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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Martes, 24 de mayo de 2022

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La última experiencia

Es la historia de un voluntario que decide ir a una ONG en Nicaragua a colaborar en ella y tener su última experiencia en los meses finales de su vida.la llegada llena de pesimismo y enfrentamiento con el ambiente y con todos, pronto se transforma gracias a la solidaridad y al amor en un cambio radical y recorre la etapa final de su via de otra manera que no la hubiera recorrido de no haber ido al proyecto.

 

 

LA  ÚLTIMA   EXPERIENCIA

 

 

La llegada

 

El  cielo azul en una tonalidad  suave, invadía todo el horizonte y con  el mar azul intenso, porfiaba en encontrarse en un punto lejano, aquel en que la vista se  perdía, al mismo tiempo que dejaba a la imaginación volar en esas distancias inconmensurables, en que todo es posible, en ese mundo de fantasía en que la realidad se confunde con la quimera.

Había dejado de pensar y reflexionar en lo que haría y a donde mis pasos encaminarían, cuando de repente empecé a teclear fuerte y premiosamente, sin dejar que mis palabras tuvieran tiempo para reposar, agolpándose unas y otras de una manera atrabiliaria y atolondrada. No tenía idea de lo que iba a escribir ni a exponer y sólo pensaba en escribir y escribir, sin un resorte mental adecuado, dando paso a una verborrea sobre el papel, sin orden ni concierto,  expuesta sin preparación  y al mismo tiempo con total libertad. Esta premura, no tenía otro objeto, que dar paso a unos días que llevaba en que no sabía el  qué, ni el para qué, ni tan siquiera el porqué, pero sí tenía claro el cómo. Sólo quería escribir y escribir,  sin saber donde mis ideas me encaminaban y donde iba a parar todo ese nerviosismo de palabras y palabras. Tenía una pléyade de sentimientos, pensamientos inconexos y descontrolados, que tenía por fuerza que ordenar y clasificar en mi esquema mental.

La historia, mi propia historia no cabía en mi cabeza y ya iba siendo hora,  que saliera al exterior, pues la prisión en la que se encontraba no era buena para nadie y en especial para mí. Llevaba mucho tiempo en esta tesitura de si abría las puertas de mi cabeza y, dejaba que mis pensamientos afloraran de una vez o sí seguían allí prisioneros del tiempo y del espacio. Así que por una vez más, dejé que mi intuición fuera la que marcara el destino de mis pensamientos y estos se desparramaran por el exterior, impregnando las cuartillas blancas que tenía ante mí. La nebulosa de mis ideas, iba poco a poco dejando paso a una mayor claridad, y que  aún desordenadas, se distribuían de una manera más acorde. Parecía que el orden se imponía al caos de hacía muy  poco tiempo. Todo iba tomando su lugar y posición adecuada, cada idea iba tomando cuerpo y las palabras, ahora parecía que fluían más lentamente, más agavilladas,  en una procesión continua y ordenada.

Pero al mismo tiempo que el orden iba imponiéndose en las palabras aisladas, todavía sin embargo no existía un pensamiento hilado, una armazón reflexiva, que diera lugar a una trama lógica, que diera vida a mi propia historia, la que  empezó el día que aterrizaba el avión en el aeropuerto de Managua.

Aquella tarde, comenzaba para mi una nueva experiencia, que daba cuerpo de naturaleza a una idea que me atenazaba desde hacia meses. Quería ir a un país de Centroamérica, para ayudar en lo que pudiera y al mismo tiempo enriquecerme con esta experiencia. No era por mucho tiempo, no me sobraba, pero sí que quería aportar algo. No quería terminar mi vida de una manera facticia y mi única obsesión, era realizar algo positivo antes de irme definitivamente.

 Había oído hablar de las necesidades de este país, Nicaragua, que había salido hacía poco de una guerra  que le había empobrecido, si cabe más de  lo que inicialmente era, de la pobreza que se almacenaba por todos los lugares y que convivía, con la vida normal de las gentes y en consecuencia de la mala salud bucal de la población y en especial de los niños, que comenzaban el crecimiento, que se amontonaban en las calles, adormilados con el pegamento que les evadía de la situación en la que vivían. En mi interior se revolvió una sensación de agresividad hacia la diferencia de riqueza y desarrollo de los distintos países y diversas sociedades, con la agravante, que en algunos medios no había ni tan siquiera posibilidad de tener una ilusión, como no fuera el día a día, el siguiente momento. Esta era la manera de vida de estas gentes, pensar en lo que iba a acontecer en los próximos minutos, su futuro era pues muy corto y siempre en un plano de miseria y supervivencia. Su máxima preocupación era la subsistencia del día y cuando  estaba solucionada, pensar en la del día siguiente. Todo esto que lo conocía por mis lecturas, sería vivido por mí en los siguientes días con la intensidad  y fuerza de la realidad cotidiana.     

