LAS HUELLAS DE LA PALABRA | Filosofía y Ciencias Sociales
Román Reyes, 1998

LOS ECOS DEL SILENCIO
17. LA ANTESALA DE LA REVUELTA
HACIA UN NUEVO CATALOGO DE VALORES
 

1. El científico, el filósofo/sociólogo en su más amplia, originaria y tolerante acepción, debería empezar cualquier discurso del que se precie entonando un mea culpa. En su propio nombre y en nombre del colectivo al que pertenezca. En efecto, en cuanto las circunstancias nos obliga, accedemos a pronunciarnos sobre temas de actualidad. Grave es que con frecuencia se caiga en lo fácil: optamos por contar sólo aquello de lo que se puede hablar, lo que ya ha sido. Se arriesga poco, porque no es tan fácil hablar sobre lo que está sucediendo, lo provisional, lo tadavía-no definido. Sencillamente, porque no ha terminado de acontecer.

Se habló -- cuando la revuelta de los 60. --  de la filosofía de los profesores, del cuestionable oficio de los profesionales, discursos que fácilmente se convertían en blanco de polémicas. Porque no conseguían otra cosa que perpetuarse en lo mismo, legitimar los textos caducos y sospechosamente excluyentes de la Academia, una Institución -- se decía entonces y se repite ahora --  mucho más solícita hacia las inestables exigencias de los representantes y gestores de lo público que atenta a las necesidades y demandas de los administrados.


2. Cuanto más se refuerza, consolida o defiende un determinado conjunto de valores, más contestación se genera. Es necesaria esa contestación, esa rebeldía, tanto entonces --generación del Mayo del 68 --  como ahora --generación de los hijos de aquel Mayo --. Porque legitima el sistema, porque el sistema se objetiva, se humaniza y se muestra tal como es, débil. Un sistema débil, tan débil como el pensamiento no es un sistema cerrado. Ha de ser un sistema perfectible, en donde se haya previsto hasta la integración de los actos marginales y de los agentes que asumen tales comportamientos anómalos. Cuanto más se perpetúa/pretende perpetuarse un determiando sistema de relación e intercambio, mayor es la beligerancia, más difícil la integración.

Si hacemos caso a la estadística y a los estudios que al respecto se están difundiendo, es cierto que los jóvenes de ahora reivindican esa dependencia de lo viejo, de lo general, de lo público, que la generación precedente había rechazado. Sencillamente, porque da seguridad. Pero lo hacen a su estilo, adaptando la adscripción a las condiciones de lo nuevo, subordinándolo a lo particular, lo privado; preservando lo específico, la privacidad. Se impone hablar de valores -- o de intereses --  en la medida que una definición de valor depende, en primer término,del uso que se merezca; con otras palabras, de la vigencia aceptada / consensuada. Es decir, los intereses reglados de la Razón, que en este caso, tiene como referente último al Estado. Desde otra perspectiva, a un valor se le define en función de su rechazo, cuando su vigencia se cuestiona, cuando el consumo no es tan generalizado. Afloran entonces los intereses no reglados de otra racionalidad, aquellos que podrían apuntalar una pretendida razón de (sobre)vivir, de cotidianidad. Queda, por último, invocar al respecto, la nebulosa del olvido, el mundo de la carencia, que denuncia una ausencia de referentes, es decir, los intereses reglables del compromiso. Entiendo que en este último estadio se encuentren nuestros jóvenes.


3. Los analistas del momento, los críticos de la sociedad del bienestar, insisten en que los jóvenes de hoy han asumido los valores democráticos de la nueva organización familiar: comprensión y tolerancia es, en efecto, lo que esperan. El análisis que se oferta parece que coincide con el tipo de registro que de esos valores hacen. Nuestros jóvenes se irritan ante los actos, comportamientos y actitudes que atenten contra esos principios. Se dice también que están en condiciones óptimas para disfrutar de aquellos valores que, por razones de estrategia -- la política se anteponía a la ética e incluso a la estética --  fueron postergados, relegados en su instauración y disfrute, valores que sostienen un denominador común: poder dar y recibir afecto, poder escuchar y ser escuchado en condiciones de hacerlo lo más gratificante y relajado posible.

Se afirma, en último término, que, no obstante, nuestros jóvenes optan por la insumisión militante como alternativa al mundo de los mayores. Hacen así explícita su radical crítica a todo tipo de prestaciones superfluas, cuanto más violencia entrañen mayor sería la resistencia. Se es entonces insumiso respecto a cualquier forma de militarismo, contra cualquier programa político-social que se apuntale en esos principios, de los que el más relevante, por su incidencia inmediata en la formación de nuestros jóvenes, son los permanentemente en revisión/reforma planes de estudio.

Es normal que estemos de acuerdo con Marramao cuando afirma que la insumisión no es una reacción contra posiciones de derechas o contra posiciones de izquierdas. Derechas-Izquierdas son términos trasnochados que poco tienen ya en común con las posiciones político-sociales tradicionales. Se reconoce, sin embargo, un marco teórico-ideológico: un nuevo discurso que re-define las posiciones político-sociales de los ciudadanos. Un discurso que se espera describa modelos alternativos de equilibrio, que excluyan los errores/vacíos del modelo vigente e incluyan los deseos de los presuntos futuros usuarios. Es una especie de recuperación de viejas posiciones. Y si se hace la crítica de prestaciones supérfluas es porque la violencia que entrañan es real, objetiva: los fines han de conseguirse utilizando la fuerza. Y porque lo es también psicológica: a uno se le impone actuar como agente represor, se asignan roles violentos a agentes que no han decidido asumirlos.


4. El nuevo catálogo de valores tendría como soporte el grito de rebeldía de nuestros jóvenes, que se traduce en un no a la felicidad prometida para reafirmarse en un a la felicidad conquistada. Los nuestros -- viejas escalas de valores --  son para ello paraísos perdidos. La edad de la ilusión, de la utopía, ha dejado paso al tiempo del protagonismo responsable. Es éste el único paraíso, que por conquistado, se inataúra en nuestro tiempo, lo cotidiano, lo actual. Vuelve la inmanencia en detrimento de lo trascendente. El conocimiento y dominio de la estructura de lo nuestro, de lo real inmediato es lo que más atrae. Seduce de otra manera, porque su consumo, su disfrute nos lo fian a corto plazo, tan corto como el instante mismo ... que no deja de pasar. Y ese es el gran riesgo. Nuestros jóvenes apuestan por la seguridad. Es cierto. Pero hacia adentro. Cuanto más adentro, mejor. Por eso se llega --en un legendario y mítico proceso de regresión --  a la familia. A partir de ahora, decir vecino -- cercano/prójimo --  ya no es decir enemigo.

Honest to Good. Nuestros jóvenes hacen gala de su sinceridad. Vuelta de alguna manera, a una lectura de los 60. Vuelta al anglicano Robinson: sincero para con Dios. Sincero con la inmanencia de los valores. Lectura personalizada, obviando al máximo filtros innecesarios. La radicalidad estaba en un sentido y en otro. Vuelve a estarlo ahora: sincero con la inmanencia sin renunciar a la trascendencia. Vuelta, en definitiva, a la responsabilidad. ?Re-encuentro con una trascendencia, ahora con rostro humano?.



[Madrid, Diciembre de 1994]

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID | EUROPA, FIN-DE-SIÈCLE: PENSAMIENTO Y CULTURA | THEORIA: PORTAL CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES

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