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feediconRSS Vol.3, núm.1grisAR2011 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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Descripción de Venecia en el siglo XV por Philippe de Commynes (PDF)

Traducción de Rocío Peñalta Catalán

rociopenalta@filol.ucm.es

 

Philippe de Commynes (h. 1445-1511) fue consejero y embajador del rey Louis XI de Francia. Es autor de unas memorias en las que narra su vida al servicio del monarca francés, ocupación que le lleva a viajar por todo el continente europeo y por el Mediterráneo. A continuación, ofrecemos la traducción de un capítulo de sus Mémoires[1] en el que narra su primera visita a Venecia y las impresiones que le causan la ciudad y sus habitantes, así como algunas observaciones sobre la topografía de la ciudad, su riqueza y su forma de gobierno.


Descripción de Venecia
El duque de Milán, que ayudó en mi partida, escribió a su embajador que reside en Venecia (porque siempre hay uno allí), para que me hiciese compañía y me sirviese de guía. Su embajador recibe cien ducados al mes de la Señoría y tiene una residencia elegantemente acondicionada y tres barcos, que no le cuestan nada, para desplazarse a través de la ciudad. El embajador de Venecia en Milán tiene lo mismo, excepto los barcos, porque aquí se desplazan a caballo, y en Venecia por el agua. En mi camino atravesé sus ciudades: Brescia, Verona, Vicenza, Padua y otros lugares. Por todas partes me acogían con grandes honores por respeto a aquél que me enviaba, y un gran número de gentes se desplazaban delante de mí con su podestá[2] o su capitán [...].

El día que entré en Venecia[3] me precedieron hasta llegar a Fusina, que está a cinco millas de Venecia; y allí dejaron el barco en el cual habíamos venido desde Padua a lo largo de un río[4], y nos instalamos en pequeñas barcas muy limpias y cubiertas de tapices, con bellas y mullidas alfombras en su interior sobre las que sentarse. El mar llega hasta allí y no hay otra tierra más próxima hasta llegar a Venecia; pero este mar está en calma, sin tempestad, y esa es la razón por la cual se pescan gran cantidad de peces de todo tipo. Me sentí extremadamente sorprendido por la ubicación de esta ciudad, por el gran número de campanarios y monasterios, y por el magnífico conjunto de casas, todo en el agua; y la población no tenía otro medio para desplazarse que estas barcas, las cuales, yo creo, se contaban en treinta mil, pero son muy pequeñas. Alrededor de la ciudad hay unos setenta monasterios, en una franja de menos de media legua francesa, todos en las islas, y albergan tanto a hombres como a mujeres; son muy bellos y muy ricos, tanto los muros como la decoración, y tienen magníficos jardines, sin contar aquellos otros situados en el interior de la ciudad –donde se encuentran las cuatro órdenes mendicantes[5]–, así como setenta y dos parroquias y numerosas cofradías; es cosa muy extraña ver tan bellas y grandes iglesias asentadas sobre el mar.

