Cuando despertó, el sol aún no había salido, pero el cielo ya estaba encendido. Una malla de drones pintaba amaneceres en serie, sincronizados con los relojes biológicos de la población. A través del cristal, Iara notó que el suyo iba desfasado: el amanecer se retrasaba tres minutos respecto al del resto de la ciudad.
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