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feediconRSS Vol.2, núm.2grisAR2010 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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Simbiosis entre ciudad y poeta: Cuenca y Federico Muelas
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Marcial Carrascosa Ortega

Resumen
Las muestras de apego de un poeta hacia una ciudad son un recurso habitual en la literatura desde época antigua, pero pocos casos pueden encontrarse tan notables como el de Federico Muelas y Cuenca. Tras un ligero repaso a su vida y a su producción literaria, pretendo mostrar esta simbiosis -que a veces llega a ser absolutamente literal- a través de algunos textos del poeta. Del mismo modo que canta a sus famosas rocas, a sus ríos y riberas o a sus monumentos emblemáticos, lo hace también a esas personas y lugares olvidados de la tierra conquense, que pasarían desapercibidos. No olvidemos que Muelas nació en, con, para y por Cuenca.
Palabras clave: Cuenca, Federico Muelas, simbiosis, Casas Colgadas, ríos, piedra, hoz, chopo, silencio.  

Title: Symbiosis between city and poet: Cuenca and Federico Muelas
Abstract
The attachment between a poet and a city is a normal resource in literature since the ancient times, but there are few cases so outstanding as the one between Federico Muelas and Cuenca. After a small review to his life and literary production, I will try ti show the after mentiones symbiosis -which sometimes reach the absolute literacy- through some texts from the poet. In the same way that he sings to Cuenca's famous rocks, its rivers and riversides or to its emblematic monuments, he does it too to those forgotten people and places from Cuenca's land that remain unnoticed. Let never forget that Muelas was born in, with and for Cuenca.
Keywords: Cuenca, Federico Muelas, Hanging Houses, rivers, stone, defile, black poplar, silence.

¡Cuenca, cristalizada en mis amores!
(Federico Muelas)

Hoz del Huécar
Figura 1. Vista panorámica de la Hoz del Huécar. 

Escribir unas líneas o, simplemente, mantener una conversación cuyo tema gire en torno a la ciudad donde uno mismo nació constituye siempre un verdadero placer. Bien es cierto que ciudades hay muchas, muy bellas y diversas, cada una con sus encantos, pero existe un lema ya bastante antiguo y reforzado por sólidos argumentos que dice que "Cuenca es única"[1]. Su enclave "especial" ha sido, a menudo, fuente de inspiración para numerosos escritores. De ahí que durante los pasados siglos[2], en especial el XX, hayan sido muchos los que se han acercado a ella describiéndola y dedicándole palabras de elogio, admiración y, en algunos casos, verdadera veneración, tanto en prosa como en verso. Podríamos destacar, por ejemplo, a Camilo José Cela, que la define como "Cuenca abstracta, la de la piedra gentil" (Cela 1978: 473); a Pío Baroja, que la denominó "nido de águilas", haciendo referencia a su ubicación orográfica[3](figura 1); a Eugenio d'Ors, que la vio como la "bella silvana del bosque" (Muelas 1983: 258); a Miguel de Unamuno, que describe la ciudad de Cuenca como el "borbotón de los entresijos de la sierra ibérica" (Unamuno 1966: 645); a Gerardo Diego, que sostenía que "Cuenca, como ciudad, es todo lo contrario de una cuenca. [...] Es levantamiento titánico, está como varada en un fiordo cuyos verticales muros quieren asustar al cielo" (Diego 1968: 5); a Enrique Llovet, que con gran acierto vislumbró en Cuenca "al atardecer, un Belén navideño. [...] donde las hoces brillan con la luna" (Llovet 1967: 231). Podríamos citar muchos más ejemplos, pero ninguno tan ligado, tan intenso y tan constante como el de Federico Muelas[4](figura 2), que nos ofrece ese ejemplo de simbiosis de un poeta con su ciudad, similar a otros casos, como los de Antonio Machado y Soria, Leopoldo Panero y Astorga, Miguel de Unamuno y Salamanca, o Juan Ramón Jiménez y Moguer. Tal y como afirma José Antonio Pérez-Rioja (1980: 390), la vinculación de Muelas con su Cuenca natal es total y absoluta:  

En muy pocas ocasiones, esa fusión entre una ciudad y un poeta ha tenido mayor constancia e intensidad que en Federico Muelas y su Cuenca nativa. Federico Muelas ha encontrado los motivos conquenses -paisajes y personas- con la misma naturalidad de quien tiene por norma hacerlos suyos cada día. Sin duda, esa búsqueda es sencilla, porque están ahí, sólo a la espera de un auténtico y amoroso poeta que los incorpore a su obra. Ningún otro mejor que Federico Muelas, celoso guardián de su ciudad natal.  