Hacía tan solo unas semanas, me habían diagnosticado un cáncer que no tenía tratamiento, solo esperar durante los próximos meses, el acontecimiento final, que sería sin lugar a dudas en un plazo no superior a ocho meses. La única receta fueron los  analgésicos, de los que llevaba una buena carga en la maleta.

Esto es lo que me decidió de una manera definitiva a dar el salto y, dedicar tres meses de los ocho que me quedaban a  esta experiencia. Prefería estar en esta actividad, que esperar sentado en una butaca la hora final. Este fue el momento en que se cruzó mi diagnóstico, mi conocimiento de las necesidades de este país y mi temperamento, por lo que decidí entregar lo que tenía en mi interior y aflorar de una manera intempestiva, toda la carga de agresividad que tenía hacia esta diferencia de sociedades.

Tenía otras razones, como  pensar que de esta manera el sufrimiento sería menor o que el tiempo pasaría de una forma diferente, al menos sin tanta fuerza  imaginando  el destino final. Quería a toda costa postergar este pensamiento de mi vida, al menos durante estos dos meses.

Había llegado con varios voluntarios en el mismo vuelo, pero nadie sabía ni debería saber la verdad mía, mi  historia era solo mía y muy mía. A nadie se lo había dicho y mi intención era también no decir nada. No quería ser relegado en el trabajo por esta causa. En Madrid, los días anteriores a mi partida, habían transcurrido a caballo entre mi depresión psíquica y física, ya que al mismo tiempo que mis fuerzas flaqueaban de vez en cuando, también mi decisión de lo que quería hacer se tambaleaba. Pasé por otros momentos en que cada vez estaba más convencido de la valoración que quería dar a mi última etapa de la vida, aquella parte del trayecto en que todo lo que hiciera cobraría mucha más fuerza, pues lo haría con una especial actitud ante la realidad que se presentara ante mi.

Una bocanada de calor espeso y húmedo me azotó la cara, como un bofetón, dejándome sin respiración, teniendo  que parar unos segundos, para tratar de equilibrar mi respiración. No estaba acostumbrado a estas temperaturas tan húmedas. La camisa estaba pegajosa y se adhería al cuerpo, de una manera lasciva y lujuriosa. El resto de los voluntarios estaban soportando de una manera estoica esta temperatura, pero ellos al tener una situación saludable lo  hacían mejor. Yo, en cambio, ante la visita de la parca en los próximos meses, me encontraba desasistido y débil, ante cualquier cambio de circunstancias en mi vida, y esta era una de ellas.  

No conocía a ningún voluntario, ya que  yo era el único que venía solo y además había tomado la decisión casi al final, cuando todos los grupos se habían formado, por lo que no pude contactar con ningún amigo que me acompañara. Algunos venían del País Vasco, otros de Cataluña, los más de Madrid pero no faltaban el resto de las autonomías como Andalucía o Valencia.

Ya en la cola del control de pasaportes, una chica que se presentó como Cinta me dijo que ella no podía soportar este calor y que como lo llevaba yo.  Le contesté que mal, pero que el quejarme no me llevaba a nada positivo y, por lo tanto había decidido, manifestar una actitud  contemplativa de estoicismo reflexivo. Ella no comprendía mis palabras por lo que traté de explicárselas de una manera más sencilla.  No sé si fui lo suficientemente convincente, pero al final de mi explicación me  dirigió una sonrisa, que me pareció un bálsamo a la herida que me corroía el cuerpo. Intenté responder de la misma manera, pero no me fue posible y le envié una mirada suave y tierna. Nada más. Así acabó este primer encuentro con mis compañeros.

En el control,  no me pusieron ningún problema, pagué unos dólares por entrar y nada más. Directamente  me dirigí a la cinta transportadora, donde ya salían las maletas. La mía salió  sin prisas, como impregnada de la lentitud de la situación y del momento. Todos en la sala de recepción del equipaje se afanaban para encontrar el suyo, pues el desorden era inmenso y los empujones la tónica general, sin olvidar por supuesto, los gritos entre unos y otros.

El peso de la maleta  se me hizo insoportable, a pesar que estaba acostumbrado a llevar peso cuando de joven trabajaba en un almacén, llevando de un lado a otro, grandes paquetes que tenía que dejar en un camión que después los repartía por diferentes lugares. Ese reparto era diario y duró los meses de verano en los años que estudiaba,  que abarcaban desde finales del bachillerato a los años de la Universidad. Sin embargo, a pesar del peso de la maleta, pude llevarla con cierta dificultad al autobús que nos esperaba a la salida. Era tanto el esfuerzo que estaba haciendo, que ella misma  se  acercó y me dijo:

--¿Te encuentras bien? ¿Quieres que te ayude?

Aquello para mí fue un golpe en mi  virilidad, pues no en vano, estaba acostumbrado a los tiempos antiguos, donde el fuerte era el hombre y el que llevaba las grandes decisiones y los pesos de las maletas. Aquella situación era nueva para mí y, durante unos segundos me descolocó, no teniendo  una respuesta clara para ella.

