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feediconRSS Vol.2, núm.2grisAR2010 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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La penúltima Lisboa: el espacio urbano de la capital portuguesa en la segunda mitad del siglo XIX
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Elías SERRA

Universidad Complutense de Madrid
eliaserra@yahoo.es

Nas nossas ruas, ao anoitecer
Há tal soturnidade, há tal melancolia,
Que as sombras, o bulício, o Tejo, a maresia,
Despertam-me un desejo absurdo de sofrer.
Cesário Verde, O sentimento dum occidental
(1880)

Resumen
Nos acercamos al nuevo imaginario de la capital portuguesa, de la mano de los españoles que la visitaron en las décadas finales del siglo XIX; una ciudad que creció a imagen y semejanza de las grandes urbes europeas y de lo que se entendía por modernidad urbanística: ensanches (el Paseo Público, Aterro, las nuevas Avenidas...), nuevos barrios o la ornamentación del espacio urbano. Ello nos permite observar cómo la ciudad creció sin destruir las Lisboas anteriores, así como reflexionar sobre la ideologización del espacio urbano, ensanchado en un proceso de industrialización y que suponía el nacimiento de la nueva ciudad capitalista.
Palabras clave: Lisboa, siglo XIX, modernidad, crecimiento urbanístico, ideologización.

Title: The penultimate Lisbon: the urban space of the Portuguese capital in the second half of the nineteenth century
Abstract
We approach the new imagery of the Portuguese capital in the hands of the Spanish who visited her in the final decades of the nineteenth century; a city that grew in the image and likeness of major European cities and what was meant by urban modernity: wider streets (Public Walkways, Aterros, new avenues...) new neighbourhoods or the ornamentation of urban space. This allows us to see how the city grew without destroying the previous Lisbons and reflect on the ideology of urban space, widened in the process of industrialization and that meant the birth of the new capital city.
Keywords: Lisbon, XIX century, modernity, urban growth, ideological.


Hay ciudades que arrastran tras de sí una tan larga, intensa y legendaria historia, que quien pretende acercarse a ellas con ingenuidad puede tropezar con un muro insalvable en forma de retahíla de lugares comunes tejidos a lo largo de los tiempos por nubes de panegiristas, esos tópicos que configuran el intertexto inevitable de la creación, "ese mosaico de citas" más o menos feliz del que habla J. Kristeva, tópicos en el peor sentido del término aunque, eso sí, muy cómodos para los descriptores profesionales de espacios urbanos, que se ahorran de esa manera mayor observación, análisis o reflexión sobre el espacio encarado. Lisboa bien puede considerarse un caso paradigmático de lo que decimos.

En efecto, decir Lisboa es verse asaltado por un imaginario archiconocido y repetido: Lisboa es la ciudad blanca (que no lo es tanto como nos hiciera creer Tanner), es la magia del Tajo, la luz, la ciudad moruna y sus callejuelas, el sentimiento en sus conocidas variantes, sea la famosa saudade, la contenida fidalguia, el fado y su triste soturnidade melancólica, la alegría junina, la modernidad pombalina del siglo XVIII. Y ahí, con mayor o mejor fortuna, se suelen estrellar tantos visitantes o viajeros.

Así pudo suceder también, y sucedió en parte, con quienes tomaron la pluma para describir la capital portuguesa de la segunda mitad del XIX, la que hemos llamado "la penúltima Lisboa", ejemplo de ciudad europea periférica que se embarcaba en el proceso de industrialización, al modo de Londres o París, con todo lo que ello suponía para la transformación del espacio urbano.

En este artículo [1] me propongo mostrar la imagen de esa Lisboa del siglo XIX en su segunda parte, inmersa en el movimiento del desarrollismo industrializante del continente, cuando todo cambiaba y el urbanismo también, con nuevos criterios, nuevos modelos de convivencia, nuevas necesidades, con algunas características sobresalientes que ya podemos resumir aquí ahora: la necesidad, por ejemplo, de ensanchar los espacios urbanos debido al crecimiento de la población [2] y en lo que también importaba un nuevo valor social-urbano: el cuidado de la salud a través de la higiene, valor capital a partir de entonces después de siglos de ciudades europeas insalubres. La necesidad de viviendas para la creciente nueva clase obrera, que dio origen a nuevos barrios, o la presencia en las calles de los nuevos medios de transporte colectivo. Todo ello fue configurando un nuevo espacio lisboeta, que se adaptaba a las funciones y modos urbanos del nuevo ciudadano de la época.

Y nos proponemos hacer nuestro recorrido describiendo y valorando la imagen que tuvieron o se hicieron de Lisboa (y por extensión de Portugal, como país y como "tema") los españoles de la segunda mitad del siglo XIX que a ella viajaron alguna vez por uno u otro motivo y por la que, desde luego, mostraron interés y aun afición: un interés que creemos que compartió durante esos años cierta clase de españoles que de forma muy general podemos caracterizar de cultos, liberales, preocupados por el interés común, inquietos, razonables y curiosos más allá de las bardas del propio corral. Actitud no demasiado generalizada entre su compatriotas (entre ellos son frecuentes los lamentos al respecto) y que, por otra parte, se nos antoja no demasiado diferente a lo que tal vez está sucediendo en estos últimos años nuestros y que parece acrecentarse paulatinamente: esa especie de acer-camiento de los dos países que, en los grupos sociales indicados, va más allá de la retórica oficial de encuentros políticos, congresos, declaraciones institucionales y Exposiciones Universales. Y que demuestra un interés, una afición por lo portugués y por Lisboa que, como decimos, quizá no sea muy diferente al que tuvo cierta clase de españoles de la segunda mitad del siglo XIX y que personifican gentes como Valera, Baz, G. Calvo Asensio, Giner de los Ríos, Alcalá Galiano, la Pardo Bazán o el mismo Galdós.

Son, los textos de estos autores, localizables, latu sensu, en el marco de ese género multiforme que es "la literatura de viajes"; recordar aquí brevemente sus principales rasgos consideramos que no será impertinente.

Carrizo Rueda (1996), en su "Morfología y variantes del Relato de Viaje", propone la siguiente definición del libro de viajes: "Se trata de un discurso narrativo-descriptivo en el que predomina la función descriptiva como consecuencia del objeto final que es la presentación del relato como un espectáculo ideal, más importante en su desarrollo que en su desenlace. Este espectáculo abarca desde informaciones de diversos tipos hasta las mismas acciones de los viajeros".

Como se ve, la autora llega a la definición primordialmente desde una dimensión morfológica, pero sin olvidar la sintaxis del plano del contenido y teniendo muy en cuenta también la dimensión pragmática, que condiciona todo discurso literario, y destaca los siguiente rasgos: "la importancia medular de la descripción", con integración de lo documental informativo (informaciones geográficas, históricas, etnográficas, reflexiones, historias intercaladas) en lo literario y el apoyo en intertextos o tópicos literarios. Predominio de la descripción se manifiesta con dos posibles formas: acumulativa (la que más abunda; más diríamos: repetitiva sobre los mismos motivos y en la mayoría de los viajeros) y distintiva (el famoso "color local", en la mejor tradición romántica, a lo Gautier, que se concreta en nuestro autores en la descripción de tipos y costumbres lisboetas).

Añadamos a ello que respecto al viaje moderno, E. Popeanga (1996) alude también a la integración paulatina de elementos del discurso de ficción en los libros de viajes, lo que llega a ser uno de sus componentes básicos junto con la individualización, que es para la misma autora lo que distingue este texto moderno del medieval y renacentista.

Otra característica es la intención didáctica, patente en tantos autores, que conciben en buena medida sus escritos como una forma de enseñar y, de paso, invitar al lector al conocimiento de lo que se considera digno de ser un espacio perceptivo y perceptible. Ello implica la semiotización o ideologización, tan frecuente y también inevitable en mayor o menor grado. Este aspecto lo consideramos primordial para comprender la visión que de esa Lisboa nos legaron, por encima de los ya muy recordados lugares comunes, los españoles que vivían un tiempo histórico fuertemente ideologizado. Pongamos algún ejemplo.

