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feediconRSS Vol.4, núm.2grisAR2012 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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La forma de una ciudad según Julien Gracq (PDF)

Traducción y notas de Juan Soros

 

Presentamos a continuación las primeras páginas del libro de Julien Gracq La forma de una ciudad (La forme d’une ville, París, Librairie José Corti, 1985) que combina las memorias de infancia y adolescencia del autor en Nantes con una reflexión más amplia sobre la ciudad. Conocido por su narrativa (Au château d’Argol, Le rivage des Syrtes, Un balcon en fôret, entre otras), la prosa ensayística y las memorias de Gracq sólo han comenzado hace poco a darse a conocer en lengua castellana. Destacamos este texto por la forma en que, anclado en la tradición moderna del flâneur, logra aportar nuevas maneras de comprender las relaciones entre las coordenadas espaciales y la temporal a través de olores y sonidos que se filtran desde una ciudad invisible.

*  *  *

La forma de una ciudad cambia más rápido, lo sabemos, que el corazón de un mortal. Pero, antes de dejarlo atrás ella captura sus recuerdos –atrapada como está, como lo están todas las ciudades, por el vértigo de la metamorfosis que es la marca de la segunda mitad de nuestro siglo–. Sucede también, sucede más de una vez que ese corazón ella lo ha cambiado a su manera, simplemente sometiéndolo, aún nuevo, a su clima y a su paisaje, imponiendo tanto a sus perspectivas íntimas como a sus ensoñaciones el esquema de sus calles, de sus bulevares y de sus parques. No es necesario, es sin duda una mediocre consecuencia, que uno la haya habitado verdaderamente. Más fuertemente, más duraderamente quizás, actuará sobre nosotros si se mantiene en parte en secreto, si se ha vivido con ella, por alguna singularidad de condición, sin verdadero acceso a su intimidad familiar, sin que nuestro deambular a lo largo de sus calles haya jamás participado de la libertad, de la ligera soltura del callejeo[1]. Por haberse prestado sin comodidad, por no haberse entregado completamente, quizás ha envuelto más ceñidamente alrededor de ella, como una mujer, el hilo de nuestro ensueño, o mejor, jalonado con sus colores los caminos del deseo.
Habitar una ciudad es tejer por sus idas y venidas cotidianas una red de trayectos articulados muy generalmente alrededor de algunos ejes directores. Si dejamos de lado los desplazamientos asociados al ritmo de trabajo, los movimientos de ida y de vuelta que llevan de la periferia al centro, después del centro a la periferia, es claro que el hilo de Ariadna, idealmente desenrollado detrás de él por el verdadero ciudadano, toma en sus circunvoluciones el carácter de un ovillo irregular. Todo un complejo central de calles y de plazas se halla atrapado en una red de idas y venidas en mallas ceñidas; las peregrinaciones excéntricas, los puntos empujados fuera de ese perímetro familiarmente encantado, son relativamente poco frecuentes. No existe ninguna coincidencia entre el plano de una ciudad que consultamos desplegándolo y la imagen mental que surge en nosotros, a la llamada de su nombre, del sedimento depositado en la memoria por nuestros vagabundeos cotidianos. El París donde he vivido como estudiante, que he habitado en mi edad madura, se sostiene en un cuadrilátero apoyado al norte por el Sena, y bordeado casi por todo su largo sur por el bulevar Montparnasse: todo alrededor de ese corazón que mi deambular reactivaba día tras día, los anillos concéntricos de animación, sólo para mí decrecientes, son poco a poco ganados, hacia la periferia, por la atonía, por una indiferenciación casi total. Esas son las cámaras centrales del laberinto que ejercen sobre el hombre de la ciudad su magnetismo, son ellas las que él revisita indefinidamente, el perímetro tiende a no representar más que una pantalla protectora, una capa aislante cuyo rol es cercar el caparazón habitado, impedir toda ósmosis entre los campos cercanos y la vida puramente citadina que se encierra en el reducto central.
