LAS HUELLAS DE LA PALABRA | Filosofía y Ciencias Sociales
Román Reyes, 1998

LOS ECOS DEL SILENCIO
20. LA MIRADA DEL SOCIOLOGO  (II)
SOBRE LA RAZON ESTETICA
 

La publicidad es nuestra verdad vestida de cinismo

[SANTIAGO LOPEZ PETIT, 1996]
 

Su cuerpo es usted. Existe para cuidarlo, amarlo, exhibirlo.
Nada que ver con la máquina.
La seducción amplía el ser-sujeto
dando una dignidad y una integridad al cuerpo antes ocultado:
nudismo, senos desnudos son los síntomas espectaculares de esa mutación
por la que el cuerpo se convierte en persona a respetar, a mimar al sol

[GILLES LIPOVETSKY, 1980]
 

A uno se le re-conoce y valora por sus con-textos. A uno, sin embargo, se le conoce y quiere por su particular texto, su interminable, por in-narrable, historia de vida. Uno agradece el re-conocimiento. Lo que queda, no obstante, es la huella de una caricia. A veces, el eco recurrente de las palabras que el silencio registra.

La belleza que reconocemos en los objetos es un atributo consensuado. El tipo de disfrute de esa belleza es asimismo producto de un consenso. Aunque se nos oculte el origen del acuerdo.

Hay presencias que inducen a ser poseídas. Hay otras presencias que permiten consumir lo que tras ellas se oculta. Hay otras presencias que simulan serlo y hasta hay simulación de consumo. De cosas simuladas o no. Pero la ficción de lo real que seduce e invita a su consumo sitúa esa cosa en los espacios del deseo, moderna utopía que "garantiza" una interacción otra y otro tipo de intercambio y disfrute.

La presencia de un cuerpo bello es la justificación de la posibilidad de posesión de ese cuerpo y de aquello otro que el cuerpo no desvela, pero insunúa. Se ve, pero no se toca: lo que se ve es el resultado de una manipulación. Por eso sólo se toca lo otro. Lo otro manifiesto ha sido previamente manipulado para mí. Tocar entonces sería manipular lo manipulado: quitar la mano del otro. Porque tocar es dejar huella, sobre-tocar es reemplazar registros, acoplarlos a un nuevo plano de intereses más acorde.


1. MOVIMIENTO

Entendemos lo público como una objetivación de lo privado. Círculo vicioso, porque el discurso que des-vela de-construye a su vez la palabra pronunciada. Pero el discurso devuelve la palabra a su evocación originaria. No resuelve el enigma: la des-velación es a-singular. Por eso no es sexuada. Osceno sería, por tanto, la desvelación de lo privado. Más osceno aún si se fuerza su mostración. Público es, por consiguiente, la objetivación de lo mostrado.


2. MOVIMIENTO

El objeto del deseo. No sólo el deseo en tanto que contenido. El deseo también como voluntad. Por eso, al igual que las cosas, el deseo puede ocultarse y ser ocultado. Y puede también simularse y ser simulado. En tanto que conjunto de referencia el deseo se proyecta sobre campos o planos de mostración en donde, traducido en objetos, esos objetos del deseo adquieren presencia y, en función de los correspondientes sistemas de escalamiento, terminan asumiendo protagonismos dispares. Es entonces cuando a uno se le da la opción de desear o no esos objetos. Objetos que, deseados o no, pueden también ocultarse y ser ocultados al tiempo que simularse y ser simulados.


3. MOVIMIENTO

Objetivar lo mostrado es forzar un auditorio, un escenario y un mercado. Objetivar es poner nombre. Y nombrar es simular/ocultar los objetos del conocimiento. Poner nombres a las cosas, para que las cosas sean lo que deben ser. Y poner nombres a esas cosas para que no aspiren a ser de otra manera. Los objetos del conocimiento se convierten así en fantasmas que liberamos al convertirlos en autónomos.


4. MOVIMIENTO

Toda mostración es sexuada. Definir el género es acotar el tipo de mostración. Más acá de lo mismo queda la íntimo, la privacidad. La privacidad es reflejo crítico/singular de lo otro. Más allá de lo mismo se sitúa lo público, lo otro como definición de lo uno incompleto. De ahí que el discurso de lo público sea una mostración formalizable. Por eso seduce. De ahí que el discurso sobre lo público sea una mostración formalizada. Por eso provoca.


5. MOVIMIENTO

Lo público es la superestructura. Es, por tanto, un valor. Lo privado es la infraestructura. Es, por consiguiente, un minus-valor. El sexo es la singularidad de lo público. La prostitución es hacer de general/público consumo lo singular. Por eso puede haber prostitución sin sexo. Cuando se prostituye la prostitución aparece lo pornográfico. La singularidad de lo privado, sin embargo, garantiza la individuación. Y garantizamos la diferencia, salvando lo general, lo común, la repetición: haciendo "lo que todo el mundo hace, tal como todo el mundo lo hace".

