la naturaleza misma de aquello que define a un gestor/servidor de lo público.



[Madrid, Diciembre de 1994]

1.2 SOBRE EXTRA-VAGANTES E IN-SOLIDARIOS

El silencio no siempre significa olvido. En mi caso, ha supuesto reflexión. Y efectivamente no he olvidado que, con motivo de la llamada Pascua-Militar.1995, el Ministro-García-Vargas catalogara a los insumisos dentro del confuso y contradictorio conjunto de extra-vagantes e in-solidarios. Los prefijos no fueron separados ex profeso por el Ministro de turno, como tampoco voy a tenerle en cuenta que se arrogue facultades para estratificar y organizar la convivencia e interacción de los oportunos colectivos, que ni su profesión civil, ni su coyuntural status político le otorgan.

No fuí cabo-furriel en la mili. Tampoco me lo propuse. Tal vez, por eso, no llegué a ser rey, ni haya legitimado a mujer alguna como reina de mi vida. Insumiso respecto a cualquier forma de sumisión que no elija libremente, sí es cierto que lo he sido. Y al mismo tiempo --más de una vez, sin duda --  demasiado sumiso con respecto a tantas otras, a las que un cierto pragmatismo me obligara a mostrarse tolerante. Si bien confieso que lo fuí con resistencia. Aquella resistencia que, simulando sumisión, burla ese tipo de incondicional sumisión reglada, que de cualquier ciudadano sería de esperar.

Como tampoco voy a caer en la trampa de unirme a esas poco responsables y oportunistas voces que reiteradamente exigen "que se vayan". Los monstruos del horror nunca se ausentan con la celeridad que debieran o que a uno le gustaría. Han de perpetuarse, momentáneamente, en sus huellas, para escarnio de las generaciones presentes, para ejemplo a no seguir en el futuro, como advertencia de que ese tiempo nunca más habrá de re-cuperarse. Por eso aún tienen sentido, en el Estado Español, monumentos a la memoria de la intolerancia y el sectarismo, del genocidio y la barbarie como, en Madrid, El Valle de Los Caídos. La arrogancia manifiesta delata la impotencia y la sin-razón del dictador, arrogancia que algunos dictadores simulan u ocultan, con mejor o peor suerte.

Simplemente ver de cerca -- y los medios gráficos cómo aproximan --  o saludar, por razones de cortesía, le da a uno la posiblidad de interpretar --saber lo que pretenden decir sin nombrarlo --  las palabras de algún que otro privilegiado ciudadano público. En este caso, el ciudadano García Vargas. Pero interpretar siempre fue leer entre lineas, las líneas de un discurso que no admite, en este caso, dis-continuidad: No es posible la tregua. No es posible el intersticio. No es posible el sabotaje, porque ni siquiera es posible la contestación. Interpretar es ciertamente leer entre líneas. Las líneas férreamente diseñadas desde una voluntad de poder que representa un gestor y que se escapa a su legitimación. Para buscar el soporte que de-codifique la intención oculta del mensaje, o mejor, de aquel que se erige en el único y excluyente mensajero/emisor. Para organizar una resitencia militante.

No sé por qué los uniformes -- reales/socio-culturales/políticos --  han de suponer modelos de diseño de obligada referencia. Porque extra-vagante es deambular por senderos, que a veces no conducen a parte conocida/esperada alguna. A uno le son permitidos para descubrir otros no-catalogables, o que apetezca descubrir -- sólo, o en cómplice compañía de algunos pocos -- . De esta forma un extra-vagante sería aquel que se sitúa más allá del bien y del mal mundanos, sin renunciar a su referencia de origen. Más allá de cualquier excluyente estructura de poder.

Determinados políticos prefieren, por el contrario, fijar férreas fronteras entre lo uno y lo otro. Sólo porque dentro de ese coto, que convierten en privado, pueden legitimar su control. Y su permamencia en el poder. Un control que no termina en la descripción(interesada) de lo real. Va mucho más lejos: Se proyecta con voluntad de re-definición sobre la opinión generalizable, sobre aquello que hay que pensar -- más acá de la correción convencional -- , para hacer/actuar -- transgredir alevosamente --  en consonancia y más allá de los modelos de compromiso, con esa norma que el discurso objetiva.

Entre lo uno y lo otro, es decir, entre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo ... lo normal -- ejemplarizable --  y lo patológico --penalizable --. Ellos representan o, mejor, dicen representar lo primero. Todo aquello y todos aquellos otros que no se sientan representados/no admitan semejante representación quedan automáticamente relegados a lo segundo. Los teóricos de la revuelta y los revolucionarios seremos, en consecuencia, malos y feos ... por naturaleza. Es decir, extra-vagantes. En tanto que parte social enfermiza, el interés (des)interesado de nuestros gobernantes activa campañas de normalización.

Un in-sumiso es siempre un extra-vagante. Jamás un in-solidario. Porque la extra-vagancia es una virtud de las bases, mientras se convierte en aberración/contradicción, si son las élites quienes la practican. Porque in-solidario es, en cambio, una aberración/contradicción en las bases, conviertiéndose en un crimen de Estado, si son sus élites quienes lo ponen en práctica, quienes hacen apología de la in-solidaridad.