-No gracias, estoy acostumbrado-contesté un tanto contrariado.

A ella pareció que esta respuesta no le satisfizo ni le convenció, pues con la mano que tenía libre me agarró la maleta por un extremo y se dispuso a arrastrarla. No quise entrar en una disputa, que no conduciría a nada y, además que por mi parte hubiera sido poco oportuna, por lo que me dejé llevar de una manera indolente, no sin antes enviarle una mirada complacida de agradecimiento.

La salida del aeropuerto hacia el autobús, estaba llena de personas que gritaban y gesticulaban de una manera exagerada y sin venir a cuento. Era un enjambre de cosas y personas entremezcladas y  extendidas por doquier haciendo la salida bastante difícil, por la necesidad de ir sorteando los obstáculos que había en el camino natural, hacia nuestro transporte.

Cinta seguía ayudándome de una manera solícita, sin importarle mis excusas y aspavientos para que no lo hiciera. Era como si se hubiera propuesto humillarme de esta manera, al menos eso es lo que pensaba, pero por otro lado y ¿si lo que hacía lo hacía por ayudarme de una manera eficaz y sin contraprestación? ¿Porqué todo lo que se hiciera por mí era negativo?

La verdad es que me venía muy bien, pues el largo viaje desde Madrid, me había bajado las defensas y estaba bastante cansado y desmadejado. Su manera tan solícita de ayudarme, y al mismo tiempo sin darse importancia, me maravillaba y en el fondo de mi corazón se lo agradecía, pues el hacerlo a una persona que ni es amiga ni conocida, tiene tanto mas valor, que si lo haces a un familiar o a un amigo.

Los otros voluntarios se apresuraban a colocar las maletas y las mochilas  en la parte trasera del autobús, para dejar lugar en la parte anterior a los viajeros. Este autobús era sólo para nosotros, lo que hacía el traslado más cómodo y tranquilo, sin necesidad de discutir sobre el asiento o el lugar de la colocación del equipaje. Estas discusiones eran diarias, siempre que tomábamos un transporte público de este tipo, pues cada uno quería sentarse al lado de su amigo o amiga.

La llegada del avión fue alrededor de la atardecida, cuando el sol detrás de las montañas quiere huir y todavía el día no le deja. Esa hora indescriptible en que ni el día es día, ni la noche es noche. Ese momento en que las miradas se cruzan en lontananza para divisar el ocaso y rememorar el día que termina. Esa fue la hora de nuestra llegada, pero cubiertos los trámites de aduana y equipaje, la salida del aeropuerto, nos recibió con la noche cerrada y un cielo cubierto de estrellas, que tintineaban como pequeñas luciérnagas en el manto negro. Una vahada de calor húmedo, nos azotó la cara en forma angustiosa. La oscuridad era total y a duras penas podíamos divisar el lugar, donde estaba situado  nuestro transporte.

Desde la puerta de salida hasta la puerta del autobús, una ingente cantidad de personas nos ofrecían sus servicios, taxis, transporte de equipaje, frutos secos que más tarde me explicaron que se llamaban marañones. Era una auténtica algarada que me retumbaba en la cabeza. Afortunadamente pude desprenderme de ellos y seguir tirando de la maleta con la ayuda de Cinta, que seguía ayudándome de manera imperturbable y hermética.

Me tragué el orgullo de macho ibérico y le dije

-Cinta, muchas gracias por tu ayuda

Lo que no le dije, es lo que hubiera pasado si esta no se hubiera producido ¿Habría podido mover la maleta? ¿Habría llegado hasta el autobús? Cerré los ojos para no contestar a estas preguntas. Pero la casi segura respuesta, me atenazaba el corazón. Hace tan solo unos meses, no hubiera tan siquiera imaginado esta posibilidad de necesitar que alguien frágil, me tuviese que ayudar.

Era un estudiante normal y hasta bastante bueno, en algunas disciplinas de la Odontología. Había acabado la carrera ese mismo año, cuando ya sabía el diagnóstico de mi enfermedad. Fue un esfuerzo sobrehumano, el que tuve que hacer para acabar la carrera y que mi familia no supiese la verdadera situación de mi enfermedad, pero mereció la pena, ya que luché contra la apatía que me invadía y, la depresión de la sinrazón por mi proceso. Quizás barruntasen algo, pero un conocimiento real y exacto con toda seguridad no tenían.

 No comprendía como a esta altura de la vida, en plena juventud, este cáncer me atenazaba las entrañas y carcomía mi interior. Lo único que se salvaba, era mi cerebro que funcionaba a tope, de una manera ágil y dinámica. No le había contado a nadie mi proceso, ni el infausto diagnóstico que me esperaba, ni tan siquiera a mis padres, pues ¿por qué iba a darles un disgusto de este tipo? Cuando se acercara el momento, ya se lo explicaría, pero ahora no había ninguna necesidad.

