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feediconRSS Vol.2, núm.2grisAR2010 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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Mujer y casa: ayer y hoy / texto y diagrama
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Atxu AMANN

Universidad Politécnica de Madrid
Departamento de Ideación Gráfica Arquitectónica / ETSAM

ACM@arquired.es

Resumen
En nuestra época posmoderna ya no tiene sentido hablar de abstracciones. El individualismo de final del siglo XX es el marco que ha permitido escapar a cada mujer de la ubicación abstracta en la que había sido históricamente situada como totalidad amorfa. El homosexual ha salido del armario, la mujer se ha ido de casa y han entrado en el espacio público de la ciudad global, donde han dejado de ser identificados como "otros" al acceder a la posibilidad y al derecho de comprar y poseer, como la expresión más significativa de la libertad individual. Los "otros" son los que no consumen. El 75% del mundo vive en la mierda y la mitad de los niños del planeta se va a la cama con hambre. En occidente, la casa, al vaciarse de sus contenidos, ha dejado de ser un territorio moral y simbólico, traducción de una ideología dominante. La arquitectura, en su condición de arte útil, debe dar forma física y semántica a los conflictos de nuestro tiempo, albergando comportamientos, cuyas narraciones desencadenantes apunten a la utopía crítica. Pero a su vez, como vehículo de construcción del entorno, puede ser instrumento de cambio fértil o agente culpable del deterioro del mundo.

Title: Woman and dwelling: yesterday and today / text and diagram
Abstract
In our postmodern times, to talk about abstractions has no sense anymore. The individualism of the late 20th century was the framework that allowed women to escape from the abstract position where they had been historically placed as an amorphous totality. Homosexuals have come out of the closet and women have left home. They have come to the public space of the global city, where they are no longer considered "the others" because they are able and allowed to buy and own, this being the most significant expression of indi-vidual freedom. "The others" are those who do not consume. Seventy-five per cent of the world's population lives in the crap and half the children on earth go to bed hungry every night. In Western societies, the dwelling is empty of all content and therefore it is not a moral or symbolic con-struct arisen from a prevailing ideology anymore. As a useful art, architecture must provide the conflicts of our time with physical and semantic forms. It should accommodate behaviors whose prompting narrative points to critical utopia. At the same time, as the means to build the environment, architecture may be a tool for productive change or an agent guilty of the deterioration of the world.

Índice
1. Ayer (texto)
2. Hoy (diagrama) Ayer (texto)

En las formas de vida tradicionales, la mujer se construye a sí misma al construir su casa.

El tiempo que una mujer tradicional pasa en la vivienda en circunstancias normales, es de veintidós a veintitrés horas, mientras que el hombre sólo pasa de diez a once horas. Si consideramos las ocho horas que duermen, ello supone que el varón está en la casa de forma activa alrededor de dos horas, tiempo que la mujer pasa fuera de ella (Sánchez Pérez 1990).

Y la mayor parte de este tiempo, lo pasa sola.

Eliminando los periodos de actividad más intensa debidos a circunstancias especiales, tales como el cuidado de los niños en edades tempranas, atención a enfermos u otras situaciones similares, lo cierto es que el tiempo que la mujer tradicional ha dedicado a las labores asignadas a su sexo no llegaría ni siquiera a ocupar el 50 % del tiempo de reclusión.

¿Qué hace el otro 50 % de su tiempo?

Todo hombre (mujer) debe practicar la poesía si quiere acercarse a la esencia de lo vital, a un grado de autenticidad y de exaltación; no se trata de aplicarse a un arte, sino de adoptar una actitud, un tipo de pensamiento no limitador. (Breton 2000)

Pero la poesía depende de la libertad intelectual. Y las mujeres siempre han sido pobres, no por unos cientos de años, sino desde el principio de los tiempos. Las mujeres han tenido menos libertad que los hijos de los esclavos atenienses. Hay que tener 500 libras al año y una habitación con pestillo para poder escribir poesía (Woolf 1992).

