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feediconRSS Vol.3, núm.2grisAR2011 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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La ciudad tentacular en dos poemas de Émile Verhaeren y una ilustración de Frans Masereel (PDF)

Traducción y nota de Juan Soros

juansoros@gmail.com

Émile Verhaeren (1855-1927) representa la entrada en la literatura francesa moderna de los autores belgas de la segunda mitad del siglo XIX, junto a Georges Rodenbach, autor de Bruges-la-morte, entre otros. Maurice Piron lo describe como “une sorte de Walt Whitman européen” y en España se le conoce por La España negra (1899) pero, sin duda, su tratamiento del espacio urbano es uno de sus más importantes aportes a las letras contemporáneas, y el imaginario de la ciudad, incluso actual, que tiene su origen en el proceso de industrialización del que Verhaeren es testigo. A continuación se presentan dos poemas de dos libros diferentes: el poema “La Ville”, de Les Campagnes hallucinées (1893), donde presenta el concepto de la “ciudad tentacular” (el adjetivo fue creado por él) propia de la modernidad, y “L’âme de la Ville”, de Les Villes tentaculaires (1895), que, a través de un fresco histórico, por alusión, habla del crecimiento de la ciudad, el cual siempre es a costa del campo. Los dos libros de los que extraemos los poemas urbanos se editan juntos desde que el mismo Verhaeren los reuniera en 1904, para su edición en Mercure de France, mostrando así su coherencia formal y estructural. Ninguno de ellos ha sido traducido completo al español.
En ambos poemas destaca la configuración espacial de la ciudad-puerto y el contraste con el campo-llanura, probables referencias a su paisaje flamenco originario, y es a través de la enumeración que se acumulan los elementos urbanos. Como ha reconocido la crítica desde su aparición, la influencia de la flânerie de Baudelaire es notable, quizás especialmente en el eje vertical, en la dialéctica entre tierra y aire, entre la ciudad de piedra y el sueño de aire, donde se entremezclan las nubes (se recuerda el poema epónimo de Baudelaire) con la contaminación de los humos de las chimeneas de hogares y fábricas. Sin embargo, esta primera cercanía entraña una distancia notable. Así, cuando Walter Benjamin cita a Verhaeren en su gran ensayo sobre Baudelaire, justamente los últimos versos del poema “L’âme de la Ville”, lo hace para mostrar una visión de la ciudad “radicalmente diferente”, en palabras de Michel Biron (1994: 90), respecto a la del poeta francés. Si en el ensayo Charles Baudelaire, un lírico en la era del altocapitalismo (Benjamin 2008: 178-179) no es tan claro en su distinción, a pesar de ser Verhaeren el contraejemplo utilizado respecto a los poetas posteriores, es en las Notas sobre los Cuadros parisinos de Baudelaire (escritas en francés con variantes del ensayo alemán) donde expresa las diferencias formales de ambos autores, tanto en la representación de la ciudad como en las esperanzas depositadas en su futuro. Benjamin repasa la producción reciente:

Se recordará por lo demás el papel que la minuciosa descripción de la ciudad desempeña en poetas más recientes, sobre todo en aquellos de inspiración socialista, y se observará que el hecho mismo de estar privado de ellas constituye por cierto un fundamento de la originalidad baudeleriana. Tales descripciones de la metrópoli concuerdan de buen grado con una cierta fe en los prodigios de la civilización, con un idealismo, más o menos brumoso. La poesía de Verhaeren abunda en rasgos de este género. [Cita de los versos de Verhaeren] Nada de esto ocurre en Baudelaire. (Benjamin 2008: 356-357)