Estaba dispuesto a guardar esta parte de mi historia vital hasta el final, cuando ya no se pudiera ocultar, pues los síntomas fueran tan patentes que era imposible guardar este secreto. Pero ¿y si el médico se hubiera equivocado? No, no había ninguna duda, los análisis lo confirmaban y mi flaqueza de las últimas semanas lo corroboraba. Me costó un gran esfuerzo asistir a los exámenes finales, en las asignaturas que no se aprobaban por parciales. El levantarme por la mañana, para asistir en silencio a un examen, sin que nadie lo supiera y sin que nada me sirviera de apoyo, era cuando menos desesperante y solo servía, para complicarme más las cosas, pero había que seguir adelante y así lo hice.

                                

                                              El Camino

 

Estas reflexiones hicieron que no me diera cuenta, que Cinta se había sentado junto a mí en el autobús y que éste, se había puesto en marcha de una manera lenta. El traqueteo me hizo pasar a la realidad, de una forma espontánea y abrí los ojos, para dirigir una mirada a mi compañera, que sonreía de una manera cálida y tierna.

Nunca olvidaré esa sonrisa lisonjera que me destinaba, era como el nacimiento de un río en la montaña, como el amanecer en un día claro. Emergía de su boca de una forma intrascendente, para aflorar en los labios, y expandirse por su cara, dotándola de una belleza sublime que en ese momento, me pareció  como el rocío que acaricia el pétalo de la flor al amanecer, como la brisa que cimbrea la mies en el verano. La sonrisa, iba acompañada con una mirada tierna, que expresaba al mismo tiempo pregunta y miedo. ¿Es que se había dado cuenta de lo mío? No, no era posible si sólo me había ayudado a transportar la maleta y a pasar el control de equipajes. En ese poco tiempo era imposible, pues además, era la primera vez que le veía.

Según me comentó había acabado la carrera en Valencia, y no sabía que iba a hacer en el futuro, le gustaban los niños y quizás se inclinaría por la ortodoncia, pero en ese momento no lo sabía. Cuando acabó, pensó que era una buena oportunidad, para tomarse unos meses de reflexión, antes de entrar en la vorágine del trabajo, de la competencia y de la profesión. Era muy joven todavía para esto y, quería en principio, pasar una temporada aspirando la vida que tenía ante sí, experimentando la plenitud de esa vida, que a mí se me acababa ¡que contrasentido¡  Iba a vivir la vida a tope y yo a terminar mi vida, también a tope pero de otra manera.

Ella venía en una dirección y yo marchaba en la contraria y nos habíamos encontrado, en ese punto medio, en que unos van y otros vuelven, en que unos inspiran la vida y otros expelen lo poco que les queda. En ese punto medio apareció su sonrisa y su mirada. Eso me marcó durante las siguientes semanas que estuvimos juntos y ese pensamiento, hizo que pudiera entregar en esa experiencia, lo poco que ya tenía. ¿Se habría dado cuenta y por eso se sentó a mi lado?

Cerré los ojos y me enfrasqué en el traqueteo del autobús, en una carretera llena de baches, personas, bicicletas y animales. Las personas llevaban sus  pertenencias a cuestas de un lado a otro. Era imposible conducir sin los volantazos, ni cambios de dirección que había que dar, para sortear los obstáculos que había en el camino. Así era la vida en ese país, que en las próximas semanas sería mi casa, mi vida y mi todo. Ese poco todo, que ya no tenía, pero que quería hacer algo con él. No sabía el qué, pero si algo diferente de lo que hasta ahora había realizado. No percibía en ese momento, cual sería el destino en las semanas venideras.

Cinta en ese momento me pregunta--¿Cómo te encuentras?--y le contesto, sin demasiado énfasis que bien, que me encontraba bien, sólo que un poco cansado por el viaje. Era la primera vez que cruzaba el charco, y eso me impresionaba y trastornaba ligeramente, le dije un poco desconcertado, por la pregunta y balbuciendo la única respuesta, que se me ocurrió dar en esa circunstancia.

Llevábamos un buen trecho de carretera y,  ya habíamos pasado varios asentamientos de casuchas y cobertizos, donde personas y animales conviven en armonía. Era de noche intensa y el autobús, iba de un lado a otro de la carretera, sorteando todo lo que  encontraba a su paso.

Atravesábamos en ese momento, un pueblecito multicolor llamado Masaya, en el que las personas pululaban por doquier, cruzando la carretera y caminando en forma paralela a ella lo que hacía especialmente complicado avanzar. A pesar de la hora nocturna, parecía que nadie tenía prisa por ir a su casa, ya que estaban en pequeños grupos conversando y gesticulando, al mismo tiempo que emitiendo sonoros  gritos. Los niños, a su alrededor sin importar edad ni sexo, con sus características zalagardas,  deambulaban y corrían atrozmente, poniendo en peligro sus vidas, aunque en ese país la vida no tenía demasiada importancia. Este viaje me ponía enervante, pues no estaba acostumbrado a este modo de conducir en la carretera. Era como luchar contra la noche y, contra las personas y animales y en el medio, los continuos baches de la carretera.

