Cuando era niño, papá era el más grande, el más fuerte, el que lo sabía todo.
Yo solía agarrar su mano articulada con fuerza cuando cruzábamos de noche el bosque de farolas. Las luces de aquel lugar me aterrorizaban. Cuando por fin llegábamos a la orilla del mar de chips, él se adentraba a nadar entre las olas para pescar los mejores componentes electrónicos.
[Seguir leyendo] En el bosque de farolas