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Éticas del deambular: diálogo entre urbanismo y mirada en algunos textos de la poesía reciente
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Ana Gorría Ferrín
anagorria@gmail.com

Resumen
A la hora de decidir escribir un artículo sobre el tema de la ciudad en las artes, he de reconocer que he querido centrar mi atención en algunas de las manifestaciones más recientes de las actuales poéticas. Para ello, todos los textos que he escogido son de muy reciente publicación pero responden a poéticas avaladas por la recepción crítica. El método de análisis que propongo parte de El pensamiento del afuera y Sobremodernidad. Del mundo de hoy al mundo de mañana, dos estudios fundamentales de Foucault y Marc Augé. El objetivo de este trabajo es leer estos poemas, como epítome de las nuevas formas de representación y simbolización del espacio en la más estricta contemporaneidad.
Palabras clave: poesía, Esperanza López Parada, Guillermo López Gallego, Sandra Santana, posmodernidad.

Title: Ethics of sauntering: the dialog between urbanism and voice in some texts of recent poetry
Abstract
In deciding to write an article on the topic of the city in the arts, I must admit that I wanted to focus my attention on some of the most recent manifestations of the current poetics. To this end, all the texts that I have chosen are of very recent publication, but respond to poetics endorsed by critical reception. The method of analysis that I suggest stems from El pensamiento del afuera and Sobremodernidad. Del mundo de hoy al mundo de mañana, two pivotal studies by Foucault and Marc Augé. The purpose of this article is to read these poems as the epitome of new forms of representation and symbolization space in the strictest contemporaneity.
Keywords: poetry, Esperanza López Parada, Guillermo López Gallego, Sandra Santana, posmodernity.

Índice
1. Introducción
2. Afueras
3. Atenciones y dis-tracciones en la ciudad contemporánea

1. Introducción

Los poetas sobre los que me voy a ocupar en esta revisión de la representación de la ciudad moderna -o sobremoderna, si tenemos en cuenta la terminología de Augé- son, por orden alfabético: Guillermo López Gallego, Esperanza López Parada y Sandra Santana. En concreto, mi propósito es llevar a cabo un análisis de los libros más representativos a estos efectos de estos autores: Los tres días, La rama rota, El faro y Es tan frágil el verbo. Todos estos poemarios, a pesar de que su importancia no se puede circunscribir únicamente al tratamiento simbólico del espacio, van a representar una nueva disposición en las relaciones entre el ser humano y la ciudad.

La poesía de Esperanza López Parada tiene como fundamentación a lo largo de su trayectoria, una articulación basada en la dialéctica, en la asimilación de contrarios. Como indica en uno de los poemas pertenecientes a La rama rota: "Lo real existe en la juntura, en la línea / cabal que lo circunscribe y anima" (López Parada 2006). Es la de Esperanza López Parada una poesía que tiende a la indagación en lo real, una poética que parte de lo cotidiano para trascenderlo y aumentar sus posibilidades de significación.

La poesía de Esperanza López Parada, propone -y hay una evolución en la dinámica de las relaciones entre el sujeto y su entorno que llega a su culminación con el hasta ahora su último libro: La rama rota- una serie de símbolos espaciales que se relacionan con el concepto contemporáneo de ciudad: desde la relación inter-vecinal en las grandes ciudades, como el episodio de Los tres días, hasta poemas como "La tarea", perteneciente al libro El encargo, donde los símbolos cotidianos de lo doméstico son trascendidos y puestos al servicio de la indagación del sentido de la existencia. En su último poemario publicado, La rama rota, la simbolización espacial, al margen ya del concepto de ciudad sugiere una sensibilidad en la que, como nos indica Javier de Navascués, cada cosa es en la medida en que está situada en un lugar.

El libro de Guillermo López Gallego, El faro, tiene una articulación textual-estructural alrededor de la idea de este objeto espacial. Aunque en apariencia el faro queda fuera, como "cliché marítimo", como sugiere el autor del poemario en uno de sus poemas, hay que hacer constar que este motivo se pone al servicio de la estructura con el fin de presentar una visión simultánea de diferentes referentes espaciales. La totalidad de la diversidad de espacios se presenta así como un rasgo unitario, en el que redunda el sentido del libro, pese a la fragmentación tanto sintáctica como estructural que pudiera sugerir una primera lectura.