Reconocemos en las cosas la imagen del deseo. Se ve la imagen de la cosa deseada y se acopla a esa imagen la imagen que del deseo previamente nos hiciéramos. A veces uno se satisface extemporáneamente y tan sólo desea el acto mismo de desear. Saberse un sujeto deseante. Permanecer en la búsqueda: uno retiene el momento y no acelera ese programado encuentro con el objeto del deseo. No sea que estemos a punto de constatar que ese objeto fue tan sólo una disculpa que justificó mi voluntad de haber asumido un riesgo, de ir tras las huellas de un objeto deseado, cuyo confuso e incierto disfrute se pretende ahora retardar.

Mi propia mano manipula lo otro. La mano real, aunque más a menudo esa prótesis que nos permite llegar allí donde no llegamos con la mano que uno considera propia. Nosotros somos manipulados por la difusa mano de lo otro. A esto se le llama seducción.

La intimidad del cuerpo se des-vela en la palabra, en las formas que in-forman el objeto del deseo no manifiesto, reprimido. El cuerpo del vecino y/o de la vecina es lo prohibido: aquello que, por estar tan cerca, aleja. Y al alejar atrae con más fuerza.

La presencia de los objetos invita al consumo de lo que esos objetos generan. Queda intacto el referente general de valor. Como la moneda, el sexo sigue siendo una exclusión. Simple signo, generalizable símbolo y omnipresente forma. En tanto que equivalente general de valor la función que se le asigna al sexo es un privilegio. Pero este privilegio se paga con una exclusión: moneda/sexo que se convierte en objeto trascendente y a trascender.

El sexo es, por consiguiente, un común denominar, el último momento de una reducción: pura forma, valor de uso, en tanto que forma desencantada de los objetos. Como la pornografía, que es una forma desencantada del cuerpo. Por eso el uso de los objetos y el uso del propio sexo son oscenos. El sexo es lo oculto, lo no fácilmente des-velable. El sexo es lo difuso, lo que queda después de un fusión de cuerpos. El sexo no tiene nombre. Queda sólo el registro. Es lo importante. El recuerdo, la memoria de un abordaje, probablemente inexistente.

No se nombra. Pero se consume, se disfruta. No se nombra el cuerpo desnudo del otro (re)creado para mí por mí. Con el consentimiento del otro y de lo otro. Son mis manos las que recrean. Y por extensión, mis ojos y la totalidad de mi propio cuerpo. Manipular, digno oficio de humanos. Dejar las huellas de reconocibles manos-cuerpo, de vividores reales. Pero se consume, se disfruta. Y si se impone ponerle un nombre optamos por reducirlo a otro objeto, moneda de cambio, de general referencia.

Habitualmente libre de determinaciones, el sexo es lo in-nombrable. Está simplemente ahí. Se nos muestra, pero no se dice. Prohibido des-velar el misterio, lo sagrado. Está, sin embargo, permitido hacer imágenes de lo real. Se peca contra la imagen. Peca, por eso, más a menudo aquellos que las veneran.

La imaginaria social reproduce los objetos tal como nuestro deseo los diseña. Prohibido representar lo sagrado, lo otro. Dios --expresión suprema de la alteridad --  es lo in-nombrable. Es temerario, por tanto, pretender consumir la totalidad.

Los nombres ocultan/simulan las cosas: tal como nuestro interés hace que sean. Tal como ese mismo juego de intereses impide que sean de otra manera. Lo público es el nombre que damos a las cosas que pueden compartirse. Los discursos no son siempre formalizables. In-formamos tan sólo discursos que permanecen, textos que se fijan: nos acogemos, por eso, al discurso de la calle, el lenguaje ordinario y leemos textos que todos leen sobre idénticos soportes, sean éstos gráficos, sonoros o visuales. Hay, sin embargo, discursos que des-velan la palabra, que de-construye la palabra. Discursos de difícil formalización, aunque discursos recurrentes.

Por eso, en tiempos de penuria, preferimos seguir, no obstante, hablando. Por si, a fuerza de repetirlas, las palabras recuperan su magia originaria y hacen posible las cosas que no están o no poseemos.

Jamás estuvimos en Hiroshima. El mejor beso, como la mejor sonrisa, es aquel que no acertamos a dar, que no terminan de regalarnos. La fruición. Siempre un cuarto de hora antes del amanecer. No es cierto que el mejor orgasmo sea el que otros dicen disfrutar. Porque terminamos con-fundidos y perdidos, el orgasmo que realmente nos seduce es aquel que vivimos poco antes de la pérdida, de la fusión.

Y porque sólo se traza mapas cuando uno se ha perdido, después del sexo, ¿qué queda?. Tan sólo la mirada. Una mirada peligrosa, como esas amistades de antaño. Una mirada perdida. Una mirada singular y cómplice. Porque ya es demasiado pública. Queda tan sólo la mirada cansina y dispersa de cualquier sociólogo que no se ruborice cuando le llaman, como a Foucualt, por el nombre que mejor le corresponde: vago y maleante.



[Ciclo "Sexo y Publicidad" | Facultad de Publicidad y Relaciones Públicas (Unviersdiad Complutense de Madrid) | Texto base de la ponencia presentada | Segovia, Abril de 1996]

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID | EUROPA, FIN-DE-SIÈCLE: PENSAMIENTO Y CULTURA | THEORIA: PORTAL CRÍTICO DE CIENCIAS SOCIALES

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