En el desierto de Ödice, así convivíamos: viendo cómo se calcinaban nuestros ancestros. La maceración de las cruces, le decía Tobías, cuando emergió la harina de aquellos hornos monumentales, osamentas pulverizadas de restos de cuerpos que quedaban amontonados. El calentamiento progresivo del suelo había hecho hervir los pies, las piernas, incinerando los hilachos de ropa hasta que se consumían por completo. El volcán era de carne, la sangre de lava. El fuego persistía y emergía de los poros, lanzallamas por las pupilas.
[Seguir leyendo] El otro Sol