El último texto sobre el que realizaré mi análisis es Es tan frágil el verbo de la poeta Sandra Santana. En este caso, es posible encontrar otro tipo de trazados en lo real. Así, en este libro el espacio tiende a difuminarse -nunca a devaluarse, como veremos- en los textos más pertinentes a estos efectos. El movimiento, la relación entre el sujeto y su entorno, cabe dentro de las categorías de lo imaginario, un concepto muy específico cuya iluminación se encuentra dentro de alguno de los postulados de diversos autores recientes como Foucault, Lacan o Slavoj Žižek. Como hemos visto, en todos estos autores hay un lugar eminente dedicado al espacio, a la ciudad. Con mayor o menor presencia, pero de indudable pertinencia en la poética de estos autores para transmitirnos no sólo una representación figurativa de nuestro entorno, sino también para mostrarnos, de forma ostensiva, las relaciones que con éste se establecen y que tienen, en consecuencia, una carga ética, una propuesta antropológica y una visión que concierne a los plantemientos de la sociedad en la que nos movemos.

2. Afueras

A pesar de que la ciudad ha sido siempre un motivo recurrente en la literatura, el contexto a través del que los personajes y las voces hallan su ser, es posible decir -dado lo vasto de su aportación en esta materia- que sólo, en mayor o menor medida, deja de ser pre-texto para la exhibición o medio para el desarrollo de la misma con la aportación de Baudelaire. El poeta francés, en su libro fundacional Spleen de Paris, abre uno de los grandes caminos -no exclusivo- que explorará la posterior lírica moderna en sus relaciones con lo inmediato, que articulará el eje epistemológico entre sujeto y mundo. Otros autores, como Pessoa, Kavafis, Rilke, Ungaretti, Larkin o Bertol Brecht, han proseguido la línea inaugural de Baudelaire y su Spleen, proponiendo en las diversas manifestaciones de su poesía nuevas modulaciones de la ciudad y en consecuencia nuevas formas, lo hace toda la gran poesía, de concebir al ser humano en las relaciones con su entorno. Dentro de estas modulaciones, tal y como hemos justificado en la descripción precedente del corpus, hemos de situar a los poetas que ahora nos competen. La elección no sólo depende de su excelencia estética, ni de su dedicación al motivo de la ciudad tanto real como soñada. La mirada que proyectan es especialmente significativa dada la tradición en que se imbrican; una tradición que, desde Baudelaire en la literatura universal, hasta las recientes poéticas asociadas a la Nueva Sentimentalidad, empeñadas en "llevar a cabo la programación del hombre contemporánea", centra su atención en la situación del hombre en la ciudad moderna. El empeño de los autores que motivan la comunicación de este artículo está en la misma línea que la de sus mejores predecesores, como vengo repitiendo de forma constante a lo largo de esta argumentación. Para demostrarlo y llegar a la conclusión de este artículo, considero que lo más conveniente es plantear un análisis específico, a partir de un seguimiento inductivo, de algunos de los textos en relación con los autores que nos interesan.

3. Atenciones y dis-tracciones en la ciudad contemporánea

Los diferentes textos que hemos propuesto para el análisis parten de una relación muy definida con el espacio ciudadano. ¿Son poemas por ello cívicos? En primer lugar, hay que destacar que cabe para todos sus autores la etiqueta de poetas ciudadanos, dado que para ellos, como refiere Dionisio Cañas, es poesía de la ciudad toda aquella que refiere las relaciones entre un sujeto lírico y un objeto formado por el espacio urbano y sus habitantes. En el caso de Esperanza López Parada, encontramos una poesía en la que el espacio está fuertemente simbolizado, como concluimos anteriormente con Javier de Navascués. El deambular de los individuos en ese espacio urbano tiene una lectura claramente existencial, donde el espacio urbano se asimila a la propia condición del ser en las ciudades modernas: "La plaza se sigue / en soportales que contienen con arcos / su infinito. Voy y vengo y digo adiós" (López Parada). La idea de inercia, de ruptura de la causalidad por ausencia de esta misma, se manifiesta en el poema que está al límite de la denuncia de la enajenación y del sinsentido de la existencia, imbricado en la mecánica de la rutina. El poema es susceptible de ser leído en una clave ética, dado que su estructura evoluciona del yo al nosotros, en ese proceso de exponer y asimilar la enajenación de la vida urbana en plazas cerradas y proyecciones infinitas en las que el sujeto aparece extraviado. A ese extravío del sujeto, puesto de manifiesto por autores como Michel Foucault, responde la autora en el discurso compartiendo la crítica de la enunciación del filósofo francés:

El intercambio y la comunicación son figuras positivas que juegan en el interior de sistemas complejos de restricción; y, sin duda, no sabrían funcionar independientemente de éstos. La forma más superficial y más visible de estos sistemas de restricción la constituye lo que se puede reagrupar bajo el nombre de ritual; el ritual define la cualificación que deben poseer los individuos que hablan (y que, en el juego de un diálogo, de la interrogación, de la recitación, deben ocupar tal posición y formular tal tipo de enunciados); define los gestos, los comportamientos, las circunstancias, y todo el conjunto de signos que deben acompañar el discurso; fija finalmente la eficacia supuesta o impuesta de las palabras, su efecto sobre aquéllos a los cuales se dirigen, los límites de su valor coactivo. (Foucault 1992: 24)