Cuando el muy monárquico y muy conservador Rada y Delgado hace la crónica de una de las visitas de los Reyes de España a Lisboa hubo de pasar necesariamente, camino de Palacio de Belém, por el barrio de Alcántara, "donde se propagan más las ideas republicanas", dice con dolor indisimulado.

En el lado opuesto, Gonzalo Calvo Asensio, prototipo del escritor periodista y político liberal, republicano, septembrista de los días de La Gloriosa, anticlerical... y con sus gotas de puritanismo en lo que toca a las costumbres. No es de extrañar que se emocione ante la contemplación de la figura de Pombal, "el fiero enemigo de los jesuitas, el invencible domeñador de nobles".

Otro rasgo sobresaliente en el modo de mirar del viajero de la época es, en la línea de lo que estamos describiendo, una tendencia curiosa a compaginar en sus observaciones lo que podríamos llamar la emoción romántica, el éxtasis contemplativo, muy lírico, al lado de la consideración positivista, tan de los días. Así, junto a la exclamación emocionada ante la belleza de un objeto, una plaza, un monumento escultórico, un edificio, muchos autores, sin solución de continuidad, hijos de su época, bajan a los fríos datos, a "lo positivo".

Así, por ejemplo, Concepción Jimeno de Flaquer, dama de alta alcurnia, metida a cronista feliz, asidua de las revistas para damas, ejemplo típico de la escritura rosa de la época, muestra su encanto ante lo que ve, por ejemplo, la capilla de San Juan en la catedral, que le despierta una admiración tan mística como, a continuación, monetaria, ya que "costó siete millones de duros". El Arco que abre (o cierra, según se mire) la rua Augusta, además de su grandiosidad y mejor o peor gusto, lo que de él importa es que "Ha consumido muchos miles de duros". Lirismo y positivismo, lo que no parece mala fórmula para sintetizar el ideal estilístico y aun el modo de mirar -y medir- las cosas de los tiempos tardorrománticos.

En relación con nuestro propósito, también consideramos interesante recordar la reflexión y categorización que Marc Augé (2000) hace de lo que él mismo llama "no lugares", quien, como es sabido, parte del concepto de "lugar antropológico", que es "principio de sentido para los que lo habitan y principio de inteligibilidad para los que lo observan", con tres rasgos comunes: identificatorios, relacionales e históricos. Por ellos, la casa, el barrio, el terruño, corresponden a un conjunto de posibilidades, de prescripciones y de prohibiciones cuyo contenido es espacial y social. Si no se dan estos rasgos, concluye el autor, nos encontramos ante un "no lugar". Sólo en escasas circunstancias se dan las condiciones anteriores entre los espacios que habitan los visitantes españoles a Lisboa y sólo el hecho de ser principio de inteligibilidad les confiere esa condición de lugares en sentido pleno.

Por otra parte, el concepto de "sobremodernidad", que el autor emplea para su reflexión, es perfectamente aplicable al momento histórico que nos ocupa, cuando tras siglos de estancamiento urbano, las ciudades europeas se lanzaron a una carrera de modernización cuya primera consecuencia sería, creemos, esta creación de no lugares (que Augé, desde la perspectiva actual, pero no por ello más moderna, localiza en los grandes iconos urbanísticos de nuestros días: hoteles, aeropuertos, centros comerciales...). Estos espacios los clasifica en tres modelos posibles: itinerarios, encrucijadas y centros. De los tres tenemos muestras en nuestros autores.

En primer lugar, cabe decir que el viaje mismo es lugar común obligado en la literatura viajera, la descripción del itinerario, del camino, en lo que supone de comienzo de la "aventura", de paulatino acercamiento al objetivo y de primeras armas en el ejercicio de la observación ante una situación nueva y en un espacio nuevo y, en este caso, además, cambiante. Es un ejercicio de acercamiento y de preparación, el de la ruta, que en ocasiones ha sido tan importante o más que el lugar visitado.

En nuestro caso, además, sus notas sobre el viaje (normalmente Madrid-Lisboa) sirven para un primer contacto sobre la singularidad (de tipos y costumbres, sobre todo): está claro que todo viaje implica la necesidad inexcusable de encontrar la diferencia. Todo ello va articulando, con la llegada, el imaginario colectivo, a la vez que se nos van mostrando algunas de las técnicas, de los recursos textuales, comunes, por otra parte, a la literatura viajera en general. Así, el modo comparativo es recurso muy viejo a la hora de describir. Teniendo en cuenta al re-ceptor al que el autor se dirige (en nuestro caso, de modo prácticamente general, el español medio, lector de periódicos, curioso y, mucho más concretamente, el madrileño), la imaginería que sirve de referente cercano al objeto de la descripción es el de la ciudad de Madrid.

Y así, Chiado es como la Puerta del Sol y, por lo tanto, era de esperar, la rua Garret es como nuestra carrera de San Jerónimo. Santa Apolonia, que no escapa a ninguna pluma, "Es preciosa [...] muy semejante a las Delicias de Madrid". Es recurso retórico, el de la comparación, que se prodiga sin tasa y con unanimidad y que se extiende en imágenes pasadas a veces de mano en mano.

También hay unanimidad en la inevitable visión panorámica: "Lisboa es ante todo un panorama", dice Galdós, quien sin duda había leído a los viajeros que lo precedieron, y de ahí, las múltiples postales que se nos ofrecen desde los diversos ángulos.

En el marco de la llegada como culminación del itinerario, encontramos las imágenes de objetos, digámoslo así, que salpicaban el nuevo paisaje y que eran símbolos de la "sobremodernidad" reciente: el ferrocarril o el telégrafo, y que dan pie a varias descripciones de tono tan costumbrista como reflexivo sobre el progreso de los tiempos. Ferrocarril y telégrafo, marcas de modernización y del nuevo paisaje urbano, identificadoras de la nueva realidad social y urbana europea. Imágenes del ferrocarril, llegando a la ciudad o entrando en la estación de Santa Apolonia, no faltan en numerosos escritores.

Volviendo a Augé, éste destaca, en segundo lugar, las encrucijadas, los espacios donde las personas se reúnen, se cruzan, se encuentran, satisfacen las necesidades de intercambio. Son siempre "espacios con figuras", como si el factor antropológico fuese un elemento imprescindible del espacio urbano hasta el punto, en muchas ocasiones, de caracterizarlo esencialmente. Así, son algunos espacios públicos: mercados, plazas y paseos. Por ello, Chiado es también su paisaje humano: janotas, "pisaverdes" (que diría un castizo), damas paseantes entre las tiendas lujosas de Garret y el Largo de las dos Iglesias. Y los gallegos. Y los teatros, espacio con una función muy determinada: mirar y ser mirado; donde contemplar a las bailarinas españolas, que hacían furor entre los portugueses y donde, al decir de Fernández y González, se podía contemplar "vida y arquitectura".

Los paseos públicos eran gran novedad. "El Paseo de la Avenida", el que se encontraba "tomando a la izquierda de la fachada principal del teatro de doña María", con "el soberbio obelisco en honor de los Regeneradores [sic]", al decir del pomposo Cascales y Muñoz. O el proyecto de "ese gran boulevard desde el Rocío hasta el Campo Grande", entonces a gran distancia de la capital, "ameno sitio que se convertirá en agradabilísimo lugar de recreo, tomando por tipo el celebrado bosque de Boulogne" Campo Grande: el más vasto de la ciudad, con largas calles, árboles, jardines y lagos, que está llamado a ser el paseo de carruajes de Lisboa. Forman sus costados dos líneas de edificios en que se hallan "mezclados los palacios y casas de recreo con fábricas de varias clases y un Asilo fundado por don Pedro V para la infancia perdida".

O los patios de vecindad, para las amenas y pintorescas veladas populares, tan cercanas a nuestros patios y corralas zarzueleras.