Masaya era un pueblecito, situado a unos catorce kilómetros de Granada, nuestro destino final, y era conocido por varios nombres, como la ciudad de las flores, por el gran cultivo de ellas y también como la cuna del folklore nicaragüense, por la multitud de bailes típicos, que se habían desarrollado en ella. Este lugar había evolucionado, desde  una pequeña colonia fundada por los españoles, que en 1839 recibe el nombre de Ciudad de Masaya. La intersección de las dos culturas, hizo que se creara un pueblo colorido, sonriente, sencillo,  con tradiciones arraigadas y con un gran tesón y laboriosidad.

A unos cinco kilómetros aproximadamente, se levanta el volcán Masaya, en el parque del mismo nombre constituido por tres cráteres uno activo y dos cubiertos por bosques. Existe una carretera, que lleva hasta el cráter, lo que le hace bastante accesible y que días después, recorrimos varios de nosotros a pie.

Antiguamente recibía el nombre de villa fiel de San Fernando y eran famosas, sus plantaciones de café. También  era típico el mercado de la madera, cuero, cerámica, tejidos y en general toda clase de artesanías, que en los días posteriores hicieron las delicias de todos nosotros. Bueno de ellos quiero decir, pues  ¿para que quería comprar yo artesanías? ¿Qué hubiera hecho con ellas? Sería un contrasentido que hubiera comprado algo para mí. Sólo deseaba llevar un pequeño recuerdo a mi familia. Una de las cosas más características, era el mercado viejo donde las artesanías, muebles, zapatos, hamacas, ropa e instrumentos musicales, se almacenaban en un continuo desorden. Las hamacas eran los productos, por los que los turistas tenían más interés y su atractivo, residía en que esta zona era una importante productora, inclusive con una cierta exportación, a otras partes del país e incluso  de otros países. Generalmente son negocios familiares, que te enseñan el proceso de producción, con toda suerte de explicaciones sobre su desarrollo y manejo. Caminar entre los distintos negocios era una delicia para los ojos, ya que se veían multitud de objetos curiosos a los que no estábamos acostumbrados.

Este pueblecito fue la cuna de las tribus diríanes por lo que  los nombres de los villorrios cercanos tenían nombres indios como Nindirima, Masatepe, Diriomo, Diriá, Catarina. Este último dio después nombre al famoso mirador  Catarina donde los turistas y curiosos tenían parada obligatoria y donde muchas veces, encaminamos nuestros pasos, ya que la vista desde allí era imponente y majestuosa.

Otras tribus precolombinas como las chonotegas y nagrandanes, habitaron esta zona y de ella se derivaron los bailes típicos, que hoy podíamos ver. A pocos minutos de Masaya se encuentran los pueblos blancos, que nada tienen que ver, con los que conocemos en Andalucía a excepción, del color de las casas que son de adobe y en donde las personas que habitan en ellos, practican la medicina natural, la adivinación y la hechicería, algo consustancial con su forma de vivir y con la herencia cultural adquirida.

Es curioso, como a todos estos poblados les hicimos brigadas odontológicas. Los descendientes de aquellas tribus, hoy recibían nuestra asistencia bucal ¡ quién lo hubiera dicho si a Colon alguien se lo hubiera preguntado¡

En mi cabeza, al ver este revuelo del pueblo, este inmenso gentío, que sin ton ni son expresaba lo más íntimo de sus gentes, revoloteaban esos versos de Machado, "Hasta que el pueblo las canta, las coplas, coplas no son y cuando las canta el pueblo ya nadie sabe el autor". Era el pueblo expresando sus temores y sus miserias, sus miedos y sus ilusiones, que algunos compaginaban con la música y el baile y otros con los rezos.

Era un sábado tardío, un día cualquiera de la semana para ellos, ya que no existía control del tiempo y por lo que veía con la carretera, tampoco del espacio. No existe el mañana, sólo es el  presente y esta copla expresaba íntimamente sus afanes.

Cinta me miraba, intentando escudriñar en mi cabeza, pero  era imposible, que pudiera comprender lo que yo pensaba en ese momento.

--¿Qué es lo que estás pensando?-- me dijo con una sonrisa, como ella solo sabía expresar.

-- Es el pueblo que vive, es el pueblo que canta-dije  de una manera taxativa, y al decir esta última parte de la respuesta, arrastré las palabras con fuerza y odio como masticándome los sentimientos.

Creo que esta respuesta no le satisfizo, como si hubiera comprendido algo especial, pero no continuó con la respuesta y cambiando el tema me preguntó--A propósito, todavía no sé tu nombre y ya llevamos, más de una hora en este autobús--me dijo sin casi mirarme, como avergonzada de la pregunta.

--Tú sí que sabes el mío y yo no. Estamos en desigualdad.

Aquello me pareció una disculpa cualquiera, una manera de entrar en el tema, por lo que no reparé en el enrojecimiento de su cara, al hacerme su pregunta, ni tampoco en el temblor de su labio inferior, ya que no la miraba, ni aunque lo hiciera podría verlo, pues la negrura de la noche era intensa.