Federico Muelas
Figura 2. Federico Muelas, paseando por la Hoz del Huécar.  

Si la ciudad de Cuenca esconde muchos misterios[5]tras sus vetustos muros y entre sus retorcidas callejas (figura 3), no es menos enigmático nuestro poeta, por lo que no estaría de más una breve presentación. Nació Muelas en Cuenca, en 1910, y falleció en Madrid, en 1974. En una semblanza de sí mismo que recoge Francisco Arias Solís (2007), dice el poeta:

Soy escritor y poeta. También tengo las licenciaturas de Farmacia y Derecho y estudios incompletos en otras disciplinas. Periodista, frecuentador de estudios de radio y televisión, lector de locuras y razones y coleccionador de papeles. Me gusta andar caminos a trasmano y dialogar con quienes nadie habla. Tengo amigos que no me envidian y sé algunas cosillas raras que me hacen feliz. No sé ganar dinero.

Calle Pilares
Figura 3. Calle Pilares, callejuela estrecha y sinuosa.
Fotografía de F. M. Guerrero.

La semblanza no puede ser más sencilla y a la vez más acertada. En efecto, era farmacéutico[6], escritor y poeta, muy activo y dado a los certámenes y recitales públicos (Rica 1979: 9). De él se dice que escribió mucho[7], pero que "habló infinitamente más y que en sus charlas, desbordantes de ingenio, se volcaba por entero, se daba todo sin reserva alguna"[8] (Pérez-Accino 1989: s/p). Su ubicación dentro del panorama literario español no resulta sencilla. Su obra poética se extiende desde finales de los años veinte del pasado siglo hasta principios de los años setenta[9]. Desde el punto de vista poético, se puede admitir que, cronológicamente, pertenece a la primera generación de posguerra, y en su obra se vislumbran ciertos motivos propios de la poesía de esta etapa, como son la familia, la tierra natal con sus paisajes cercanos, Dios, la intimidad, acontecimientos navideños (estos últimos muy presentes en Muelas 1981: 9-60), etc. Pasa posteriormente a abordar temas de tipo social, en un alegato contra los desfavorecidos, aunque también, algunos años después, se sitúa dentro de la nueva vanguardia del Neopostismo y del Realismo Mágico de los años cincuenta. Su última etapa constituye una vuelta a sus vivencias personales y a los avatares más cotidianos. Elementos fundamentales y comunes a todas las etapas son su apego a Cuenca, su afán religioso y su preocupación por los temas relativos a la familia y los amigos. En cuanto a su obra, tal y como sostiene su "albacea literario" Carlos de la Rica (1983: 9), es significativo su escaso interés inicial a la hora de publicar. Transcurre un cuarto de siglo desde que se tiene constancia de la composición de sus primeros poemas y relatos hasta que, en 1955, publica Llegaron siete muchachas. En 1959 publica Apenas esto, obra con la que logra el Premio Larragoiti de poesía. Posteriormente, Rodando en tu silencio (1964) -Premio Nacional de Poesía de ese mismo año-, Los villancicos de mi catedral (1967), Cuenca en volandas (1968), Cuenca, tierra de sorpresas y encantamientos[10](1968) y Ángeles albriciadores (1971), entre otras obras[11].

Cuenca
Figura 4. Vista panorámica de Cuenca.  

Volvamos a Federico Muelas y a Cuenca, a todas luces inseparables. En verdad Muelas está unido a Cuenca como la hiedra a la roca. Escribe con buen acierto Carlos de la Rica:

Lo cierto y verdad es que Cuenca ocupa el lugar más destacado, su lugar de inspiración, su razón de existencia. Cuenca es una recreación del poeta. Cuenca le ha dado respuestas distintas y diferentes, desde su profundo agradecimiento hasta la híspida e increíble reacción. (Rica 1979: 15)

El poeta se sentía tierra de la misma Cuenca (figura 4), por su origen y el de sus antepasados: "Venero a la tierra donde nací: Cuenca. [...] Yo, tierra de Cuenca, hecha y deshecha en los míos que me precedieron" (Muelas 1983: 125). Así, hasta llegar a "fundirse" con la ciudad, llevando a cabo su simbiosis eterna:

Y de nuevo, Cuenca, a rodar en tu silencio. Y a rondarlo... En verdad, ¿sé yo hacer otra cosa? ¿Hice algo más en mi vida que acercar oído y corazón a tus rocas, a tus árboles, a tus minas, a tu tierra, a tus resignadas gentes veradas en su aguante, y sorprender eso que vengo llamando "abejares íntimos", rumor de aguas hondas, voz pensada, rumiada verdad? Y yo, rodado canto tuyo, metido en ti, paladeado por ti, convertido casi sin saberlo en tu lengua. (La lengua, guijarro limpio, montado por el fino asperón de las palabras). A seguir oscura, fielmente, dando líricos tumbos, yéndome de la mano que quiera asirme -como los escurridizos cantos rodados verdaderos- madurando a mi manera para Cuenca -mi Río-Cuenca-, sorprendiéndola y sorprendiéndome... Y hasta que Dios quiera. (Muelas 1983: 136)

En palabras de Carlos de la Rica (1963: 111), "la poesía de Federico es dulce como un atardecer y como cuidada a manos del morisco de las huertas". De monumental e inigualable puede calificarse su celebérrimo Soneto a Cuenca, obra cumbre del "piedracielismo" y máxima expresión poética de la definición de la ciudad[12]:

 Alzada en limpia sinrazón altiva
-pedestal de crepúsculos soñados-,
¿subes orgullosos? ¿Bajas derrocados
sueños de un dios de celestial deriva?
¡Oh, tantálico esfuerzo en piedra viva!
¡Oh, aventura de cielos despeñados!
Cuenca, en volandas de celestes prados,
de peldaño en peldaño fugitiva.
Gallarda entraña de cristal que azores
en piedra guardan, mientras plisa el viento
de tu chopo el audaz escalofrío.
¡Cuenca, cristalizada en mis amores!
Hilván dorado al aire del lamento.
Cuenca, cierta y soñada, en cielo y río. (Muelas 1964:45)

Rio Jucar
Figura 5. Imagen del río Júcar con Cuenca al fondo.  

No hay tema relativo a la realidad conquense que Federico Muelas no tocase. Lo mismo escribe un poema al Júcar (1964: 48-50) (figura 5), que a un chopo[13](1964: 57), o a un junco que crece en la ribera (1964: 50-52). Canta a las rocas (1968a: 23-25), a los albañiles[14]que supieron construir en los abismos (1968a: 73-74), a las conocidas Casas Colgadas[15] (1968a: 83) (figura 6), a la Catedral (figura 7) -tanto a la "ruinosa" de los años veinte como a la actual[16]- e incluso escribe acerca del viejo cementerio de San Isidro[17].

Casas colgadas
Figura 6. Casas colgadas. 

Catedral Cuenca
Figura 7. Catedral de Cuenca.

Como todo gran poeta, gozó de una excelente imaginación. En su cabeza se forjaron multitud de proyectos, ideas e ilusiones que tenían por objetivo engrandecer aún más el nombre de su ciudad. Muchas de estas ideas, publicadas en artículos de prensa, han sido recopiladas en un volumen titulado Prosas Conquenses (1983). No me puedo resistir a mostrar una de esas "fantasías" de Muelas, que con poco dinero y esfuerzo podría realizarse y resultaría verdaderamente espectacular:

No sé de emplazamiento alguno en España que pueda rivalizar con este que tiene, en semicírculo a la propia ciudad como espectadora. [...] Y agréguense a todas las ventajas del lugar como monumental anfiteatro, las posibilidades de lograr el espectáculo máximo de las naumaquias, aquí de sencilla realización dada la proximidad del río Huécar, y acostumbradas sus aguas al juego morisco de subir y bajar mediante simples represas conseguidas con media docena de tablas y más más [sic] canales por los hábiles hortelanos de sus riberas y sólo un par de horas de trabajo. ¡Naumaquias con todo su complicado atuendo, con la posibilidad, incluso de jugar en escena distintos niveles de agua, verdaderas cascadas posibles dada la configuración del terreno! (Muelas 1983: 116-117) (figura 8)

Rio Huecar
Figura 8. Vista de la hoz del río Huécar.