Y, en tercer lugar, siguiendo a Augé, los "centros", sean religiosos o políticos. Por ejemplo, el monumento que es, en este sentido, "la expresión tangible de la permanencia", y su incorporación al imaginario de una ciudad, una contribución a esa creación del espacio total. Por ello, no faltan las miradas a esculturas, obeliscos, fuentes.

En fin: que "el espacio del viajero es el arquetipo del no lugar", un espacio que es, básicamente, un "lugar practicado, con una práctica que crea el propio espacio (los mencionados gallegos, cuya presencia en Lisboa ayuda a formar el espacio ciudadano, muy especialmente algunos lugares concretos: el mencionado Chiado, ya que para Augé, "por no lugar entendemos dos realidades complementarias pero distintas: los espacios constituidos con relación a ciertos fines (transporte, comercio, ocio...) y la relación que los individuos mantienen en los espacios.

En la descripción que de Lisboa nos legaron los visitantes españoles de la segunda mitad el siglo XIX podemos valorar cómo se convierte en relevante la misma selección, la presencia (y la ausencia también: hay tantos espacios ciudadanos no evocados: en nuestro caso, los de las viejas colinas, tan lisboetas, por ejemplo).

Así pues, Lisboa, como afirmábamos al comienzo, llevaba adelante su proceso de "metropolización", con París o Londres como modelos, cuando las viejas ciudades preindustriales se habían quedado pequeñas, y a la compartimentación tradicional (horizontal y vecinal) se unieron otros factores. Surgieron, así, tugurios y zonas residenciales (villas y "hoteles": las moradias portuguesas) cuando los palacetes de lujo de los cascos viejos se vieron desbordados. En ese marco, fue importante el papel del Estado en el diseño y realización de las grandes avenidas, con hoteles, estatuas, los grandes edificios públicos, las iglesias, etc., que cambiaban la fisonomía de la ciudad, que hacía nacer otra ciudad, otra Lisboa, la cual se adaptaba, sin destruirlas, a las anteriores, a la del Marqués de Pombal, que a su vez no pudo del todo, en sus afanes modernizantes, con la vieja Lisboa medieval.

Es, en palabras de Tuñón de Lara, la creación de "la ciudad capitalista": el afán de adornarse de lo antiguo y prestigioso, como forma de ornato pero también de arraigo histórico del que se carece, creando así una imagen de la "ciudad ideal", que el visitante tiene preconcebida; al respecto, podemos traer aquí a colación la descripción que por negación hace Calvo Asensio de "lo que no es" la ciudad visitada y que resume esas características ideales. En efecto, en una larga litote, el autor pasa revista a una Lisboa, que

No es una ciudad que brille por la corrección de líneas, pureza de contornos, proporción en las partes y armonía en su conjunto; no tiene numerosas calles tiradas a cordel, bien empedradas, con limpias aceras y espacio bastante a contener multitud de carruajes [...] no cuenta con paseos po-blados de árboles, hermoseados con bien dibujados jardines, con anchas calle [...] no posee plazas ni monumentos notables, magníficos palacios y edificios públicos.

Poco hay de todo eso, según este autor, aunque más adelante distingue entre las dos Lisboas clásicas: la antigua y la nueva, la "reedificada por el Marqués de Pombal" que, ésta sí, tiene de casi todo: "plazas anchas, calles tiradas a cordel con casas altas y bellas, paseos y demás elementos materiales de ornato", todo "lo que hoy la moderna cultura exige de toda ciudad medianamente importante".

Y antes de continuar con la descripción del imaginario urbano lisboeta, cabe una última consideración sobre el modo de acercamiento a Lisboa y Portugal del español de la época que analizamos, y de la que no se puede prescindir porque marca una determinada posición, un modo de selección del imaginario y, sobre todo, un punto de vista, un juicio y en muchos casos una reflexión del viajero-visitante español a Lisboa, lo que configura una imagen peculiar de la ciudad.

Nos referimos a lo que de forma sintética reflejan las siguientes palabras de Saramago: "Como cualquier otro portugués antiguo y moderno, fui instruido en la firme convicción de que mi enemigo natural es, y siempre habría de serlo, España" (Saramago en Molina 1990).

Es importante, a nuestro juicio, este recordatorio de la tradicional dificultad de las relaciones entre portugueses y españoles, porque ello condiciona el modo de discurso que desde un lado u otro se ha emitido de los vecinos. Tantas veces al borde de la descalificación, de la broma caricaturizadora o de un despectivo silencio [3], en otras ocasiones, y es el caso de los hombres objeto de nuestra atención, ese discurso se vio focalizado hacia una fórmula expositiva que buscaba por un lado mostrar la comprensión y la simpatía y, por el otro, el anhelo de progreso de Portugal y la ciudad de Lisboa, lo que se concreta en un discurso a la vez elogioso y crítico, de denuncia de las mazelas y atrasos que todavía padecía la nación portuguesa en aquel tiempo pero, por otro lado, en el elogio de tantos detalles relevantes y esperanzadores, en el desmentir tópicos arraigados como el del notable retraso de Portugal en relación con Europa, con el ejemplo de las novedades técnicas, culturales, los progresos científicos, las nuevas construcciones. De todo ello tenemos ejemplos de nuestros autores, que catalogan a veces minuciosamente esos ejemplos de modernidad y de progreso.

Es el caso de las nuevas construcciones al servicio de la cultura, por ejemplo, que los visitantes reseñan. Así, el nuevo Matadero, que sirve una vez más a los visitantes para elogiar la calidad de esta y otras obras que entonces se levantaban en Lisboa (hospitales, cárceles, museos, ese matadero que "consultando toda las conveniencias y todas las comodidades, se ha construido en el sitio denominado Crus de Taboado y que puede rivalizar con los mejores de París". Algo semejante ocurre con el Hospital Veterinario, con el Instituto Agrícola y con la Penitenciaria de Lisboa, "aún desierta, que tiene una magnífica instalación").

De museos, nunca faltan las referencias al Arqueológico, a la Galería Nacional de Pintura, y a la Academia de Bellas Artes. El Museo Antropológico es largamente elogiado como ejemplo de institución que fomenta el estudio y el progreso tal como lo entendía la ciencia positiva de la época, que entronizaba "las ciencias experimentales, verdaderas soberanas del movimiento intelectual contemporáneo". No faltan descripciones minuciosas de edificio y equipamiento del nuevo Observatorio Astronómico de Lisboa, edificado en 1857.

A ello se sumaba lo que hoy se llama "mobiliario urbano", de ornamentación y utilidad, como chafariz y monumentos escultóricos, muy practicados en los nuevos cementerios.

Más de un autor hace referencia a la Casa Pía de Beneficencia, "que nos complacemos en reconocer como uno de los mejores establecimientos de su clase que pueden visitarse en Europa", edificio entonces en restauración.

En este punto podemos ver, una vez más, la diferencia de criterios y opiniones de los viajeros, según la ideología de cada cual: el de ideas conservadoras, monárquicas y católicas, se deshace en elogios de virtudes como esta de la caridad, sobre todo si practicadas por las clases nobles (con la monarquía al frente tantas veces); el liberal sesentayochista aprovecha la referencia a estos temas para la crítica: la Santa Casa de Misericordia es, para Fernández y González, una institución que "tiene 15.099 expósitos, el 8% de la población", detalla, con cifras que en este caso sí son muy descriptivas. En esa institución, subraya el mismo autor, "no faltan, desgraciadamente, situaciones que son consecuencia del libertinaje y las debilidades humanas" (punto en el que no podemos dejar de recordar que más de cien años después, en nuestra recentísima actualidad, casos parecidos han sido motivo de fuerte escándalo y por las mismas razones en la institución mencionada).