--José --le dije con palabra indolente y cansina--¿No tienes ganas de hablar?-me dijo ásperamente

--Pues si quieres que te sea sincero, no- contesté.

Esto acabó la conversación cuando florecía. Era como el capullo de la rosa que cuando nace y va aflorar, lo cortas de una manera tajante. Es la rosa marchitada que muere sin llegar a salir y aquello fue lo que sucedió, una conversación ya muerta, cuando aún casi no había nacido.

Ahora  comenzaba a llover, una lluvia despiadada, inmensa, como si el cielo nos recibiera con recelo, queriendo manifestar su descontento con nuestra presencia. Esto era lo que yo me imaginaba, siempre rodeado de pensamientos negativos y pesimistas. ¿Era un presagio de mi enfermedad y su final? Eso me parecía y así lo manifesté en voz alta, sin darme cuenta que Cinta se estaba percatando de lo que yo decía. No hizo ningún comentario. La conversación recién pergeñada, terminó de una manera cortante y no quería intentarlo otra vez. Había aprendido la lección.

A duras penas seguía su marcha renqueante, el viejo autocar hacia Granada, la ciudad que era nuestro destino final y donde pasaríamos las próximas semanas.

La entrada en Granada, nos recibió con un cambio de  fuerte lluvia en la carretera, a una llovizna suave y refrescante en la noche. Era un estímulo atractivo y de agradecer. Los cielos no estaban enfadados con nosotros, Granada nos recibía agradablemente y, eso dulcificó en parte mi pensamiento.

Entramos en una calle principal y después de un corto recorrido, llegamos a la plaza principal donde está la Catedral, majestuosa en la noche, soberbia en el día y siempre imponente a todas horas. Dimos una vuelta a la plaza y alejándose el autocar un par de cuadras, nos dejó en el lugar que sería nuestra casa, para las próximas semanas y donde para bien o para mal conviviríamos todos

                                                 La   Casa

 

Cinta y yo nos miramos con la misma pregunta en nuestros ojos ¿Qué pasará ahora? ¿Cómo será la casa?

Nela, la voluntaria que había venido de Granada de España, no hacía más que gritar.

--Estoy en mi ciudad, estoy en mi ciudad-decía con la ilusión de una colegiala, que acaba de ver por primera vez su casa de verano.

La casa era rectangular, de piedra, bien construida, denotando que había sido la morada colonial de ricos hacendados con mucha servidumbre, aunque en este momento, estaba en bastante mal estado, con las paredes desconchadas y sin haber sido pintada en los últimos lustros. Las humedades eran la tónica general en toda la casa. Las cañerías estaban destrozadas y no había un sistema de limpieza adecuado. Cuando las lluvias eran importantes, afortunadamente ahora no lo eran, el agua caía por todas partes y en especial por el tejado, en el que una sí y otra también, estaban las tejas rotas o ausentes y no habían sido repuestas. Al menos era un techo para nosotros, donde podíamos recalar después del agotador trabajo que teníamos.

Junto a nuestra casa estaba la Iglesia Evangélica y un poco más allá, una de las iglesias católicas más antiguas de Centroamérica. Toda negra y sucia, no hacía contraste con el resto de las casas, donde también la limpieza estaba ausente.

Una ventaja que tenía la casa y que agradecí más adelante, cuando ya tenía idea de la situación, era la cercanía con la clínica. Para mí esta circunstancia era definitiva ya que el  trabajo tan agotador me dejaba exhausto al final del día y solo tenía fuerzas, para irme a descansar a mi colchoneta antes de salir a cenar.

Cinta muchas veces me acompañaba en silencio y se colocaba en su  camastro callada, y haciendo como que leía pero me miraba de reojo. Creía que no me daba cuenta, pero sí, estaba claro, y eso me daba una tranquilidad, que aunque nunca se lo dije, ella  lo sabía. Llegó un momento en que con sólo una mirada y a veces sin ella, sabíamos lo que el otro pensaba.

Carlos, el jefe del grupo, tomó en ese momento las riendas de la situación para dirigirse desde la parte delantera del autocar a todos los voluntarios con consejos y ordenes relativas a la casa alquilada.

--Ahora de uno en uno, ir recogiendo las maletas y mochilas y colocaros en el centro de la casa para ir repartiendo las habitaciones---añadió con voz potente de mando.

En este momento es cuando Carlos, tomó idea clara de su situación. Era el jefe, el que tenía más experiencia  en este tema tanto como antigüedad en la profesión, y  en la Organización, y no estaba dispuesto a que nada se le escapase de las manos. Quería tener todo controlado y, que cualquier pequeño problema lo pudiera resolver en el momento, para no complicar las cosas, en un país ya excesivamente difícil por su carácter y economía.