Sin duda Benjamin está concentrado en individualizar a Baudelaire en uno de los textos clave para canonizarlo como el padre de la modernidad, pero, al mismo tiempo, sus palabras sirven para matizar que la temática urbana, desde mediados del siglo XIX, es un fenómeno complejo y difícilmente sintetizable en un origen único y literario a pesar de la importancia axial del poeta de Les Fleurs du Mal. El tópico de la epigonía ha impedido que se difunda la visión de la ciudad de Verhaeren, tan original, en su consideración orgánica de la misma.
Por otra parte, la idea de “fresco” o visión múltiple presente en los poemas de Verhaeren se puede contrastar con la obra del, también belga, Franz Masereel. Grabador e ilustrador de libros, entre ellos alguno de Verhaeren, de su producción destaca su libro La ville de 1925. Otras obras posteriores como L’idée (1927) y La Passion d’un homme (1928) constituyen narrativas visuales que se desarrollan de manera lineal con personajes a los que seguimos a través de una fábula sin palabras y que están en el origen de lo que actualmente se conoce como novela gráfica. A diferencia de estas, La ville es una serie de estampas donde se aprovecha el duro contraste entre blancos y negros que proporciona la xilografía y que fue uno de los recursos característicos del estilo expresionista –por lo que cabe recordar que los poetas expresionistas consideraron a Verhaeren como un precursor (Marx 1996: 462)–. En 100 planchas Masereel retrata diversos aspectos de la ciudad sin solución de continuidad narrativa, con una estructura sólo homologable con filmes como El hombre con la cámara de Dziga Vertov (1929) o Berlín, sinfonía de una ciudad de Walter Ruttmann (1927) pero en un medio muy distinto. Por todos estos nexos entre poesía, cine y grabado, no es de extrañar que en 1932 Berthold Bartosch realizara una versión animada de L’idée, a pesar de ser una obra narrativa (Masereel et al. 2008: 11).

Ver vídeo: L’idée (1932)

Por sus paralelismos con los poemas de Verhaeren hemos incluido la primera plancha de La ville, donde se muestra a un hombre sentado en una colina, en el campo, observando la ciudad, sus chimeneas y el humo que desprenden, mientras abajo pasa un tren entrando en ella (figura 1).

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Figura 1. Primera plancha de La ville de Masereel.

Del mismo modo en que el personaje de Masereel observa la ciudad contaminada pero bullente desde una colina llena de flores, la posición de Verhaeren respecto a la ciudad es ambigua. No es ni un apocalíptico ni un integrado, en términos de Umberto Eco. Sus estampas pretenden mostrar las contradicciones, lo mejor y lo peor de las ciudades, su conflictiva convivencia y su voraz avance contra la vida campesina. Lo que no deja espacio a dudas es la concepción del espacio urbano como un organismo vivo aunque de matices, en principio, negativos. Recordemos que tanto en Victor Hugo, en Les travailleurs de la mer, como en Lautréamont, en Les Chants de Maldoror, sólo por citar dos ejemplos importantes de la tradición literaria en francés, el pulpo es un ser que, por inversión de la figura del sol y sus rayos, determina una figura antagonista. En la poesía de Verhaeren el movimiento, y sobre todo el avance sobre las llanuras, es tentacular, sin embargo, el “hormigueo” de la ciudad, en su ambigüedad, es visto positivamente, con un claro componente político, por la aparición de “la masa” o pueblo (foule). Sin caer en las “metáforas severamente codificadas” –de las que habla Barthes en El grado cero de la escritura sobre la escritura condicionada por las ideologías–, Verhaeren evita los tópicos y las arengas mediante las alusiones y los matices, además de introducir elementos francamente esotéricos como el desenlace mesiánico del poema “L’âme de la Ville” que recuerda el óleo de James Ensor “L’Entrée du Christ à Bruxelles”, pero sin la carga amargamente irónica del pintor (el cuadro es cinco años anterior a la publicación de los poemas).
Si los poemas de Verhaeren pueden ser criticados por su rima ingenua y su vínculo con modelos simbolistas es causa de controversia, es indudable que ha dejado su impronta en las letras francesas y en el imaginario colectivo moderno mediante la imagen de la “ciudad tentacular”, viscosa y rizomática, en el plano horizontal, en oposición a los “ángulos rectos” de los tejados en el eje vertical. También ha plasmado las incertidumbres y contradicciones, entre el campo y la ciudad y en el mismo tejido urbano, del final de la llamada revolución industrial, si pensamos que una segunda versión, corregida y definitiva, fue publicada en 1912, sólo dos años antes de la “Grande guerre”, justamente desarrollada a través del territorio belga, que cambiaría radicalmente tanto el paisaje como el Zeitgeist europeo. Como ha dicho José Ignacio Velázquez, estos poemas de Verhaeren se constituyen en “una escritura tentacular ella misma, dinámica en su expresión y en sus contenidos [...]” (Velázquez 1993: 70).
Respecto a esta traducción, se conservan los neologismos como el mismo “tentacular” que se integró en el léxico de la zoología, la sociología y en el habla cotidiana, lo mismo que se intenta conservar el gusto por las palabras raras o antiguas mezcladas con otras populares o “rudas” propias del eclecticismo de la lengua de Verhaeren. No ha sido posible mantener una serie de elementos de lo que Piron llama el “système de récurrences” de nuestro autor. A pesar de la pérdida de buena parte de las rimas internas, a veces excesivas, y de la mezcla de verso libre con metros tradicionales, se conservan los elementos de “reprise interestrophique” que aseguran la conservación de los elementos esenciales de la prosodia original en la versión castellana.

