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feediconRSS Vol.5, núm.1grisAR2013 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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Un texto desconocido de la ficción científica rumana de ambiente urbano del período de entreguerras: O descoperire antifeministă, de Alice Gabrielescu (PDF)

Estudio, edición y traducción española de Mariano Martín Rodríguez

Centrul de Cercetări Literare şi Enciclopedice
Universitatea “Babeş-Bolyai”, Cluj-Napoca (Rumanía)
martioa@yahoo.com


Si echamos una ojeada a los manuales de literatura rumana al uso, veremos que la ficción científica y, en general, especulativa (las ficciones de “imaginación razonada”, según el célebre y atinado sintagma de Jorge Luis Borges) han merecido muy escasa atención, cuando no se las ha orillado a un posible apartado de literatura implícitamente menor, junto con la juvenil o la policíaca. De esta manera, estos géneros han quedado fuera de la atención no solo crítica, sino también investigadora de los guardianes del canon literario o, al menos, del académico, como hemos explicado en otra parte (Martín Rodríguez 2012). Si bien esta situación, anómala para quienes conocen los valores propiamente estéticos de esta literatura, puede explicarse por el origen plebeyo de la ciencia ficción internacional contemporánea, cuyo origen en la producción industrial de baja calidad editorial y, a menudo, estética, de las publicaciones pulp norteamericanas de los años treinta y cuarenta del siglo pasado parece seguir pesando en una crítica hegemónica más bien reacia, por pereza, a cuestionar sus prejuicios, resulta aún menos aceptable desde el punto de vista histórico y filológico que se someta anacrónicamente al mismo tratamiento de desprecio o silencio toda una corriente literaria e intelectual previa a la ciencia ficción propiamente dicha, pero que la alimentó desde sus inicios. El llamado romance científico[1] (scientific romance) británico, cuyo modelo son las primeras novelas de H. G. Wells, que sucedió al más didáctico roman scientifique de Jules Verne, por ejemplo, representó una actualización moderna del viejo cuento filosófico, con un propósito semejante de intención satírica y de búsqueda del placer que entraña el ejercicio de la imaginación racional. Desde el principio, este tipo de literatura persiguió el doble objetivo de llegar a un público amplio, al que se trataba, por una parte, de atraer con unas ficciones agradables que hicieran aceptar de buena gana un cuestionamiento del pensamiento dominante común a casi todas ellas y, por otra, de suscitar un debate intelectual sobre la sociedad presente, mirada desde la perspectiva de otra futura hipotética, a la que la extrapolación del progreso técnico y científico daba visos de credibilidad y, por ende, de capacidad de convicción.
La apuesta de gustar tanto a las masas lectoras como a las minorías intelectuales se cumplió en algunos casos, como las propias novelas de Wells o, sobre todo, las distopías de anticipación que, en distintos países, denunciaron los peligros del totalitarismo, tales como las de Zamiatin, Huxley u Orwell. En otros ejemplos, el interés de la crítica fue mayor que el del público, que ha sido tradicionalmente más amigo de enredos sentimentales narrados con un realismo sencillo que de las literaturas que exigen sobre todo reflexión; pero no cabe duda de que muchos escritores de todo el mundo adoptaron el modelo wellsiano para sus propósitos de experimentación estética e intelectual, de manera que el romance científico fue un género planetario y, en todas partes, eminentemente culto. Por ello, no es de extrañar que multitud de autores conocidos por otro tipo de obras no tuvieran reparos en cultivar ocasionalmente también esta forma literaria, aunque su recepción posterior haya sido en general pobre a causa de los mentados prejuicios contra la ciencia ficción posterior. Ni siquiera la crítica especializada en este género se ha preocupado demasiado, en general, de sus precedentes intelectuales, salvo a beneficio de inventario. Sin embargo, el investigador atento dispone ahí de todo un yacimiento casi sin explotar que le puede deparar numerosas sorpresas agradables. Hasta en Rumanía, donde las historias de la ciencia ficción nacional de Florin Manolescu (1980) y, sobre todo, Mircea Opriţă (20073) se cuentan entre las más completas y serias que se hayan escrito