No es así que yo habité Nantes. El régimen del internado, en los años veinte de este siglo, era estricto. Ninguna salida, fuera de las vacaciones, más que las del domingo; incluso era necesario que un corresponsal viniera para recibirnos en el locutorio, y, en principio, devolvernos allí por la tarde. Yo no salía más que una vez por quincena; el resto del tiempo, no percibía de la ciudad más que la cima de las magnolias del jardín botánico, por encima del muro del patio, y la breve escapada sobre la fachada del museo que nos develaba el pórtico de los externos, cuando se abría para su entrada, a las ocho menos cinco y a las dos menos cinco. Pero esta reclusión tan estricta era en sentido único. Dos veces al día, como la marea, con el torrente de externos, el rumor de Nantes llegaba hasta nosotros, unas veces filtrado, otras orquestado. Vivía en el corazón de una ciudad casi más imaginada que conocida, donde ciertos itinerarios me resultaban familiares, pero cuya substancia, el olor mismo, conservaba algo exótico: una ciudad donde todas las perspectivas daban sobre lejanías mal definidas, no exploradas, un esquema sin rigidez, más permeable que otros a la ficción. Cada uno de los rumbos que estrellaban esta rosa de los vientos florecía naturalmente, indefinidamente, para la imaginación.
Entré en sexto: tenía once años. A medias conocida, a medias soñada, la ciudad nunca se desprendió de este pliegue impreso desde mi primer contacto con ella. Más adelante habité en Nantes un año entero en condiciones normales; allí terminé, como subteniente, mi tiempo de servicio, allí regresé a enseñar al mismo liceo donde había estudiado. Es singular que ningún recuerdo concreto haya sobrevivido en mí de ese tiempo de familiaridad nueva, que se evaporó tan pronto como se interrumpió: me perdería hoy en día en las calles del barrio donde viví ese año, no reconocería ni la casa que habitaba: ese tiempo en que viví en Nantes como todo el mundo ha quedado para mí como si nunca hubiera sido. Lo que os ha encantado primero, a la manera de una princesa lejana, se acomoda mal después del desengaño de la cohabitación.
Una ciudad que os queda así, largo tiempo a medias prohibida termina por simbolizar el espacio mismo de la libertad. La corriente de aire vivo que, cada vez que en ella circulo, irriga aún plácidamente las calles de Nantes, no las irriga más que para mí: la ciudadela, hundida en las tierras que la sostienen con fuerza de una y otra parte al fondo de su estuario estrangulado, es en su clima pesadamente terrestre, muy diferente de Quimper con cielo de litoral, que cambia con la marea, en la que habité más tarde. El mar no se deja presentir en Nantes más que a partir de La Fosse, barrio ya casi excéntrico frente al cual el brusco ahondamiento del canal pone fin al río campesino, comido por praderas verdes, que en mi juventud se demoraba aún alrededor de las islas nantesas así como en una landa de Tours[2]. No era el soplo del mar lo que dilataba las calles: sólo era ese alivio mental que se apropia de nosotros en todas las encrucijadas donde, para nuestra imaginación, lo imprevisible se embosca. El final de la infancia, de la adolescencia, son irrigados por imágenes motrices con tal vehemencia, los posibles empujándose tan fuerte en nosotros, que desencadenan un vértigo ante la enormidad de lo rechazado[3]abandonado por cada día a lo incumplido. Esta vida que pasaba de largo, que me rozaba sin cesar con su corriente, y, por tanto, me dejaba encallado sobre el arenal, animaba, para mí, hasta la obsesión las calles de una ciudadela de la cual yo no percibía más que el rumor: es el recuerdo de este rumor, electrizante, cercano, y, por tanto, inaprensible, que me acercaba sobre todo a ciertos poemas de Rimbaud, como Obreros (“La ciudad, con su humo y los ruidos del trabajo, nos seguía hasta muy lejos por los caminos”[4]). Poemas penetrados del sentimiento pusilánime de la encalladura, del estupor pasivo de las barriadas que viven con la oreja pegada contra el latido sofocado de un corazón. Algunas tardes del comienzo del verano, cuando los olores vegetales, pesados y azucarados, del jardín botánico viajaban hasta nosotros a través de la calle, la proximidad de ese nudo de vida tan ceñido, y, por tanto, inaccesible, se subía a la cabeza; el dormitorio donde nos desvestíamos era barrido otra vez de lado a lado por los resplandores amarillos del poniente: el sentimiento del día cerrado sobre nosotros demasiado rápido, las calles que ahora se animaban, despreocupadas de nuestro toque de queda, con una actividad más turbia, más insólita que la del trabajo, alejaba mucho tiempo el sueño de la doble hilera de nuestras camas de fierro.