Nela le dirigió una mirada de respeto y admiración a su jefe, como le llamaba ella, pues a pesar de que no le conocía,  esas dotes de mando le impresionaban. A partir de ese momento, la admiración por Carlos fue en aumento y al poco tiempo se tornó en amor. Desde Granada, su ciudad en España, pocas semanas después, todavía pensaba en ese momento en que el jefe del grupo, su jefe como le gustaba llamarle, en la parte delantera del autobús daba las ordenes oportunas de una manera imperativa pero al mismo tiempo afectuosa.

A ella le dijo en ese momento ­­---ten cuidado al bajar del autocar, que está muy alto y dirígete  rápido a la casa para  el reparto de las habitaciones.

 Le pareció en ese momento que esta orden, la daba de una manera especial  y le miró encandiladamente con esos grandes ojos color azabache que tenía. Al bajar su pecho rozó ligeramente con el brazo de Carlos y él no se percató de la situación. Tuvo un temblor ligero que con la lluvia fina desapareció al instante, pero ese pensamiento la acompañó durante mucho tiempo después, cuando ya en España no sabía en que acabaría su amor por Carlos, el jefe del grupo, su jefe.

Cinta, bajó con una agilidad increíble y se quedó en la puerta sin entrar para ver si tenía que ayudarme. Lo hizo con una prudencia exquisita, pensando en que no me había dado  cuenta, pero estaba tan claro que al mismo tiempo que  humilló  mi orgullo de macho ibérico, me embargó una especial sensación de agradecimiento. Ella quería ayudarme pero sin que me diera cuenta.

El resto de los voluntarios bajaron con celeridad y se dispusieron en la entrada de la casa, en el recibidor principal.

Se trataba de una gran casa, con un patio central, alrededor del que se disponían varias habitaciones, en concreto seis inmensas, donde había que colocar los voluntarios. La primera orden de Carlos fue, la de clasificar  el material odontológico en la entrada en un amplio rincón, donde colocamos ordenadamente las agujas, anestesias, gasas, material de empastes, motores de alta velocidad, instrumental más delicado y líquidos de esterilización. Por supuesto, que el lugar de almacenamiento  no era una repisa ni una vitrina, sino el suelo de una loseta amplia y descuidada, posiblemente colocada hacía más de cien años y limpiada hacia muchos años aunque no creo que tantos.

Una vez realizada esta maniobra, Carlos dispuso a los voluntarios alrededor de él, para discutir con ellos como querían repartir las habitaciones, si por sorteo o bien por elección. Hubo una pequeña discusión, cambio de pareceres y al final la conclusión fue, la de que cada uno eligiera sus compañeros de habitación.

Los compañeros de la misma universidad vieron la luz ya que venían juntos y lo tenía fácil, por lo que rápidamente hicieron el reparto.

Cinta me dijo de una manera arrobada--¿Quieres venir a mi habitación? no conozco a nadie.

De la Universidad de Valencia era la única que vino en ese grupo. Si esta oferta, me la hubiera hecho una chica tan guapa como Cinta en otra ocasión diferente y en otro lugar, el arrobado con seguridad hubiera sido yo.

---Me parece bien- contesté sin grandes alharacas externas, pero con una gran satisfacción interna. Me encantó esta pregunta y meses después en mi cama, cubierto  de sudor, con grandes temblores y lleno de dolores y tubos, me animaba a seguir luchando con la enfermedad. Había decidido que si tenía que luchar, sería en mi casa y si tenía que terminar la batalla, también sería en mi casa. El hospital, ya había cumplido su misión.

Colocamos las cosas en la habitación que como era tan grande sirvió también para acomodar a tres voluntarios más, dos chicas de Sevilla, Verónica y Mercedes y un chico Juan, que era de Zaragoza pero estudiaba en Bilbao.

Dispusimos ordenadamente  los colchones en el suelo y las mosquiteras, pues en la noche el mosquito era un acompañante fijo de nuestros sueños. Cinta se colocó a mi lado, ella era siempre la que tomaba las decisiones que yo quería, pero que no me atrevía a hacer ni tan siquiera a sugerir. Las mochilas al pie de las colchonetas y, en la cabecera un libro para leer o una radio, eran nuestros acompañantes fijos.

Los cuartos de baño eran grandes habitaciones, con una ducha en el centro y demás aparatos de higiene, distribuidos sin orden,  y donde por turnos, repartimos horarios, así como  el momento de su  utilización. En la mañana al levantarnos, no más de cinco minutos por persona. Solo había dos cuartos de baños y éramos treinta personas encerradas en aquella casa, había que controlar la situación de la mejor forma posible.

Carlos hizo esta distribución rápidamente y de una manera efectiva. Se veía que tenía experiencia en este sencillo problema, que sino se hubiera encauzado desde el principio, hubiera significado, una situación conflictiva que hubiera irrumpido en nuestra convivencia, afectándonos gravemente.

Afortunadamente, este problema se soslayó desde el comienzo, nada más llegar, que era lo correcto. Con ello se evitó una fuente de enfrentamientos y discusiones importante. Pensar en treinta personas adultas todas y deseando ducharse al mismo tiempo, era cuanto menos una semilla de peleas y de gritos.

