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feediconRSS Vol.4, núm.1grisAR2012 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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¿La ciudad hostil? (PDF)

Atxu Amann y Gonzalo Pardo

Departamento de Ideación Gráfica Arquitectónica
ETSAM / Universidad Politécnica de Madrid

 

La ciudad no es hostil.
La ciudad es el único espacio capaz de albergar todos nuestros imaginarios,
La ciudad es todo: Todos somos en la ciudad.

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Conforme la tradición se pierde como apoyo, la vida cotidiana es reconstituida en términos de interacción dialéctica de lo local y lo global.
Se borran las distancias tanto por el efecto tiempo como por la abolición de los espacios distintos.

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Frente al lugar moderno como algo social, identificativo e histórico, los no-lugares son aquellos espacios contemporáneos en los que no hay posibilidad de leer ni la identidad, ni la relación, ni la Historia.

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Corresponden a los espacios de circulación, de la comunicación o del consumo caracterizados por un triple exceso de información, imágenes e individualidad, creando, para los usuarios condiciones de instantaneidad  y  ubicuidad.


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Lugares de ninguna parte y de todas partes, componen un mundo producido para vivir en la estricta actualidad y en el lugar común.

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En la revolución de lo cotidiano, una vez aniquiladas las formas tradicionales de sociabilidad, el segmento de elecciones aumenta, tendiendo a producir una hiperdiferenciación de los individuos y a reducir las diferencias tradicionalmente instituidas entre sexos, edades, etc.
La Individualidad y la Globalización pasean por la gran Vía.

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Se universalizan los modos de vida a la vez que existe un máximo de singularización entre las personas.
Y dentro de este proceso, se produce la inversión de prioridades en el binomio igualdad-libertad. La demanda de libertad individual deja en un segundo plano la exigencia de igualdad; tolerando mejor las desigualdades sociales que las limitaciones a la vida privada.
Y en esta diseminación de los modos de vida, en la arquitectura participa del mismo carácter abierto en un ambiente de eclecticismo cultural, integrando todos los estilos y usando la experimentación no como investigación, sino como procedimiento.

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Los valores hasta el momento prohibidos son recuperados, la heterogeneidad de lenguajes en una misma obra, lo decorativo, lo metafórico, lo lúdico, la memoria histórica... para pensar y, sobre todo, creer en las cosas desde lo más cercano y personal, como protesta de lo particular contra lo universal.
El relajamiento del espacio urbano acorde a una sociedad donde las ideologías duras ya no entran, es incompatible con cualquier forma de exclusión.

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Y de “less is more” a “more is more”.

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El espacio-tiempo urbano contemporáneo es un lugar de puntos, de superposiciones, de simultaneidades. Las distintas obsesiones y proposiciones marcarán determinados territorios, con los que distintos grupos se identificarán, sustituyendo los hechos históricos encadenados por una multitud de acontecimientos que definen un paisaje.

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Cualquier selección parcial debe ser capaz de hablar de nosotros de un modo completo. No es muy importante dudar sobre si es la mejor vista posible.
Afortunadamente, el jaleo global en el que vivimos es tan grande que se ha vuelto indomesticable en el sentido en que “algunos domadores” querrían. Lo cual lleva a lamentarse continuamente del dolor que semejante ruido provoca, y a recorrer el mundo –especialmente el académico y el intelectual– vendiendo esta hostilidad.


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La ciudad no expulsa; hay que concentrarse en reconocer el bullicio como propio, como humano y tratar de escuchar la mayor cantidad de sonidos que podamos.
Y si no, habrá que oír nuestro propio ruido. Aparentemente, la destrucción de lo social se produce por un proceso de aislamiento asociado al hedonismo. En el ámbito urbano, todos somos aceptados ya como individuos electrificados (koden) que nos movemos en nuestros  recorridos aislados por los decibelios del ipod, los tweets del iphone o skype en directo.

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El espacio público deja de ser el marco para desarrollar las pasiones, quedando sólo la posibilidad de integrarse en círculos de convivencia y produciendo una inversión emocional de los espacios privados.

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La desterritorización afecta también a los significados.
Los conceptos no tienen metáforas. El mensaje sustituye a la forma y se hace necesario inventar nuevos códigos.
En la práctica de una estructura de ausencias, libre de significaciones y de valores, no hay que buscar otros que sustituyan a los clásicos o a los modernos.
Las ciudades dejan de ser contenedores donde residían los objetos de consumo y deseo, para convertirse ellas mismas en objeto o, como mucho, en escenarios donde los individuos son actores de distintas escenas de entretenimiento.

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No importa tanto el carácter funcional de la ciudad como su categoría de espectáculo, que es lo verdaderamente rentable.
Vivir con miedo, sin certezas, es de carácter posmoderno; y cuanto más miedo, más vida.
Los deportes de riesgo y la búsqueda de situaciones de relación íntima con el peligro se instauran en la vida cotidiana de la ciudad, donde el espectáculo de la muerte es un fragmento más, en una de las escenografías.