en ningún país, una labor de búsqueda en la prensa del período interbélico, verdadera edad de oro del romance científico en Europa, puede sacar a la luz textos desconocidos de indudable interés. Esto vale especialmente si se exploran los índices de los diarios y revistas de índole general que se dirigían a un público indudablemente más amplio que las publicaciones literarias que representaban los intereses de las distintas escuelas o cenáculos. Sin embargo, la revistas literarias han suscitado en mucha mayor medida la atención de la crítica especializada posterior, tal vez porque su propia índole las hacía más fáciles de explotar a efectos descriptivos que unas revistas de tema vario en que podían coincidir en el mismo número artículos de moda, ecos de sociedad, reportajes fotográficos con mayor o menor exotismo, ilustraciones y caricaturas, artículos de divulgación científica (Albert Einstein y la relatividad eran un asunto de gran interés para el público, por ejemplo), reseñas y, lo que nos interesa sobre todo aquí, relatos escritos por autores de mayor o menor nombradía en la época, cuya lista está por hacer en Rumanía, como lo está en muchos otros países. Entre estas revistas generales, destacan por su calidad gráfica y de contenidos y por la universalidad de sus intereses, que abarcaban asimismo la ciencia y la ficción científica, las tituladas Realitatea ilustrată (1927-1945) y, sobre todo, Adevărul literar şi artistic (1920-1939), entre cuyos colaboradores se contó una interesante escritora, hoy olvidada, que se distinguió por su decidido compromiso feminista.
Alice Gabrielescu (1893-?[2]) destacó en su tiempo por su labor de traducción de las más variadas lenguas, a menudo en colaboración. También escribió numerosos artículos, recensiones y relatos para las principales revistas interbélicas. Como escritora original, publicó varios libros de cuentos para niños y, con mayores pretensiones artísticas, varias narraciones de índole psicológica y moralizante, si hemos de creer la entrada en un diccionario literario que constituye la referencia crítica más extensa sobre su obra que hemos podido localizar:

Pese a una expresividad estilística especial, la falta de profundidad, el carácter estereotipado de los personajes y el acento moralizador reducen a menudo el valor de estos escritos. En los volúmenes de novelas cortas La desconocida (1928) y La casa de las rejas (1944), no lo bastante homogéneos, las notas de atmósfera consuenan con los gestos típicos de unos potentes personajes femeninos. Este mundo de misterio vago, coloreado por el encanto de la inocencia, pretende que la investigación recurra a los medios de la introspección o de la visión de un testigo. Algo más lograda, aunque minada de melodramatismo, La casa de las rejas entrelaza la leyenda con el suceso actual, confiriendo un suplemento de significación a unos valores morales que tienden a relativizarse. También en la novela extensa crea Gabrielescu personajes femeninos dotados de una fuerza de carácter desacostumbrada. La marcha de las mujeres (1933), La luz que no se apaga (1937 [...]) y El secreto profesional (1943) no superan el nivel de las novelas cortas y son más bien una ampliación de estas con la misma estructura y los mismos procedimientos constructivos[3]. (V.P.S. 2005: 226)

Esta producción, que parece combinar una defensa progresista de los derechos de la mujer y una escritura sensible, ajustada a un gusto femenino tradicional[4], solo una voz más en el coro, muy nutrido, de escritoras rumanas del período interbélico que defendieron postulados feministas semejantes en relatos de temática también semejante, aunque escritos con mucha mayor pericia que la demostrada por Gabrielescu. Bastará recordar a este respecto nombres de escritoras ya clásicas de la alta Modernidad rumana, tales como las brillantes cultivadoras de la novela psicológica Hortensia Papadat-Bengescu, Henriette Yvonne Stahl, Ticu Archip o Cella Serghi, que han acabado relegando a un segundo plano a otras menos dotadas literariamente como Sanda Movilă, Ioana Postelnicu o la misma Alice Gabrielescu, pese al gran interés de la obra de estas, que hubiera destacado con luz propia en otro período menos rico de la literatura rumana y europea. Sin embargo, cabe destacar que Gabrielescu es digna quizás de mayor recuerdo por haberse salido de los caminos trillados de las prácticas literarias femeninas predominantes