Muelas tuvo la fortuna de hallar en la prensa una buena acogida, por lo que hizo de la misma un medio eficaz para denunciar los desmanes y las injusticias que se cometían. Se enfrentó a políticos, a alcaldes y a quien fuese preciso -no sin ganarse algunas enemistades y no pocos disgustos-, con tal de defender a la ciudad a la que estaba consagrado en cuerpo y alma. Denunció con suma tenacidad el estado de abandono de los monumentos más emblemáticos. Especialmente significativo resulta el siguiente fragmento:

Escuché hace unos meses [por el año 1950] la tremenda revelación: "Hemos estado a punto de quedarnos sin las Casas Colgadas. Ha habido que precipitarse para evitar el definitivo hundimiento...". ¡Naturalmente! ¿Cuántos años lleva el monumento que nos define en absoluto desamparo? [...] Que yo sepa desde la Dictadura [la de Miguel Primo de Rivera, 1923-1930] lo único que por allí se ha construido es un "chospe" -válgame el preciso ruralismo-, que a las puertas mismas de nuestro edificio representativo, proclama la desidia mas lamentable. (Muelas 1983: 172) (figura 9)

Casas colagadas en estado de abandono
Figura 9. Casas colgadas en estado de abandono, hacia 1940.
Fotografía de F. M. Guerrero.

Y hasta la última hora estuvo entregado a las vicisitudes de su ciudad, afirmando poco antes de morir que a Cuenca le había dado "todo lo mejor de su vida" (Montero Padilla 2004). Su pérdida constituyó un vacío irreparable para Cuenca. Se sucedieron numerosos homenajes en su memoria (VV AA 1975). En 1984, al cumplirse diez años de su muerte, el Ayuntamiento de Cuenca lo recordó erigiendo una estatua suya en piedra -su noble piedra- que se eleva vistosa, contemplando el devenir de una ciudad llena de vida y de magia.

Ya no está presente Federico, pero permanecen su obra y su recuerdo y, sobre todo, la inmortal Cuenca. "No se hizo Cuenca para ciegos", dice un famoso y antiguo refrán (figura 10). En primer lugar, porque esta topografía tan singular pide ojos bien abiertos para ver dónde se pisa; y en segundo lugar, porque la contemplación de este "Patrimonio de la Humanidad" supone una enorme satisfacción. Y es que a Cuenca, como afirma Alfonso Martínez-Mena (1978: 3104), "hay que ir, porque no está de paso para ningún sitio".

Casas de diversos colores
Figura 10. Casas de diversos colores. 

Sirva este modesto trabajo como homenaje a Federico Muelas, un hombre comprometido, luchador, humilde, soñador, una gran persona. No pude conocerlo, pero cada vez que llego a Cuenca siento que se eleva -como la Torre de Mangana (figura 11)- y me observa, como a todos los demás porque, entre otras cosas, Federico Muelas es Cuenca.

Torre de Mangana
Figura 11. Vista de la parte antigua, con la Torre de Mangana.  


Bibliografía

ARIAS SOLÍS, Francisco (2007): "Federico Muelas por Francisco Arias Solís" [en línea]. En: Francisco Arias Solís: agosto de 2007. En: http://franciscoarias.obolog.com/federico-muelas-francisco-arias-solis-24436 [Consulta: mayo de 2008].

CALVO CORTIJO, Luis (1992): Pregones y pregoneros. Semana Santa de Cuenca, 1945-1991. Cuenca: Caja de Ahorros de Cuenca y Ciudad Real.

CELA, Camilo José (1978): "Cuenca abstracta, la de la piedra gentil", en Obra completa, IX: Glosa de el mundo en torno, Artículos II. Barcelona: Ediciones Destino. pp. 473-475.

DIEGO, Gerardo (1968): "Prólogo: Cuenca encadenada y Prometea", en MUELAS, Federico, Cuenca en Volandas. Cuenca: Diputación Provincial. pp. 5-6.

LLOVET, Enrique (1967): España viva. Madrid: Afrodisio Aguado.

MARTÍNEZ-MENA, Alfonso (1978): "Cuenca en sus entresijos". La estafeta literaria, núm. 630, "Estafeta libros": p. 3104.

MONTERO PADILLA, José (2004): "Escritores en su geografía: Federico Muelas y Cuenca" [en línea]. En: Centro Virtual Cervantes. Rinconete. Instituto Cervantes: agosto de 2004.
En: http://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/agosto_04/05082004_02.htm [Consulta: mayo de 2008]. ISSN: 1885-5008.