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Figura 2. Retrato de Verhaeren, incrustado en la ciudad,
grabado por Masereel, incluido en Cinq récits (1985).

 

Bibliografía
BENJAMIN, Walter (2008): Obras,libro I, vol. 2. Madrid: Abada.

BIRON, Michel (1994): “La traversée des discours crepusculaires dans les Villes tentaculires”, en Véronique Jago-Antoine et Marc Quaghebeur (dirs.), Émile Verhaeren. Dossier de Textyles: Revue des lettres belges de lange française, num. 11, pp. 89-97.

MARX, Jacques (1996): Verhaeren, biographie d’une Oeuvre. Edición facsimilar de la original alemana de 1925. Bruxelles: Académie Royale de Langue et de Littérature Françaises.

MASEREEL, Frans (2006): The city. Edición facsimilar de la original alemana de 1925. New York: Dover.

MASEREEL, Frans; WARD, Lynd; PATRI, Giacomo; HYDE, Lawrence (2008): Gravures rebelles, 4 romans graphiques. Montreuil: L’Échappée.

VELÁZQUEZ, José Ignacio (1993): “La escritura tentacular y la ciudad conflictual de Verhaeren”. Correspondance: Revista hispano-belga, núm. 3, pp. 63-70.

VERHAEREN, Émile (1982): Les Campagnes hallucinées, Les Villes tentaculaires. Édition présentée, établie et annotée par Maurice Piron. Collection Poésie. Paris: Gallimard.
— (1985): Cinq récits illustrés de bois de Masereel. S/L: Jacques Antoine.
— (2006): Les Villes tentaculaires. Dossier de Danièle Marin et Nicole Randon. Collection texte et dossier. Paris: Gallimard.

 

La ciudad (de Les Campagnes hallucinées, 1893)

Tous les chemins vont vers la ville.

Du fond des brumes,
Avec tous ses étages en voyage
Jusques au ciel, vers de plus hauts étages,
Comme d’un rêve, elle s’exhume.

Là-bas,
Ce sont des ponts musclés de fer,
Lancés, par bonds, à travers l’air;
Ce sont des blocs et des colonnes
Que décorent Sphinx et Gorgones;
Ce sont des tours sur des faubourgs;
Ce sont des millions de toits
Dressant au ciel leurs angles droits:
C’est la ville tentaculaire,
Debout,
Au bout des plaines et des domaines.

Des clartés rouges
Qui bougent
Sur des poteaux et des grands mâts,
Même à midi, brûlent encor
Comme des oeufs de pourpre et d’or;
Le haut soleil ne se voit pas:
Bouche de lumière, fermée
Par le charbon et la fumée.