En primera síntesis, podemos afirmar que tres son los focos sobre los que los viajeros visitantes fijan su atención, clásicos y complementarios: en primer lugar, la materialidad del espacio urbano, realidad estática; en segundo lugar, los lisboetas, el hombre en su espacio, que lo hace vivo, lo crea y que a su vez encuentra su ser en el lugar, precisamente, un hombre que "es porque está", haciendo del espacio instancia de existencia. Vivir es estar en un espacio y pasar de un espacio a otro (vid. Perec 1974). Incluso cautivos, digámoslo así, de la pintoresca tradición costumbrista, los escritores de la segunda mitad del siglo en no pocas ocasiones superan ese colorista y estrecho marco, que sigue presente pero al que consiguen, mediante diversos recursos textuales, incorporar a los personajes y dinamizarlos como actuantes y dotarlos, en fin, de una función si no individualizada, al menos grupal, vivificar esos espacios que no serían tales sin su presencia y de los que forman parte, tanto como los objetos que componen el "mobiliario" urbano (sirva de ejemplo ahora la figura del brasileiro: el nuevo rico regresado de Brasil, el equivalente a nuestros indianos, que forma "la nobleza del oro", enriquecido -y ahí va la descalificación moral- "con el inicuo tráfico negrero", que "organiza espléndidos bailes en sus ostentosos palacios, viste con amaneramiento, habla francés con la misma imperfección que el portugués") y, en fin, se hacen presentes en la vida lisboeta, social o económica; a base de un repertorio de actuaciones componen, al fin, la imagen cabal de un ciudad viva nueva y tradicional a la vez.

El viaje, como decíamos, es el preludio siempre expectante ante la llegada. En efecto, pocos se sustraen a, por ejemplo, darnos en una pincelada la imagen del tabernero de la cantina de la estación de Santarem o sobre las condiciones de "confort" del wagon que les ha tocado en suerte.

Y al fin, la llegada.

Son varios los lugares por donde nuestros viajeros entran en la ciudad. Hasta los años sesenta, el mar o el río eran las rutas habituales. Así lo hizo Valera, procedente de Cádiz en el vapor, o se puede hacer por el río, "desde Aldea Galega y Vale de Zebra, después de los arenales del Alen-Tejo"; por ahí, "la ciudad, a la manera de un avaro, muestra su riqueza poco a poco".

O por el moderno ferrocarril y la estación de Santa Apolonia, la puerta de entrada, en efecto, primer escaparate y orgullo de la ciudad, primer cartâo postal que ofrece al viajero. Tenía que ser glosada... y comparada, claro, con la madrileña de las Delicias, comparación en la que la lisboeta no sale perdiendo, que, en efecto, los elogios a la estación son constantes:

La vasta y magnífica estación del ferrocarril, que merece visita más detenida que la del viajero que llega o sale de Lisboa [...] como edificio no tiene rival en la península y como situación a la margen de un río que se confunde con el mar y que permite acercar buques de grande porte hasta los mismos va-gones de carga [...].

Todos coinciden en la (por otra parte común en todas las grandes estaciones) gran animación que rodea la estación, "con sus mozos y agentes de fondas y hoteles que abrumaban con sus tarjetas". En sus alrededores hay, claro, gran trasiego, vecino como está al río:

Los barcos pequeños llegan hasta el mismo muelle del ferrocarril a verificar sus cargamentos, y para los vapores de más cabida hay puentes de hierro por los que internándose unos metros sobre el agua son conducidos los wagones hasta los mismos buques.

Y es que Lisboa es, sí, un espectáculo,

Ciudad de una centralidad incomparable, reúne una situación tan excepcional que sólo Constantinopla puede oponer a la majestad del Tajo la magnificencia del Bósforo [...] y no hay ciudad a que pueda llegarse más fácilmente desde todas las partes del mundo,

Así que se entre por donde se entre, y se vaya a donde se vaya ya dentro de la ciudad, la panorámica es inevitable e inevitada. Y nadie puede sustraerse, y nada más llegar, a su encanto: "Lisboa es la ciudad de los grandes panoramas: ciertamente es superior a Nápoles bajo este punto de vista. La impresión que produce el Tajo, inmenso río como una bahía, se siente desde antes de llegar por la vía férrea".

La comparación con Nápoles o Constantinopla es otro de esos lugares comunes que tantos autores recalcan: así, Galdós (por el panorama que ofrece, "sólo el de Nápoles y el de Constantinopla pueden comparársele", con imágenes que no son, naturalmente originales y que corroboran el imaginario colectivo: es el caso de "las indescriptibles perspectivas" de la ciudad, "edificada en anfiteatro [...] a lo largo de diez o doce kilómetros", que "trepa por suaves aunque altas colinas"; con "vastos edificios", "cúpulas esbeltas", "alegres casas abiertas en sus fachadas de artísticos azulejos", el "amplísimo puerto donde flotan los aparejos de gallardos buques" y la "exuberante, y florida vegetación", que da a la ciudad una "atmósfera perfumada"..., en fin: que para Rada y su gente "Lisboa parece el sueño de un poeta oriental realizado por la naturaleza y el arte".

Y si de lirismos extasiantes hablamos, ahí está el río, el majestuoso Tajo, fuente inagotable de efluvios sin cuento. A modo de curioso ejemplo recordemos un poema del "medio poeta" (que dijera el sardónico Clarín) Manuel de Palacio en El Heraldo de Madrid, en septiembre de 1894.

Tíber y Tajo
Más de una vez, de brazos sobre el puente
Que el arte circundó de maravillas,
Recordé, turbio Tajo, tus orillas,
En España y en ti fija la mente.

Del Tíber emulando la corriente
Llevas al mar tus aguas amarillas,
Y como aquél, con tu pobreza humillas
Del Volga undoso al Ródano potente.

Si ellos tienen caudal que les abruma,
Murmullo halagador, linfa serena,
Cauce de flores que el Abril perfuma,

Tenéis vosotros, y arrastráis con pena,
Llanto de muchos siglos en la espuma
Polvo de muchas ruinas en la arena.

Ni doña Emilia se contiene ante tamaño espectáculo:

Ya a la salida, a bordo del Ville du Havre, a la hora en que el sol desciende -la hora crepuscular, la preferida para este tipo de descripciones- tiñendo el oleaje de púrpura; ya la torre de Belén, primoroso relicario de piedra, desta-cándose sobre el mar, nacarado, de ópalo, a la luz de la aurora, ya en la encendida noche de Cascales, su agua de tono de estaño fusión [sic], que por momentos, con mágica viveza, el violeta y el anaranjado de los árboles de fuego inflamaban convirtiéndolo en lago de cuentos de hadas, de libros de caballerías y encantos.

En ocasiones, como queda dicho, el viajero es el ciudadano de su tiempo que va a lo positivo, que se preocupa del progreso y olvidándose del tono contemplativo sentimental, va al dato:

Está proyectado el aprovechamiento de esta incomparable bahía por medio de un dique que permite terraplenar el espacio cerrado en una extensión de 1.000 hectáreas, que tengan por término medio 5.000 metros de extensión y unos 2.000 de anchura, reservando 49 hectáreas para un puerto avanzado, 258 para doks, 183 para prolongar el ferrocarril del Sur desde Barreiro a Cacilhas, 166 para calles y plazas y 344 para futuras construcciones [...].

Y para corroborar ese progreso, esa modernidad a la que Lisboa también se hab-ía apuntado como ciudad europea, en los aledaños del río, la vida bullente, en un espacio que era objeto en aquellos años de obras gigantescas, como vemos, que iban a cambiar la imagen de la zona, con los sucesivos aterros, nuevos muelles y nuevas barriadas. Es este un aspecto más del "estado de obras", que para muchos revela el progreso. En Lisboa, el visitante podía contemplar "los muelles, ocho grandes de embarque y desembarque y cuatro menores". Y antes de llegar al centro mismo de la ciudad, las nuevas construcciones que surgían en la ribera: el Mercado de pescado, hoy una imagen característica de Lisboa; las nuevas barriadas que se iban extendiendo por la ribera del río, algunas elegantes construcciones, el Largo da Junqueira, a Cordoaria, magnífico edificio industrial, todo ello camino de la elegante Belén, camino que recorrieron, atentos, la mayoría de los visitantes.