En la mencionada Fusina, vinieron a mi encuentro veinticinco gentilhombres, apropiada y ricamente vestidos con trajes de seda y escarlata, y allí me dieron la bienvenida; me condujeron hasta una iglesia de San Andrés cerca de la ciudad, donde de nuevo me encontré con otros caballeros, también en gran número, y, con ellos, a los embajadores de los duques de Milán y de Ferrara. También allí me dieron otro discurso, y después me instalaron en otros barcos, que ellos llaman “barcazas”, y que son mucho más grandes que los anteriores; había dos, recubiertos de raso carmesí, con la parte inferior tapizada, y espacio para cuarenta personas sentadas en cada uno de ellos. Me hicieron acomodarme en medio de estos dos embajadores (y es que el centro es el lugar de honor en Italia) y me llevaron a lo largo de la gran avenida que ellos llaman el Gran Canal; es muy largo: los barcos pueden navegar por él, y yo he visto navíos de cuatrocientas toneladas muy cerca de las casas; creo que es la calle más bella que hay en el mundo entero y la mejor construida, y atraviesa la ciudad. Las casas son muy grandes y altas; de buena piedra y completamente pintadas las antiguas; las otras, construidas hace cien años, tienen la fachada enteramente de mármol blanco procedente de Istria, a cien millas de Venecia, igualmente con numerosas y grandes placas de pórfiro y serpentina en la fachada delantera. En el interior, tienen, al menos la mayor parte, dos salas con techos dorados, ricos mantos de chimenea en mármol tallado, las maderas de las camas doradas, los biombos pintados y recubiertos de oro, y cantidad de muebles hermosos en el interior. Es la ciudad más victoriosa que yo haya visto jamás y la que mayores honores rinde a los embajadores y a los extranjeros, la más sabiamente gobernada, y donde se cumple más solemnemente el servicio religioso. E incluso aunque tengan defectos, creo que Dios les ayudaría, en razón de la reverencia que ellos muestran en el servicio a la Iglesia.

En compañía de estos cincuenta gentilhombres fui conducido hasta San Giorgio, que es una abadía de monjes benedictinos reformados, donde fui alojado. Al día siguiente vinieron a buscarme y me llevaron ante la Señoría; yo presenté mis cartas al Dux[6], que preside todos los consejos, y que, elegido de por vida, es honrado como un rey. Todas las cartas le son dirigidas, pero él no puede hacer nada por sí mismo. Sin embargo éste tiene una gran autoridad, más de la que haya tenido ninguno de los príncipes venecianos; así, hace ya doce años que es dogo, y lo he hallado un hombre de bien, sabio, muy experimentado en todos los asuntos de Italia, y persona dulce y afable.

Por este día, no añado nada más. Me han hecho ver tres o cuatro cámaras con sus techos ricamente dorados, las camas y los biombos; es un bello palacio, ricamente amueblado, cuya fachada está completamente hecha de mármol finamente tallado, y los bordes de las piedras, revestidos de oro con un grosor de, quizá, una pulgada. En el palacio hay cuatro salas ricamente doradas y una gran vivienda; aunque el patio es pequeño. Desde su aposento, el Dux puede escuchar la misa celebrada en el altar mayor de la capilla de San Marcos, que es la capilla más bella y más rica del mundo, incluso si no ostenta más que el título de capilla[7]; está completamente recubierta de mosaicos en todas partes; ellos se jactan todavía de haber redescubierto este arte, y lo mandan realizar en caso de necesidad, y yo lo he visto.

En esta capilla se encuentra su tesoro –del cual hablaré con mucho gusto–, es decir, objetos de arte destinados a decorar la iglesia. Hay doce o catorce diamantes: nunca los he visto tan grandes. Hay dos, de los cuales uno pesa setecientos quilates y el otro ochocientos, sin embargo no son perfectamente puros. Hay doce petos acorazados de oro, con la parte delantera y los bordes revestidos de piedras preciosas, y doce coronas de oro, con las que se engalanaban en otro tiempo las mujeres que ellos nombraban reinas en ciertas festividades del año que se celebraban en las islas y las iglesias. Estas reinas, así como la mayor parte de las mujeres de la ciudad, fueron raptadas por piratas originarios de Istria o del Friul próximo, que se habían ocultado detrás de las islas; pero los maridos los persiguieron, las recuperaron y depositaron estos objetos en San Marcos, y fundaron una capilla donde la Señoría rinde culto todos los años, para conmemorar esta victoria[8]. Es una gran riqueza para ornar la iglesia, con otros muchos objetos de oro, que se encuentran en recipientes de jacinto, de amatista, de ágata y uno pequeño de buena esmeralda; pero este tesoro no es tan grande como se suele estimar. Ellos no atesoran oro y plata, y el Dux me ha dicho, delante de la Señoría, que, en Venecia, pretender amasar un tesoro merece la pena capital, y creo que tienen razón en su miedo a engendrar divisiones entre ellos. Después me mostraron su arsenal, donde preparan sus navíos y se ocupan de todas las cosas necesarias para la armada naval: es la cosa más bella que existe en el mundo entero hoy en día, y ha sido, y es todavía, la mejor organizada para esta actividad.