Un fleuve de naphte et de poix
Bat les môles de pierre et les pontons de bois;
Les sifflets crus des navires qui passent
Hurlent de peur dans le brouillard;
Un fanal vert est leur regard
Vers l’océan et les espaces.

Des quais sonnent aux chocs de lourds fourgons;
Des tombereaux grincent comme des gonds;
Des balances de fer font choir des cubes d’ombre
Et les glissent soudain en des sous-sols de feu;
Des ponts s’ouvrant par le milieu,
Entre les mâts touffus dressent des gibets sombres
Et des lettres de cuivre inscrivent l’univers,
Immensément, par à travers
Les toits, les corniches et les murailles,
Face à face, comme en bataille.

Et tout là-bas, passent chevaux et roues,
Filent les trains, vole l’effort,
Jusqu’aux gares, dressant, telles des proues
Immobiles, de mille en mille, un fronton d’or.
Des rails ramifiés y descendent sous terre
Comme en des puits et des cratères
Pour reparaître au loin en réseaux clairs d’éclairs
Dans le vacarme et la poussière.
C’est la ville tentaculaire.

La rue – et ses remous comme des câbles
Noués autour des monuments –
Fuit et revient en longs enlacements;
Et ses foules inextricables,
Les mains folles, les pas fiévreux,
La haine aux yeux,
Happent des dents le temps qui les devance.
A l’aube, au soir, la nuit,
Dans la hâte, le tumulte, le bruit,
Elles jettent vers le hasard l’âpre semence
De leur labeur que l’heure emporte
Et les comptoirs mornes et noirs
Et les bureaux louches et faux
Et les banques battent des portes
Aux coups de vent de la démence.

Le long du fleuve, une lumière ouatée,
Trouble et lourde, comme un haillon qui brûle,
De réverbère en réverbère se recule.
La vie avec des flots d’alcool est fermentée.
Les bars ouvrent sur les trottoirs
Leurs tabernacles de miroirs
Où se mirent l’ivresse et la bataille;
Une aveugle s’appuie à la muraille
Et vend de la lumière, en des boîtes d’un sou;
La débauche et le vol s’accouplent en leur trou;
La brume immense et rousse
Parfois jusqu’à la mer recule et se retrousse
Et c’est alors comme un grand cri jeté
Vers le soleil et sa clarté:
Places, bazars, gares, marchés,
Exaspèrent si fort leur vaste turbulence
Que les mourants cherchent en vain le moment de silence
Qu’il faut aux yeux pour se fermer.

Telle, le jour – pourtant, lorsque les soirs
Sculptent le firmament, de leurs marteaux d’ébène,
La ville au loin s’étale et domine la plaine
Comme un nocturne et colossal espoir;
Elle surgit: désir, splendeur, hantise;
Sa clarté se projette en lueurs jusqu’aux cieux,
Son gaz myriadaire en buissons d’or s’attise,
Ses rails sont des chemins audacieux
Vers le bonheur fallacieux
Que la fortune et la force accompagnent;
Ses murs se dessinent pareils à une armée
Et ce qui vient d’elle encor de brume et de fumée
Arrive en appels clairs vers les campagnes.

C’est la ville tentaculaire,
La pieuvre ardente et l’ossuaire
Et la carcasse solennelle.

Et les chemins d’ici s’en vont à l’infini
Vers elle.

Todos los caminos van hacia la ciudad.

Del fondo de las brumas,
Con todos sus pisos de viaje
Hasta el cielo, hacia los más altos pisos
Como de un sueño, ella se exhuma.

Allí,
Son los puentes musculosos de hierro,
Lanzados, a saltos, a través del aire;
Son los bloques y las columnas
Que decoran esfinges y gorgonas,
Son las torres sobre los suburbios,
Son los millones de tejados
Alzando al cielo sus ángulos rectos:
Es la ciudad tentacular,
De pie
Al pie de los llanos y las haciendas.