MUELAS, Federico (1964): Rodando en tu silencio. Madrid: Los pliegos del Hocino.
- (1967): Los villancicos de mi catedral. Cuenca: Diputación Provincial.
- (1968a): Cuenca en volandas. Prólogo de Gerardo Diego. Cuenca: Diputación Provincial.
- (1968b): Cuenca, tierra de sorpresas y encantamientos. León: Everest.
- (1979): Poesía. Edición de Carlos de la Rica. Carboneras de Guadazaón (Cuenca): El toro de barro.
- (1981): Prosa I. Edición de Carlos de la Rica. Carboneras de Guadazaón (Cuenca): El toro de barro.
- (1983): Prosas conquenses II. Edición de Carlos de la Rica. Carboneras de Guadazaón (Cuenca): El toro de barro.
- (1989): Pequeña antología, homenaje al poeta tributado por la Sección de Farmacia del Ateneo de Madrid. Prólogo de Carlos María Pérez-Accino. Madrid: Consejo General de Colegios Farmacéuticos.

MUÑOZ SOLIVA, Trifón (1860): Noticias de todos los Ilmos. Señores Obispos que han regido la Diócesis de Cuenca, aumentadas con los sucesos más notables acaecidos en sus Pontificados y con muchas curiosidades referentes a la Santa Iglesia Catedral y su Cabildo y a esta ciudad y su provincia. Cuenca: Imprenta de Francisco Gómez e hijo. (Existe edición facsímil. Cuenca: Diputación Provincial, 2002).

OLONA DE ARMENTERAS, José María (1995): Cuenca siempre. Guadalajara: Aache.

ORS, Eugenio d' (1990): "Cuenca", en ORS PÉREZ, Juan Pablo d'; y ORS FÜHRER, Carlos d' (eds.), Mis ciudades. Madrid: Libertarias. pp. 189-190.

PÉREZ-ACCINO, Carlos María (1989): "Prólogo", en MUELAS, Federico (1989): Pequeña antología. Madrid: Consejo General de Colegios Farmacéuticos.

PÉREZ-RIOJA, José Antonio (1980): La literatura española en su geografía. Madrid: Tecnos.

RICA, Carlos de la (1963): "Cuenca en el telar de Federico Muelas". Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 160, abril: pp. 110-113.
- (1979): "Prólogo", en MUELAS, Federico, Poesía. Carboneras de Guadazaón (Cuenca): El toro de barro. pp. 9-20.
- (1983): "Prólogo: Cuenca en el telar de Federico Muelas", en MUELAS, Federico, Prosas conquenses II. Carboneras de Guadazaón (Cuenca): El toro de barro. pp. 9-15.

RICA, Carlos de la y DOMÍNGUEZ MILLÁN, Enrique (1972): Setenta años de poesía en Cuenca. Carboneras de Guadazaón (Cuenca): El toro de barro. TORRES, Raúl (1977): Guía secreta de Cuenca. Madrid: Al-Borak.

UNAMUNO, Miguel de (1966): "Cuenca ibérica", en Obras completas, I: Paisajes y ensayos. Edición de Manuel García Blanco. Madrid: Escelier. pp. 645-647.

VV AA (1975): Cuenca, núm. 7, suplemento extraordinario dedicado a Federico Muelas. Cuenca: Diputación Provincial.  


[1] Podría llegar a pensarse que tal afirmación tiene su origen en el orgullo conquense, pero el viajero que se acerque a la ciudad podrá corroborar cuánto hay de cierto en ello. En verdad Cuenca es única: sirva como ejemplo que en pocas ciudades más -ninguna, al menos en España- pueden hallarse edificios con quintos pisos que son, a su vez, la planta baja, si se entra por la calle superior. Muchos de estos edificios adoptan, además, formas extrañas, debido a que en su construcción se empleó madera de sabina albar, incorruptible y de una dureza extraordinaria; aunque con los años se contrae, arrastrando consigo toda la construcción. No dejaría de resultar curioso que se denomine "cuenca" al terreno por donde discurre un río, si no fuese porque en Cuenca no hay uno, sino dos -Júcar y Huécar- que, con su incesante labor de erosión, la elevan sobre los peñascos. Camilo José Cela (1978: 474) -que no era precisamente conquense- afirmaba que en Cuenca "Ni es cierta la plomada. Ni es Newton verdad. Ni es exacto Descartes. Ni la escuadra y el cartabón". Y si todavía le quedase algún resquicio de duda al intrépido viajero, dicho lema aparece por doquier en los numerosos souvenirs que se venden en las zonas más turísticas de la ciudad.