La ciudad. Galdós pronto hace hincapié en lo más llamativo para él: tiene una extensión inmensa, el doble que Madrid, y la mitad de población: de ahí esa sensación, constante, de vacío, otro lugar común, incansablemente repetido, junto con el recordatorio de las dos Lisboas que el visitante se encontraba: "Desde 1775 la ciudad tiene dos fisonomías: por un lado, la ciudad de la Edad Media con su estrechas calles, altas casas y sombríos barrios; por otro, la ciudad moderna, regular, despejada, con buenas aceras y magníficos edificios".

La descripción de la ciudad nueva, también inevitable, suele empezar con la evocación histórica del Marqués de Pombal (del que normalmente se hace un elogio en aras de la modernidad, del progreso, de su actitud antinobiliaria, todos los tics progresistas del momento): "hombre de genio que elevó a Lisboa a la categoría de las capitales más hermosas de España".

Y esa modernidad se manifiesta muy claramente en esas "cuatro calles paralelas, rectas, anchas, tiradas a cordel, con casas de cuatro pisos, a usanza inglesa, con ventanas que cierran de arriba bajo", si bien en cuanto al aseo, esta parte de la ciudad no se caracteriza por la limpieza "porque en Lisboa el ramo de policía está bastante descuidado, y así sucede en las por otra parte hermosísimas calles, la Áurea, de la Plata, Augusta y de la Reina". Calles que "podrían entrar en competencia con más de una de las grandes vías de las que constituyen el nuevo París".

Y la ciudad vieja. Para Pérez de Molina es la Lisboa antigua "que empieza en Gracia, con su castillo, sus calles tortuosas y estrechas, sus casas moriscas", "una especie de recordación de la imperial Toledo. En Gracia es donde nace la ciudad, el castillo en la cúspide, las calles apiñadas y encrucijadas múltiples". Así esta parte de la ciudad se encontraba "sin aceras, mal empedradas y situadas en agrias cuestas, algunas de ellas casi formidables montañas".

Ciudad, sí, "cada día más bella a pesar de sus infranqueables pendientes", se queja el bueno de don Benito, paseante madrileño pausado y, ya por lo años de su visita, cargado de algunos años y algunos kilos.

Así que, en efecto, no son abundantes las referencias a los barrios, hoy tan "turísticos", y pocos autores se enfrentaban a esas "cuestas que son precipicios" (Alcalá Galiano) y, todo lo más, preferían, para ver al pueblo bajo y trabajador, observar barrios como Alcántara, que atravesaban mientras se encaminaban a la regia Belén.

Las calles, los paseos, las plazas. Porque si el visitante, personaje importante, se dirigía al real Palacio das Necesidades, no sin enojo se veía obligado a atravesar "las otras calles, pobres y sucias calles". Eran "las otras".

El recorrido desde la misma estación de Santa Apolonia servía para repasar las principales arterias por donde se pasa en una primera admiración. Así, Díaz Pérez anota "el Caes dos soldados, la Alfandega, Terreiro do Passo, Arco de la rua Augusta, hasta tomar el Largo do Carmo en la entrada de Pedro IV": el recorrido más clásico de la llegada.

Los paseos fueron, como queda dicho, una de las grandes novedades decimonónicas y elementos imprescindibles de las ciudades modernas que experimentaban un gran crecimiento urbanístico. A ellos hemos aludido.

Y es que las ciudades, en efecto, cambiaban. Las necesidades eran otras, la población se desplazaba y todo el mundo pensaba en grandes obras públicas, que se ejecutaban o se planeaban con lo que era la modernidad: grandes vías, puentes de hierro, túneles. Así, también Lisboa, adoptaba una nueva cara de modernidad que pudiese convivir con la vieja ciudad medieval y con la moderna pombalina: eran, ya, las tres Lisboas, la "de siempre", la racionalista dieciochesca y la del pro-greso y moderna del XIX.

Chiado, el corazón innegable de la ciudad, naturalmente, al que todos llegan, que todos evocan y describen, que todos comparan con Madrid: con la Carrera de San Jerónimo, para ser exactos. En efecto, para Calvo Asensio: "Es en microscópica semejanza una Carrera de San Jerónimo", casi las mismas palabras que usa Díaz Pérez: "es en Lisboa lo que es para Madrid la Carrera de San Jerónimo. Es paisaje urbano y -como veremos más adelante-, humano inconfundible:

Pastelerías y cafés, centros de murmuración, pasatiempo de desocupados martirio cruel de todo linaje de reputaciones, templo consagrado a livianos deseos, escuela de la mentira y el vicio, libro abierto a los epigramas más repulsivos y hospitalario refugio de intrigantes deudores,

escribe Calvo Asensio, con ese "puritanismo de izquierdas", moralista, al que hemos hecho referencia.

Esos ciudadanos: corrillos de ociosos, observando a las damas obligadas a hacer compras en tiendas guarnecidas por galanes, participantes del privilegio industrial de hacer tiempo, aquella guardia de honor a la salida de misa de mozos que no entran a oírla sino que van allí a pasar revista a devotas, aquella pereza [...] todo, aunque pálidamente, recuerdan al bullicio (que no se ve en otra ciudad del mundo) de la Puerta del Sol.

La Plaza del Comercio son "terrenos ganados al Tajo", un "magnífico rectángulo, teniendo por uno de sus lados el puerto, con un arco pesado en la embocadura de la rua Augusta y en el centro un monumento erigido a D. José I". Y aparece el arbitrista que da consejos y propone mejoras, por otra parte razonables para la época y aun para tiempos posteriores y que todavía esperan:

Si la arcada se destinara a tiendas de lujo y se alumbrara como convenía, para convertir las galerías en lo que son las del Palais Royal de París, si el centro se transformara en jardines, si los edificios fueran revocados con mejor gusto artístico que el que revela el ocre rabioso que hoy ofende la vista, aquel gran cuadrilátero que por uno de sus lados recuerda la gran plaza de San Marcos de Venecia, con su cinco kilómetros de río y su espléndido panorama de la opuesta orilla, sería una de las mejores plazas de Europa.

Edificios notables. La Lisboa monumental da pie a juicios que acumulan también más lugares comunes con su lado cierto. Se coincide, en general, en que "notable" no significa "monumental", y parece claro que sólo el amor por la ciudad puede, entonces como hoy, adjudicar a Lisboa este último calificativo. La Lisboa monumental, si por tal se entiende la constituida por los monumentos antiguos, es limitada y no escapa, desde luego, a la retina de los visitantes. Es opinión común y, como en otra ocasiones, no lejana de la realidad. Así lo corrobora Galdós: "Desde el punto de vista monumental Lisboa tiene dos cosas que admirar: la Plaza del Comercio y el Monasterio de Belén".

Entre unos y otros repasan y nos dan ese catálogo, en la mayoría de las ocasiones con mucho de guía turística, aunque, eso sí, con análisis, con juicios, en las que figuran los templos: La Catedral, San Roque, San Vicente de Fora, Nuestra Señora del Carmen y Los Jerónimos, son la excepción de la mediocridad. Los templos, en general, "no merecen la pena", comenta un autor, ya que "la arquitectura ya no se inspira en el misticismo y sólo produce la fábrica y la estación férrea".

Para Galdós las iglesias pombalinas de Lisboa, "barroco tratado con discreción" son correctas y elegantes, "pero tan profanas que viéndolas por fuera le parece a uno que allí dentro se baila".

Cuando de los "profesores" se trata, en ocasiones las observaciones son muy ilustrativas, juicios de valor transparentes por encima del valor intrínseco del objeto descrito y que muestran su gusto sobrio. Así, por ejemplo, Giner de los Ríos, y a propósito de los templos portugueses en general:

Los desvaríos churriguerescos los ha extremado cierta afición a la profusión, al oropel, a los colorines, el estuco y demás elementos de una decoración empalagosa, entre nosotros [...] relegada a esas "casitas" de reyes, príncipes e infantes y cortesanos de nuestros sitios reales.