en su época gracias a un relato muy original, tanto en su obra como en el panorama literario rumano moderno. Al parecer, esta ficción poco común no llegó a recogerse en un volumen y ha quedado olvidada en las páginas de Adevărul literar şi artistic, como si fuera uno de sus numerosos cuentos de tema melodramático-amoroso. Se trata del texto titulado O descoperire antifeministă, que vio la luz en agosto de 1928[5]. Su originalidad es evidente atendiendo a la forma adoptada, que es la historiográfica, con algunas matizaciones. Aunque algunos elementos, como las alusiones a las relaciones de la pareja protagonista del científico y la dirigente política, remiten a la esfera privada propia del género novelístico, el tenor de la ficción es, en general, histórico, porque incluso esas relaciones privadas no figuran en el texto sino como ejemplos representativos de un fenómeno que afecta a toda la vida social, a un actante que es, como corresponde a la escritura historiográfica, colectivo: los individuos, aun aquellos que protagonizan la historia, se presentan exclusivamente en su faceta pública, mediante los recursos retóricos de la historiografía. En la ficción de Gabrielescu, la práctica ausencia de diálogo, la impresión de objetividad que confiere la narración en tercera persona y la perspectiva totalizante adoptada son algunos de los rasgos formales que orientan la lectura hacia su interpretación como un informe de unas fuerzas históricas en acción, como una historia del futuro, que no se distingue de cualquier artículo de divulgación histórica desde el punto de vista retórico, mientras que, temáticamente, solo se ha procedido a cambiar de orientación la mirada, del pasado inmutable a un porvenir anticipado, lo cual realza la función admonitoria de la historia prospectiva como género literario propio[6].
En O descoperire antifeministă, esa función parece evidente e incide en un problema sociopolítico doble: la incapacidad de gobernar correcta y honradamente de los varones pese a su monopolio tradicional del poder, por una parte, y la incapacidad de las mujeres de explotar sus capacidades rectoras superiores a causa del peso de una tradición secular, por la que han interiorizado la supeditación de su personalidad pública a la obligación de la belleza física, por otra. Esta contradicción trágica por sus efectos más bien negativos en la sociedad en su conjunto, como da claramente a entender la autora, era la de la sociedad coetánea, la cual relegaba la mujer a funciones subalternas y decorativas, y es también el estado de cosas al terminar el proceso narrado, tras un intermedio de buen gobierno femenino. La relación histórica de Gabrielescu nos presenta un reparto de roles futuro opuesto al del mundo contemporáneo, en el marco de una sociedad democrática, tecnológicamente avanzada y decididamente urbana. Desde este último punto de vista, la sociedad pintada en O descoperire feministă dista mucho de los ambientes rurales o arrabaleros preferidos por numerosos narradores rumanos hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. En efecto, la historia de Gabrielescu se desarrolla en un medio exclusivamente urbano y más bien de clase alta, en que aparecen entornos muy variados para una ficción tan breve, desde un laboratorio científico hasta el parlamento y el palacio de gobierno, pasando por los centros de reunión mundana, con los salones de baile como principal espacio de socialización. Será en uno de estos donde se produzca el triunfo de la vanidad femenina, centrada exclusivamente en la belleza física, que acabará anulando la anterior preeminencia sociopolítica de las mujeres, encarnada en un parlamento y partidos políticos únicamente femeninos. De este modo, a la mujer poderosa por su inteligencia y trabajo sucederá, como veremos, la mujer simplemente bella (al menos durante dos horas al día), esto es, el objeto voluntario y, a la postre, satisfecho, del deseo masculino, antes cancelado en la práctica por la común fealdad femenina. La mujer pasa, pues, de mandar en la ciudad a ser un mero objeto de adorno en ella, con una vida limitada a las intrigas amorosas y a la exhibición de galas físicas para impresionar a las rivales, esto es, las funciones básicas de la mujer de la ciudad cosmopolita en los frívolos años locos en que escribió Gabrielescu, funciones o roles que la autora critica con los recursos del cuento filosófico en esta parábola.