La casa-prisión y su prisionera carecen, en general, de todos aquellos dispositivos e instrumentos que pudieran estimular una formación o actividad creativa de sus ocupantes. La mayoría de las mujeres tradicionales están encerradas en un espacio donde carecen de los medios necesarios para desarrollarse en otras direcciones que no sean aquellas que, desde la soledad, supongan el cuidado del espacio doméstico y sus habitantes.

El trabajo doméstico es pariente cercano del ritual: es una secuencia de actos repetitivos que contribuyen a proporcionar una sensación de salvación, manteniendo tanto el orden físico de la casa como el personal de sus ocupantes (Ingersoll 1987).

Lo que guarda activamente la casa, lo que une en la casa el pasado más próximo al porvenir mas cercano, lo que la mantiene en la seguridad de ser, es la acción doméstica: "[...] en la visión fenomenológica de lustrar un mueble viejo, al introducir la conciencia en el gesto maquinal, sintiendo nacer, bajo la dulce rutina doméstica, impresiones nuevas" (Bachelard 1993); en la conciencia de la mujer que construye la casa en los cuidados mismos con los que se conserva la vida se revela una callada historia, apenas perceptible, porque, pase lo que pase en el mundo, la casa permanece imperturbable ante sus mensajes. Es un trabajo invisible, que sólo se percibe cuando no existe.

Si construir es el modo como se desea ser mortal en la tierra, está claro que la mujer ha tenido un campo de elección muy limitado (Heidegger 1994).

La negación de la libertad es desvincular el trabajo del deseo propiamente humano, haciendo que para el sujeto sea mero instrumento para cubrir las necesidades. Existe un principio de humillante jerarquización entre los humanos que acumulan elemento cultural (contingente) y los que sólo ponen lo esencial. Esta división del trabajo se afirma como elemento configurador inevitable del orden social operativo (Gómez Pin).

Somos el diagrama de las funciones de habitar de la casa natal, y todas las demás casas no son mas que variaciones de un tema fundamental (Bachelard 1993). De la imagen de la casa natal, físicamente inscrita en nosotros, en los recuerdos, pasamos a la imagen de la casa soñada.

"Yo soy el espacio donde estoy" (Noël Arnaud apud Bachelard 1993).

La ansiedad generada en el encierro doméstico, por una parte, parece tener como única vía de salida, la necesidad de seguridad, afecto y aprobación del resto de individuos que componen la estructura familiar.

Por otra parte, altera la percepción del mundo de la persona encerrada, que todo lo analiza desde la inmediata relación con las medidas del cuerpo humano. El mobiliario, los alimentos, las herramientas de trabajo, el propio crecimiento de la descendencia modifican la percepción del espacio-tiempo, produciendo un desarrollo perceptivo de mayor complejidad en el detalle. Esta cualidad, apuntada por la psicología como diferencial entre hombres y mujeres, quizás se deba a factores bioquímicos o puede ser el resultado -a lo mejor ya genético- de la simple adaptación al medio en el que se desarrolla cada género.

De cualquier forma, la biología supone límites sobre la acción cuyos efectos son modificables; es la cultura la que moldea la vida y la mente humanas, creando prótesis que trascienden las limitaciones biológicas confiriendo significado a la acción y a sus sistemas intencionales subyacentes, mediante patrones que están tanto en el lenguaje como en las pautas de la vida cotidiana.

El hombre tradicional, el fin de semana por la mañana, limpia su coche en el tunel de lavado; luego, pasa el aspirador a la tapicería y saca brillo al salpicadero. Es el amo de este espacio articulado de su vivienda. La mujer tradicional va a la peluquería una vez a la semana -a ser posible, los viernes, para estar presentable durante el fin de semana. Se maquilla todos los días -posiblemente son las pinturas de guerra- y se desmaquilla. Se hace la depilación cada dos semanas y a lo mejor se arregla las uñas cada tres o cuatro días. Las herramientas utilizadas son rulos, rimmel, maquinilla y laca de uñas: todas ellas para tratamientos en superficie. Todos los días, la mujer tradicional barre y friega el suelo, quita el polvo y abrillanta superficies de muebles, cristales y objetos; hace la fregada, la colada y la plancha. Las herramientas son escoba, plumero, fregona y estropajo: también prótesis de acción superficial. Su casa y ella misma siguen unos ritmos constantes de limpieza y embellecimiento para agradar a los otros.