Los palacios. La nobleza portuguesa no escatimó, a lo largo de los siglos, en la construcción de residencias que, grandes casas o antiguos palacios, se encontraban (y se encuentran) por toda la Lisboa de siempre. Además, claro está, de las residencias reales. Destacan Ajuda, Necessidades y Belém.

El muy aristocrático Alcalá Galiano, acostumbrado a los más lujosos salones madrileños, y con muy hispano desdén, contempla el real palacio das Necesidades y le "parece una casa particular y no muy buena. Fernández de los Ríos tuvo tiempo de visitar el Palacio Real en medio de sus ires y venires diplomáticos:

Edificio medio convento medio quinta; la residencia habitual del rey es una plataforma artificial que tiene por término un precipicio, adornada con un obelisco de mediano gusto y cortada por una avenida de las que aquí suelen llamarse "largos".

Los Teatros. Claro está que, a poco que su estancia lo permitiese, los visitantes españoles de Lisboa frecuentaban los teatros y cuantos espectáculos se les ofrecían. Y de ese mundo y de los edificios dejaron cumplida relación, pudiendo decir que, en conjunto, tenemos de sus plumas un cumplido mapa teatral lisboeta.

Así, evocan "El teatro de doña María", que "tiene la consideración de normal de declamación, dramática, trágica y cómica". Y el rival, el otro gran templo dramático lisboeta, el de San Carlos, para alguno "uno de los mejores de Europa" ("la sala elíptica tiene 120 palcos") y junto con el del Príncipe que es, para Díaz Pérez, "de primer orden". No faltan tampoco en Valera las referencias a los teatros, que, esos sí, debió de frecuentar: "todos detestables a excepción del de la ópera". El Gimnasio es "pequeño y lindo coliseo decorado con gusto para espectáculos de funambulistas y prestidigitadores", algo que debió hace furor en la época, de acuerdo con muchos testimonios. El Príncipe Real era "bajo de techo, sin ornamentación alguna e incómodo". Y "no hablemos del de la rua de los Condes, que es un nacimiento, ni de el del Price y Variedades, que ni el nombre de teatro merecen". Alguno se llegó hasta el "circo tauromáquico" que por aquel entones se levantaba en la plaza de Santa Ana, "irregular y de malas condiciones".

Otros edificios notables, además de los reseñados con anterioridad, eran el Gremio Literario ("como el Ateneo madrileño") y el Arsenal de la Marina.

Las casas. Hacían faltan hogares y se construyeron tanto casas para la burguesía como para obreros, "sobre el padrón de Madrid y París, formando manzanas de colmenas, escatimando espacio a los habitantes y altura a los techos" y con esta copia "ha venido, a más de la incomodidad, la vulgaridad y la pérdida del carácter que distinguía al caserío de Lisboa [...]".

Si la casa es el "lugar" por antonomasia, el español que visita Lisboa no entra, por regla general, en los hogares portugueses. Sólo ocasionalmente tiene ocasión de atisbar la vida cotidiana. Así, por ejemplo, con ocasión de las fiestas de junio, cuando, "en las casas de vecindad, en cada patio y jardín, en cada huerta, erígense templos a los populares festejos", y allá va la escena familiar:

A un lado los padres y gente de seso, contemplan sentados los juegos y diversiones, y en medio del local, convertido en salón de baile, los hijos, amigos y vecinos. Todos alegres y bulliciosos y casaderos, acompañados de una guitarra o una gaita, cantan, danzan, corren, juegan [...], diversión inocente y sano contentamiento, por lo mismo que los padres presiden el baile y los que lo celebran, cuando no hermanos o parientes, son conocidos de toda la vida.

Un altarcito del santo patrón, entre dos faroles, nunca se olvida en estas puestas en escena lisboetas y populares.

Y en las casas, la ventana, a janela, y en ella, la mujer janeleira que poco a poco, como atestiguan los testimonios de la época, fue saliendo a la calle y a la vida desde su escondrijo tras esas persianas "que tienen un aparato con el cual quedan en hueco, permitiendo ver sin ser visto, en ventanas guarnecidas de almohadones, para que los codos no se cansen de estar horas y horas apoyados".

Establecimientos comerciales. El comercio debía salir de la atonía para adaptarse a los nuevos tiempos, y de esa condición de debilidad daban cuenta los visitantes españoles que observaban el movimiento de los centros de distribución, como la Alfándega, o los proyectos como el de la bahía da Cova da Piedade, de un gran muelle con grandes instalaciones.

"Se pierde la cuenta de las platerías y tiendas de joyero que se extienden a lo largo de las calles de Ouro y de las Flores", nos cuenta doña Emilia Pardo Bazán (1905), con otra notable exageración.

Y Chiado, lleno de tiendas y comercios de ropa para "las mujeres elegantes, atraídas por los vestidos que exponen los comerciantes en sus escaparates", si bien para Galdós las tiendas no tienen "el demonio del lujo" (madrileño, se entiende). Así que

Sus tiendas son aún más lujosas que las de la Baixa y la plaza de don Pedro. Allí se encuentran los mejores almacenes de telas para trajes de señoras (lojas da fazenda) sastres (alfayates) célebres, sombrererías (fábricas de chapeos) muy reputadas, encajes (rendas), relojes (relogios), cigarros (charutos), guantes (luvas) de Oporto, que no quitarían la venta a los españoles si se tomaran la pena de presentarse en Lisboa, cafés (lojas de neve), peluqueros (cabeleireros) y cuanto pueden pedir las necesidades, el gusto o el capricho del más exigente forastero. (Rosi)

Los visitantes más curiosos, los más cultos, y más específicamente los escritores propiamente dichos, se asoman y dejan constancia de las librerías lisboetas, de larga tradición. El mundo de los libros, el comercio de los libros antiguos en especial, que en Portugal ha tenido gran tradición y que ha llegado hasta nuestros días, no podía pasar desapercibido a gente como Valera o la Pardo Bazán. Formaban parte del paisaje de la ciudad y nuestros viajeros toman nota, ven, compran, y hasta especulan un poco con los precios sorprendentemente bajos que encuentran. Como Valera, por ejemplo. En su caso, la información que proporciona es curiosa, también, para la historia de la bibliofilia peninsular y el mercado del libro antiguo. Sí anduvo por las numerosas librerías, especialmente por las de viejo, como "ese nido de libros viejos" que localiza en la rua Augusta, para su alegría y, sobre todo, para la de su corresponsal en cuestiones de alfarrabismo, Estébanez Calderón, para el que compraba -como para él mismo- cuantas obras de interés le era posible.

No escaseaban en Lisboa los establecimientos de baños, "baños rusos, de vapor, de ducha y aromáticos en el establecimiento del doctor Nilo, situado cerca de la iglesia de Santo Domingo, donde cuesta de 400 a 600 reis cada baño".

En cuanto a los barrios, destaquemos, junto a la mirada distanciada y más bien "turística", a los más tradicionales, es Alcántara el barrio objeto de su observación y comentarios. Alcántara, barrio trabajador, activo, de movimiento constante, animación general, circulación continuada de personas que caminan a paso ligero y de vehículos dedicados al transporte: "un aspecto enteramente opuesto al del centro de Lisboa". Y es que se trataba de un "importante centro fabril", barrio de Alcántara, que "a medida que desarrolló la actividad industrial ha creado nuevas costumbres", costumbres mejores, naturalmente ya que "hay familias enteras que todas las mañanas se distribuyen en diferentes fábricas". A continuación, como en otros casos, el mismo cronista nos da una relación extensa que prácticamente traza, una vez más, ahora en otra dimensión, el plano de esa parte de la ciudad:

[Alcántara] tiene en su recinto dos magníficas fábricas de hilado y tejidos de algodón y lana, dos de percales, una de estampación, tres de cuerdas y tejidos de esparto, más una docena de curtidos, seis hornos de cal, dos mo-linos de aceite, dos ídem de arroz, dos fábricas de fideos y pastas, otra de bujías, jabón, refinación de azúcar, vidrio, refino de salitre para pólvora, talleres de cerrajería y cantería de máquinas movidas al vapor, de construcción de buques y otras manufacturas, algunas de ellas tan importantes, que sólo dos dan ocupación a más de dos mil personas, y varias hacen una exportación considerable de sus productos, sobre todo de sus tejidos de algodón, que surte a gran parte de la Extremadura española. Hay también en Alcántara grandes almacenes de trigo, maíz, carbón, pino para hornos; el depósito de la Compañía de carruajes ómnibus; varias pa-naderías, algunas de ellas montadas en gran escala que han estado encargadas del suministro del pan a toda la guarnición de Lisboa y, lo que es natural en un centro semejante, multitud de tiendas de comestibles, cafés, tabernas y pequeñas industrias y comercios.

