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Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid

Domingo, 16 de mayo de 2021

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La prosa del mundo (2009) Segunda edición

Madrid, Visor, 2009

Como el autor avisa en el Postfacio, esta no es sólo una segunda edición del libro, que salió hace poco más de un año. Después de aquello el autor siguió escribiendo no pocos poemas en prosa ( los que ahora se incorporan) con el mismo tono apasionado, plural y caudaloso, que hacen que "La prosa del mundo", ya definitiva, sea un libro donde aparecen la razón y la sinrazón, la discordia y la belleza, el susurro y el grito terrible de este convulso presente nuestro  

 

Cementerio de elefantes

Dicen los aventureros (el tiempo es otro) que en remotas colinas del África devastada y verde, los grandes y fabulosos paquidermos hallaban un lugar retirado, un inaccesible recodo -incluso para aquellos ávidos buscadores de marfil- donde esperar tranquilos la muerte bajo el sol, lejos del mundo, cerca de nada, porque el tremendo ser, el gran ser de la vida, estaba excesivo de costras, muy cansado ya… Padre de los Orichas, Ángel precioso del Sinfín del Tiempo, hermoso Gato polar del límite del mundo, yo te pido, humildemente nosotros los cansados te pedimos, un lugar así, semejante y lejos, un apartado rincón de la maleza, la cumbre altiva de un zigurat rojizo, una caverna de amatistas húmedas detrás y aún detrás del desierto, te pedimos ( nosotros te pedimos) un lugar para descansar, un rincón sin viento ni amargura, fuera del reloj y lejos del vaivén urbano, lejos de la madre, del auto, del negocio, lejos del desenfrenado apetito de la vida, un apartado lugar donde descansar, la manta sobre la cabeza y una música delgada y oreada sin ruido, un lugar donde decir: ya llegué. Déjame estar un rato. Sólo un rato. Gracias. Llegué ya.

 

Fedra

Lo he visto saltar la tapia, para huir. ¿Por qué? El mito es absurdo. Y en la vida hay sólo vida. Desnudas las piernas largas (tan bellas) se le enredan a las ramas peladas de los árboles, y el pelo es una gresca maravillosa y deshecha, mientras entreveo el sexo (la más vulgar deseosa) entre el ancho calzoncillo cogido al azar entre las viejas prendas de su padre, inútiles... Rómpete, tela sucia (pensé) y que mi amorcito no se avergüence del tesoro casi visible, del torso desnudo y los ojos de miel, porque su madre lo ama, como los pájaros y el sol de junio y el humo hostil de las chimeneas que se arrodilla... ¿Quién no diría a su esplendor, en ti comienza la vida? ¿Quién no lo haría perseguir por los sabuesos, pero degollaría al que apenas rozase su piel de magnolia, sus labios mordidos levemente por esos dientes de luna, mientras cree que huye hacia el garaje arriba? Dulce Hipólito. El amor es más lejos. Y el deseo es más lejos todavía. Yo lameré tu cuerpo como una lluvia, y tu belleza estallará en mis manos oferentes. Porque nada calmará mi amor sino tu desmayo saciadísmo, ni mi sed otra fuente que el hontanar que celas y se encrespa. Saco tu vello aún de mi boca y mis manos de tu fin y mi caricia de la longitud de tus piernas, y otra vez más mis manos de tu perfección mareante como lo perfecto. ¿Pero en verdad dormías? ¿En verdad ignoras tu humedad, tu salvaje perfume a tierra fértil, mi embriaguez codiciosa y absoluta? El amor no tiene límites. Y ninguno el deseo. Nadie hay más bello que tu, cachorro. Y es absurdo pensar que soy la mujer de tu padre, porque tu madre ha muerto. No me saciaré de ti, mi dulce muchacho. No ignores que te copié las llaves de tu apartamento. Hipólito, goza. Eres hermoso al huir y hermoso en el lecho, que revuelve tu pelo y alarga tu sexo. ¿Nunca te desnudó una mujer treinta años mayor que tú? Tu padre sueña en sus negocios y sus vuelos. Yo sola te amo delirantemente. Y no tengo miedo, no puedo tener miedo al esplendor de tu joven belleza. Hasta luego, precioso. Que no hieran tu piel esas secas cortezas. Guárdame tu muerte, y por favor, toda, toda tu vergüenza...

 

Ciudad límite

Vuelve, a veces, ese viento amarillo. Amarillo y denso. Es más que polvo del desierto. Una sucia intuición de trastorno, de desorden, de espeluncas abiertas... ¿Bárbaros, dicen?. ¿Otros que andarían escondidos, más acá o más allá, mirándonos?. El polvo amarillo hace casi imposible ver. Y debes recordar, así, que los tules que ondean en aquella terraza, esos tules suaves en otra atmósfera, son de exacto color violeta. Violetas tules de brisa, en la terraza de una casa que ahora -con la densidad de este viento amarillo- prácticamente resulta invisible. Un viento amarillo que incomoda a los habitantes de la ciudad. ¿Qué haríamos?. El viento del desierto se ha ido espesando, sí. Ahora es más acre. ¿Va, vuelve?. Todos somos extranjeros para el viento amarillo. Hasta los tules de la casa violeta. O ellos, quizás, especialmente

 

 

 

Género al que pertenece la obra: Poesía
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