¿Tiene este ritual de acciones una base antropológica o biológica que justifique tal identidad y semejanza de acciones entre el espacio y su propio cuerpo?, ¿o quizás sean las únicas formas de perder el tiempo permitidas a alguien a quien incluso sus posibles fantasías eróticas y prácticas onanistas -como forma de disfrutar del tiempo también superficiales pero al menos gratificantes- le han sido también recriminadas?

Es la pasividad la que no ha sido tenida en cuenta por el pensamiento; todo es acción. Y sin embargo, los preceptos religiosos tradicionales siguen ahí, impasiblemente, sin ceder; "no, no", el cógito ancestral está compuesto de prohibiciones (Zambrano 1990).

El tiempo y el espacio impuestos a las mujeres están limitados con el rol que les han otorgado, el de estar al servicio de los demás.

Y mientras tanto, aquí mismo, se da la soledad. La soledad incompleta del ser a medias logrado, la soledad que gime y se revuelve contra su suerte, exasperándose en su esperanza, cegando la fuente misma de la esperanza por la impaciencia que tampoco le es imputable porque le ha sido negado el horizonte (Zambrano 1990).

Parece que hay que buscar los posibles espacios de socialización de la mujer tradicional en ámbitos muy cercanos al hogar tanto física como conceptualmente, tales como los lavaderos, las fuentes de agua y posteriormente las azoteas y los patios de manzana donde se tiende la ropa. Curiosa sección en la que el entramado de calles es ocupado por los hombres, mientras el plano de las cubiertas se ocupa por las mujeres: la única opción es saltar.

El proceso es el comienzo, pero éste retrocede cada vez más, de modo que, más que un inicio, es la búsqueda de un inicio.

Desde el punto de vista histórico, en muchos ejemplos de grupos de viviendas preurbanas, las mujeres eran las encargadas de la construcción de la vivienda. En relación a las tribus nómadas, parece que mientras los hombres cazan, hacen armas y preparan las pieles para cubrirse, las mujeres, en grupos pequeños, son las encargadas de construir las cabañas, recolectar alimentos y madera para encender un fuego donde cocinar los alimentos y, además, mantener limpio el campamento. La sexualidad prehistórica no parece una fiesta placentera. El hombre agarra por los pelos a su compañera y resuelve como el resto de los animales.

En algún momento, la práctica se humaniza y se realiza cara a cara, instaurando la posición del misionero (aunque también los chimpancés pigmeos -bonobos- se acoplan frontalmente).

Mientras que para el hombre el espacio es abierto, abstracto, relacionado con la lucha y el poder; para la mujer el espacio es controlado, cerrado, en relación a su cuerpo y a la defensa de su prole (Cevedio 2003).

El nido es precario y, sin embargo, pone en libertad dentro de nosotros un ensueño de la seguridad. Nos situamos en el origen de una confianza en el mundo, un llamado a la confianza cósmica. La experiencia de la hostilidad del mundo -y por consiguiente nuestros sueños de defensa y agresividad- son más tardíos (Bachelard 1993).

El salto del Paleolítico viril al matriarcado Neolítico se produjo posiblemente por la introducción del proyecto. La práctica culinaria es una práctica que permite y exige elaborar proyectos, ya que es objetivamente planificable; y por ese motivo, la cocina podría haber dado origen al lenguaje (Espegel 1999).

La palabra es el verdadero agente que otorga la facultad de coordinar o proyectar, para uno y para los demás, acciones complejas. El cazar conforme a un proyecto llevaría a la humanidad hasta la ganadería; y el recolectar conforme a un proyecto, conduciría a la agricultura. Con la organización del espacio-tiempo, aparece el principio de las obligaciones femeninas (Espegel 1999).