Las claridades rojas
Que se mueven
Bajo los postes y los grandes mástiles,
Incluso a mediodía, arden aún
Como huevos de púrpura y oro;
El alto sol no se ve:
Boca de luz, cerrada
Por el carbón y la humareda.

Un río de nafta y pez
Sacude los diques de piedra y los pontones de madera;
Los silbidos crudos de los navíos que pasan
Aúllan de miedo en la niebla;
Un farol verde es su mirada
Hacia el océano y los espacios.

Los muelles suenan con los choques de pesados furgones;
Las carretillas chirrían como goznes;
Las balanzas de hierro hacen caer cubos de sombra
Y los deslizan de repente en subsuelos de fuego;
Los puentes se abren por la mitad,
Entre los tupidos mástiles se erigen horcas sombrías
Y letras de cobre inscriben el universo,
Inmensamente, a través
De los tejados, las cornisas y las murallas,
Cara a cara, como en batalla.

Y por todos lados, pasan caballos y ruedas,
Corren los trenes, vuela el esfuerzo,
Hasta las estaciones, alzando, como proas
Inmóviles, de mil en mil, un frontón de oro.
Rieles ramificados ahí descienden bajo tierra
Como pozos y cráteres
Para reaparecer a lo lejos en redes claras de destellos
En el estrépito y la polvareda.
Es la ciudad tentacular.

La calle –y sus remolinos como cables
Anudados alrededor de monumentos–
Huye y regresa en largos enlazamientos;
Y sus masas inextricables,
Las manos locas, los pasos afiebrados,
El odio en los ojos,
Atrapan con los dientes los tiempos que las anticipan.
Al alba, a la tarde, a la noche,
En la prisa, el tumulto, el ruido,
Ellas lanzan hacia el azar la áspera semilla
De su trabajo que la hora se lleva.
Y los mostradores taciturnos y negros
Y los despachos turbios y falsos
Y los bancos golpean las puertas
Con los golpes de viento de la demencia.

A lo largo del río, una luz amortiguada,
Aproblemada y pesada, como un harapo que arde,
De farola en farola retrocede.
La vida con raudales de alcohol es fermentada.
Los bares abren sobre las aceras
Sus tabernáculos de espejos
Donde se contemplan la ebriedad y la batalla;
Un ciego se apoya en la muralla
Y vende luz, en cajas de un centavo,
El derroche y el robo se aparean en su agujero;
La bruma inmensa y rojiza
A veces hasta la mar retrocede y se arremanga
Y es entonces como un gran grito lanzado
Contra el sol y su claridad:
Plazas, bazares, estaciones, mercados,
Exasperan tanto su vasta turbulencia
Que los moribundos buscan en vano el momento de silencio
Que le hace falta a los ojos para cerrarse.

Tal el día –sin embargo, cuando las tardes
Esculpen el firmamento, con sus martillos de ébano,
La ciudad a lo lejos se extiende y domina la llanura
Como una nocturna y colosal esperanza;
Ella surge: deseo, esplendor, obsesión;
Su claridad se proyecta en resplandores hasta los cielos,
Su gas milenario en matorrales de oro se atiza,
Sus rieles son caminos audaces
Hacia la felicidad falaz
Que la fortuna y la fuerza acompañan;
Sus muros se dibujan semejantes a una armada
Y lo que aún viene de ella de bruma y de humo
Llega en llamadas claras a los campos.

Es la ciudad tentacular,
El pulpo ardiente y el osario
Y la carcasa solemne.

Y los caminos de aquí se van al infinito
Hacia ella.

El alma de la ciudad (de Les Villes tentaculaires, 1895)

Les toits semblent perdus
Et les clochers et les pignons fondus,
Dans ces matins fuligineux et rouges,
Où, feu à feu, des signaux bougent.

Une courbe de viaduc énorme
Longe les quais mornes et uniformes;
Un train s’ébranle immense et las.