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Y los escenarios urbanos estratégicos históricamente, como la puerta o, posteriormente el puerto y, más tarde, la estación de ferrocarril, se trasladan ahora alrededor de los aeropuertos y a todo el entramado que soporta las conexiones entre trenes de alta velocidad, aviones y autopistas para el nuevo nómada laboral.

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La ley de crecimiento horizontal, diseñada en base al negocio y la especulación, genera grandes áreas suburbanas separadas entre sí por territorios despoblados. En estos technoburbs, urban villages, middle landscape, edge cities o modelos posurbanos, el habitante vehiculizado se siente en un lugar indeterminado del planeta, sin identidad, y cuyas referencias, lejos de ser espaciales, son los nombres de las franquicias de los centros comerciales y de los restaurantes que le son familiares en estos no-lugares.
Por otra parte, la desaparición de las murallas en las ciudades modernas –primer episodio de la mundialización– significa la victoria contra la barbarie; en la ciudad sin fronteras internas se encarna la utopía moral y política de la ciudad de los Iguales.

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La imaginaria “muralla exterior” contra la barbarie no es sino el símbolo de la invisible –pero real– frontera entre los Iguales y los Desiguales, ligados a los primeros por relaciones de propiedad y servidumbre. La visualización de las barreras internas es la consecuencia de la pérdida de la muralla exterior.
El crecimiento urbano, la apertura a una ampliación potencialmente ilimitada por la caída de la “barrera inmunológica” supone la imposibilidad de reconocer al otro como otro, al enemigo, y, por tanto, la imposibilidad de combatir el mal, poniendo de manifiesto la indefensión, la vulnerabilidad que amenaza con la disolución del estilo de vida urbano.
La ciudad global es una ciudad que tiene las dimensiones del planeta. Cuanto más notorias y evidentes son las diferencias de clase social o de jerarquía civil, menos necesarias son las distancias físicas, y el cielo y el infierno urbanos pueden estar a menos de una manzana de distancia.
La angustia estriba en descubrir quiénes son los extraños.

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La cultura mediática encuentra en la nostalgia el elemento perfecto para un modelo arquitectónico que transforma la añoranza del pasado perdido en ficciones de cartón piedra. Simulacros que se convierten en realidad al instalarse como espacios controlados que separan al “extraño”, al “otro”, al que ni posee ni consume, que se convierte en elemento peligroso.

No es por tanto difícil de entender que para equilibrar esta falta de identidad aparezcan nuevas microciudades absolutamente privadas y con nombre específico, las CID (Common-Interest-Developments), que generadas por un interés común ofrecen al usuario: vivienda, las zonas clásicas de ocio, piscina, jardín, paddle...; y además parte de las dotaciones y servicios que la ciudad histórica ofrecía: oficinas, escuela, comercio... El habitante es propietario de su vivienda y copropietario de todo aquello que compone su urbanización.

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Estas urbanizaciones heterotópicas son contraemplazamientos resultado de una utopía realizada y cuya función es el cierre ideológico a todo lo exterior o ajeno al propietario en una especie de paranoia de “todo es mío y de los que son iguales a mí”.
El secreto, en el pasado era una condición de la religión, el arte, la política, el sexo,... y su refugio era la vivienda. Ahora, el secreto es, cuanto menos, dudoso y quizás terrorista.
La transparencia aparece como una demanda generalizada y es el término constante de los medios de comunicación.
La transparencia ha entrado en relación con la privacidad, y ésta, que antes se ocultaba de la observación pública se ha convertido en el tema central del entretenimiento.
Este espíritu del presente, ambientado con las nuevas tecnologías de la vigilancia, reduce los espacios privados en los que la gente se refugiaba e incluso ha saltado a la calle.