[2] Del siglo XIX, destaca por su riqueza de contenidos la obra de Trifón Muñoz Soliva (1860). Se trata de una excelente monografía de ámbito conquense que recoge multitud de hechos históricos, sucesos y anécdotas, además de muchos datos realmente interesantes.

[3] La denominación no puede ser más precisa, pues aparte de estar situada a una altitud cercana a los mil metros sobre el nivel del mar, sus primitivos habitantes aprovecharon al máximo el escaso espacio que les concedía la naturaleza, y en última instancia se atrevieron a desafiar al vacío, edificando en el mismo borde de los riscos, literalmente compartiendo el espacio vital con las aves rapaces. Este rasgo -como tantos otros- confiere a Cuenca un aspecto insólito dentro del paisaje urbano español.

[4] La nómina de escritores que han mostrado querencia hacia la ciudad de Cuenca, como dijimos, es amplia. A los autores ya citados, podríamos añadir los nombres de Eugenio Noel, Demetrio Castro Villacañas, Luis Crespo, Pedro de Lorenzo, Alfonso Martínez-Mena, César González Ruano, Meliano Peraile, Luis Calvo, Raúl Torres, Juan Ruiz Garro, José Ángel García y José Luis Muñoz, entre otros. Buena cuenta da de algunos de ellos y resulta de especial interés -aunque ya han pasado algunas décadas desde su publicación- la antología Setenta años de poesía en Cuenca, editada por Carlos de la Rica y Enrique Domínguez Millán (1972). Del citado Raúl Torres destaca, por su abundante información y rigor, la nada convencional Guía secreta de Cuenca (1977).

[5] No en vano, escribió Eugenio d'Ors que "encantada y, por artificios de hechicería está toda esta ciudad, el corazón de esta ciudad. Cuenca es bien extraño lugar del mundo. Hoy si el mundo la ignora, ella le paga en la misma moneda" (Ors 1990: 189).

[6] Desde la farmacia que regentaba en Madrid, en la Calle de Gravina 13, dirigió una serie de tertulias de carácter literario-farmacéutico, que él denominaba "tertulias de la rebotica", y a las que asistían asiduamente importantes escritores de la talla de Cela, d'Ors, García Nieto, Sánchez Mazas, etc., así como numerosas celebridades de la farmacopea. Para una profundización en el tema, resulta indispensable la consulta de la Tesis Doctoral de Ángel del Valle Nieto, titulada La farmacia en la poesía. Dos generaciones de poetas: León Felipe y Federico Muelas, publicada en Madrid por la Universidad Complutense (2004).

[7] Pese a que nos ha dejado bastantes publicaciones, parte de su obra permanece inédita y, en el peor de los casos, perdida. Muelas era muy dado a escribir poemas que luego regalaba, sin preocuparse siquiera de guardar una copia.

[8] En cierta ocasión -relata Arias Solís (2007)-, Muelas pronunció un pregón navideño en un convento de Madrid. Lo hizo con tanto entusiasmo, que empleó muchísimo más tiempo del que en principio disponía. Al año siguiente, otro poeta, en recuerdo del anterior pregonero, le dedicó estos versos: "En el portal de Belén / habló Federico Muelas. / Al terminar, las pastoras / eran ya todas abuelas". El poeta conquense era muy solicitado a la hora de llevar a cabo este tipo de discursos. En la Semana Santa de Cuenca, casi siempre a través de los micrófonos de RNE, pronunció al menos diez pregones entre 1945 y 1968 (vid. Calvo Cortijo 1992: 272-302).

[9] Estando próxima la fecha de publicación de este artículo, he tenido noticia de la existencia de una tesis doctoral que lleva por título Estudio de la poesía de Federico Muelas. Su autor es Alfredo Muela Calero y llevó a cabo su defensa en la Facultad de Filología de la Universidad de Castilla La Mancha, en el año 2000, obteniendo la calificación de "sobresaliente cum laude". Esta tesis permanece inédita y no he tenido el tiempo suficiente para poder consultarla. Quede aquí constancia de ello y del deseo de su pronta publicación.