La autora extrapola en O descoperire feministă la lucha por la igualdad política de las mujeres de su tiempo, cuando ni siquiera podían votar en muchos países, y la lleva a un extremo en que la especulación confluye con el viejo cronotopo del mundo al revés. Así, tras una revolución no contada, pero que se funda en una disminución inexplicada de la energía masculina, las mujeres se habían hecho con todo el poder, mientras que el sexo débil masculino, pese a que podía mantener una labor intelectual y científica con toda libertad, tal como demuestran los trabajos del doctor Fernando, prefería llevar una vida mundana con bailes y otras actividades tan inocuas en su “masculinismo” de salón como los que organizaban las sociedades femeninas en la época de Gabrielescu, “cuya actividad para la recuperación de los derechos de los varones [entiéndase las mujeres en el mundo real contemporáneo] se limitaba en realidad a obras de beneficencia, bailes, conferencias íntimas sobre los nuevos métodos de arte culinario o de puericultura sistemática”[7]. La inversión no es solo política, sino física incluso. No se trataba necesariamente de que los varones se esforzasen sobre todo por conseguir una apariencia seductora, sino de que las mujeres, agobiadas por sus muchas responsabilidades, ya no tenían tiempo de preocuparse de su apariencia, de manera que su fealdad o, como mínimo, su indiferencia ante su propio aspecto se daba tan por supuesto como la de los varones en la sociedad machista, sin que ello estorbara ni su categoría ni su vida personal. Esta indiferencia femenina por la belleza física se expresa con gracia en pasajes como el del aspecto leonino o caballuno de la política protagonista según se la mirase de frente o de perfil, pero el registro humorístico del texto no le impide afirmar claramente la bondad del gobierno de las mujeres. No es una mera inversión carnavalesca para conseguir la risa, porque esta sociedad futura no se ridiculiza en absoluto. Antes bien, hasta los varones revolucionarios que les han arrebatado el poder reconocen que “el gobierno de las mujeres había sido de verdad una bendición para el país. Su energía en el trabajo, su honradez y dedicación habían llevado al Estado a una situación floreciente”[8], mientras que la única medida del nuevo Gobierno que se menciona es la reapertura de las tabernas... El descontento público consiguiente es tal que hasta el inventor de la pócima que ha posibilitado la revolución masculina, el doctor Fernando, propone que se prohíba para facilitar el regreso de las mujeres a las funciones de responsabilidad. Pero el poder masculino demuestra una vez más su falta de interés por el bien común al denegar la petición del científico, a fin de retener un mando que no parece tener otro objeto que sí mismo y al concederle, además, honores extraordinarios, con lo que su persona se suma a la larga lista de supuestos bienhechores con estatua pública, los cuales no suelen ser más que los puntales o personificaciones de los sistemas de dominación sucesivos. Desde luego, el doctor Fernando merecía tal honra, dado que los varones le debían su nuevo poder. Además, la última frase de la historia, por la que las mujeres se suman, “en letras más pequeñas”, al homenaje público al genio masculinista da a entender, con elegante finura, hasta qué punto su derrota había sido definitiva. Unas pocas horas de plenitud física al día les parecían bastante para compensar su pérdida de influencia en la cosa pública. Hasta habían acabado por agradecerlo. Pese al tono ligero adoptado, no cabe un final más desesperanzado para el feminismo.
