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Exposición actual. Remite. Almudena Falagán: Adrián Vega

Remite
Almudena Falagán
Adrián Vega

Las cartas manuscritas son una urgencia y su contrario. Contaminadas de emoción, responsabilidad, paciencia y necesidad de comunicar. Contaminadas de lo más humano, el error, las cartas manuscritas asumen gráficamente lo defectuoso para valorarlo con una intensidad diferente  al mensaje mecanografiado. Las cartas manuscritas involucran palabras, personas e imágenes en un continente tan formal como el envoltorio, sello y matasellos de Correos.

Ocurre que uno habla al vacío, saluda al vacío o escribe al vacío cuando no le responden sino que le interpretan, acelerando y alterando lo que haya de suceder. Si escribes o dibujas dirigiéndote a alguien, esperas una respuesta. A pesar de que en la correspondencia el contacto con la otra persona no es completo, la comunicación es honesta. Las perversiones que afectan a las relaciones sociales  desaparecen, así como la torpeza en los canales habituales de comunicación interpersonal.  

“Aunque no hay plazos, puedes estar seguro de que te responderé”. Llegan cartas que, en privado, conviertes en otra cosa; fascinado porque te han permitido recomponer la persona, el nombre, el lugar…de quien las envía. De la misma forma  tú te recompones en otro lugar, aunque no se sabe cómo, pues tus cartas se han completado en el recorrido entre el remite y el destino: “sólo podré rehacer una imagen si algún día vuelvo a ver las cartas que te he enviado”.

Un depósito físico es más que un pensamiento;  no es volátil ni se consume. “No puedo presumir de tener un pensamiento si éste no se manifiesta a través de las manos más que de cualquier otra expresión corporal”. Por eso en las cartas, dos que no pueden verse, se tocan. La  forma del sobre intenta apresar algo inasible, un eco desde quien remite hasta el destinatario. Eco de pensamientos de naturaleza ligera que flotan, vuelan o están en suspensión, desplazándose al soplar o al batir de las manos.

“Ya he encontrado algo para ti” El hallazgo se ordena al introducirlo en un sobre. La forma del sobre resulta una estructura aparentemente estable que nos da seguridad. Un sobre es un recinto, una ciudad amurallada. Dentro del sobre se reorganiza lo escrito, lo dibujado, lo imaginado. Remite, destino y mensaje dispuestos para el viaje; en su “tempo”.

Durante el quehacer, despreocupado por  el final, que es la llegada de la carta al destino, emerge la voluntad de comunicación comprometida y responsable.
La respuesta no se espera, sino que uno está en sazón de recibir.
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