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Mujeres que viajan solas, un viaje que no hay que parar (PDF)

Sanja Mihajllovik Kostadinovska

strabaraldasa@yahoo.com

 

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Título: Mujeres que viajan solas
Autor: José Ovejero
Editorial: Verticales, Barcelona
Año: 2010
Número de páginas: 206

 

 

 

 

 

 

Aunque, a primera vista, el título Mujeres que viajan solas y la ilustración de la portada, con mujeres sonrientes sobre un fondo de cielo despejado y palmeras, pueden llevar al lector a la conclusión precipitada de que, probablemente, se trate de una de esas guías de viajes del montón, en la contracubierta de esta edición viene resaltada una frase clave que descarta la posibilidad de que tengamos entre las manos un libro insustancial:

“¿Viajáis siempre solas?”
“Viajamos juntas.”
“Ya, bueno, quiero decir…”
“Quiere decir sin un hombre. Diez mil mujeres viajando juntas estarían solas según él.”

Esta cita pertenece al relato homónimo que presta el título a este libro de José Ovejero; un libro que, aun siendo escrito por una pluma masculina, ofrece una mirada muy feminista, crítica con muchos prejuicios que todavía persisten y también cómplice con muchas de las protagonistas que siguen desplazándose por un mundo dominado por los hombres.
El libro está compuesto por once relatos que sitúan su acción en diferentes lugares del mundo, desde Madagascar, Cuba, Costa Rica, México o Colombia, “volviendo” a Europa, a Alemania, España y Bélgica, y terminando en Pakistán. Tal y como dice el propio autor en la nota final, los relatos están libres de tintes exóticos, incluso se podría decir que, aunque la localización geográfica forma parte de cada título, la mayoría de los relatos carece de un paisaje reconocible o típico, y a lo largo del libro predomina la sensación de viaje continuo, de una ciudad a “cualquier [otra] urbe del mundo”, un viajar en busca de uno mismo que rara vez resulta ser una faena fácil de llevar a cabo.
Esta colección de relatos no ofrece únicamente la mirada de protagonistas-viajeras, ya que algunos de los textos presentan el viaje de parejas de turistas, como “Paraísos artificiales”, “La noche de Antananarivo” y “Los compañeros de viaje”, con excepción también del relato “La recompensa”, donde el viajero es un hombre, así como la mayoría de los personajes. Sin embargo, se podría decir que, tal y como sugiere el título, éstos son unos viajes principalmente femeninos. Nos encontramos con mujeres que se desplazan por motivos profesionales (“Ella bailaba el tango”, “Cobalto 60”), aunque la decisión no siempre resulta ser voluntaria; mujeres que emigran, es decir, viajan pero huyendo (“El hombre de la casa”, “Mujeres de luto”); mujeres que parten de la idea de hacer simplemente turismo (“Última llamada” o “Mujeres que viajan solas”), pero descubren muchas más cosas por el camino, y también otras mujeres que, viajando o no, volviendo o quedándose, encontrándose y reinventándose, pueblan estas páginas.