Cita tan larga, verdadero catálogo de la vida de un barrio lisboeta, se justifica, pensamos, como ejemplo sobresaliente de la curiosidad, las intenciones y la meticulosidad en la observación de la ciudad por parte de los visitantes españoles, con un prurito informativo, que a veces, pensamos, nada tenga que envidiar a la información que los cronistas locales proporcionan al respecto.

El transporte urbano. Una vez en la ciudad, de los testimonios de los viajeros podemos deducir que Lisboa estaba normalmente equipada con medios de transporte muy parecidos a los de otras ciudades europeas; con su mismo ajetreo, en vapor, ferrocarril, seges o tranvías los lisboetas se desplazaban por la ciudad.

Para completar el cuadro de las "funciones" que hemos visto que los lugares cumplen.

El paisaje humano, rico y variado, de Portugal y de Lisboa, se encuentra bien reflejado por los visitantes españoles, los visitantes más "estables", que en cierto modo viven la ciudad, sí (es el caso, por ejemplo, de Valera). En cualquier caso, entre todos, y con una coincidencia notable, nos dan el retrato de la sociedad lisboeta de la época, con una coincidencia que nos habla, creemos, no tanto del estereotipo como de una realidad observada que, por otra parte, se compadece con la que ha perdurado a lo largo del tiempo. Por ejemplo, la idea de una "sociedad tan pacífica, como aburrida", escribía el joven y aburrido Valera. Por su forma de ser serena y, sobre todo, silenciosa, en contraste con los modos barulhentos y escandalosos del español: es la escena del café en el que una mesa ruidosa delata la presencia española: "No hay más que entrar en un café de Lisboa; las mesas ocupadas por gente que chille, ría, aplauda, levante la voz, mueva los brazos, lastime la mesa con la manos [...], esas están al servicio de españoles". En palabras que podrían ser de hoy mismo.

"Pueblo culto y de condición suave" es para Giner de los Ríos el portugués, que subraya así esos mismos rasgos: lo que podemos llamar el "europeísmo" de los portugueses es otra nota destacada, al menos, y como casi siempre, en comparación con la cerrazón española, algo que se aprecia, por ejemplo, en el conocimiento de lenguas, algo secularmente ajeno a los españoles, frente a quienes es común "el conocimiento y fácil manejo de varios idiomas, en España algo privativo de la high-life y en Portugal extendido a la clase media más o menos ilustrada y no extraño hasta en el pueblo".

La admiración por la mujer española, lo que la Pardo Bazán llama "el prestigio erótico de la mujer española en Portugal" era opinión común, además, una forma jocosa de pintar las relaciones entre los dos países. Ya que "no hay más que dos cosas que hagan salir de sus casillas a un buen portugués: su autonomía y una andaluza". No se sabe si por la condición de la mujer portuguesa, ya que "la generalidad de los viajeros ha establecido como axioma en Europa que las portuguesas son feas y los portugueses guapos". Estas palabras, salidas de la pluma de Giner de los Ríos en 1888, suelen oírse todavía siempre que en España se habla con no mucho rigor del país vecino. Don Juan Valera se sumaba al burlón comentario afirmando -en carta privada, eso sí- que "Las mujeres son feísimas [...] lo que si no excusa, sí explica por qué algunos fidalgos, por ejemplo el Marqués de Balada y el de Viana, more graecorum adolescentulis delectantur", erudita gracieta que debía de hacer las delicias de sus contertulios.

Y ahí vemos, de escrito en escrito, desfilar los tipos de las mujeres lisboetas por las calles, plazas, salones y tiendas de la ciudad: la fidalga, "la gran dama portuguesa", la "señora distinguida, extranjera o compatriota, que tiene aspecto de gran dama e hidalguía en sus acciones", representante de "la nobleza de sangre aun infatuada en su tradiciones", escribe otro autor, la que, aun mirándola con desprecio, se acerca a la otra nobleza, la de los nuevos ricos, "para llenar su algibeira, como diría un portugués, de algunos miles de contos de que anda necesitadísima en extremo". Y así, ambos grupos coinciden en esas fiestas en las que "las damas de alto coturno y bajo escote", rodeadas de los "orgullosos cuanto inútiles fidalgos" ven revolotear en su alrededor al pollo dandy diciendo simplezas a las jóvenes "por más que en el lenguaje oficial de los salones reciban el nombre de galanterías".

Y no lejos, la burguesita que pasea, entra en los comercios o va a misa y se sabe objeto de admiración masculina; y la varina, la vendedora ambulante de pescado, mil veces retratada. He aquí su descripción:

Agraciada, esbelta, simpática; su misión se reduce a vender pescado vivo; corre con la cesta en la cabeza y el pie desnudo; vivaracha, ocurrente, diestra, pregona a grandes gritos, vive contenta y feliz; larguísimos pendientes de plata y oro, aderezos que no pueden dispensarse.

Y la mujer ventanera. Y el fadista, inevitable.

Los fadistas son los que forman las reputaciones taurinas, los protectores de las mozas juncales, los organizadores de las teatrales pateadas, los eternos licitadores del juego y el vicio, [...] por más que a pesar de todo esto, lleven ventaja a los españoles en que, por muy de humilde condición que sean, desconocen la necesidad del uso constante de la navaja, y esto ya es mucho tratándose de tal gente y de tan desordenada vida.

Este tipo, el del fadista, ejemplar, a nuestro juicio, para ilustrar los dos puntos de vista con los que se acercaban al sujeto estos españoles costumbristas más o menos rezagados: por un lado, lo hacen desde el punto de vista pintoresquista, tipista, folclórico, en la mejor tradición de su siglo y, por otro, desde el punto de vista moral, con calificaciones (y, sobre todo, descalificaciones) de la catadura cívi-ca y nada ejemplar del sujeto.

Los gallegos de Lisboa merecen capítulo aparte, o al menos referencia concreta, pues eran y lo han sido desde entonces, elemento imprescindible del paisaje lisboeta y objeto de atención tanto de visitantes como de nativos. Se les podía ver, nada más llegar, en la misma estación de Santa Apolonia como mozos de hotel y de cuerda.

Valera no deja enseguida de mencionar a esos gallegos, de los que "16.000 hay en Lisboa, que aunque dan que hacer, no dejan de divertirme" y entre los que no faltaban, ya en su tiempo, y en correlato con el portugués nuevo rico, "algunos gallegos que se han hecho poderosos y han quedado cerriles, enriquecidos con el comercio y aún con el pelo de le dehesa, que hablan gallego puro y hablan de 'mi humilde choza', para referirse a sus lujosas mansiones".

Y cocheros, vendedores de periódicos y mendigos, que forman "una plaga terrible" en Lisboa, uno de los pocos aspectos de la vida ciudadana que "en Madrid se viven con más calma".

La vida cotidiana. La ciudad en movimiento.

A los lisboetas no les gusta salir; salen poco y, en fin, hacen una vida social que a alguien llegado de Madrid le parecería casi conventual. Es, afirma un visitante, "la falta de todo paseo, mejor dicho, la sobra de los que hay, puesto que a ninguno acude la concurrencia que debía esperarse de una capital tan populosa".

