LAS HUELLAS DE LA PALABRA | Filosofía y Ciencias Sociales
Román Reyes, 1998

LOS ECOS DEL SILENCIO
16. PAPELES DE LA MEMORIA (II)
LA PALABRA

2.1 ¿EN DEFENSA DE LA CORRUPCION?

Porque no somos ni héroes ni dioses -- humanos tan sólo, demasiado humanos --  todo aquel que consiga ocupar algún espacio reconocible de poder está en condiciones óptimas de usar su posición en beneficio propio, simulando un desinteresado servicio público. Espacios de poder no sólo ocupan políticos en razón de su profesión, en función de un oportunismo o coyuntura más o menos azarosa.

Porque los hombres públicos hipotecan su privacidad, porque, en consecuencia, pueden ser más fácilmente vulnerables, en ellos la oscenidad es la norma, la transparencia, la honradez es la excepción. De difundir estas apasionantes historias de vida viven ciertos medios impresos. Espacios de poder, sin embargo, los ocupan otros hombres no tan públicos pero con responsabilidades que trascienden su específico campo profesional, seán éstos docentes, sean aquéllos periodistas; sean todos, en definitiva, agentes normalizadores es igual de qué naturaleza y a qué nivel.

Prostituirse antes, para comprender luego el discurso de la normalización. Salir fuera, a espacios no habituales, a tiempos prohibidos para regresar con las huellas que la miseria cercana deja. Parece ser, por tanto, lo recomendado.

Pero conviene regresar a tiempo. Justo en el momento, en el umbral de la perdición, del punto de no-retorno. Lo suficientemente a tiempo como para haber visto más allá del abismo. La vocación de infractores es una vocación útil. Uno dejaría de ser ciudadano, mínimamente satisfecho de serlo, de no haber corrido riesgo alguno. Parece ser también lo recomendable.

Los predicadores y agentes de la normalización han de ser previamente reconocidos como infractores, lo suficiente como para haber podido ser catalogables como delincuentes. ¿O habrá que forzar nuevamente la moda o recomendar una vez más la lectura de M. Foucault para que lo admitamos, al menos como hipótesis?.

El espectáculo de la inculpación, la parafernalia del encierro es narcisista y es también una coartada: es castigar a alguien con quien uno termina por identificarse. Alguien tiene que asumir las responsabilidades de un pecado originariamente común. Alguien --los suficientes como para ocupar a inculpadores, juzgadores y ejecutores de sentencia --  como para llenar los espacios de la reclusión, llámense éstos cárceles, llámense, bajo otros parámetros, escuelas, hospitales o manicomios. Tienen que seguir existiendo Luisroldanes/Julianesancristóbal, Marianorubios/Mariocondes junto al colectivo de Juandonnadies para que los Felipegonzález/ Pepebarrionuevos, Julioanguitas/Josemariaznares sigan legimándose como diseñadores/defensores de un orden presuntamente óptimo, presuntamanete gratificante para cualquiera que lo acate, eso sí, bajo las condiciones que la misma estructura de ese orden impone: los intereses del controlador.

Ser culpable/ser inocente es una ficción incómoda. Ser declarado culpable/ser declarado inocente es una ficción útil: Relaja y resuelve la crisis de identidad del ciudadano.

Niego la parafernalia de la inculpación. Apruebo el espectáculo del encierro. Al fin y al cabo a cada cual le toca representar el papel que se le asigna. Y cada cual tiene derecho a asumir el papel más digno y decoroso en este teatro de la confusión. ¿Por qué iba a ser menos decoroso ser perseguido que perseguidor?. ¿Qué sentido tendría ahora pronunciar palabras tan queridas por sagradas -- esto es, pronunciadas con reservas --  como justicia, libertad o democracia?.

El gobierno del pueblo es ciertamente una gestión de la que, en teoría, debería beneficiarse ese mismo pueblo que legitima a sus gestores. Pero es un beneficio que no se recibe a corto plazo. La voluntad de permanencia en lo mismo favorece un uso no legítimo del plus de gestión democrática en beneficio de los propios administradores. Pero la legitimidad del uso de excedentes no demandables queda en entredicho cuando los espectadores no exigen mucho más: tan sólo que la obra se represente de acuerdo con un libreto previamente consensuado, es decir, un programa político.