Aunque pretende ser una frase sintetizadora la que precede el cuerpo de los relatos, y que también viene destacada en la portada de esta edición, “Viajar es como probarse varias vidas para ver cuál te queda bien”, creemos que las protagonistas, a lo largo de sus viajes, topan con todo tipo de problemas como la violencia femenina, los tabúes que surgen del encuentro entre “lo occidental” y “lo oriental”, los prejuicios en el mundo laboral, y que esta frase, no muy lograda, simplifica de manera innecesaria la aventura de viajar. El viajar puede conllevar un sinfín de cosas: nuevas amistades, peligros inesperados, nuevas vidas, nuevas posibilidades, falsos paraísos, proyectos fallidos y, también, el inevitable encuentro con el otro y el (re)encuentro consigo mismo.
Nos detendremos brevemente sobre cada uno de los once relatos para poder desmenuzar el viaje en plural y el Viaje con mayúsculas.
“Paraísos artificiales” es el primer relato de este libro, donde encontramos a una pareja de turistas en Madagascar en busca de aventuras. Para esta pareja los mosquitos o los animales salvajes no serán el obstáculo, sino el alemán dueño de la agencia de turismo que, con su arrogancia y prepotencia, intentará disuadirlos de su idea. Werner, el alemán, cree reconocer en esta pareja de turistas a muchos otros “[tipos] que vienen a África para sentirse diferentes”, lo cual es algo que el autor no deja de criticar también en otros relatos; sin embargo, a través del pequeño conflicto con esta pareja, sobre todo con la mujer irónica y firme, es el propio Werner quien se da cuenta de que no ha logrado deshacerse del todo de su pasado, del país de donde proviene, y siente en su propia piel el ser diferente.
En “Última llamada”, la protagonista es también una de esos turistas que rehúyen el turismo masivo y no quieren ser parte del rebaño. En este viaje a Senegal que emprende sola conoce a un chico que pertenece a otra cultura y religión. Aparte del halago de sentirse deseada por alguien más joven que ella, ver en él, a pesar de su ingenuidad, una posibilidad de sentirse menos sola y hueca, ante la duda de quedarse o no a su lado, de hacer prevalecer el “racionalismo dogmático de Occidente” o la “interpretación poética del mundo”, decide no coger el avión y volar a su reencuentro. Quizá por miedo o por indecisión. En cualquier caso, este viaje y este encuentro le hacen pensar sobre su trabajo como intérprete en Alemania donde, a pesar de vivir una vida bastante independiente, se sigue sintiendo una “acompañante” de los hombres. Le hace reflexionar también sobre las diferencias, sobre lo desconocido a lo que le cuesta abrirse, sobre la soledad y las relaciones humanas en las que se interponen tantas barreras.
“La noche de Antananarivo” es otro relato sobre el viaje de una pareja a Madagascar, dominado por una atmósfera de tensión y angustia, que consigue traspasar las paredes porosas de la habitación del hotel y perturbar la tranquilidad de la pareja, sobre todo de la mujer, que parece sentir en su propia piel el caso de violencia femenina.
“Los compañeros de viaje” muestra otro viaje a un lugar idílico, un paraíso terrenal. Dice el narrador del texto:

Viajar es el opio del pueblo. Yo aún no sé qué lleva a la gente a desplazarse miles de kilómetros, alojarse en malos hoteles, recorrer lugares donde no los entienden, cruzarse continuamente con otros turistas. La gente soporta jornadas de oficina de ocho o diez horas al día, horas de trayecto en metro o en coche, una vida familiar insatisfactoria, y se consuela, como los explotados de todas las épocas, con una fantasía del más allá que les compensará de sus penalidades. La diferencia con épocas pasadas es que hoy puedes comprarte un billete al más allá y elegir el alojamiento.

El relato da un vuelco inesperado con el cual se desmienten las palabras de esta cita, es decir, en la época moderna tampoco hay lugar para un edén terrenal.
En “Las cucarachas”, el quinto relato de este libro, la protagonista-narradora, similar a las otras viajeras, se encuentra en Bogotá obligada por las circunstancias, pero esta vez no son ni económicas, ni profesionales, ni personales, sino que está siguiendo a su padre en sus viajes de negocios. Es una “niña bien”, una hija de papá, educada, que en los círculos de sus amigos, o más bien los hijos de amigos de sus padres, tiene que mantener las apariencias. En un estilo muy salingeriano, esa chica atrevida, irónica, intrépida, decide una noche subirse con un taxista desconocido quien la lleva a un mundo periférico que ella ignora.
“Ella bailaba el tango” es un relato en segunda persona en el que la narradora, tras la separación de su marido, que la había acompañado a Bruselas porque a ella le habían ofrecido un trabajo en la Comisión, le cuenta su encuentro casual con una bailarina de tango. En el despunte de un amor lésbico con esta bailarina, se entrevé un redescubrimiento de sí misma tras años de angustia por motivos de trabajo, por la imposibilidad de compaginarlo con la maternidad, por la incomprensión por parte de su pareja.
“El hombre de la casa”, a pesar del ya tópico inmigrante que llega a España en patera, es un relato logrado por la atmósfera que recrea, por la verisimilitud del personaje femenino; por una parte, obligada a comportarse de manera sumisa por las situaciones en las que se encuentra, pero, por otra, mostrándose una gran luchadora.
Ya mencionamos el relato “Mujeres que viajan solas”, de todas formas, destacamos nuevamente a la pareja de lesbianas, cuyo encuentro con el narrador masculino pretende romper esos prejuicios de las mujeres como seres débiles, vulnerables, que siempre, ante los ojos de un hombre, estarán solas y desprotegidas.
“La recompensa” es quizá el relato menos femenino, aunque en el fondo de la trama está otra vez la violencia sobre las mujeres.
En “Mujeres de luto”, así como en otros relatos, se establecen unas relaciones de identificación y solidaridad femenina que muchas veces sobrepasan las diferencias de nacionalidad o religión.
El último relato, “Cobalto 60”, es el más largo del libro. Está dividido en varias partes y trata diversos temas, como la violencia, las desigualdades sociales, los prejuicios y las dificultades con los que puede topar una mujer en el mundo laboral; pero también ofrece una mirada final optimista sobre cómo se podrían establecer lazos de amistad y solidaridad y superar las distancias y prejuicios, sobre todo por la necesidad de protegernos unos a otros y unas a otras viviendo en un mundo tan violento.
Los personajes de estos relatos se mueven muchas veces en el espacio sin importarles realmente dónde están. Es el viaje en sí, el mero hecho de encontrarse fuera de su hábitat natural, lo que afecta a la mayoría de ellos durante un trayecto que lleva, inevitablemente, hacia uno mismo. El espacio se plasma casi de una manera etérea, representado por fragmentos que, aunque dentro de un relato podrían adquirir cierta simbología, en el conjunto de relatos se convierten en un espacio fluctuante, genérico, pero omnipresente y amenazante. Aunque en muchos relatos predominan espacios naturales como playas o selvas, se podrían individuar elementos del paisaje urbano como hoteles, calles, mercados, taxis, aeropuertos. En muchos de estos lugares se podrían reconocer los “no-lugares” augeanos: los hoteles parecen unos grandes almacenes, los aeropuertos son los sitios donde predomina la indiferencia y la soledad. También las descripciones de las ciudades sugieren unos espacios en constante agitación, hostiles, hasta inhumanos:

[…] bultos, son sólo bultos inermes, difícil distinguir si son personas o un hato de trapos tirado en el suelo, y también, junto a unos grandes almacenes, un montón de cartones de embalaje del que asoman manos, pies, aquí y allí lo que parece una mata de pelo, los cartones moviéndose despacio, como un caparazón de un animal prehistórico […]. (47)

El maremágnum en el que nos íbamos a zambullir, esa llanura de luces que parece interminable, como si la ciudad no tuviese confines, como si ya no existiese otro paisaje que el de casas, carreteras saturadas, altos edificios de oficinas […]. Siento que me sumerjo en un mundo con leyes distintas, en una jungla de animales ansiosos que compiten entre sí sin falsos escrúpulos ni consideraciones hipócritas; en México los mendigos no te dan lástima –en otras ciudades finges que sí–, los evitas porque pueden ser peligrosos. (75)

Mujeres que viajan solas no es un libro de viajes, es un libro de cuentos ficcionales, pero aun sin brindar una mirada viajera propiamente femenina, ofrece una panorámica detallada y perspicaz de la situación de la mujer en el mundo contemporáneo, en el que permanecen las divisiones, las estratificaciones, la violencia y los prejuicios, pero también la solidaridad, la empatía y la comprensión entre las mujeres provengan de donde provengan.



Mihajllovik Kostadinovska, Sanja (2013): "Mujeres que viajan solas, un viaje que no hay que parar" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 5, núm. 1, pp. 269-273. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen05-1/resenas03.htm. ISSN: 1989-4015

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