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La ciudad como proyección exterior del yo: un recorrido por la España del crítico literario rumano Adrian Marino (PDF)

Barbara Fraticelli

Universidad Complutense de Madrid
Departamento de Filología Románica, Filología Eslava y Lingüística General
fraticelli@filol.ucm.es

Resumen
El crítico literario rumano Adrian Marino escribe y publica en Bucarest en 1974 un volumen de relatos de viaje por algunas ciudades españolas. En él, Marino parece proyectar sus impresiones anteriores al propio viaje, y propone una lectura de las ciudades visitadas que oscila entre lo real y lo literario.
Palabras clave: Adrian Marino, ¡Olé España!, literatura rumana, literatura de viajes, el espacio urbano en la literatura.

Title: The city as an external projection of the ego: a trip around Spain seen by the Romanian literary critic Adrian Marino
Abstract
The Romanian author Adrian Marino writes and publishes in 1974 a small book which title is ¡Olé España! Readers will find in it some travel impressions and descriptions of main Spanish cities, such as Madrid, Barcelona, Seville and Toledo. Marino describes them changing from a realistic point of view to a literary one.
Keywords: Adrian Marino, ¡Olé España!, Romanian literature, travel writings, urban space in literature.


La ciudad escrita, la ciudad vivida, la ciudad soñada, la ciudad intuida, la ciudad retratada, la ciudad fragmentada, la ciudad deconstruida, la ciudad leída... Existe una tipología prácticamente infinita de formas de comunicar el espacio urbano en la literatura, las artes plásticas y la música, reflejo de los múltiples yo que se proponen proyectar su visión personal del mismo y de aquellos que asimilan tales imágenes.

Conocer físicamente una ciudad, por haber sido transeúnte en ella, constituye un punto de partida para ampliar horizontes e ir incorporando nuevas lecturas de esa misma ciudad, nuevas perspectivas, de la más diversa índole, acerca de la esencia de ese espacio. Madrid, Barcelona, Sevilla, Toledo son lugares conocidos y transitados, objeto de reflexiones filosóficas y urbanísticas y de crónicas más o menos literarias; sin embargo, en algún texto menos conocido de autores de allende las fronteras de la Península Ibérica, aún se puede sorprender el lector con retratos urbanos que mezclan lo real con lo imaginario, lo literario y lo subjetivo.

En 1974, en el mismo periodo en que el periodista santanderino Jesús Pardo publica sus crónicas en el diario Madrid, dando a conocer unos aspectos de la cultura y la situación política rumanas al lector español[1], en Bucarest ve la luz un pequeño volumen titulado ¡Olé! España, escrito por el crítico literario Adrian Marino.

Marino, nacido en Iaşi en 1921 y fallecido en Cluj-Napoca en 2005, está considerado como uno de los mayores críticos literarios rumanos contemporáneos, habiendo publicado volúmenes sobre literatura comparada, teoría de las ideas literarias, la vida y la obra de Alexandru Macedonski, hermenéutica literaria, etc. En 1949 es arrestado por el régimen por participar en unas actividades contrarias a éste último, y en 1957 es deportado a los campos de trabajo del Bărăgan, hasta 1963. Este largo periodo de privación de libertad explica que Marino empezase a divulgar sus trabajos científicos a los 44 años, con el conocido texto Viaţa lui Alexandru Macedonski. Bajo la tutela del comparatista René Étiemble cursa la especialización de literatura comparada en Suiza entre 1971 y 1972. Tras la estancia en Ginebra se desplaza a España con la intención de impartir unas conferencias en la Universidad de La Laguna, invitado por el profesor Alexandru Ciorănescu, cuyo argumento se centra en "la vie littéraire dans la Roumanie d'aujourd'hui". Fruto de este viaje es el libro en que Marino ordena sus notas tomadas a lo largo de varias semanas de periplo por todo el territorio español, desde Sevilla, pasando por Canarias, Madrid, Toledo, hasta Barcelona. Es la primera vez que visita el país, pero llega con un bagaje literario y filosófico de lecturas que le han preparado, en sus propias palabras, "para asimilar el elemento autóctono en toda su riqueza". En la soledad de Ginebra ha podido acceder a volúmenes de Unamuno, Menéndez Pelayo, Menéndez Pidal, a las Impresii asupra literaturii spaniole de Călinescu, a la música de Albéniz, Granados y De Falla y a autores del Siglo de Oro, por lo que la primera reflexión que suscita en el lector es que Marino ha realizado una inmersión en el elemento intelectual y filosófico para preparar el viaje, y una vez en España se hace necesaria una "purificarea, pe cât posibil, de elemente livreşti şi literare [...]; ieşirea din cultură şi intrarea în viaţa imediată" (Marino 1974: 17)[2].

