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Roma en cuatro pasos de Ángel González García (PDF)

Manuel Carreras Duro

mancarred@hotmail.com

 

 

 

Título: Roma en cuatro pasos seguido de Algunos avisos urgentes sobre decoración de interiores y coleccionismo
Autor: Ángel González García
Editorial: Ediciones Asimétricas
Año: 2011
Número de páginas: 195

 

 

 

 

 

 

Cada uno de los dos ensayos que Ángel González García (Burgos, 1948), profesor de Historia del Arte en la Universidad Complutense y Premio Nacional de Ensayo 2001 por El Resto. Una historia invisible del arte contemporáneo, ha reunido para dar forma a este pequeño libro representa un verdadero alegato a favor del arte. El arte de verdad, se entiende, el que no necesita de nada para sostenerse. O un panfleto, si se prefiere, en contra del proceso historicista al que fue abocado sin freno desde el siglo XVIII y que a día de hoy se ha hecho insostenible. Roma en cuatro pasos seguido de Algunos avisos urgentes sobre decoración de interiores y coleccionismo se mueve en ese ámbito, el de los pasquines o las revistas aparecidas al margen del discurso oficial.
La obra, que cabe en un bolsillo, ha sido publicada por Ediciones Asimétricas, dentro de la colección Inmersiones, un conjunto de estudios que ha obtenido la Distinción COAM 2011 a la divulgación de la arquitectura.
Un aviso –o dos– sobre el modo en el que progresivamente se nos ha impuesto un protagonismo de la historia en cierta medida falseado con el único fin de crear grandes elementos de control y pensamiento. Es ahí, viene a decir Ángel González, donde juegan un papel fundamental coleccionistas y museos, creando alrededor de ellos una industria de las imágenes. “El aparato de Estado siempre busca tener la última palabra” ha escrito hace no tanto Didi-Huberman a propósito de la función que debe cumplir un discurso expositivo. A ello, Ángel González añade que la función de un museo y, por lo tanto, del arte mismo, no debería ser la de buscar la transmisión de conocimientos e ideas –pues para eso ya está la filosofía–, sino la de proporcionar experiencias sensoriales.
En Roma en cuatro pasos nos propone un heterodoxo recorrido por cuatro lugares de la ciudad de las siete colinas y dibujar así el ascenso y la caída del arte occidental, o, mejor aún, y por qué no decirlo ya, de la pintura, que es la primera de todas las artes. Lugares, todos ellos, que en su momento álgido estuvieron habitados por personas y se destinaban a la regeneración corporal, al descanso y al recreo: la Villa de Livia en Prima Porta, la Villa Farnesina, la Palazzina Borghese y la casa de Mario Praz en el Palazzo Primoli. La intención, además, que le ha movido a escribir esta primera parte del libro no puede ser más loable: intentar subir el ánimo de los pensionados de la Academia de España en Roma, “mohínos por no haberlo sido en otra ciudad más à la page, como Berlín o Nueva York”.
La villa de recreo de Livia en Prima Porta, cuyos restos deben actualmente visitarse en el Palazzo Massimo alle Terme, sirve al autor para iniciar su defensa de la pintura como único arte que tiene la capacidad prodigiosa de simular cosas imposibles y aunarlas aunque pertenezcan a órdenes distintos. Gracias a ello, se pueden ver jardines bajo tierra donde frutos y flores de toda condición maduran y florecen a la vez, como si no hubiese tiempo.
También en la Farnesina hubo una villa romana decorada con pintura mural, pero de ella nada se supo hasta los últimos años del siglo XIX, por lo que Rafael y sus ayudantes, que fueron quienes pintaron las estancias de la villa que Agostino Chigi había encargado a Peruzzi en el Trastevere, jamás las vieron. Son estas logge, y fundamentalmente las guirnaldas de flores y pájaros que realiza Giovanni de Udine, la segunda de sus recomendaciones. Aquí la presencia de pájaros es menor que en la Villa Livia, pero al igual que allí, su función, y también la de las guirnaldas, es mucho más física que simbólica, por mucho que la historia del arte haya tratado siempre de desvelar los secretos de pintar todo tipo de criaturas y ornamentos. Ángel González se ha ocupado de ello en múltiples ocasiones, de eso que define habitualmente como “figuras de la atención” refiriéndose a los cuadros de Chardin o Matisse, y que no tratan más que de fijar nuestra atención atrayéndonos de donde quiera que estemos.
En la Villa Farnesina defiende Ángel González que alcanzó la pintura su apogeo, pues aún se podía distinguir la pintura de la decoración, y aquí comenzó, pues, su caída. Los dueños de la Palazzina Borghese empezaron a preferir descaradamente las materias preciosas de verdad a las fingidas de la pintura, quedando éstas marginadas y aquellas devaluadas, pues la mayor de sus cualidades, y la que a la postre les da valor, es su rareza. Claro, que si se piensa bien, estaba siendo nuevamente el subsuelo romano quien dictaba la moda con la aparición de innumerables esculturas romanas, que en muchos casos creían griegas, y que eran reproducidas hasta la extenuación y la estafa en talleres como el de Cavaceppi. La industria de las imágenes, decía más arriba. Una actitud de la segunda mitad del XVIII, apunta, que seguramente esté muy ligada a la aparición y al progresivo establecimiento de la burguesía.
Como de burgués era el apartamento del Palazzo Primoli al que Mario Praz se había mudado desde el Palazzo Ricci, aquel que propició La casa de la vida. Este lugar, por si hubiese quedado alguna duda, se presenta para Ángel González como la prueba final de la derrota del arte en manos de la historia.
Este episodio, sin embargo, que da término a Roma en cuatro pasos, funciona al tiempo de preámbulo para lo que viene detrás, Algunos avisos urgentes sobre decoración de interiores y coleccionismo. Una mirada muy pertinente, heredera a buen seguro de Ornamento y delito de Adolf Loos, sobre ese gusto moderno por llenar vacíos que nunca se tuvieron y por sentir una nostalgia histórica por periodos jamás vividos, lo que termina traduciéndose en la acumulación fetichista de todo tipo de objetos que guardan en su interior un supuesto valor necesario para el bien común. De ahí a que, como dijera Loos en su famoso artículo, la peste ornamental estuviera reconocida estatalmente y se subvencionara con dinero del estado, había solo un paso.

 

 


CARRERAS DURO, Manuel (2012): "Roma en cuatro pasos de Ángel González García" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 4, núm. 1, pp. 237-239. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen04-1/resenas03.htm. ISSN: 1989-4015

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