No busco aquí hacer el retrato de una ciudad. Sólo quisiera tratar de mostrar –con toda la parte de torpeza, de inexactitud y de ficción que comporta una vuelta atrás– cómo ella me ha formado, es decir, en parte incitado, en parte obligado, a ver el mundo imaginario, al cual despertaba por mis lecturas, a través del prisma deformante que ella interponía entre él y yo, y como de mi lado, por más libre que estaba por mi reclusión de tomar mis distancias con sus referencias materiales, la he remodelado según el contorno de mis ensoñaciones íntimas, le he prestado carne y vida según la ley del deseo más que según la de la objetividad. Que me acompañe entonces, como uno de esos vademécum que uno pasea por todos lados, que se hojean, que se anotan, y que se tachan sin miramientos, repertorio en cada instante aún familiar e inconscientemente consultado, a la vez trampolín sólido para la ficción y red de encrucijadas mentales, que los caminos que me imponía han profundizado y endurecido en mí. Resulta, por otra parte, que el curso de las cosas, en el último medio siglo, me protege contra todo desmentido infligido por la realidad a la imagen impresa en mí de esta ciudad, que fue el medio incubador de mi adolescencia. Como para muchas otras ciudades de Francia –más que para muchas otras– los bombardeos de 1943-44 han remodelado su fisionomía. Pero, aún más decisivamente, en el momento en que yo abandonaba los bancos de su liceo, ella conoció una mutación de especie más rara. El relleno de los brazos del Loira entre las islas, el relleno del Erdre en pleno centro de Nantes, cambiaron para siempre su equilibrio y su cimiento, mientras se enterraba la vía férrea, jalonada de tres estaciones sucesivas, que atravesaban entre sus barreras con claraboya el corazón de la ciudad, como un settlement minero del Far-West. En el mismo momento en que se terminaba y cerraba, a los dieciocho años, uno de los ciclos de mi vida, la ciudad sellaba así ella misma, por su avatar, este conjunto cerrado del recuerdo. Es singular que esta solución de continuidad, acusando a la vez a un lugar y a una vida, en lugar de ahondar un vértigo de alejamiento, elimine por el contrario de mis reminiscencias de Nantes el matiz de cuidado que se adhiere al recuerdo de las cosas idas. Pero quizás, después de todo, no tan singular… la acrimonia propia de las ruminaciones del envejecimiento nace de lo que reemplazamos de los episodios pasados de nuestra vida en un marco dejado intacto: es la juventud inalterable del mundo la que hace mal tolerable la caducidad de la que ella ha llegado a ser el lugar y el soporte. Nada de eso cuando tengo que volver a atravesar Nantes. La antigua ciudad –la antigua vida– y la nueva se superponen en mi espíritu antes que sucederse en el tiempo: se establece de una a la otra una circulación intemporal que libera el recuerdo de toda melancolía y de toda gravedad; el sentimiento de una referencia descolgada de la duración proyecta hacia adelante y amalgama al presente las imágenes del pasado en lugar de echar el espíritu hacia atrás. Quisiera que la complacencia con los recuerdos, a la cual me sucede, como a cualquier otro, tener que hacer su parte, esté ausente de estas páginas. La suerte ha hecho de esos años de mi infancia y de mi adolescencia un filón que la vida ha explotado, una riqueza siempre movilizable que yo puedo prodigar a mi gusto sin sentirme nunca más pobre. Retomemos entonces el camino de las calles de Nantes, no al encuentro de un pasado que no querría poner a resucitar ninguna complacencia, sino más bien de lo que he llegado a ser a través de ellas, y ellas a través de mí.


[1] “Flânerie”, del mismo modo que la primera frase del libro es una cita levemente modificada de un verso de Baudelaire (“la forme d’une ville / Change plus vite, hélas ! que le coeur d’un mortel”). Esta palabra, traducida como “callejeo”, es uno de los conceptos clave del imaginario del poeta francés y de la lectura moderna de la ciudad.

[2] “Varenne tourangelle”: varenne es una palabra regional, usada en el centro y el oeste de Francia (la zona de Gracq); también significa coto de caza real y “terreno cercado con pastos para alimentar y guardar el ganado”. No hemos encontrado el gentilicio para traducir tourangelle al castellano.

[3] “Laissé pour compte”, devolución de mercadería rechazada, persona a la que nadie quiere; en plural, los desamparados, marginados, excluidos. (N. del. T.)

[4] Traducción de Miguel Casado (Arthur Rimbaud, Obra poética completa, Barcelona, DVD, 2007).


SOROS, Juan (2012): "La forma de una ciudad según Julien Gracq" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 4, núm. 2, pp. 183-187. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen04-2/textos02.htm. ISSN: 1989-4015

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