En 1972 España vive un momento histórico muy diferente del actual, pero Marino no incluye comentarios acerca de la situación política del país; antes de emprender el viaje el autor se propone buscar algunos elementos que confirmen sus ideas sobre la forma de ser y sentir de los españoles, y es curioso ver cómo encuentra respuestas a medida que se va moviendo entre las diferentes ciudades y va descubriendo puntos de contacto entre el sentir rumano y el sentir español. De hecho, el punto de partida definitivo para la aproximación al espíritu español es la lectura del poeta simbolista rumano Macedonski, al que considera como el más quijotesco, utópico y quimérico entre los poetas rumanos de todos los tiempos. Este detalle hace que Marino se sienta extrañamente familiarizado con la espiritualidad española, antes incluso de conocer el país.

El comienzo del viaje se desarrolla en Sevilla, ciudad que aúna los tópicos culturales al uso -con gitanas, castañuelas y andaluzas fogosas en la estela de la célebre Carmen- y que constituye por sí misma una literatura y una mitología entera. En la Catedral se enfrenta por primera vez con la 'célebre' locura española, tal y como la define el propio Marino, debido a las dimensiones faraónicas del templo, que hacen que la catedral de Nôtre-Dame de París pueda caber en una sola de sus naves. Al contemplar el monumento, una sensación de confusión y sorpresa invade al viajero, por la forma en la que se inserta la iglesia en el conjunto caótico de la ciudad. Bien diferente es la visita al Alcázar, cuyas reminiscencias árabes inducen una reflexión acerca de los orígenes de la civilización occidental. En una meditación sobre quién resulta ser el vencedor y quiénes los vencidos en las contiendas de otras épocas, Marino reconoce que los árabes, civilizados y cristianos, que residían en Sevilla y que enriquecieron los interiores de los Alcázares con detalles extremadamente refinados, parecen haber tenido una oportunidad histórica de revancha sobre los vencedores -"[...] splendidă revanşă istorică a stilului asupra istoriei" (24)-, y añade que percibe, en la decoración de los interiores del monumento, la presencia de otro refinamiento de los sentidos y del espíritu.

Sevilla es un espectáculo inédito para el visitante, cegador -en aquellos años aún no se había publicado Orbitor de Mircea Cărtărescu-, una satisfacción permanente para la vista. Es el lugar en el que Marino empieza a formular una teoría sobre la forma de ser del pueblo español y su vinculación con el espectáculo, la teatralidad e, incluso, la ostentación. Todo en España parece formar parte de una representación, cuyos actores llevan a la escena pública sus sentimientos, sus contradicciones, sus manías de grandeza y, en definitiva, lo más recóndito de su alma. El Palacio Real de Madrid, levantado sobre las ruinas del viejo Alcázar, transmite también una sensación de opulencia y rigidez, por los ademanes casi militares de sus empleados y por la grandiosidad vacía que se desprende de las estancias que Marino visita, a las que califica como enormes e inútiles. Sería imposible vivir en este Palacio, por lo que representa simplemente un "espectáculo organizado", para uso y disfrute del turista. Para evitar mayores decepciones, afirma: "visitez locuri şi personaje pe care nimeni din clasa turism nu le cercetează" (65).

La puesta en escena en su grado máximo de lo español es la celebración de la Semana Santa, momento que Marino pasa en Madrid, cuando ya ha visitado Sevilla y Canarias, y que le permite moverse por las calles atestadas de público prácticamente en el anonimato. Desea fundirse con la ciudad y su esencia: "O voluptate suplimentară, profundă şi rară, este mai ales cufundarea în necunoscut. La Madrid nu cunosc, practic vorbind, pe nimeni" (69).

El Jueves Santo asiste a una procesión en la que unos encapuchados acompañan el paso de un Jesús con la cruz en la espalda, una escena que le recuerda los grabados de los autos de fe por la presencia de penitentes con cruces auténticas en sus hombros. Al no considerarse a sí mismo un místico, Marino retrata el 'espectáculo' de una manera lúcida, como quien asiste a una representación popular barroca, de corte folklórico, una mezcla de exhibición teatral y devoción.