Un extra-vagante se convierte así en un vago, un im-productivo. No contribuye al sistema(óptimo), a la cadena(excluyente) de producción/es. Incluída la propia y privada re-producción/re-creación. Un in-solidario es un maleante. Tan sólo su presencia es denunciable/perseguible. Su simple mostración es provocadora, se convierte en denuncia de lo otro. Por eso se impone su exclusión/aniquilación. Si es preciso, también física. La proliferación de maleantes pone en peligro un modelo de estado del bienestar de alta y mafiosa cotización en un privatizado mercado del intercambio. Esa valiente y re-currente provocadora presencia se convierte en re-incidente denuncia de una escala de estimación de lo bueno y mejor dentro de un sistema de valores, interesada y forzadamente cerrado.

Porque silencio no significa olvido, la utopía sigue proyectándose ahora con posibilidad real de fijación cada vez que alguien, vago o maleante -- ¡qué mejor honor (sin salvas)! --, se declare in-sumiso. Aunque le pese al ciudadano García-Vargas.



[Madrid, Marzo de 1995]

1.3 BILL CLINTON: EL RAPTO DE LA UTOPIA

Veinticinco años después del Mayo, la imaginación aún no ha ocupado el poder. El viejo escepticismo popular que invirtió el sentido del término "cambio" se convierte hoy en traumático realismo: Es preciso hacer correr la voz de que algo va a cambiar para que una mayoría cualificada -- la que no tiene acceso crítico a los medios --  termine creyéndose el cuento, a sabiendas de que el cambio sigue siendo necesario para que todo continúe como estaba: bajo el control y gestión de los mismos intereses que, lamentablemente, poco tienen en común con los intereses no-nombrados de los pueblos.

Después de Franco, ¿la barbarie?. No, la normalización democrática. Después de Busch, la normalizada democracia americana, ?la instauración de la utopía?. Es posible. A pesar de que nada nos mueva a pensar que efectivamente ese radicalmente-otro nuevo orden esté a punto de instaurarse.

Con Clinton el protagonismo ha cambiado de titularidad. Tal como una mal entendida prudencia política nos aconseja, debemos aceptarle esa letra a noventa días: Aunque creo no sea necesario esperar a su vencimiento para convencerse de que difícilmente es merecedor de la credibilidad que se le otorga.

Clinton, el insumiso del Vietnan, el amante del diálogo y la solución diplomática de los conflictos, el protector de los derechos de las minorías tanto étnicas como sociales, se muestra "comprensivo" hacia la política belicista y de ajuste de cuentas del saliente y "derrotado" Busch.

Dicen que (casi)todo está en los libros. En esos de Ciencia/Sociología Política que estudiamos y reproducimos en los santuarios de la racionalidad, las universidades, ciertamente uno ha aprendido que los gobernantes pierden su identidad cuando asumen su cargo. Eso que llamamos "lado humano/racional", oportuno gancho electoral de cualquier programa/proyecto político.

Después de las elecciones, la "privacidad" ya no importa. Ahora las campañas, que de hacerla se encarga la prensa rosa, nos ofertarán otro tipo de privacidad. Estrategias fatales para demostrar que el diablo son los otros, que poco importan los problemas de dentro, cuando el mundo anda tan revuelto y no tiene fuerza --incluída la militar --  que lo ponga en orden.

La función de un gobernante termina reduciéndose a la asimilación de la idea de gobierno: Es posible que ante la demostrada imposibilidad de cumplir un programa, esa idea conlleve la defensa a ultranza de un determinado modelo de equilibrio político-social debidamente apuntalado en el modelo de equilibrio por excelencia, el sistema económico. Hacia ese modelo de equilibrio tiende a su vez la voluntad del gobernante al presentarse como alternativa excluyente.

Los textos de/sobre Sociología Electoral nos enseñan también que los cambios se imponen por agotamiento del propio sistema de intercambio, incluída la oferta y consumo de imagen, aunque la voluntad de venta permanezca, porque la demanda es inagotable.

Los lugares siguen siendo comunes, porque los problemas nombrados, los conflictos latentes, siguen siendo idénticos: proceso y estrategia de normalización del nuevo eje Norte-Norte, para que el conflicto se normalice en el sentido del vigente interés, es decir, la tensión Norte-Sur.

Porque guardar silencio no iba a ser entonces un acto de rebeldía, hace ahora dos años uno se declaró por estas fechas insumiso social hasta que los padres de la guerra dejaran de traficar con la muerte.

Esos padres/madres siguen haciéndolo impunemente, (auto)legitimándose en su terrorismo de Estado y desviando la atención hacia conflictos provocados para que los conflictos reales, por cercanos y cotidianos, se sufran menos.

Es tópico que uno, disidente y provocador por vocación y oficio, se remita a los antagónicos términos del discurso del poder de poderes: el discurso(imperialista) sobre Irak, Bosnia/Ex-Yugo-Eslavia, Israel/Palestina, etc., discurso que han asimilado las potencias aliadas y que éstas miméticamente reproducen sin mayor escándalo de sus sufridos administrados.

?Para qué entonces la insumisión de siempre?. ?Para qué pensar aún en una organización de la resistencia?. Tal vez para que el rapto de la utopía no sea el único proyecto "con sentido" que sirvamos en bandeja al nuevo y post-moderno inquilino de la Casa Blanca.



[Madrid, Enero de 1993]

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID | EUROPA, FIN-DE-SIÈCLE: PENSAMIENTO Y CULTURA | THEORIA: PORTAL CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES

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