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El jardín en movimiento de Gilles Clément (PDF)

Edmundo Garrido

egarrido75@gmail.com

 

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Título: El jardín en movimiento
Autor: Gilles Clément
Editorial: Gustavo Gili, Barcelona
Año: 2012
Número de páginas: 112

 

 

 

 

 

 

 

El jardín es el tema de este libro que nos lleva mucho más allá de los aspectos puramente técnicos e incluso estéticos de la representación del jardín hacia una verdadera concepción de mundo. No en vano Olvido García Valdés titulaba la edición de una de sus lecturas de poesía como El mundo es un jardín, lema nada ingenuo si sabemos que es lo que Nietzsche pone en boca de los animales cuando Zaratustra se enfrenta al mundo. Clément nos invita a replantearnos esquemas de pensamiento bastante estables en nuestra cultura. A través de ejemplos concretos acompañados de esquemas, planos y fotografías, de lo que ha concebido y desarrollado como el “jardín en movimiento” llegamos a conclusiones generales que desde lo particular se abren a lo general como la idea, un verdadero aforismo, de que ante la realidad de un universo entrópico “la vida excluye la nostalgia, no hay un pasado venidero”. Su estilo sencillo y directo pero literario permite que el discurso científico (las listas de especies y procesos biológicos) se entremezclen con los procedimientos jardineros y las reflexiones filosóficas en un flujo que remite al caminar, al pasear por el texto, como espacio de encuentro con lo natural visto desde la cultura que tiene una larga tradición rastreable hasta los peripatéticos, Las ensoñaciones del paseante solitario de Rousseau, o el ensayo Caminar de Thoreau.
Si estos encuentros entre el intelectual y la naturaleza tienen su propia tradición, el jardín desde la antigüedad se ha comprendido como una manera de injertar la naturaleza en el entramado urbano con un alto grado de idealización mítica por la vía de los jardines originarios (Paraíso, Hespérides) que prevalecen como locus amoenus y espacio de armonía perdida en las distintas tradiciones occidentales. Es decir, el jardín que nos ocupa, aunque la ciudad no se mencione especialmente, siempre es un jardín-en-la-ciudad, interactuando con el medio urbano que lo rodea, delimita y, por contraste, define. Esta operación de incrustación, desde que fue pensada en Roma o en la ciudad barroca, por ejemplo, fue regida por el esquema del orden y la planificación, como si el jardín fuera naturaleza urbanizada, ordenada: “Recurrir a un arquitecto todavía parece la única forma conveniente de abordar el desorden natural. Es una manera de decir que el orden biológico –de una naturaleza completamente diferente– todavía no se ha percibido como una posibilidad de generación de ideas nuevas”. Quizás aclarar la confusión entre nuestra concepción de orden y desorden sea una de las claves del aporte de este libro, para la visión del jardín, de la biología y de la cultura. Quizás la historia de la humanidad es la historia de la lucha contra una entropía inevitable y que la vuelve una empresa utópica. Sin embargo, tener conciencia de esta entropía y asumirla como configuradora del devenir es esencial. Clément lo ejemplifica en su “jardín en movimiento”, que “se interesa sobre todo por los suelos baldíos”, abierto a las llamadas especies “vagabundas”, cuando se pregunta: “¿Puede un jardín gestionar la invasión [de especies]? Sin duda, puede admitirla y luego orientarla”. Este es un verdadero cambio de paradigma, no sólo del pensamiento jardinero sino en la concepción de mundo que lo sustenta. Incluso atreviéndose a cuestionar las ideas políticamente correctas que en su momento representaron valores por los que fue necesario luchar, como por ejemplo: “Los discursos que se centran en la protección ecológica integral son, evidentemente, nostálgicos”. Es decir, al igual que el jardín clásico, quieren recuperar una armonía perdida. De este modo, ante la problemática del orden burocrático, municipal, por las propiedades y espacios públicos abandonados, Clément dice “Es posible, sin duda, llamar ‘jardín’ a ciertos suelos baldíos, pero nadie espera que así sea”. Y en un sentido muy local, este libro viene a pensar, comentar y complementar un movimiento de trabajo en espacios urbanos baldíos para aprovecharlos como jardines para la comunidad que está en marcha en diversos países. En concreto, en Madrid se ha convertido en un