El Domingo de Resurrección se desplaza a la plaza de las Ventas para asistir a otro gran espectáculo, la Gran Corrida de Toros, que se convierte en la mayor muestra del temperamento español. La respuesta del público es tan intensa, ante el éxito o el fracaso del matador, que según Marino no se puede comprender lo que significan estos dos conceptos en España sin haber presenciado una corrida. La representación tauromáquica es así una síntesis de elementos exóticos, sensacionales, deportivos, coreográficos, etc. Cabe destacar la sutil ironía con la que el crítico rumano describe las entradas de los museos y espectáculos españoles, por el notable tamaño de las mismas, una muestra suplementaria de cierto deseo de grandeza.

En Barcelona, durante las horas nocturnas, la Plaza del Rey parece un "escenario", en el que la ficción se convierte en realidad y la realidad en ficción. Sin embargo, la ciudad condal es percibida como el lugar donde la teatralidad española de Sevilla, Madrid y Toledo deja paso a una nueva conciencia y una nueva espiritualidad, puesto que "desigur, spirit catalan nu este spaniol" (130).

El autor de una auténtica ruptura con lo anteriormente descrito es Gaudí, "aproape necunoscut la noi" (131), quien en sus obras permite que España se metamorfosee, se trascienda a sí misma, en una dimensión menos aparente que las otras ciudades, y se eleve a lo esencialmente espiritual. Gaudí lleva a cabo una revolución estilística y ontológica en su arquitectura, acercando tal vez su ciudad a un mayor grado de introspección. El hecho de observar los edificios, la proyección vertical de algunas obras maestras, y la misma configuración de los barrios del casco antiguo sugiere una comparación con elementos propios de la arquitectura o el folklore rumanos. Los domingos, frente a la Catedral de Barcelona, unos grupos de amateurs se reúne para bailar sardanas; la melodía ancestral, que parece totalmente ajena al folklore ibérico, recuerda a la horă rumana, lo que cautiva la atención de Marino y le sugiere unas reflexiones sobre el origen de ambas danzas colectivas.

El bagaje que el autor de estas notas de viaje lleva consigo es eminentemente literario, constituido por lecturas de la procedencia más diversa, por lo que no es de extrañar la frecuente inserción de fragmentos intertextuales que explican, para el lector culto, aquellas situaciones que por sí solas no se podrían comprender. Una cita de la obra Avatarii faraonului Tlá de Mihai Eminescu acerca la topografía confusa de la ciudad de Sevilla a los lectores rumanos que conozcan la novela, más incluso que una simple descripción de sus calles, plazas y edificios.

Una vez que Adrian Marino llega a Gran Canaria, una cita de Dante y la explicación de la ubicación por parte del poeta florentino del paraíso en ese mismo lugar da fe de lo que el visitante puede encontrarse y de la belleza que puede contemplar en sus paisajes.

En Madrid salen a su encuentro Cervantes y Lope de Vega, protagonistas en estas páginas de una curiosa contradicción 'literaria'; la casa-museo de Lope está ubicada en la calle Cervantes, nombre que le fue dado porque en ella murió este último, quien, a su vez, estuvo enterrado en un monasterio de la calle paralela, que es la calle Lope de Vega. En la topografía urbana se repite así el cruce que ambos autores protagonizan desde las páginas de los manuales de historia literaria del Siglo de Oro.

Contrariamente a lo que acontece en el discurso literario y en algunos relatos de viaje, cuyos intereses exceden lo puramente descriptivo y se enfocan en parte en el aspecto antropológico, en ¡Olé! España es difícil encontrar reflexiones acerca de la tipología de los habitantes de las urbes visitadas. A excepción de un breve fragmento dedicado a la femeie spaniolă, en el que Marino intenta separar el mito -literario y cinematográfico- de la realidad, que resulta ser bastante decepcionante a su entender, no hay tipos o prototipos sevillanos, madrileños, barceloneses, etc. El autor expresa en múltiples ocasiones el deseo de perderse días enteros por las calles, especialmente de la capital: "Îmi place spectacolul străzii, în care mă pierd cu voluptate ore în şir..." (98); pero la finalidad de todo ello es la de poder observar la ciudad y su arquitectura, las librerías -especialmente la cuesta de Moyano-, el Prado -al que acude en repetidas ocasiones, entablando secretas conversaciones con Velázquez y Rubens-, en definitiva los lugares eminentemente culturales, obviando el contacto con sus habitantes, al que no concede demasiado espacio en sus páginas.