Là-bas,
Un steamer rauque avec un bruit de corne.

Et par les quais uniformes et mornes,
Et par les ponts et par les rues,
Se bousculent, en leurs cohues,
Sur des écrans de brumes crues,
Des ombres et des ombres.

Un air de soufre et de naphte s’exhale;
Un soleil trouble et monstrueux s’étale;
L’esprit soudainement s’effare
Vers l’impossible et le bizarre;
Crime ou vertu, voit-il encor
Ce qui se meut en ces décors,
Où, devant lui, sur les places, s’exalte
Ailes grandes, dans le brouillard
Un aigle noir avec un étendard,
Entre ses serres de basalte.

O les siècles et les siècles sur cette ville,
Grande de son passé
Sans cesse ardent – et traversé,
Comme à cette heure, de fantômes!
O les siècles et les siècles sur elle,
Avec leur vie immense et criminelle
Battant – depuis quels temps? –
Chaque demeure et chaque pierre
De désirs fous ou de colères carnassières!

Quelques huttes d’abord et quelques prêtres:
L’asile à tous, l’église et ses fenêtres
Laissant filtrer la lumière du dogme sûr
Et sa naïveté vers les cerveaux obscurs.
Donjons dentés, palais massifs, cloîtres barbares;
Croix des papes dont le monde s’effare;
Moines, abbés, barons, serfs et vilains;
Mitres d’orfroi, casques d’argent, vestes de lin;
Luttes d’instincts, loin des luttes de l’âme
Entre voisins, pour l’orgueil vain d’une oriflamme;
Haines de sceptre à sceptre et monarques faillis
Sur leur fausse monnaie ouvrant leurs fleurs de lys,
Taillant le bloc de leur justice à coups de glaive
Et la dressant et l’imposant, grossière et brève.

Puis, l’ébauche, lente à naître, de la cité:
Forces qu’on veut dans le droit seul planter;
Ongles du peuple et mâchoires de rois;
Mufles crispés dans l’ombre et souterrains abois
Vers on ne sait quel idéal au fond des nues;
Tocsins brassant, le soir, des rages inconnues;
Flambeaux de délivrance et de salut, debout
Dans l’atmosphère énorme où la révolte bout;
Livres dont les pages, soudain intelligibles,
Brûlent de vérité, comme jadis les Bibles;
Hommes divins et clairs, tels des monuments d’or
D’où les événements sortent armés et forts;
Vouloirs nets et nouveaux, consciences nouvelles
Et l’espoir fou, dans toutes les cervelles,
Malgré les échafauds, malgré les incendies
Et les têtes en sang au bout des poings brandies.

Elle a mille ans la ville,
La ville âpre et profonde;
Et sans cesse, malgré l’assaut des jours
Et des peuples minant son orgueil lourd,
Elle résiste à l’usure du monde.
Quel océan, ses coeurs ! quel orage, ses nerfs!
Quels noeuds de volontés serrés en son mystère!
Victorieuse, elle absorbe la terre,
Vaincue, elle est l’attrait de l’univers;
Toujours, en son triomphe ou ses défaites,
Elle apparaît géante, et son cri sonne et son nom luit,
Et la clarté que font ses feux d’or dans la nuit
Rayonne au loin, jusqu’aux planètes!

O les siècles et les siècles sur elle!

Son âme, en ces matins hagards,
Circule en chaque atome
De vapeur lourde et de voiles épars,
Son âme énorme et vague, ainsi que ses grands dômes
Qui s’estompent dans le brouillard.
Son âme errante en chacune des ombres
Qui traversent ses quartiers sombres,
Avec une ardeur neuve au bout de leur pensée,
Son âme formidable et convulsée,
Son âme, où le passé ébauche
Avec le présent net l’avenir encor gauche.