Y la mujer portuguesa, que "hará veintitantos años aún vivía oculta y enclaustrada", que era la imagen de aquella mujer janeleira, reducido su mundo al marco de su ventana, su respiradero "en el que enmarcaba su pálido rostro de reclusa", en el día "vive en la rua, sale sola, toma la sege, el tranvía o el camino de hierro, visita, regatea, compra" (Pardo Bazán). Poco a poco parece que se difuminaba esa estampa del lisboeta acodado en la ventana "con el único objeto de ver que no pasa nada por la calle, porque todo el mundo deja ese papel al vecino, que a su vez está fatigando los codos aguardando a ver pasar al que está esperando que pase él".

El ocio. Había en Lisboa petites soirées y soirées dançantes, destinadas a la sociedad elegante.

En las reuniones o bailes aristocráticos hay una seriedad, una compostura, una tiesura tan épicamente ridículas e incómodas, que para cualquier hombre que lo que lleve sobre la cabeza sea una cabeza, son horrorosos tormentos más tremendos que los imaginados por Dante en su célebre infierno.

Y diversiones populares. Un visitante nos describe el modo como el pueblo llano se divertía. Y otro, con tanta o más eficacia "los domingos de los pobres", cuando

Aquellos habitantes encerrados seis días por semana, gozan, rara vez en el centro de Lisboa, donde no van casi nunca aunque a ello les brinda lo económico de los vapores y los ómnibus, prefiriendo más bien buscar el esparcimiento en fiestas y romerías locales, muy célebres algunas de ellas, para lo cual son grande elemento cinco filarmónicas bandas de música compuestas de bandurrias, violines y flautas, formadas por operarios de las fábricas, una de estas bandas de niños, otra con instrumentos de viento, todas ellas caracterizadas por una marcha popular llamada de sol y do, que recuerda el antiguo aire de la manolería madrileña, que Barbieri ha convertido en la animada marcha de Pan y Toros.

Y las verbenas populares,

Comparsas de gallegos y regocijados portugueses invaden los templos de la alegría, y aquí en gracioso baile, allí en bullicioso corrillo, éste festejando a una moza, aquel echándose al coleto un vaso de peleón, unos cantando desaforadamente, otros saltan, corriendo y deshaciéndose en batimanes y todos alegres y satisfechos, cuando no bebidos y pitereros. Dan realce a la fiesta. Se ríe, se canta [...] y, cosa digna de tenerse en cuenta, en ninguna se altera el orden, ni se traban peleas; jamás la nube de la desgracia vela las distracciones populares [...].

Idílico, pues, digno de la más popular zarzuela española o del sainete más simpático del género chico. Y para completar el cuadro, los toros.

Observadores atentos de las manifestaciones populares, como era de esperar, los visitantes españoles a Lisboa son, de manera generalizada, antitaurinos, incursos en una larga tradición progresista que llega a nuestros días. Son, así, numerosos los testimonios y, sobre todo, los juicios morales descalificadores de la fiesta: "Los toros de muerte se suprimieron en Portugal al mismo tiempo que los jesuitas. Estos han vuelto, la suerte no".

Sobran los comentarios y las glosas: es el laicista convencido que sale siempre. Y para terminar su referencia a la fiesta, otro detalle que se comenta solo, aunque Giner no deja de hacerlo con brevedad elocuente:

Allí, como aquí, se han mezclado el Hospital y la Plaza de toros. La Santa Casa de Misericordia es la propietaria del Circo del Campo de Santana en Lisboa como nuestro Circo madrileño pertenece al Hospital Provincial. Antagonismo como el de la lotería, en que el Estado, jugador, persigue a los ju-gadores. La beneficencia mantenida con un espectáculo antibenéfico y antihumanitario.

Los lisboetas veraneaban, costumbre de moda creciente entre las clases medias ciudadanas a lo largo del siglo; una ciudad como Lisboa permitía la salida a sus ya entonces turísticos alrededores. La crónica del veraneo es en nuestro caso, además, una muestra de las mutaciones físicas de la ciudad, de sus transformaciones a lo largo del tiempo, de cómo algunos, lo que entonces eran amenos lugares campestres o playeros de reposo y baños (Algés, Pedrouços...), se han ido transformando en barriadas abigarradas y conglomerados urbanísticos.

Todos se acercaban a esas playas: los pobres, en barracas; la clase media, en las barcas en medio del río, verdaderos baños flotantes; la aristocracia, "en la soledad de la bahía de Belén". El punto más agradable era el muelle de Caçilhas; el "baño fuerte", en Pedrouços, y, desde Belén seguíanse: Algés, Riva Mar y Cruz Quebrada, "playas deliciosas"; Caxias, con su palacio real y la bahía excelente; Paço de Arcos para la vida familiar; Cascais, Ericeira... Si se añade que los autores suelen adjuntar, además, la lista de establecimientos balnearios, la información no podía ser más completa, sobre todo para los españoles, que eran muchos los que se desplazaban a Portugal en la época de baños.

Y rezaban, e iban en procesión. Y el Jueves Santo "mujeres y señoras (nótese la nada sutil distinción de clases sociales en la pareja de términos, por otra parte muy común en la época) llevaban mantilla". Giner de los Ríos sigue poniendo su granito de arena en la pintura de las manifestaciones externas del culto:

Lo que he visto me ha llamado la atención pues conserva tradiciones reñidas hoy con nuestras costumbres y usos en otros órdenes de la vida. Hay algo oriental en las ceremonias todas, tal como el quitasol que cubre al oficiante que acompaña al Viático.

En fin, algunas costumbres, unas curiosas por llamativas para el observador español, otras semejantes a las españolas de la época, son recogidas por los visitantes. Que, a fin de cuentas, con todas las diferencias, y mucho antes de la globalización del siglo XXI, en toda Europa, sobre todo en las capitales, había ya hace ciento cincuenta años "una cierta unificación en materia de vivir", porque "la sociedad por antonomasia", dice Giner de los Ríos, "se copia vilmente en Portugal, en Alemania, en Rusia".

Por ejemplo, el hecho de que con tanta presencia de la religión, "para hallar en las calles a las damas de Lisboa es preciso aprovechar las procesiones de Semana Santa o del Corpus, los bailes y soirées que abundan los meses antes de carnaval". Era la ocasión de los hombres para practicar el eterno voyeurismo. Era, según el mismo autor,

Aquella guardia de honor a la salida de misa de mozos que no entran a oírla sino que van allí a pasar revista a devotas que en gran número han entrado para ser revistadas a la salida, damas obligadas a hacer compras en tiendas guarnecidas por galanes participantes del privilegio industrial de hacer tiempo.

En definitiva, una ciudad que crecía, que se adaptaba a los tiempos, por encima de sus modos de vida ancestrales. Una ciudad que sin destruir las anteriores, se desarrollaba. Una Lisboa que cambiaba la fisonomía urbana ensanchándola, a la espera, lejana, de la última Lisboa, la que cien años más tarde hemos visto surgir en forma de inmensa periferia, esa sí, en todo semejante a cualquier ciudad europea actual. Por el contrario, la Lisboa que visitaron nuestros bisabuelos sí se incorporó, por derecho propio, al imaginario ya perdurable de la capital de Portugal.

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[1] Síntesis parcial de mi tesis doctoral, La imagen de Lisboa en los viajeros españoles de la segunda mitad del siglo XI. Facultad de Filología, Universidad Complutense de Madrid, 2004.

[2] Lisboa duplicó su población entre 1864 y 1890 (Serrão 1980 apud Araújo Cintra 2007).

[3] La larga tradición que ha llegado a nuestros días era cultivada ya entonces: "Es antiguo", escribía la Pardo Bazán, "el tomar a broma en España todo lo portugués, desde los tratamientos y condecoraciones hasta las batallas y hazañas. Una acendrada caricatura de la personalidad portuguesa se ha formado a través de la historia, inconscientemente, en el espíritu español".


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