En el patio central había unas sillas y  unas tumbonas llamadas "abuelas", por ser utilizadas mayormente por este colectivo, ya que con el simple balanceo pasaban la tarde entre plática y plática. En un rincón del patio había colocada una tumbona de cordel trenzado, suspendida entres dos argollas situadas entre una pared y un árbol que había en el centro del patio.

Cinta lo primero que hizo fue probarla, colocándose en ella con tan mala fortuna y peor conocimiento, que se le dio la vuelta y se cayó. No se hizo daño, pero su risa se oía en toda la casa y que al mismo tiempo fue acompañada por varios voluntarios, que la miraban expectantes por ver como se manejaba. La situación fue muy cómica, pues ella con ese carácter tan alegre que tenía, la convirtió en algo chusco y simpático. Le gustaba estar balanceándose durante un rato, mientras nosotros estábamos a su alrededor, en animada conversación.

Así era Cinta, alegre, fresca, sincera, espontánea y sobre todo buena. Era una chica muy buena y a mí me ayudó mucho. Lo que hubiera sido para mí, una alegría, en el futuro, si yo no estuviera irremisiblemente enfermo y con un final a corto plazo.

Estaba enfrascado en estos pensamientos, cuando Nela se acercó por detrás   y me dijo:

--¿Cuál es tu nombre? ¿De que Universidad eres? Si vamos a convivir tenemos que conocernos. No tenía ganas de hablar, estaba sumamente cansado, pero no quería pecar de grosero por lo que la contesté -José, de la complutense, ya te lo dije antes.

Dos respuestas lacónicas a dos preguntas sencillas. Ella recordaba mi nombre, pero quería romper el hielo inicial. Sin embargo, que había finalizado en la Universidad Complutense,  no se lo había dicho.

Nela, de una manera inteligente, había elegido la habitación contigua donde estaba Carlos. Desde que salimos del autocar no le había perdido de vista y, como una sombra, su mirada le seguía a todas partes, vislumbrando todo lo que hacía, aún a pesar, de que la luz de la casa era muy tenue, y presentaba,  intervalos frecuentes y duraderos de corte. Cada día se interrumpía la luz a una hora diferente, lo que hacía  que el trabajo fuera más lento y difícil.

Cuando entré en nuestra habitación, todos habían ya colocado sus pertenencias de una manera ordenada. Con tantas personas conviviendo en tan poco espacio, era muy importante el orden, pues el caos no nos llevaría nada más que a discusiones y enfrentamientos.

Miré uno por uno a todos los voluntarios, que en ese momento estaban presentándose, diciendo los dos tópicos que en una primera conversación aparecían, como cuál era su nombre y la Universidad, a la que pertenecían. Cuando ya tomaban algo más de confianza, te comentaban si les había quedado alguna asignatura o si ya poseían el título y, cual era el futuro que habían pensado, si trabajar en una clínica, hacer el doctorado o una especialidad.

Muy pocos lo tenían claro. El que era hijo de profesional, parecía que pensaba en un principio, por las mañanas hacer algo en la Universidad y en las tardes trabajar con su padre, pero los otros, que necesitaban trabajar, ya que  la economía no era su fuerte, estaban dispuestos a ir a diferentes clínicas, una en la mañana y otra en la tarde, para hacer algo de dinero y después ya se vería. Sin embargo en casi todos, vislumbré un cierto despiste.

Esta experiencia, le serviría a muchos para aclarar sus ideas y sus pasos futuros. La estancia, en un proyecto de este tipo, aportaba varias experiencias, la primera, sería  la de ayudar y apoyar a países que lo necesitaban, y para muchos era la única. Otros, pensaban que además obtendrían experiencia profesional y habilidad quirúrgica, pero ninguno se imaginaba, que habría un antes y un después de este proyecto.

Los voluntarios aprendían a convivir juntos, a disentir y a compartir, la solidaridad de unos con otros y con las personas de este país. Pero ninguno se daría cuenta, que una ventaja positiva, era que los voluntarios aprendían a no mirarse el ombligo a cada momento, y que no eran el centro del mundo, sino una parte del mismo. Al final, todos somos ciudadanos del mundo y este aprendizaje, era especialmente positivo para los nacionalistas, que se creen que son el centro y todo lo demás es lo periférico.

Lástima que estos aspectos positivos no los pudiera aprovechar. Yo era mucho más maduro que el resto de los voluntarios, pues desde siempre era una persona con un grado de madurez, que la enfermedad me había acrecentado en estas últimas semanas.

Todos, incluso yo mismo, tuvimos un antes y un después de ir al proyecto. Pero yo no lo percibiría nunca, no tenía tiempo de ello. Era lo único que me faltaba, el tiempo. Me sobraba el dinero y el conocimiento, había leído mucho en los años de la universidad y, eso me había servido para obtener una

Género al que pertenece la obra: Narrativa
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