O ce monde de fièvre et d’inlassable essor
Rué, à poumons lourds et haletants,
Vers on ne sait quels buts inquiétants?
Monde promis pourtant à des lois d’or,
A des lois claires, qu’il ignore encor
Mais qu’il faut, un jour, qu’on exhume,
Une à une, du fond des brumes.
Monde aujourd’hui têtu, tragique et blême
Qui met sa vie et son âme dans l’effort même
Qu’il projette, le jour, la nuit,
A chaque heure, vers l’infini.

O les siècles et les siècles sur cette ville!

Le rêve ancien est mort et le nouveau se forge.
Il est fumant dans la pensée et la sueur
Des bras fiers de travail, des fronts fiers de lueurs,
Et la ville l’entend monter du fond des gorges
De ceux qui le portent en eux
Et le veulent crier et sangloter aux cieux.

Et de partout on vient vers elle,
Les uns des bourgs et les autres des champs,
Depuis toujours, du fond des loins;
Et les routes éternelles sont les témoins
De ces marches, à travers temps,
Qui se rythment comme le sang
Et s’avivent, continuelles.

Le rêve! il est plus haut que les fumées
Qu’elle renvoie envenimées
Autour d’elle, vers l’horizon;
Même dans la peur ou dans l’ennui,
Il est là-bas, qui domine, les nuits,
Pareil à ces buissons
D’étoiles d’or et de couronnes noires,
Qui s’allument, le soir, évocatoires.

Et qu’importent les maux et les heures démentes,
Et les cuves de vice où la cité fermente,
Si quelque jour, du fond des brouillards et des voiles,
Surgit un nouveau Christ, en lumière sculpté,
Qui soulève vers lui l’humanité
Et la baptise au feu de nouvelles étoiles.

Los tejados parecen perdidos
Y los campanarios y las fachadas fundidos,
En esas mañanas fuliginosas y rojas,
Cuando, fuego a fuego, las señales se agitan.

Una curva de viaducto enorme
Bordea los muelles taciturnos y uniformes;
Un tren se sacude inmenso y hastiado.

Allí,
Un vapor ronca con un sonido de corno.

Y por los muelles uniformes y taciturnos,
Y por los puentes y por las calles,
Se atropellan, en sus tropeles,
Sobre pantallas de brumas crudas,
Sombras y sombras.

Un aire de azufre y nafta se exhala;
Un sol turbio y monstruoso se extiende,
El espíritu repentinamente se espanta
Ante lo imposible y lo bizarro;
Crimen o virtud, ve aún
Lo que se mueve en sus decorados
O, ante él, sobre las plazas, se exalta
Alas grandes, en la niebla
Un águila negra con un estandarte,
Entre sus garras de basalto.

¡Oh siglos y siglos sobre esta ciudad,
Grande por su pasado
Sin cesar ardiente –¡y atravesada,
Como a esta hora, de fantasmas!
Oh siglos y siglos sobre ella,
Con su vida inmensa y criminal
¡Latiendo –¿desde hace cuanto?–
Cada casa y cada piedra
De deseos locos o cóleras carniceras!

Algunas chozas para empezar y algunos sacerdotes:
El asilo para todos, la iglesia y sus ventanas
Dejando filtrar la luz del dogma seguro
Y su ingenuidad hacia los cerebros oscuros.
Torreones dentados, palacios macizos, claustros bárbaros,
Cruces de papas de los que el mundo se asusta;
Monjes, abades, barones, siervos y paisanos;
Mitras de orifrés, cascos de plata, chaquetas de lino,
Luchas de instintos, lejos de luchas del alma
Entre vecinos, por el orgullo vano de una oriflama
Odios de cetro a cetro y monarcas en quiebra
Con su falsa moneda abriendo sus flores de lis,
Tallando el bloque de su justicia a golpes de espada
Y alzándola e imponiéndola, grosera y tajante.

