LAS HUELLAS DE LA PALABRA | Filosofía y Ciencias Sociales
Román Reyes, 1998

EXTRA-DICCION
26. SABINA Y EL CIUDADANO M
APUNTES PARA UN RELATO INTEMPESTIVO
 

1. Meterse en uno mismo y desaparecer. Meterse en uno mismo engullendo al otro y a lo otro. Y engulléndolo a desgana, porque engullir al otro, al margen de sus determinaciones, podría ser tentador. No tanto lo era asumir su espacio de mostración y reconocimiento que difícilmente iba a compartir. Las determinaciones son fruto de un azaroso consenso, nunca caprichosas construcciones del deseo. Engullir al otro, en definitiva, engulléndolo libre de cargas.

Meterse en uno mismo para convertirse en la expresión máxima de lo absurdo, en el exponente último de la miseria. Meterse en uno mismo para desaparecer, para convertirse a continuación en la referencia del deseo, en objeto de fácil y común consumo. Meterse en uno mismo, prostituirse como nadie te lo exigiera y desaparecer, diluyéndote en el barro que no acumulas, en la sangre que no has vertido y en la mierda entorno con cuyo olor terminas por identificarte.

Sabina hacía la calle como tantas otras cuando se encontró con el Ciudadano M. Un personaje sin importancia, para el que sus padres --por nombrar el deseo --  y sus enemigos --por hacer justicia a la referencia --  no encontraron nombre importante que adjudicarle. Podrían haberle llamado A., pero era demasiado pronto para confundirle con autonomía o todo aquello otro que supusiera comienzo. Porque el Ciudadano M. no fué nunca fuente de algo que mereciera nombarse, no se prestó a justificar origen alguno que no fuera la sinrazón de su existencia, la razón de Estado de su presencia. Podrían haberle llamado Z., pero era ya demasiado tarde para clausurar etapa alguna: en tiempos de penuria todavía quedan espacios para hablar sobre lo sombrío, para justificar el discurso de la atonía, las palabras de la simpleza, los sonidos de la soledad, los escalofriantes ecos del silencio.

Sin embargo el Ciudadano M. se identificaba con lo uno y con aquello que se supone lo clausuraba. El Ciudadano M. asumía su anónimo protagonismo siempre que, metiéndose en sí mismo, desaparecía sin dejar rastro. Y él creía que no dejara rastro alguno. Pero ignoraba la existencia de Sabina.


2. A fuerza de escucharlo tantas veces y en ocasiones tan dispares y comprometidas, el Ciudadano M. terminó asumiendo su nombre. Uno termina identificándose con el espacio de la reclusión que se le asigna. Y el Ciudadano M. no iba a ser una excepción. Un ciudadano es siempre un ciudadano de más, sustituíble por principio, es decir, un vulgar vecino que, por tan cercano y obligadamente al acoso, se convierte en incómodo competidor. Pero al Ciudadano M. se le asignó un espacio tan irrelevante que no provocaba recelo alguno. Ocupaba, en nombre de los malditos de su entorno, el espacio reservado para la expiación, para asumir tanto los males propios --que reconocía, sin sentirse marginable por ello --  como la representatividad de los males ajenos que se le atribuyeran.


3. Cuando Sabina apagó la luz el Ciudadano M. aún no se había marchado. Indeciso, al Ciudadano M. le costaba mucho abandonar espacios que por diferentes se le apetecían seductores, por demasiado provocadores. Y la casa de Sabina -- en donde entraban y siempre salían tantos otros ciudadanos --  no iba a ser una excepción. El Ciudadano M. también salió de esa casa encontrándose en la calle poco después de haber dejado unos billetes sobre un improvisado armario cerca de la puerta. Había comprobado que en casa de Sabina las cosas importantes se guardaban encima de los armarios.

Ese armario improvisado cerca de la puerta era un mueble antiguo, desvencijado --estaba desvencijado, lo sé --, como esos que se compran en un rastro callejero. Porque Sabina no tenía ni gusto ni dinero suficiente para ir a un anticuario, ni le hacían falta gustos de semejante naturaleza para realizar su trabajo. O para vivir a gusto/sin sobresaltos, justo para no tener ni generar problemas.