En 1974 Madrid no era una ciudad multicultural como lo es hoy en día; por tanto, no es de extrañar que no haya ninguna referencia, ni libresca ni popular, a una mezcla racial o cultural en sus manifestaciones ciudadanas. Sevilla es el resultado de la superposición del elemento cristiano sobre el elemento árabe, con una combinación artísticamente definida y muy lograda; Toledo es el resultado de la superposición del elemento cristiano sobre el árabe y el judío, pero aquí no se ha dado una amalgama arquitectónica respetuosa con cada factor cultural anterior, a juicio de Marino. En las Islas Canarias, en ambas capitales de provincia, el turista nórdico parece haber colonizado el territorio, aunque no se ha mezclado con lo autóctono, mientras que en las calles del centro se observa un curioso fenómeno de cosmopolitismo y multiculturalidad, el de las tiendas-bazar, que combinan lo oriental y exótico con lo canario, en una confluencia de estilos artísticos y comerciales que confieren a la ciudad un toque de originalidad en medio de un panorama ciertamente mediocre. El autor manifiesta una vez más el deseo de perderse por estas calles, con una vitalidad insospechada hasta entonces: "Rătăcesc ore întregi, destul de metodic, pe străzi şi ramblas necunoscute, privesc vitrine tot mai greu de imaginat şi descopăr aici, în plin Atlantic, o lume nouă, total nebănuită" (59-60).

Adrian Marino vive en una época en la que los escritores e intelectuales rumanos sufren lo que él denomina el "complejo de París". Durante siglo y medio, la aspiración de muchos artistas ha sido la de visitar París, sumergirse en su tradición literaria y cultural y, en la medida de lo posible, recrear las mismas condiciones de vida y trabajo en su país natal; Bucarest, como ya se ha visto, se configura arquitectónicamente como el "pequeño París" de los Balcanes, antes de la intervención urbanística del régimen. En Madrid se pueden encontrar detalles que recuerdan la capital francesa, como la Plaza de Oriente, pero en una comparación entre las dos ciudades, cabe plantearse cuál es la razón de una supuesta superioridad de París:

Nu te umileşte nici eleganţa ostentativă a vitrinelor, nici reclamele enorme, ostentative, cosmopolite, nici solemnitatea rece, istorică, din Place de la Concorde. Plaza Mayor este concepută în alt stil, un fel de Place des Vosges, dar mult mai monumentală, mai spa?ioasă, mai solemnă. [...] Parisul rămâne un mare oraş, care se îndepărtează lent, dar sigur, din conştiinţa mea. A încetat să mai fie un pol afectiv sau spiritual exclusiv, deşi rămâne - oricum - admirabil. Explicaţia mea esenţială, care ar trebui cândva dezvoltată, constă în autarhia şi recluziunea evidentă şi impermeabilă a spiritului francez, în politicoasa, dar distanta şi vizibila sa indiferenţă şi răceală pentru toate celelalte literaturi şi culturi ale lumii. (72)

El autor lamenta que muchos conciudadanos suyos no hayan viajado a España, porque están dominados aún por el mito francés, parisino, y pierden de esta forma la oportunidad de ampliar sus horizontes culturales y espirituales. Él, en cambio, llega a Madrid ávido de nuevas experiencias intelectuales, en una constante oscilación entre la vida y la literatura: "Singur, doar cu dorin?ele şi ideile mele, cu ochii larg deschişi, avid de noutate şi imagini proaspete" (70).

La cultura española, según lo que puede observar, no padece hasta el momento el llamado "complejo europeo", y Marino cita a Unamuno para corroborar esta hipótesis, según el cual "no hay que europeizar a España, sino hispanizar a Europa", afirmación que suscita la admiración del viajero y demuestra una envidiable conciencia de la identidad nacional.

El ritmo de vida en las calles de la capital es parecido al parisino en los momentos de gran aglomeración de gente y de coches, aunque "din fericire" faltan los motoristas que, en cambio, complican la circulación en Roma. En las terrazas de Callao se respira una atmósfera de gran metrópoli, lo que da pie a incluir en el relato unos detalles costumbristas. Marino observa y describe el hábito típicamente español de tomar algo en un bar, luego en otro, luego en otro, para pasar posteriormente a tomar café en otro establecimiento, y así durante horas, provocando un colapso en los lugares de ocio que se explica por la necesidad de variar, de mantener vivos los contactos sociales, por el nerviosismo temperamental de los españoles y la obsesión por "dejarse ver" como exigencia social. Esta actitud incomoda sobremanera al visitante foráneo, quien en ocasiones no puede acceder a un local por estar ya completo. Una vez más, "descoperirea Madridului", la ciudad rojiza de los Austrias, se convierte en un momento de recogimiento y reflexión sobre la forma de ser de los españoles, su manera de estar en el mundo y los mecanismos de sus relaciones sociales.

