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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 22 de mayo de 2022

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Sobre la sobreprotección

La Psicóloga Ana de la Mata de Psicólogo Madrid Cepsim nos desarrolla los problemas de la sobreprotección de los niños. Cuales son las consecuencias y cómo no caer en el problema de sobreproteger.

 

 Sobre la sobreprotección

 

Los seres humanos nacemos siendo muy vulnerables y con nuestras habilidades para sobrevivir inmaduras. Durante nuestros 3 primeros años de vida necesitamos de nuestros cuidadores para sentirnos seguros, protegidos y para que nuestras necesidades básicas se vean cubiertas y desarrollemos una resiliencia adecuada.

A la relación que establecemos con nuestros cuidadores principales se le denomina apego. El apego es un imperativo biológico, que como decimos, nos permite sobrevivir y desarrollarnos física y emocionalmente.

El sistema de apego desencadena tres tipos de conductas innatas e instintivas:

  • Búsqueda y monitorización de nuestras figuras de apego protectoras. Por ejemplo, cuando estoy jugando en el parque, reviso que mamá o papá estén a la vista y disponibles si llamo su atención.
  • Uso de nuestras figuras de apego como bases seguras desde donde explorar contextos desconocidos. Por ejemplo, la primera vez que veo un perro, aunque me da miedo, me puedo acercar con mamá o papá a tocarlo porque sé que me van a proteger y calmar.
  • Búsqueda de la figura de apego como refugio en situaciones de amenaza. Por ejemplo, cuando he tenido una pesadilla puedo ir a decírselo a mamá o papá.

Lo que nos da seguridad no es que veamos a nuestras figuras de apego con capacidad de protegernos, sino que tengamos la seguridad de que nuestro cuidador estará disponible para nosotros. Estar disponible significa estar accesible y receptivo física y emocionalmente.

Estas interacciones entre padres e hijos, que comienzan siendo de índole biológica, dan lugar a formas estables de relacionarnos con el medio y con nosotros mismos, que se mantienen estables a lo largo de nuestra vida, al margen de que las figuras de apego estén o no presentes.

Como decía al comienzo, nacemos siendo extraordinariamente vulnerables y dependientes. Necesitamos de otro que nos ayude a afrontar los desafíos corporales, emocionales y ambientales de la vida. Esta dependencia de las figuras de apego hace primordial que el niño se adapte a ellas.

Por lo que si mis cuidadores me calman cuando estoy preocupado y me redirigen a emociones positivas aprenderé que las emociones se pueden regular efectivamente y que los otros pueden ser una fuente de alivio y consuelo. Sintiéndome con confianza para afrontar retos y pudiendo apoyarme en otro para lograrlo.

 

¿Qué es sobreprotección?


La sobreprotección es un modelo de interacción entre padres e hijos, en el que las figuras de apego actúan guiados por intenso deseo de facilitar la vida a sus hijos. Este intenso deseo puede estar relacionado con la propia experiencia de crianza que tuvieron esos padres, con querer ofrecer algo diferente a lo que ellos vivieron para sus hijos, algo mejor.

Este modelo de interacción dificulta que el niño use y desarrolle sus propias capacidades personales, de modo que se siente inseguro y dependiente. Si mamá y papá siempre me resuelven, yo no desarrollo capacidades propias para manejarlo y por lo tanto cuando aparezcan dificultades buscaré que otro las resuelva y me sentiré incapaz, inseguro y dependiente.

 

¿Cómo evitarlo?

 

Estableciendo una relación de apego segura con nuestros hijos. Una relación que les infunda la confianza necesaria para explorar, desarrollar sus propias capacidades y cambiar cuando es necesario. De este modo aprenderán a tolerar, modular y comunicar sentimientos difíciles y acceder a sentimientos, pensamientos e impulsos.

El vínculo seguro se basa en una actitud de receptividad y sensibilidad por parte de los padres y para ello debe haber:

 

  • Equilibrio entre los momentos de apego y los de exploración, que los cuidadores se puedan sentir cómodos tanto en la proximidad como en la autonomía del niño.
  • Percepción de la amplia gama de experiencias, positivas y negativas, y cómo se siente, desea y cree el niño respecto a ellas. Estas percepciones deber verbalizarse y posteriormente pedir al niño que emplee sus palabras.
  • Sintonía afectiva: legitimar, permitir o respetar lo que el niño siente, desea o cree en cada situación.
  • Una comunicación contingente: que la respuesta que demos como cuidadores a las demandas del niño se correspondan con su experiencia emocional.
  • Esfuerzo por reparar el vínculo con el niño cuando se producen disrupciones. Por ejemplo, si el niño perdiese su peluche favorito y se muestra triste y llora y reaccionásemos con enfado verbalizando algo así como "no me digas que te vas a poner a llorar por el peluche, si no pasa nada, compramos otro". En esta situación estaríamos respondiendo desde nuestras necesidades y no desde las del niño, de modo que no estaríamos legitimando la importancia que tiene para él ese peluche ni le estaríamos permitiendo sentirse triste porque lo ha perdido. Si nos diésemos cuenta de todo esto, podríamos reparar esta ruptura verbalizando al niño que no nos habíamos dado cuenta, pero que, por supuesto que su peluche es muy importante, que no habrá otro igual y que uno se puede sentir triste por ello y darle un abrazo.
  • Disposición a enfrentarse con el niño activamente para poner límites y permitir que proteste.

Además de la correspondencia, para construir un vínculo seguro es importante que haya lugar para diferencia. Es decir, que haya una regulación mutua y un reconocimiento mutuo. Algo así como "Tú sabes lo que yo siento, aunque yo quiera o sienta lo contrario de lo que tú quieres o sientes, podemos compartir sentimientos sin que eso nos confunda".

 

 

Género al que pertenece la obra: Periodismo literario
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