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feediconRSS Vol.2, núm.2grisAR2010 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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París
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Izara Batres

La autora, Izara Batres, nació en Madrid en 1982. Es escritora y periodista (licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid). Ha trabajado como redactora en revistas de actualidad, en radio y en Televisión Española; como redactora y editora en una editorial, y como colaboradora en varias publicaciones culturales.

Ha sido premiada en diversas ocasiones. Recibió el premio de la editorial Siruela por su ensayo en el certamen "El mundo de Sofía" (2004); el primer premio del periódico El País, como ganadora del concurso de relatos de EP3 "Talentos" (2007); resultó finalista del XIV Premio Internacional de Poesía Luys Santamarina (2009) y del Premio Nacional de Poesía "Fundación Cultural Miguel Hernández" (2009). Recientemente, ha publicado el libro de poesía Avenidas del tiempo.

El texto que ahora presentamos es el retrato de un primer contacto con París. En la descripción, hay numerosas referencias al París de los pintores, de los poetas y de Julio Cortázar.

***

París

No se puede grabar París.

Ya decía Platón que la filosofía no se debía escribir. Tampoco se debe escribir París. Sobre el papel, en el vídeo o en la foto, pierde alma. Es el proceso lo que cuenta, porque vivir algo es hacerlo tuyo. Supone una reflexión y un aprendizaje que no vienen de fuera. Lo demás es un mero intento de abarcar su magia. Un intento imposible.

París se abre bajo la luna como una flor plácida y misteriosa, llena de aromas distintos. La noche se ofrece al visitante en diversas formas, con olores y ritmos variados. Se derraman las luces en un baile de espejismos que dibuja la leyenda.

Caminar por París: el cielo en instantes, fotogramas de la belleza. Ni siquiera las terrazas de las numerosas cafeterías se han resistido al narcisismo de la ciudad, y sus mesas miran hacia el paisaje urbano. Como no hay edificios de ladrillo estridente, ni construcciones desganadas, todo resulta admirable, nada rompe la armonía del conjunto. Los parisinos han sabido respetar este pacto en favor de la belleza. No suelen prohibir, lo que suelen hacer es pensar. Y confían en que los demás lo hagan también, como se observa en el trono central de la disposición metropolitana, el Louvre: depende de usted el cuidado de los objetos, el uso moderado de las cámaras.

Tullerías, su propio nombre lo indica, es un lugar que coquetea golosamente con el espectador, y que, de paso, une el Louvre con los Elíseos. A los lados, los jardines prometen viajes al modernismo de los felices 20, y es normal encontrar vendedores de cuadros mínimos que retratan un París antiguo. Ellos mismos parecen estar dibujados en el cuadro de la realidad, como parte del encanto.

Constantemente, los rincones de París acentúan la nostalgia de lo que nunca ha existido. Los puentes atraviesan el río creando insólitas grutas donde los artistas tocan melodías de no sé qué recuerdos de humo y ventanales en viejos cafés. Son pasadizos hacia otras imágenes que van elevando el nivel de fascinación del visitante.

El Hotel des invalides parece un espejismo al final de uno de los puentes: tiembla en días calurosos, impone con el rigor del frío. Cualquier ángulo del paisaje roza la perfección. Hasta la Eiffel, que, a simple vista, no beneficia mucho la estética arquitectónica, parece haberse acoplado al conjunto y se ha hecho una hija más de la ciudad. Rodeando la plaza de la Concordia, sorprende la inmensidad de las vías, de las calles y los jardines, como si nadie hubiera reparado en gastos. Las estatuas se ofrecen a las miradas sin ninguna vergüenza, desnudándose en movimientos apasionados. Monumentos, teatros de columnas, parques interminables, amplias avenidas, galerías con prendas de última moda, París sonríe, orgullosa de sí misma.

De noche, la torre Eiffel se viste de gala, y regala su icono dorado al cuadro nocturno.

La luna sobre el Sena es un instante de inmortalidad, un destello ingrávido. Enseguida el sueño se desliza sobre la realidad y comienzan, de nuevo, las gaviotas de plata a descolgarse del horizonte. Cruzan el agua de niebla como murmullos de otro tiempo. Entonces es el reflejo del sentido, la cercanía de las estrellas, la brisa reveladora, y sabes que París te ha cogido.

Apenas unos segundos más tarde, volverá el rumor de viandantes, se hará cada vez más fuerte. En el barrio latino, donde se mueven masas, también, todo está dispuesto como en las películas. Bajan por la callejuela pintorescos restaurantes, de todas las nacionalidades, exhalando aromas prometedores para el apetito, aunque dejen el bolsillo no tan satisfecho. Perfectamente observados en su estética, no se escapa un detalle en una decoración que responde al cliché de cada país, y el enjambre de visitantes muerde el "anzuelo", encantado de disfrutar este embrujo insólito.

Pero la esencia de París la conforman las vidas, en los balcones, sobre las aceras; los artistas, los poetas que recorren la ciudad sin poder evitar relatarse a sí mismos, inventarse en cada acera, en cada jornada, en las entrañas de esta capital de la magia que les promete todo, que les abraza y les zarandea después, pero siempre les acoge embriagándoles del perfume fantástico. Desde el Montmartre caminan los pintores, pintando su realidad en el camino de vuelta a casa, las luces de la noche en la cara, una sonrisa con barba de días; o unos ojos de mujer que busca en la noche parisina algo de lo que su inocencia le susurró al oído, eso que en el cine sí es posible.

Lo que hace respirar a París son sus historias. Interminables memorias transmitidas.

El París de Cortázar aún late y respira bajo las aceras, en las esquinas, en los silencios del intersticio que se abre cuando se piensa París, y en las personas de los cafés que ahora ocupan los lugares de Etienne, de Oliveira, de la Maga.

Cuando tienes que decir adiós a esta ciudad del sueño, y observas, por última vez, los cafés perfilando la elegancia de las calles, sientes una punzada dolorosa e irremediable.

Ya en el coche, saliendo de París, con una lejana música de Paco Ibáñez en su concierto francés, dilatando la melancolía, no queda más que prepararse para caer de nuevo en la monotonía de los días y las horas. Añorar, hasta que vuelvas, esa belleza que nunca poseerás del todo y que por eso es arrebatadora. No te bastará una postal ni una carta, ni el vídeo plano. Te has enamorado del tiempo y el espacio.

Indigna tener que mirar París desde tan lejos.


BATRES, Izara (2010): "París" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 2, núm. 1. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen02-1/textos01.htm. ISSN: 1989-4015

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