Barcelona, por su peculiar esencia, exige una llegada significativa. La puerta de entrada simbólica que Marino identifica como la más apropiada para esta ciudad es el teleférico del Tibidabo, un punto suspendido en el aire, desde donde se puede contemplar una visión de conjunto emocionante y sobrecogedora. Así se capta con mayor nitidez el carácter de una urbe moderna, en una concepción del espacio como dotado de personalidad propia, de una lógica intrínseca y de "sistemul său interior". Barcelona comunica una mayor espiritualidad y es portadora de valores como la fantasía y la imaginación en mayor medida que Madrid, según el viajero. Es el lugar donde transcurren sus últimos días en España, el lugar de la despedida de una realidad acogedora y cercana desde el punto de vista cultural. El lugar donde descubre puntos de contacto entre sus raíces y el folklore popular catalán.

No hay detalles lingüísticos o históricos que ilustren la idiosincrasia de Cataluña con respecto al resto del país, hecho que sorprende por ser Adrian Marino un filólogo, conocedor de varias lenguas románicas. Sin embargo, no falta cierta fina ironía al notar la presencia del Pueblo Español en la ciudad condal, una institución que pretende resumir la arquitectura regional de la Península, y que resulta artificial y teatral en su composición. Se trataría tan sólo de una demostración para turistas que deseen saber cómo es España sin desplazarse a otros lugares.

Una vez con los pies en el suelo, Marino deambula por el centro, describiendo la belleza de las Ramblas -que cautivan al autor por la vitalidad que desprenden-, del Barrio Gótico -un edificio medieval alberga el museo dedicado a Picasso, combinando con buen gusto el cubismo de las pinturas del interior con el estilo gótico del exterior-, del mercado de San José (la Boqueria) -en el que pierde horas enteras paseando por sus puestos, en una explosión de los sentidos, los colores, la vida popular y auténtica-, hasta terminar en la Estación de Francia, desde donde emprende su viaje de regreso hacia Ginebra en un tren cargado de emigrantes.

El espíritu crítico y de análisis de Adrian Marino, al final del viaje y de las páginas que lo relatan, permite que las últimas impresiones de conjunto abran nuevos caminos de investigación y nuevas posibilidades de reflexión acerca de la realidad del país que ha descubierto durante varias semanas. Marino observa las ciudades con gran respeto y a la vez con lucidez y capacidad analítica, en una permanente búsqueda de un equilibrio entre lo que se espera y lo que se encuentra en cada una de ellas, lo que viene a ser una búsqueda de equilibrio entre literatura y vida, auténtico eje central del volumen.

Uno de los términos filosóficos repetidos con mayor frecuencia en el texto es 'utopía'; el estudioso rumano alcanza a entender lo que significa justamente en España, por el sentimiento fuerte y único de su historia, sin nostalgias ni complejos, por el orgullo que se respira en cada esquina, por el gran espíritu de independencia que impera por doquier, y, al fin y a la postre, por permitirle fusionar en una experiencia vital de tan sólo unas semanas dos términos tradicionalmente opuestos, aunque absolutamente necesarios ambos: literatura y vida.

Bibliografía
FRATICELLI, Barbara (2009): "Bucarest. Encuentros, reencuentros y desencuentros", en MUÑOZ CARROBLES, Diego; y ORTEGA ROMÁN, Juan José (eds.), Bucarest, Luces y sombras. Sevilla: Grupo Nacional de Editores, pp. 31- 42.

MARINO, Adrian (1974): ¡Olé! España. Bucarest: Editura Eminescu.


[1] En el desaparecido diario Madrid, en 1968 (vid. Fraticelli 2009: 31-42).

[2] De aquí en adelante, en todas las citas referidas a esta edición de ¡Olé! España, solo se indicará el número de página.


FRATICELLI, Barbara (2010): “La ciudad como proyección exterior del yo: un recorrido por la España del crítico literario rumano Adrian Marino” [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 2, núm. 2, pp. 131-136. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen02-2/varia07.htm. ISSN: 1989-4015

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