El Ciudadano M. miró hacia el fondo, por si a Sabina aún le sobraban palabras para él y cerró tras de sí aquella puerta a continuación. Porque, aunque lo deseara, a Sabina pocas cosas le sobraban. Vivía al momento y del momento. ?Por qué hacer problema de lo que no puede engullirse, simplemente porque ya es tarde para consumirlo o porque todavía el producto no está en mercado, o la ocasión no se le había presentado?.

Pero en realidad el Ciudadano M. no había cerrado puerta alguna. Porque el Ciudadano M. jamás las abriera. Porque consideraba que le estaba prohibido traspasar puerta que no estuviera especialmente asignada para él, no podía decirse del Ciudadano M. que en algún momento cerrara puerta alguna. Y aunque Sabina podría dar fe de ello, el Ciudadano M. se fue convencido de que jamás estuvo en aquella casa. Al fin y al cabo, uno es la suma tanto de sus propios sueños como de sus particulares transgresiones, el resultado de actos que uno protagoniza más allá del interés latente, más acá de proyecto alguno con sentido.

Y la vida del Ciudadano M. poco sentido tenía, salvo el interés que él mismo le adjudicara para dar fé ante sí mismo de su propia tragedia.


4. De regreso hizo las escalas habituales. Visitó el Bar del barrio que está al final de una calle poco iluminada y a donde acuden coches con parejas dentro y se estacionan largo tiempo, aunque algunas de estas parejas -- tal vez porque no hubieran acordado antes lo que habían de acordar --  se marchaban de inmediato. Pero el Ciudadano M. no tenía esos problemas, porque jamás acordaba algo con antelación, ni necesitaba estacionarse largo tiempo.

Estacionarse, para el Ciudadano M., no suponía determinar con un dentro o un fuera el espacio de la quietud. El Ciudadano M. no tenía privacidad, porque había renunciado al protagonismo que como ciudadano se le concedía, incluída la elección de su pareja, incluído su derecho al silencio. Y no lo había hecho por desencanto, ni por presiones de naturaleza alguna. Simplemente quería prescindir de una opción de la que todo el mundo ab-usaba.

El Ciudadano M. había renunciado a objetivarse en otro y prescindió concientemente de acompañantes estables. Porque la estabilidad le provocaba la náusea. Porque se encontraba a gusto con sí mismo y un acuerdo era para él hipotecar el presente, su único e intercambiable valor. ?Qué más razón podría asistirle, cuando las razones son precisamente la forzada expresión de la voluntad de los otros?.

En el Bar del barrio que está al final de una calle oscura poco iluminada y a donde acuden coches con parejas dentro el Ciudadano M. pidió una cerveza y dos más a continuación. Hojeó un periódico que no era del día y se fué murmurando un tímido hasta luego que iba destinado a todos y a ninguno al mismo tiempo. Pidió una cerveza y dos más a continuación, porque sencillamente estaba acostumbrarlo a hacerlo y hojeó un periódico que no era del día para evitar que alguien entablara conversación con él. Sabía que las cosas tienen una naturaleza prestada, que son como dicen que deben ser no porque interese a las cosas por sí mismas, sino porque en esa descripción se juega el interés de sus usuarios.

El Ciudadano M. hizo las escalas habituales aquella noche. Y visitó también el Bar que regenta una señora gruesa y muy simpática y en donde hay un billar y varias mesas ocupadas por señores serios que juegan al dominó. Y visitó también otros bares en donde no hay ni señoras gruesas simpáticas ni señores serios jugando al dominó en cada mesa.


5. Cuando consideró que había bebido lo suficiente el Ciudadano M. interrumpió sus visitas de rigor y se fué. Haber bebido lo suficiente suponía para él garantizar la tranquilidad al menos por una noche, que esa noche -- que se proponía sin sobresaltos --  no iba a despertarse sudando e inquieto mientras verificaba a continuación cómo las horas pasaran lentamente, mientras esperaba con ansiedad que el tiempo transcurriera y que llegara el alba, que tras las ventanas de su dormitorio --ventanas siempre entreabiertas --  se adivinaran las primeras luces del día y le retornaran a la normalidad.