Paralelamente se va produciendo una desbiologización de lo biológico.

Estamos en celo permanentemente; el sexo humano se libera del determinismo del instinto y del determinismo del estímulo (Marina 2002).

La mayoría de los investigadores coinciden en afirmar que el patriarcado es una forma tardía de organización social sucesora de un estado primitivo de tipo matriarcal. Con la aparición de los excedentes de riqueza y del granero, con la civilización, aparece una forma de Estado, dirigida otra vez por parte de hombres fuertes, guerreros defensores de los alimentos acumulados pasando la mujer a segundo término y a su consideración como objeto de propiedad.

Lo que sí parece claro, es que ha habido sociedades matriarcales en las que las mujeres tenían a su cargo la vida pública; pero no han existido sociedades, en las que los hombres hayan quedado reducidos al cuidado de lo doméstico, excepto como siervos o esclavos (Echeverría 1995).

En la familia burguesa, las esposas proporcionan un servicio doméstico barato y desempeñan una tarea socialmente necesaria, como cuidar a los niños y a los ancianos, y se espera que engendren herederos identificables y legítimos. A cambio los maridos les proporcionan comida y alojamiento.

La sexualidad es una forma de prostitución.

La supeditación de la mujer se origina al mismo tiempo que la propiedad privada y la familia, por la necesidad del hombre de asegurarse unos hijos propios a los que trasmitir sus posesiones. La seguridad de filiación se produce a través de un régimen de represión cultural y de reclusión social de la mujer como forma de control.

El conjunto de opiniones sobre el mundo -la ideología- surge de la clase dominante. Las opiniones y los prejuicios que desvalorizan a la mujer han surgido de los hombres y se traducen en acciones cotidianas, hábitos y costumbres que contribuyen a perpetuar la condición subordinada de la mujer, como dijo Frida Kahlo.

El advenimiento del patriarcado es la gran derrota del sexo femenino y la invención de la lucha de clases: la mujer se convierte en el proletario de su marido (Engels 1986).

Hacer el hogar es lo mismo que hacer la calle, pero con calefacción (Marina 2002).

La relación de la mujer con los objetos muebles marca su posición. Históricamente, el ajuar de las mujeres ha contenido los muebles, utensilios y ropa de la casa que aportaban al matrimonio en las sociedades patrilineales, poniendo de manifiesto el obligado carácter nómada de la mujer en este tipo de organización.

Desde el punto de vista espacial, mientras el esquema matrilineal refleja una vida comunitaria con una estructura arquitectónica proyectada a priori, construida como totalidad y limitada como unidad integral, el esquema patrilineal ofrece una organización más individualista, en la que el conjunto es el resultado de una acumulación desintegrada de arquitecturas elementales sin planificación previa y sin límites.

En la residencia matrilineal, la unidad sólo existe cuando está completa y todas sus partes interiores están relacionadas entre sí y con un patio. En cambio, la casa patrilineal se construye en el tiempo, adaptándose a las diferentes necesidades mediante la anexión de distintas unidades y un espacio negativo que es el residuo no ocupado. Mientras la matrilineal es urbana, en el sentido de que crea calles y continuidad, la patrilineal es rural y de caracter defensivo (Espegel 1999).

Antropológicamente la casa se relaciona con los dos géneros de distinta manera. Cuando la casa se relaciona con el varón lo hace como construcción, como un objeto símbolo del poder o de su status. Cuando la casa se relaciona con la mujer estamos hablando del hogar, del espacio interior y sus necesidades físicas y psicológicas.

La casa no es solamente un espacio físico delimitado por sus muros, sino que también es un territorio moral, con unas distancias materiales pero también morales; porque el exterior, la calle, en ciertos momentos del día o en determinadas situaciones se hace casa, convirtiéndose en un espacio femenino y por tanto privado (Sánchez Pérez 1990).