Permanecí pues en Venecia ocho meses, con todo costeado, como los demás embajadores que allí se encuentran; y os digo que he hallado a los venecianos tan sabios y tan proclives a enriquecer su Señoría que, si no está allí provisto rápidamente, todos sus vecinos lo maldecirán enseguida. Porque, todo el tiempo que el rey ha estado allí y aun después, ellos han tenido la mejor estrategia de defensa y de conservación que haya habido jamás; ellos están en efecto todavía en guerra con él, y no han dudado en expandirse, por ejemplo tomando como garantía siete u ocho ciudades en la Apulia[9]; que no sé cuándo devolverán; y cuando el Rey vino a Italia, los venecianos no podían creer que tomasen así las plazas fuertes, ni en tan poco tiempo, porque esta no es su manera de actuar; y después ellos también han hecho y hacen numerosas plazas fuertes, unos y otros, en Italia. Los venecianos no están preparados para expandirse a toda prisa –como hicieron los Romanos–, porque sus hombres no tienen las cualidades necesarias, y ninguno de ellos hace la guerra en tierra firme –como hacían los Romanos–, excepto sus capitanes, que aconsejan y proveen de todo lo necesario a la armada. Sin embargo, la guerra en el mar está conducida por sus gentilhombres, en calidad de jefes y capitanes de galeras y navíos, y por otros de sus hombres. Pero además se deriva otra ventaja de que no participe nadie en los ejércitos de tierra, y es que no hay nadie que tenga la calidad o el corazón necesarios para gobernar, como sucedía en Roma; y por esta razón no hay ninguna disensión de orden civil en la ciudad, y esta es la mayor riqueza que yo les veo. Ellos han evitado este riesgo magníficamente, y de muchas maneras diferentes, porque no existe un tribuno del pueblo como el que tenían los romanos, lo que fue en parte la causa de su división: el pueblo no tiene en efecto ninguna autoridad, no se le consulta para nada y todos los oficios [políticos] son desempeñados por patricios, excepto los secretarios: esos no son gentilhombres. También la mayoría del pueblo es extranjero. Los venecianos tienen un buen conocimiento, gracias a Tito Livio, de los errores que cometieron los romanos; es cierto que ellos conservan su relato y sus restos en el palacio de Padua. Y por estas razones y por muchas otras que he observado en ellos, vuelvo a decir que están a un paso de llegar a ser muy grandes.


[1] Traducción realizada a partir de la edición de Joël Blanchard: Philippe de Commynes, Mémoires. Paris: Pocket, 2004.

[2] Primer magistrado de la ciudad.

[3] El 2 de octubre de 1494.

[4] Se trata del río Brenta, por el que Commynes es conducido de Padua a Fusina.

[5] Carmelitas, dominicos, franciscanos y agustinos.

[6] Agustino Barbarigo, elegido dux el 28 de agosto de 1486; fallecido en 1501.

[7] Nótese la ironía de Commynes al hacer este comentario. En efecto, la que hoy es catedral en Venecia era, en su origen, la capilla privada del dux, adosada al palacio ducal.

[8] El acontecimiento se conmemora el 1 de febrero, día en que el dogo va en procesión hasta la iglesia de Santa Maria Formosa.

[9] Actual Puglia.


PEÑALTA CATALÁN, Rocío (2011): "Descripción de Venecia en el siglo XV por Philippe de Commynes" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 3, núm. 1, pp. 253-256. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen03-1/textos02.htm. ISSN: 1989-4015

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