Después, el esbozo, de lento nacimiento, de la ciudadela:
Fuerzas que se quisiera sólo en el derecho plantar;
Uñas del pueblo y mandíbulas de reyes,
Morros crispados en la sombra y subterráneos ladridos
Contra no se sabe qué ideal en el fondo de los mares;
Toques de alarma mezclando, por la noche, rabias desconocidas;
Antorchas de liberación y de saludo, de pie
En la atmósfera enorme donde la revuelta bulle;
Libros en los que las páginas, de pronto inteligibles,
Arden de verdad, como antiguamente las Biblias;
Hombres divinos y claros, como monumentos de oro
De donde los acontecimientos salen armados y fuertes;
Voluntades nítidas y nuevas, conciencias nuevas
Y la esperanza loca, en todos los cerebros,
A pesar de los cadalsos, a pesar de los incendios
Y la sangre subida a las cabezas en la punta de los puños agitados.

Tiene mil años la ciudad,
La ciudad áspera y profunda;
Y sin cesar, a pesar del asalto de los días
Y de los pueblos minando su pesado orgullo,
Resiste a la usura del mundo.
¡Qué océano, sus corazones! ¡Qué tormenta, sus nervios!
¡Qué nudos de voluntades ceñidas en su misterio!
Victoriosa, absorbe la tierra,
Vencida, es la atracción del universo;
Siempre, en su triunfo o en sus derrotas,
Aparece gigante, y su grito suena y su nombre reluce,
Y la claridad que emiten sus fuegos de oro en la noche
Irradia a lo lejos, ¡hasta los planetas!

¡Oh siglos y siglos sobre ella!

Su alma, en esas mañanas azoradas,
Circula en cada átomo
De vapor pesado y de velos dispersos,
Su alma enorme y vaga, así como sus grandes cúpulas
Que se difuminan en la niebla.
Su alma errante en cada una de las sombras
Que atraviesan sus barrios sombríos,
Con un ardor nuevo al límite de su pensamiento,
Su alma formidable y convulsa,
Su alma, donde el pasado esboza
Con el presente nítido el futuro aún torpe.

Oh ese mundo de fiebre y de incansable vuelo
Abalanzado, con pulmones pesados y jadeantes,
Hacia no se sabe qué fines inquietantes.
Mundo prometido, sin embargo, a las leyes del oro,
A las leyes claras, que ignora aún
Pero que es necesario que, un día, se exhumen,
Una a una, del fondo de las brumas.
Mundo hoy testarudo, trágico y pálido
Que pone su vida y su alma en el esfuerzo mismo
Que él proyecta, de día, de noche,
A cada hora, hacia el infinito.

¡Oh siglos y siglos sobre esta ciudad!

El sueño antiguo ha muerto y el nuevo se forja.
Humea en el pensamiento y el sudor
De brazos nobles de trabajo, de frentes nobles de resplandor,
Y la ciudad le oye subir del fondo de las gargantas
De aquellos que lo llevan en ellos
Y lo quieren gritar y sollozar a los cielos.

Y de todas partes vienen hacia ella,
Unos de las villas y otros de los campos,
Desde siempre, del fondo de las lejanías;
Y los eternos caminos son los testigos
De esas marchas, a través del tiempo,
Que se ritman como la sangre
Y se avivan, continuas.

¡El sueño! Es más alto que los humos
Que ella devuelve envenenados
Alrededor de ella, hacia el horizonte,
Incluso en el miedo o el aburrimiento,
Está allí, quien domina, en las noches,
Semejante a esos matorrales
De estrellas de oro y de coronas negras,
Que se encienden, por la noche, evocadoras.

Y qué importan los males y las horas dementes,
Y las cubas de vicio donde la ciudad fermenta,
Si algún día, del fondo de las nieblas y de los velos,
Surge un nuevo Cristo, en luz esculpido,
Que levante hacia él a la humanidad
Y la bautice con el fuego de las nuevas estrellas.


SOROS, Juan (2011): "La ciudad tentacular en dos poemas de Émile Verhaeren y una ilustración de Frans Masereel" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 3, núm. 2, pp. 279-291. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen03-2/textos01.htm. ISSN: 1989-4015

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