Así, la Historia, frente a una primera diferenciación entre los esquemas matrilineales y patrilineales, toma la dirección de ir ahondando en dicha separación.

La Historia no es razonable, ni tan siquiera racional, sino que la razón es histórica (Finkielkraut 1998).

Cuando la mujer tradicional va al mercado arrastrando el carro de la compra, al parque empujando el carro de los niños y a misa o al ambulatorio del brazo de la abuela, sigue unos itinerarios, en un horario determinado, que comunican puntos física y moralmente seguros que, como hábitos socialmente aceptados, dotan al espacio exterior, eventualmente, de un carácter femenino. Dichas acciones necesarias, continuación de "sus labores", son realizadas a la luz del día, donde la visibilidad convierte a las calles en pasillos y distribuidores supervisados, ampliación de la casa, en un ámbito limitado al "barrio" y a lo conocido.

Cuando la mujer circunstancialmente decide ampliar este radio de acción, para "ir de compras" o visitar a un enfermo, normalmente se hará acompañar de alguna amiga, vecina o miembro de la familia. Estas estrategias son consecuencia de la relación que la mujer ha tenido con el espacio público, todavía vigentes en muchos sitios, y cuya base es la misma que genera el uso del "burka" afgano, el velo iraquí o la toca católica como salvoconductos.

La ciudad libre, pero no para la mujer.

Frente a los itinerarios-sucesos, la mujer no ha tenido la posibilidad de deambular como práctica a la búsqueda de lo "inesperado" en la propia acción de caminar.

Todavía hoy, en este país, cuando el actor urbano es una mujer, tiene que tener en cuenta el espacio-tiempo por el que va a ser transeúnte, e incluso sigue prefiriendo ir acompañada, porque en el escenario público va a tener muchas ocasiones para ser violentada por algunos hombres que, erigiéndose en propietarios del espacio exterior, sienten el derecho de silbarla, piropearla o insultarla según el físico que exhiba, violarla e incluso asesinarla.

Para la mujer la calle puede ser un camino hacia la independencia, pero sin duda, está lleno de obstáculos. Sin dramatismos, la ciudad es una aventura, pero en el caso de la mujer, muchas veces de alto riesgo (Alborch 1999). En el espacio de representación de los géneros, todavía el hombre está asociado a la esfera pública y la mujer, a la privada (Alborch 1999).

En el bar de un hotel barato, una mujer sola, no sé por qué, inspira en quienes la contemplan una ambigua punzada de compasión, como si su soledad nunca fuera accidental, ni escogida, ni transitoria, y desvelara a cambio, sin proponérselo, la huella de una tragedia reciente. En los hoteles baratos -dice Almudena Grandes-, todas las mujeres solas parecen viudas de un viajante, o huérfanas de un sargento, o amantes clandestinas y abnegadas de un hombre sin corazón.

Según los antropólogos, la familia basada en la unión más o menos duradera y socialmente aprobada de un hombre, una mujer y sus hijos es un fenómeno universal presente en todos los tipos de sociedades. En la historia del género humano no se conoce prácticamente ninguna sociedad en la cual la familia elemental no haya cumplido un papel importante, en la inmensa mayoría de los casos, como grupo residente en la misma casa (Goody 2001).

Cualquier arquitectura es un escenario que permite ciertos comportamientos, hábitos ejecutorios y morales individuales y en grupo, formas de vida socialmente reconocibles.

No hay arquitectura sin comportamientos a albergar; pero no es fácil aventurar narraciones desencadenantes de arquitecturas, porque resulta tedioso describir lo cotidiano y porque es arriesgado apuntar a la utopía crítica, que puede deshacer en fantasía idealizada la necesidad de radicalización narrativa de la que arrancan los proyectos con interés (Seguí de la Riva 1996).

Las historias, tanto en lo que tienen de vulgaridad (cotidianeidad), como en lo que tienen de singularidad, pasan por los actos encadenados del comportamiento temporalizado (Seguí de la Riva 1996).