En esta emancipación de la propia referencia, inminentemente de raigambre ética como hemos señalado en esa fluctuación del yo al nosotros, sustenta Esperanza López Parada el poema para llegar a ese espacio neutro, consignando el espacio vacío que supone la existencia:

Lo real existe en la juntura, en la línea cabal que lo circunscribe y anima. Ya que el perfil ahonda los volúmenes y el horizonte es hoy campo de batalla que extiende sus armas en el plano, sobre él, en fuga, somos sólo relieve. (López Parada)

En la propia relación del sujeto con su entorno, surge la posibilidad de lo neutro como forma de desbaratar el paradigma de la existencia mecánica, subrayada por la fórmula reiterativa del saludo y de la despedida en el espacio de las plazas. Frente a esa mecánica, surge la posibilidad de la emancipación de la repetición, tomando conciencia, prestando atenciones a la realidad y, sobre todo, asumiendo una posición dialéctica ante ésta, aunque lo cotidiano sea, como quería Blanchot, un espacio en fuga, tal y como refiere a propósito de Simone Weill:

Simone Weil escribe: "El deseo es imposible", y ahora comprendemos que el deseo, precisamente, es esta relación con la imposibilidad, esto es, la imposibilidad que se convierte en relación, la misma separación, dentro de su absoluto, que se vuelve atrayente y toma cuerpo. (Blanchot 1970: 92)