Pecar y pecar alevosamente. Infringir y no hacerlo por desconocimiento de la norma ni por azar. Infringir alevosamente. A sabiendas de que, de ser descubierto, habré de asumir el castigo que esa misma norma reserva para los infractores. Esa es la cuestión.

La prohibición es una invitación al consumo de lo prohibido. Se legitima el fraude, se autoriza el delito. Para legitimar la norma, lo consensuado, los modelos de interacción o intercambio, es decir, los modelos de sociedad.

Pecar y pecar alevosamente. Cuanto más infractor te sientas más derecho tendrás al perdón. Y los votantes de este pueblo ¡con qué facilidad saben otorgarlo!. ¡Qué capacidad de olvido demuestran!. Olvidar, en definitiva, no es la negación del amor. Es sólo un oportuno y coyuntural complemento. Un canto al protagonismo de los pueblos. Aunque, en tiempos de penuria, ¿se cantará también?. Es posible que B. Brecht tuviera razón y, en última instancia, terminará cantándose sobre los tiempos de penuria.



[Madrid, Diciembre de 1994]

2.2 1994: SIMULAR LA REALIDAD

Porque uno tiende a desear lo que desconoce, tanto como lo re-conocido en los otros que uno no posee, decir vecino es nombrar a(l)/su enemigo, en tanto que el más cercano y competidor vigilante. No hay, por ello, garantías de que al decir tú consiga algo más que una caprichosa proyección de mí-mismo, conviertiendo a esos-otros en un narcisista espejo de mi yo. Y no hay garantías, porque la razón estadística sólo da cuenta del consenso: tanto respecto a la imagen/intensidad de alteridad, como a la imagen/densidad de dimensión. Es decir, la razón de (infra)estructura/génesis y de (super)estructura/función. Y uno simula lo real recurriendo al lenguaje, esa herramienta a la que todos nos vemos obligados a recurrir. Pero su simple uso no legitima la relación palabra-cosa, la correspondencia texto-contexto.

Para dar cuenta de lo real --tanto para diseñarlo según nuestros deseos como transformarlo a continuación --  uno utiliza muchas y dispares herramientas. Y en tanto que herramienta lo único que describe el lenguaje es una realidad interesada. Aunque hay usos y especialmente ab-usos. Ab-usar es simular el mejor de los usos posibles --aquel uso que prioritariamente me interesa que se haga -- , a sabiendas de que el receptor de los correspondientes mensajes no tiene entrada a un sistema deliberadamente cerrado, no posee la clave que le permita de-codificar mi confuso mensaje.

Definimos lo real desde las dos lecturas que su descripción permite: real en-sí, en tanto que estimación compartida; real para-mí, en tanto que posisión individual frente a descripciones a respetar y valorar. Ambas son ciertamente ficciones, aunque ficciones útiles, porque no existen herramientas que describan exhaustivamente lo real por-sí, un modelo absoluto de realidad. La trascendencia es fruto de una voluntad enfermiza. La inmanencia funda el principio de un realismo que legitima los deseos más sublimes a los que humano alguno pueda aspirar.

Se venden por ello discursos que describen realidades de difícil verificación a nivel de experiencia en primera persona. Vivir lo real se convierte así en vivivencia exponecial, en la asimilación de la supuesta vivencia/interés que el emisor haya simulado. Sobre-vivir nunca supuso vivir intensa/densamente: sobre-vivir es vivir interpretretando y asumiendo como nuestra una pretendida lógica de lo real, que no es otra cosa que la lógica del discurso del poder. Decir, por ejemplo, "te amo" es reconocer que se desea el plano de la mostración del otro y que se desea al mismo tiempo ordenar la aparición de ese coyuntural otro en el plano deseado. Recurrir, por tanto, a un tan devaluado descriptor es recuperar/animar un plano que comparto y del que hago cómplice al objeto de mi deseo, sólo en tanto que registro y verificación de mi acto de amar.