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Pero esta ausencia de la intimidad no es entendida por el usuario como un atentado contra su dignidad, sino como una ganancia de libertad personal al ser una garantía de su seguridad.
La ciudad del capitalismo de ficción, en sus escenarios y en sus mensajes, promueve un modelo de habitar donde se debe lograr vivir amparados y contentos. Un mundo de seguridad frente al terrorismo, un mundo de aventura frente a la normalidad, una oferta de presente discontinuo –sin pasado ni futuro– donde vivir sin cesar.
Estamos más allá de la ley y, desafortunadamente, muchas veces, más allá también del sentido común.
En el límite de la transparencia total, ya no hay pornografía identificable en cuanto tal, porque la pornografía, agotado el secreto político, económico, artístico y sexual, esta virtualmente en todas partes.
Ahora el tiempo no es lineal, ni circular; el presente se sustituye por la actualidad y el futuro es un concepto inexistente.
De la desaparición del centro, hemos pasado a la desaparición de los contrarios. Del “o” hemos pasado al “y”, transformando la indeterminación en ambigüedad.
La ciudad es un conjunto de fragmentos que sólo la costumbre consigue reunir en una gris y uniforme unidad, pero donde sólo importa el sentido de la vida de cada uno, dibujada a base de fragmentos y cambios constantes.
En la práctica de las dicotomías cruciales el exterior era lo que no era interior.
Ahora, la dialéctica de la casa y la no-casa se hace borrosa.
Si habitar es estar en casa en todas partes, la ciudad es una aventura donde perder el tiempo y vivir es una misma deriva.
Andar por la ciudad sin necesidad llega a ser una acción simbólica que lleva a habitar el mundo como un campo nómada a escala planetaria.
La ciudad tampoco es ya una unidad espacial, sino mental.
El lugar es el sitio del que se parte, o por el que se pasa o al que se llega; el no-lugar es lo que ese movimiento produce.
Lo diferente por antonomasia de la ciudad, la no-ciudad, es ante todo, lo nómada.
Si a partir del siglo XIX, las administraciones centrales promulgaron leyes contra los vagabundos y vagar sintetizaba los valores negativos de la productividad, el orden y la orientación, ahora el nomadeo se elogia, como nutriente para la inteligencia y la imaginación. Greenpeace y el Circo del Sol son los nuevos no-ciudadanos.
No-ciudad, Mépolis, Telépolis... son pura movilidad y negación de aquello que constituía la base formal de las ciudades: la geografía y la historia, el espacio y el tiempo.
Desde finales del siglo pasado, la arquitectura sustituye al urbanismo, en una estrategia de intervenciones puntuales, donde la única planificación es la generada por la corrupción.
La arquitectura residencial era el fundamento de la ciudad;

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la casa, pacíficamente centrípeta y protectora frente la ciudad hostil y centrífuga portadora de muerte violenta. Ahora, la vivienda ha pasado a un segundo término. La dispersión a que da lugar la movilidad explica el auge de la ciudad jardín trivializada y la consolidación de núcleos de población periféricos como las dos alternativas más frecuentes al desarrollo residencial, en donde el vehículo forma parte de la vivienda.
Toda la Naturaleza es artificial y todo el medio artificial es la nueva Naturaleza.
Al contrario de lo que pasaba en Metrópolis, la no ciudad se dispersa y distribuye en múltiples ciudades, sin dejar por ello de estar toda ella en todas partes.
Se fabrica espacio a la vez que se fabrica tiempo: se asfaltan las selvas, se desecan los ríos, se levantan edificios, se penetra bajo la tierra, se extienden infinitamente las redes de publicidad para crear más y más desierto civilizado. El cuentakilómetros sustituye al reloj. El automóvil no recorre los lugares: el mismo es un lugar que devora el espacio, tanto si está parado como si esta en movimiento. El automóvil no se desplaza de un lugar a otro, desplaza infinitamente un lugar móvil.
Mientras, Old-line city o Centro histórico, como una parodia del viejo paradigma del habitar sobre la tierra y Sim City, la ciudad del simulacro, antes Sin City, la ciudad del pecado, que condensa el arquetipo de la vida social y de ocio.

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Concentración y dispersión se refuerzan mutuamente: metrópolis hiperdensas en tapices indefinidos residenciales.
La paradoja es que lo real, la ciudad antigua, es la ciudad extraña que puede ser entendida como un parque temático, en tanto que las ciudades ficticias que nos rodean –centros comerciales o parques temáticos– son entendidos como nuestro mundo más próximo.
La casa no es ya más un refugio de la ciudad genérica sino un punto de observación.

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Depósitos de memoria (museos, monumentos...) convertidos en centros comerciales y grandes edificios inteligentes de uso variable conviven en el centro de la ciudad ahora ocupada por los nuevos “nómadas”.
La ciudad se convierte en el verdadero laboratorio de experimentos.

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En las nuevas ciudades convive la gente pudiente instalada en sus casas inteligentes, que teletrabaja a la velocidad del tiempo real de los mercados, “cocooning”, con otros, los desfavorecidos, refugiados sociales condenados a una vida nómada porque no tienen acceso a este tipo de sociedad virtual: el mundo informe de las favelas, kampongs, shanty towns, bidonvilles o chabolas de aquellos para quienes el nomadismo es realidad y no una ambición de espíritu, para quienes lo incierto del territorio es más que un ensayo.

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La mujer se ha ido de casa con el homosexual que ha salido del armario y han entrado en el espacio público de la ciudad global, donde han dejado de ser identificados como “otros” al acceder a la posibilidad y al derecho de comprar y poseer, como la expresión más significativa de la libertad individual.

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Los “otros” son los que no consumen.
Nos preocupamos demasiado por el paisaje urbano, abandonando el paisaje humano.


AMANN, Atxu; y PARDO, Gonzalo (2012): "¿La ciudad hostil?" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 4, núm. 1, pp. 203-212. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen04-1/textos01.htm. ISSN: 1989-4015

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