Esta asunción implica, en la poesía de López Parada -y por extensión, del resto de poetas que comentaré posteriormente-, una poesía deliberadamente asentada en las superficies, encarnadas en la relación que el sujeto poético mantiene con su entorno, todos relieves en ese plano sin sentido que parece ser la propia condición humana en la urbe contemporánea. Esta idea aparecía ya en el poema que trata el mismo motivo del libro El encargo, "Las cosas parecen fáciles aunque nunca lo sean", pero sin la solución dialéctica que propone la autora en el poema revisado. La propia mirada llega a ser un "lugar dentro de lo visible" capaz de emanciparse en esa asunción de lo insignificante en el diálogo con lo cotidiano, el urbanismo, la distribución espacial de la propia habitación. El diálogo que acaece entre la mirada y los objetos se resuelve en una confusión de planos, "la cosa que siente" en palabras del filósofo Mario Perniola. La suspensión del juicio, el aburrimiento, eran, parafraseando las palabras de Heidegger en ¿Qué es metafísica?, la única experiencia de la nada que el hombre conoce. Ante la posibilidad de la alienación ante el mundo, ya no moderno sino sobremoderno, en palabras de Marc Augé, Esperanza López Parada propone, como hará el resto de los autores, un movimiento de diálogo entre el sujeto y el objeto, un intercambio de naturaleza dialéctica, como se observa en los textos ofrecidos, que tiene en última instancia el fin de constatar la desubicación del ser humano contemporáneo. En El faro de Guillermo López Gallego, único poemario del autor hasta la fecha, nos encontramos con una serie de poemas en los que el espacio se constituye en el símbolo tal vez más importante del libro. Pero a diferencia de las autoras anteriores, en la poesía de López Gallego, dado que nos encontramos ante una sucesión de imágenes que se superponen en la mirada del poeta -como indicó Alberto Santamaría recientemente en el Diario Montañés (Santamaría 2008)-, vamos a asistir a un lenguaje que se presenta como análisis en sí mismo de la realidad. En El faro, los poemas se presentan en tercera persona, sólo queda la mirada del poeta. La relación del individuo con su entorno, la ciudad inmediata presentada no de forma triunfalista y orgánica sino de acuerdo con la estética de la fragmentación que se propone en estos textos de imágenes dislocadas y sentidos yuxtapuestos, se basa en la dislocación y la yuxtaposición que se sostienen en la mirada del poeta. La relación que mantiene la propia mirada con su entorno inmediato es la del extrañamiento, la de cierto desasosiego, que se refleja en una serie de puntualizaciones ambientales, como en el poema "Atardece sobre la bahía". El espacio que sugiere Guillermo López Gallego trasciende lo soñado para mostrarse como un espacio de irrealidad, próximo a los ambientes fantasmales de La Tierra Baldía. Entes sostenidos por la irrealidad, donde las imágenes se acumulan por la suma desasosegada. La relación entre los individuos y su entorno se presenta como una línea disruptiva propuesta en términos de fatalidad y de inadecuación: "Por fatalidad del urbanismo, / la fachada se alza ajena / a su alrededor" (López Gallego 2008). La enajenación que planteaba Esperanza López Parada en esa mecánica iterativa de lo cotidiano, también está presente en estos poemas, pero se resuelve a través de una declaración de la violencia que constriñe los límites del individuo, reduciendo su movimiento a cosa: "el grave reloj de la estación / da la hora, una madre / amamanta a su bebé" (López Gallego 2008). Como en los poemas de Esperanza López Parada, surge el espacio de la atención; pero esta atención es desasosegante, sin ninguna presentación dialéctica que pueda remover esa aniquilación del sujeto. Los espacios son los del no-lugar, como en este poema, en el que la mirada poética presenta el análisis de una serie de soledades que poco tienen que ver, en su relación con el entorno, con la concepción moderna de soledad, ya que la sensación de irrealidad tiene mucho que ver con las lógicas del no-lugar. Espacios que niegan el adentro y el afuera, la confusión de las identidades: "La chica mira la ventana / del autobús nocturno, / observando su propio reflejo" (López Gallego 2008), en ese espacio fantasmal que se constituye alrededor del faro. El movimiento en este caso participa también de ese espacio disruptivo al que la mirada poética es incapaz de ofrecer sentido, y que se muestra como suma, acumulación sin ninguna lógica aparente que lo promueva. Como última muestra de la más reciente poesía que cabe llamarse "de la ciudad", aunque el término no es excluyente a la hora de tratar a estos autores, hay que tener en cuenta las aportaciones de Sandra Santana. Como la de Esperanza López Parada, tal vez sea la poética más crítica con su entorno inmediato y donde el espacio de la ciudad cobra, en consecuencia, una desarticulación que es muy cercana a los presupuestos nocionales que propone Augé en sus tesis sobre los espacios del anonimato. En los poemas de Sandra Santana, existe el propósito de iluminar las relaciones que presume el sujeto poético con su entorno, aniquilador, desasosegante, fantasmal, como hemos visto en los textos revisados con anterioridad. El spleen, en consecuencia, que sostiene todos estos textos se ve amplificado por la noción misma de anonimato. En el poema de Sandra Santana "Mañana de domingo en el museo arqueológico", el lugar que se propone -museo arqueológico- no se encuentra dentro del inventario de los no-lugares que contemplara Augé entre los espacios de circulación, consumo y comunicación. No obstante, cabe leer este poema, precisamente, como un diálogo entre el lugar y el no-lugar. El museo es el no-lugar del arte, de la historia enterrada, de los yacimientos, de los restos de la antigüedad. El hecho de que la autora haya escogido plantear su texto como "una mañana de domingo en el museo arqueológico" conlleva signos de liberación frente a lo cotidiano y a la inercia habitual que vienen denunciando estos autores en sus textos. No obstante, el propio ejercicio de liberación, y tal vez la asimilación con los espacios que se nombran después, denuncia al mismo tiempo el arte como espacio de consumo, de ocio. En este poema, tanto el museo arqueológico como los expositores de papelería, cosmética y alimentación aparecen, en virtud de la coordinación textual, subordinados al mismo fin. El efecto que tienen sobre el sujeto, presentado en términos de alma, es el de la dispersión: "mi alma / dispersarse / gozosa en estanterías y escaparates" (Santana 2008). Tal y como afirma Augé, estos no-lugares se yuxtaponen, se encajan, y por eso tienden a parecerse: los aeropuertos se parecen a los mercados. La estructura del texto de Sandra Santana nos indica que los museos tienen una estructura parecida a la de las grandes superficies comerciales. En "La legítima aspiración del hombre actual a ser reproducido", está presente la misma raigambre, dado que se presentan las relaciones entre el sujeto poético y la comunidad que le rodea como algo proclive a la enajenación e incluso a la cosificación, en el no-lugar: "Cualquier calle poco iluminada o una estación / de metro solitaria" (Santa 2008).

Al hablar del espacio estamos naturalmente inducidos a hablar de la mirada, no sin identificar, a este respecto, un peligro, un riesgo. Toda superlocalización conlleva el peligro de ignorar a los otros, los del exterior inmediato, de desimbolizar, en este sentido, la relación social y, más aún, de obviarla por tener sólo acceso, a través de las imágenes, a un mundo soñado o fantaseado. Lejos de reservar este riesgo sólo a nuestros suburbios, pienso que es el riesgo de todos en distintos grados. (Augé 1999)

Más allá del flâneur, todos los poetas propuestos en este artículo nos advierten de los riesgos que denuncia Augé y proponen su poesía no sólo como testigo de esta superlocalización, sino también como un diálogo con la realidad y con el otro, el individuo exterior, capaz de exponer y neutralizar por la fuerza y con la solidez estilística y estética de sus enunciados las drásticas consecuencias de esta superlocalización. Las éticas del deambular, que también encuentran un correlato en la divagación del propio pensamiento, frente a los espacios cerrados, del anonimato, son las que se afirman en estos poemas.  


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