[10] Se trata de una excelente guía turística, que recoge numerosos ejemplos poéticos del autor. Está traducida a varios idiomas e incluye numerosas ilustraciones, de mediados de siglo, de los lugares "mágicos" de Cuenca, que inspiraron tantos textos del maestro.

[11] A las obras ya citadas, podemos añadir: La reina loca: drama de amor y celos, en dos partes y cinco actos -en colaboración con Jesús Vasallo- (1958), Tesorillo de pobre (1962), Sorpresa de España (1962), Bertolín, una, dos... ¡tres! (1962), El niño que tenía un vidrio verde (1963). Póstumas, y como consecuencia de diversas aportaciones, aparecieron Goñi (1975), Los cuentos de Contrebia (1978), Poesía (1979), Prosa (1981), Prosas conquenses (1983), Cuentos de Navidad (1981), Poemas de Federico de Cuenca (1985), Mito: la piedra que habla (1987), Pequeña antología (1989) y Cancionerillo de Altea (1994).

[12] Según nos confiesa Carlos de la Rica (1979: 15), Federico Muelas tuvo la ilusión de ver esta obra grabada en algún risco del paisaje, hecho que ni se llevó a cabo en vida del poeta ni tampoco en la actualidad.

[13] Este árbol, que es muy abundante en Cuenca, por su talle, ha sido a veces metáfora de los famosos nazarenos que desfilan en las procesiones de la Semana Santa conquense. Véase por ejemplo el poema titulado "Procesión en Cuenca": "Dime, chopo soñador, / nazareno de la orilla [...]" (Muelas 1964: 59).

[14] En realidad, Muelas dirige su canto a muchas profesiones. Haciendo uso de un antiguo giro popular, solía titular estos poemas como "Villancico que llaman de...". Aquí caben boticarios, alfareros, cristaleros, canasteros, sastres, picapedreros, titiriteros, herradores, molineros y, por supuesto -siendo él farmacéutico- quienes regentan los herbolarios (vid. Olona de Armenteras 1995: 131-135). Existe también un soneto a un vendedor de sandías, aunque bien es cierto que se refiere al caluroso verano de Madrid (VV AA 1975: s/p).

[15] Es la famosa "Décima con pretensiones lapidarias para las Casas Colgadas". Por su interés, la reproduzco: "Ved por los predios del viento, / paso a paso, la argamasa. / El ala pasa y repasa / y no se explica el portento. / ¡Sin plumas y sin cimiento / Casas en vuelo!... / La cal / se la vuelto loca. El cristal / del río mira. Y las nubes. / Rodeado de querubes, / Dios en su alto barandal" (Muelas 1968a: 83).

[16] En el mes de abril de 1902, como consecuencia de unas obras, se derrumbó el campanario conocido como "El Giraldo" y una parte de la fachada, llevándose consigo la vida de seis personas. Posteriormente, bajo la dirección de Vicente Lampérez, se llevó a cabo su reconstrucción en estilo neogótico, inspirada en la Catedral de Reims. En esa etapa escribe Muelas en su romancillo "Catedral de los años veinte": "Catedral aquella / de mis años mozos. / [...] El templo entre andamios, / dorado, ruinoso. / Carretas que arrastran / lentos bueyes rojos / con bloques de piedras. / Canteros monótonos. / Torrente del órgano / los días gloriosos [...]" (Olona de Armenteras 1995: 20).

[17] Su profunda convicción religiosa no mermó nunca su afán y su interés por los temas "misteriosos". Le fascinaba, por ejemplo, hablar de los muertos. En su día, mostraba su malestar por el traslado de los restos del viejo cementerio de San Isidro a otro lugar nuevo, ubicado en un paraje que, según el propio poeta, nada tiene que ver con Cuenca (Muelas 1983: 299-314). En sus esporádicas incursiones por el viejo cementerio, tomaba nota de las inscripciones grabadas en piedra que consideraba significativas. He aquí un ejemplo de amor conyugal, que muestra el dolor de una mujer que ha perdido a su esposo: "Tu consorte leal y cariñosa / que cubriste de duelo y de tristeza, / llora por ti, con llanto y amargura, / al pie postrada de tu fría losa" (Muelas 1983: 302).


CARRASCOSA ORTEGA, Marcial (2009): "Simbiosis entre ciudad y poeta: Cuenca y Federico Muelas" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 1, núm. 1. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen01-1/textos01.htm. ISSN: 1989-4015

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