El Ciudadano M. no era amigo de la noche. Las noches son peligrosos paréntesis. Las noches no legitiman algo que no tenga que ver con el riesgo y el sobresalto. Estaba angustiado y vivía con la muerte a cuestas. Y era contradictorio que, siendo como se nos mostraba, tomara tantas precauciones ante un acontecimiento por venir, que no podía evitar, pero que pensarlo le provocaba la náusea.

Pero había tardes en que el Cidadano M. no controlaba lo suficiente. Algo de lo que se arrepentía tan pronto como, al otro día, la tensión muscular, los escalofríos y la sensación de ahogo no le permitiera hacer algo de lo que se sentiera satisfecho, algo que le devolviera a la monótona tranquilidad de su vida.


6. Al día siguiente nuestro protagonista tenía que coger su coche, aparcado no se sabe dónde, un utilitario color rojo que había cambiado antes por otros equivalentes, aunque de otras marcas. Un utilitario plagado de recuerdos que no terminaba de pagar. Un utilitario que le llevaría hasta su trabajo. Con miedo, como otras veces, iba a subirse a su coche, temiendo no llegar a su destino. Parando en el primer Bar de enfrente, un Bar como tantos otros, aunque frecuentado más que otros por el Ciudadano M. Porque era un Bar en donde no había señoras gruesas simpáticas ni señores serios jugando al dominó en cada mesa. Porque era un Bar en donde nadie le identificaba con el ciudadano que, cansado/rendido unas veces, borracho otras, visitaba la noche anterior.

Al día siguiente, nuestro protagonista volvía a coger su coche, aparcado no se sabe dónde ... Como venía haciéndolo día tras día, sin excepción alguna. Cuando al día siguiente nuestro protagonista no tenga que coger su coche aparcado no se sabe dónde, el Ciudadano M. dejará de serlo, para asumir el nombre de la normalización, un nombre como tantos tras el que cualquiera reconocerá sólo a un ocasional paseante, a un incómodo invitado otras veces, que visita día tras día un jardín privado que no termina de encontrar a su jardinero óptimo.

Para entonces el Ciudadano M. tendrá la opción de cerrar la noche para que nunca más la mañana se cuele a su tiempo por las ventanas de una habitación siempre a medio cerrar, de un espacio que ha convertido en sagrado el paso de ese desconocido aunque localizable ciudadano.


7. Sabina llegó demasiado tarde. No sabía que el tiempo nada en común tiene con el instante. Nada con los sentimientos, nada con el misterio ... nada con la tierra. Sabina acababa de llegar desde el pueblo y se había instalado en la ciudad, en donde entre otros también conoció al Ciudadano M. Sabina venía en busca de la razón perdida. Ruda mujer de campo había perdido su reloj, o mejor, el suyo se había parado allá por los polos de desarrollo, por la España de pandereta, por los años de la postguerra. Aunque Sabina sólo tenía 18 años, los justos como para evitar que su enfurecida familia organizara su búsqueda utilizando al primo Guardia Civil destinado en el País Vasco. Para algo sirven los que logran con su esfuerzo vencer la miseria, superar la tristeza de los Campos de Castilla. Entonces no existía ningún programa de Radio o TV que invitara a familiares desolados a mostrar sus penas y a conseguir a continuación una especie de complicidad morbosa que termina tan pronto como aparece el familiar desaparecido.

El Ciudadano M. no llegó a conocer en verdad a Sabina, porque Sabina había llegado a la ciudad arrastrando, a su pesar y sin saberlo, un viejo yugo -- ya por fin sin flechas --  tanto como el olor tan habitual de sus vacas y sus cerdos, que, muy de mañana visitaba a diario. Cuidarlos tenía que hacerlo muy de mañana para que le sobrara su tiempo, un tiempo que dedicaba a soñar, encerrada en un baño en donde la intimidad no se garantizaba. Porque tampoco había intimidad en esa improvisada habitación al lado del corral que compartía con su hermano menor, un hermano travieso, excesivamente curioso y acusica, que llegó inesperadamente siete años después de que ella naciera. Traía también tras de sí --aunque la abandonara en el pueblo --  la memoria acuciante/amonestadora de toda su familia formando parte del mismo conjunto. Incluídos el cura, Don Mariano --viejo alcohólico oportunamente rehabilitado --, al maestro, Don Santiago --represaliado por republicano --  y al comandante de puesto, cada cierto tiempo diferente aunque con idéntica arrogancia y prepotencia.