Y los niños representarán un papel en el drama familiar cotidiano antes de tener que contarlo, justificarlo o disculparlo. Diversas acciones consideradas menores reforzarán el distinto papel asignado según su sexo. Niños y niñas aprenden a participar en una especie de coreografía cultural que sostiene, reprime o confirma lo que hacen; y sin la cual, no habría ningún "aprendizaje".

Ahora que el mundo está dividido entre capitalistas y musulmanes, polemizamos sobre la aplicación de la ley del velo para las estudiantes musulmanas, nos produce repugnancia la ablación del clítoris, pero nadie cuestiona el derecho de los padres occidentales a agujerear el lóbulo de las orejas a las recién nacidas, marcándolas de por vida, como al ganado.

Así, todos juntos, cada uno a su manera, seguimos viviendo la vida cotidiana, con o sin reflexión; todo parece seguir su curso habitual, del mismo modo que, incluso en los casos extremos en los que todo está en juego, se sigue viviendo como si no pasara nada (Handke 1981).

El análisis de lo cotidiano no nos interesa, porque todos somos culpables. "Niña, no te sientes con las piernas abiertas que pareces un chicazo" y "Niño, no llores que pareces una nenaza" se traducirán respectivamente en "Pobrecilla, es un putón verbenero; todos se la pasan por la piedra " y "¡Qué tío!, se las folla a todas; tiene a quién salir".

Al espacio interior, lo femenino, las costumbres y la moral le añadirán los atributos de intimidad, recato, dependencia y debilidad, mientras que el espacio exterior se llenará de ideas relativas a la libertad, la autoridad, la virilidad y el dominio.

Las verdaderas causas de la acción humana son la cultura y la búsqueda de significados dentro de ella. El sustrato biológico no es una causa sino una restricción o una condición, según Jerome Brunner.

La humanidad transforma el sexo en sexualidad, un gigantesco dominio simbólico de aspiraciones, creencias, afectos, donde cabe todo. El instinto animal se humaniza al ser sometido a reglas (Marina 2002). Y la ideología que perpetúa la desigualdad está implícitamente manifiesta en todas las actividades de la vida individual y colectiva.

De esta manera, la arquitectura empieza a ser la traducción del deseo, ocultación y privacidad de la propiedad: ya sea en un desarrollo vertical de la vivienda, o en un esquema horizontal de casa-patio, la mujer verá limitada su relación con el exterior a la segunda planta o al espacio del patio.

La historia de la casa, la fragmentación del espacio, la especialización funcional y su atomización, son el resultado de un complejo sistema de comportamientos sociales en continuo proceso de transformación (Ariès 1988).

La casa y la ciudad, como paradigma de la mujer y el hombre.

Privacidad y publicidad son dimensiones en continuidad de la subjetividad.

Sólo quien tiene vida pública tiene vida privada, y la dosis de privacidad de la que cada individuo tiene derecho a disfrutar está en relación directa con la dosis de influencia pública que es capaz de ejercer.

Todos aquellos sujetos que tienen prohibido el acceso a la esfera del poder público (esclavos, plebeyos, mujeres, niños, extranjeros) carecen de vida privada; son la vida o la propiedad privada de otro. Ellos no tienen más que una sola vida, ni pública ni privada, sino todo lo contrario, ya que la privacidad -como la publicidad- es un privilegio de los varones adultos libres, únicos que tienen para sí la calle y la casa; pues los que sólo tienen lugar en la casa, viven en la casa de otro, son la casa de otro (Pardo 1996).

El espacio-tiempo privado es la estricta continuación del espacio-tiempo público.

La distribución habitual del espacio doméstico ejerce un poder sobre nuestras vidas, oculto porque todo lo cotidiano parece a la vez natural e indispensable, pero a su vez oculta el hecho de que toda organización tiene un origen y una finalidad (Evans 1997).


Hoy (diagrama)

Diagrama


Bibliografía

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