referente el “solar” ubicado en calle Doctor Fourquet 24 en el barrio de Lavapiés con el nombre de “¡esta es una plaza!” (http://estaesunaplaza.blogspot.com.es/) y existe una red de “Huertos comunitarios” (http://redhuertosurbanosmadrid.wordpress.com/mapa-huertos-comunitarios/) por toda la ciudad. Del mismo modo que el libro de Clément habla de jardinería pero también de formas-de-vida (de biopolítica en el sentido de Foucault), estos proyectos no asumen los esquemas cívicos heredados sino que buscan replantear la forma de vivir en comunidad y compartir y administrar los espacios urbanos. Es sintomático de la búsqueda que representan estos nuevos grupos y asociaciones que se usen palabras de un campo semántico común pero que no tienen los mismos referentes ni connotaciones, como son solar, huerto y plaza. También el libro de Clément cuestiona la definición de jardín y su mismo esquema formal desde los procedimientos más comúnmente admitidos. Por ejemplo, ante un uso tan adherido a la idea de jardín como cortar el césped, por el gasto energético que representa propone “dejar de segar, quizá prescindir por completo del césped, lo que constituiría la mejor manera de evitar ese trabajo”.  Lo que no implica convertir el jardín en un erial sino dejar que el manto herbáceo natural alcance su clímax.
Si el jardín tradicional se proyectaba desde la vista como sentido central y configurador del esquema perspectivo del hombre-observador (Martin Jay, en su conocido ensayo Ojos abatidos, la denigración de la visión en el pensamiento francés del siglo XX, llega a extender el famoso neologismo de Derrida en la –casi imposible– palabra “falogocularcentrismo”), Clément llega a hablar, metafóricamente, del “hombre-insecto” sin, por esto, abandonar un proyecto netamente humanista. Lo interesante es que el insecto no sólo convive con el jardín sino que también lo experimenta y percibe, observa, pero no desde una posición de poder. De hecho el libre desarrollo (movimiento) del jardín permite la natural aparición de esquemas que el mismo Clément –es inevitable– lee con esquemas nostálgicos al hablar de las múltiples facetas del “jardín laberinto”, cuando el laberinto fue uno de los elementos estructurantes del jardín ordenado occidental convencional. Todo esto nos lleva a pensar en una ética biológica que no pretende comenzar de nuevo pero sí volver a pensar los viejos esquemas y sus connotaciones culturales del mismo modo que pasamos de considerar ciertas semillas de “mala hierba” a “especies vagabundas” que dan movimiento, riqueza y variedad al jardín.
Sin embargo, estas divagaciones se concretan con el ejemplo diacrónico descrito en el capítulo “Un experimento” y en “El ‘El jardín en movimiento’ del Parque André-Citroên en París” más otros informes, proyectos y acciones pedagógicas que derivan hacia la idea de un “jardín planetario” futuro bajo el lema “Hacer lo máximo posible a favor, lo mínimo posible en contra”, lo que no deja de ser una ética biológica. Dentro de la riqueza y placer que reporta este breve libro sólo se echa en falta una mayor discusión de la inevitable dialéctica que establece el jardín con su entorno. Clément llega a mostrar estadísticas de visitantes, destacando el alto porcentaje de personas venidas de provincias, lo que genera una interesante reflexión pero no menciona estudios sobre cómo afecta el “jardín en movimiento” a sus usuarios habituales o si incluso modifica los usos de estos usuarios como los movimientos de espontáneos huertos urbanos están haciendo. En sus conclusiones Clément plantea una ética (y estética) del jardín, surgida de la experiencia y que bien puede dar cuenta de estos usos diferentes:

En la gestión del “jardín en movimiento” se produce una especie de sosiego. No es que excite menos: ocupa el cuerpo y el espíritu como los demás jardines. Pero sabemos por qué excita.
La gestión de la movilidad […] conduce al individuo a integrar su existencia en el movimiento biológico y a no luchar en contra de sí mismo sin conocimiento de causa.
Suelo baldío: incoherencia estética perteneciente al ámbito de los destellos, encuentro fugaz que ilumina un fragmento de tiempo.


GARRIDO, Edmundo (2012): "El jardín en movimiento de Gilles Clément" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 4, núm. 2, pp. 197-200. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen04-2/resenas03.htm. ISSN: 1989-4015

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