8. No se podía decir del Ciudadano M. que fuese eso que se entiende por vago y maleante. Porque era buena persona, eso sí, fácilmente alterable cada vez que, de mañana le sorprendiera la noticia de un nuevo caso de corrupción, de una nueva situación de agresión o de injusticia. Era algo así como un insumiso laico, porque su insumisión no encajaba en patrón alguno que legitimaran formaciones políticas, sindicales o ciudadanas. Era una especie de extemporáneo disidente. Y ser disidente en tiempos de crisis, cuando todo está normalizado o consensuado es una temeridad. Pero al Ciudadano M. ya poco podría inquietarle. Había vivido demasiado y, sobre todo, demasiado a prisa. Había sido protagonista del acoso y la persecución tanto como de la gloria y la suerte. En lo privado y en lo profesional. Porque en lo político no iba a hacerse notar, ya que un tan poco disciplinado ciudadano difícilmente iba a encajar en cuadro partidista alguno.

Se podría decir del Ciudadano M. que era marxista, aunque él no lo supiera. Cuando hablaba citaba ciertamente a Marx sin saberlo, sin recurrir a la cursilería de los discursos académicamente acabados, escolarmente legitimados. Su propia vida era una especie de amonestadora cita de algo sobre lo que Marx escribiera, porque lo hizo después de haberlo vivido.

Del Ciudadano M. se podría decir también que era foucaultiano, aunque tampoco él lo supiera. Había venido del pueblo, como Sabina y se había instalado a duras penas en la ciudad. Para él este desplazamiento se traducía en una especie de conducción --con guardias incluídos --  desde la cárcel al manicomio. Del pueblo -- espacio rural y primitivo, espontáneamente reglado --  hasta la ciudad, espacio obligadamente procesado. Había pasado de lo uno a lo mismo. Pasando por la legitimación del paso. El discurso de la Academia que legitima un subdiscurso, el discurso del poder. Y, lo que es más grave, pasando --y simulando no darse cuenta --  por ese discurso sin referente de común interés, que, en su beneficio tan a menudo activan ciertos gestores de lo público.

El Ciudadano M., sin embargo, había hecho suyo el discurso de la crítica, el juego de una particular dialéctica que no permite reconciliación de tipo alguno.


9. Termina uno depreciando lo común. Porque todo cuerpo es sólo la emulación de un deseo que se rechaza. Porque ellos --cuerpos alternativos --  simulan a su vez cuerpos anodinos, que saben/han aprendido a jugar su propio juego, cumplen su complementaria función de hombres. El Ciudadano M. era un tipo como éstos. A Sabina el Cidadano M. no le decía algo otro que la oportunidad que le prestaba para saberse complemento útil compartiendo poco, arriesgando menos.

Pero, al Ciudadano M. se le había hecho olvidar todo. Todo lo que le sustentaba, su historia, su gente. Le habían hecho creer que podía dar cuenta de sí-mismo, sin mirar al pasado. Tenía que reducir el espacio de su historia a las preocupaciones más inmediatas. Y se preocupaba por cosas sin mayor importancia. Y se alegraba por cosas que le sucedían, de difícil intercambio, de dudosa estimación. Le habían hecho renunciar a su referencia más singular, a trascender por sí mismo más allá/acá de su instante.

El Ciudadano M. no aparentaba por eso un tipo vulgar. Y porque Sabina conocía a tantos ciudadanos vulgares supo distinguir a tiempo. Terminó convenciéndose de que, por mucho que se lo propusiera, el Ciudadano M. tenía que continuar siendo así, tal como era: un ocasional visitante que, a partir de un tiempo no definido, había comenzado a dejar de ser cada día menos extranjero. Y Sabina no podía renunciar a una experiencia tan excitante, recurrentemente provocadora, tan extraordinaria.


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