Pero uno termina -- como Agustín de (Tagaste)Hipona ... como Tristán e Isolda --  amando nuestro propio acto de amar, saberse amando y simular sentirse en compensación, amado: ?amabam amare!. Finalizando un año, en Navidades es obligado desear que los otros (se)amen, recuperando así el tiempo perdido, amándo(se) sin un claro referente, sin explícita voluntad de respuesta. Aquellos que, no obstante, registran una secular carencia de afecto, confusos ante la saturación de sentidos que cada mensaje admite, no saben qué significa en realidad amor, qué interés se esconde detrás de ese amor-espectáculo que desde tan dispares ángulos y tan machaconamente se nos dice que necesitamos.

Aunque no hay que poner nombres a las cosas para que las cosas sean. La necesidad de nombrar a las cosas surge de la constatación de su carencia, del miedo incontrolable a que desaparezcan esas habituales cosas con las que hemos establecido una patológica relación de dependencia. Uno, en efecto, sacraliza determinadas palabras y las repite ritualmente, forzando irresponsablemente su difusión. De tanto pronunciar y hacer repetir palabras-mensaje /palabras-deseo como paz, libertad ... amor, la gente puede terminar creyendo que ama ... Porque es cómodo vivir (en)del encanto, sería muy arriesgado jugar a terroristas de la palabra --oportuno y recomendable oficio, dado los tiempos(de penuria) que corren --  desencantando a aquellos que tan sólo aman lo que esos sagrados términos prometen y que, de momento, están lejos de poseer.

Y terminamos entonando una canción de amor y re-creando otra canción, la del olvido. Lástima que esta re-creación sea tan sólo simulación de actos originarios, es decir, de actos desinteresados. Los demiurgos siguen siendo necesario, es cierto, pero siempre que emulen el comportamiento de los dioses que representan. Porque se supone que los dioses acumulan el patrimonio de todo lo perfecto, de todo lo acabado, de todo lo sublime. Porque se supone al mismo tiempo que ellos son la imagen y semejanza del deber-ser, uno --cuando a diario le hacen verificar su impotencia --  cae en la tentación de emularlos. Simulamos entonces hablar su lenguaje, atreviéndonos a pronunciar palabras que jamás pudieran haber sido escuchadas antes. El ejercicio, no obstante, es útil y recomendable: tal vez, en algún momento, sea posible el milagro y el discurso que nuestra militancia genera, genere a su vez los espacios que re-crean.

Cuando, desde cualquier espacio de poder se habla del pueblo, esos egregios hablantes se refieren a una realidad difusa: uno no se siente incluído en ese sospechoso conjunto. De nuevo la simulación de la realidad es engañosa pretensión de homologación/normalización: todos somos iguales para la responsabilidad a la hora de organizar/optar por un modelo de convivencia y hay que ejercer por ello el acto más simbólico de participación, votar. Para legitimar la (socio)matemática del poder. Como también se supone que somos iguales para el disfrute: se supone que, por igual, se distribuye la riqueza que entre todos generamos, que, por igual, disfrutamos de ese bien-estar que dicha organización presuntamente debería garantizar. Pero es demasiado suponer: porque ni tanto bien-estar se genera y son muchos los que no sacan rentabilidad -- ni inmediata ni a un prudente/esperanzador plazo --  a esa organización.

Que destacados (presuntos)corruptos y (presuntos)represores de guante blanco --que en nombre de ese estado del bien-estar vengan impunemente removiendo no sólo los cimientos de nuestra precaria economía, sino aún más los de nuestros más preciados sentimientos --  hayan sido penalmente encuazados y algunos cumplan condenas preventivas, no es garantía de que en 1995 las cosas vayan a cambiar. En un país de graves y reiteradas sorpresas parece que, de momento, sea prudente interpretar como esperanzador el que determinados jueces -- en un valiente ejercicio de autonomía profesional, a lo que lamentablemente no estamos acostumbrados --  se hayan atrevido a ascender en la escala de inculpación: Desde Amedo-Domínguez a Sancristóbal-Barrionuevo (?) o desde Guerra-Palomino a Rubio-Conde. En fin. Que de tanto nombrar/desear nuestras cosas, vamos quedándonos sin ellas. Como de tanto nombrar a los amigos -- por Navidad/Año Nuevo se nos recomienda acordarnos de todos --  terminamos registrando nuestra más cruda soledad.



[Madrid, Diciembre de 1994]

2.3 ME DUELE EUSKADI

Conozco a Euskadi por su gente. Sus gentes en su historia, pero también en su lucha por su identidad en un momento en que ser pueblo es tan difícil perteneciendo a un mundo tan homologado.

Pero yo no conozco a ese pueblo y a sus gentes desde dentro, sencillamente porque no vivo ni he vivido en Euskadi. Yo conozco a gente de Euskadi fuera de Euskadi. Desde Madrid o Canarias, Euskadi es para mí una proyección de lo que la gente de Euskadi me cuenta y de lo que los medios me dicen sobre Euskadi, me muestran de Euskadi. Aunque esta segunda visión es menos fiable.

Y si me atrevo a hacer semejante proyección es porque entiendo que esa mi idea de Euskadi se identifica con la voluntad de objetivarla que sus gentes tienen, con los sentimientos y deseos de un pueblo reiteradamente en crisis.

Lo que sé de los vascos, lo que he vivido de los vascos, me ha convertido en un amigo de ese pueblo, preocupado por sus problemas y jamás censor de sus comportamientos o decisiones, si bien crítico hacia posiciones de enfrentamiento dentro o desde fuera de Euskadi. Posiciones, sin duda (in)evitablemente radicales, que los demagogos del sistema utilizan a su antojo y beneficio y que ciertamente -- a mi entender --  poco contribuyen al tan deseado y legítimamente esperado estado del bien-estar, que no termina de instaurarse, se asuman o no las reglas de juego de lo que ha venido en llamarse Estado Social, Democrático y de Derecho:

Los consensos se fraguan en los pueblos, los modelos de equilibrio jamás pueden imponerse a colectividad alguna. Y cuando hablo de consensos o de modelos de comportamientos reglados no excluyo la disidencia, referencia obligada y garantía de pervivencia de modelos sociales con voluntad de homologación crítica al resto de los modelos más cercanos. Homologación no significa renuncia a lo específico, claudicación alguna: alguien puede parecerse al otro, pero sin con-fundirse en el otro, con lo otro.

El Estado Español es un conglomerado de pueblos y, por lo tanto, de culturas. El Estado Español es y debe seguir siendo un Estado plural, tal como lo recoge su Constitución. Superada la etapa fascista, del régimen del terror franquista, es hora de superar las secuelas de esa etapa, que, en ocasiones no deja de mostrarse como fascismo encubierto, aunque bajo la tutela de un estado de cosas y de gestión de los intereses supuestamente generales que, formalmente al menos, se llama democracia.

A mí me duele Euskadi, como le doliera España a un vasco universal. Me duele Euskadi, porque a Euskadi le ha tocado en suerte ser ese necesario vecino que, por estar tan cerca y por querer ser sí-mismo, se ha convertido en el enemigo a combatir y, si llega el caso, a eliminar: Es triste que uno tenga que fabricarse el espacio de la enemistad, para legitimar los espacios de la amistad. Es triste, porque ello demuestra la inseguridad -- real o interesadamente supuesta --  de los pueblos colindantes.

Desde Madrid o desde Canarias, Euskadi es un nebuloso y conflictivo Norte. Quienes se esfuerzan por vendernos esa imagen se olvidan de que existe un Sur tan o más nebuloso y conflictivo. Sólo que ahora no es tiempo de ocuparse de otras miserias, porque no es momento de combatirlas, el momento del interés de los políticos. Los pueblos del Sur podrían rebelarse en cualquier momento: Los políticos de turno saben, sin embargo, que esas macrobolsas de miseria son bombas de relojería controladas y, en todo caso, de efecto retardado. Las Centrales Sindicales y los Movimientos Ciudadanos no se cansan, no obstante, de advertir que el peligro es real y que pudiera ser inminente.

Sólo espero que la racionalidad se imponga --en el Norte y en el Sur --, que no sea la violencia --física, psicológica o moral --  la que por nosotros decida cuáles sean las condiciones mínimas de un diálogo social, que, por pretender serlo, es a su vez necesariamente político.



[Madrid, Septiembre de 1993]

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID | EUROPA, FIN-DE-SIÈCLE: PENSAMIENTO Y CULTURA | THEORIA: PORTAL CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES

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