Gabrielescu no echa tanto la culpa a los varones de la inferioridad social de la mujer como a la frivolidad de esta, a su sometimiento voluntario al tópico de la mujer que solo se debe ocupar de ponerse bella para el varón. La evolución de la civilización había anulado esa idea común hacia 2500, pero la mujer no se había librado de ella. ¿Pervivencia cultural subyacente? ¿Rasgo propio a su sexo (o género)? Gabrielescu no da ninguna respuesta, aunque el hecho de que otros inventos del doctor Fernando para eliminar la digestión y la idiotez no hubieran tenido éxito alguno, sugiere que la vanidad femenina tenía mucha más fuerza que el deseo de librarse de dolores de estómago o de ganar inteligencia, de manera que los avances feministas corrían siempre el peligro de diluirse en la frivolidad ambiente. La mujer se había rendido a la ambición de brillar en los ecos de sociedad, mientras que su moralidad sexual, garantizada antes por la falta de gracias físicas, recuperaba los viejos hábitos de infidelidad matrimonial de forma que recuerda los lugares comunes de la novela y el teatro comerciales de la época, como en el episodio de las cartitas perdidas y encontradas por los distintos esposos. El adulterio se había vuelto común coincidiendo con el hermoseamiento temporal de las mujeres. Los varones se ven entonces en la tesitura de tener que volver a actuar como lo dictaban las normas tradicionales, pero su decisión de aceptar los cuernos con filosofía sugiere a la vez el ridículo de las viejas actitudes machistas, cuyo anacronismo se subraya, y la preferencia varonil por el poder a costa de la moral, sexual o de otro tipo (recuérdese la legalización de los establecimientos de venta de alcohol), que no puede dejar de recordar la corrupción política tan denunciada en el período interbélico. El futuro posfeminista no se pinta, pues, de color de rosa y el pesimismo de esta conclusión no hace sino remachar el mensaje crítico de O descoperire antifeministă. Estase puede entender, pues, como una lección de historia preventiva, una lección claramente feminista que se manifiesta con maestría en un texto cuya brevedad no le impide sumarse brillantemente a la modalidad literaria internacional del romance científico, en la que el contenido especulativo, de índole intelectual e ideológica, no perdona ni prejuicios ni estereotipos en su cuestionamiento de los ídolos comunes[9].
El tratamiento de la materia argumental también responde a los procedimientos estilísticos frecuentes en el romance científico. Su espíritu se caracteriza principalmente por la convivencia inseparable de la seriedad y el juego[10] en un artefacto literario que explota imaginativamente la ciencia y la tecnología para crear un universo ficticio verosímil, si se aceptan sus premisas, y exige una actitud distanciada, crítica, del lector, gracias al recurso frecuente a la ironía. O descoperire antifeministă puede considerarse un buen ejemplo a este respecto. De hecho, los pasajes irónicos son tan abundantes, en ella que casi se podría citar cualquier línea suya, desde el principio hasta la magistral frase final, pero puede bastar el botón de muestra siguiente, en que la sonrisa se vuelve sarcástica sin abandonar la indulgencia inherente a la ironía: “De una población de treinta millones, apenas trescientos pacientes se sujetaron a un régimen higiénico de pastillas [alimenticias] y no se presentó absolutamente nadie que pidiera el remedio contra la idiotez”[11]. Observamos así que Alice Gabrielescu era perfectamente capaz de prescindir de cualquier sentimentalismo para alcanzar una lúcida crueldad swiftiana, mediante la cual supo evitar las trampas de un feminismo militante unidimensional, de manera que adquiere, paradójicamente, un poder de convicción mucho mayor. O descoperire antifeministă es, por ello, una de las ficciones probablemente más eficaces entre las suyas si atendemos a su compromiso en favor de la mujer, a lo que se añade que el género elegido y el tratamiento de su materia literaria contribuyen a que sortee el riesgo de convencionalismo que aquejaría, según la crítica, al resto de su producción literaria. Aun prescindiendo de la comparación con esta, creemos que acertó a aportar a la literatura rumana una fictohistoria de enorme interés y originalidad, que se adelanta en muchos años a la explosión universal del feminismo en la ficción científica, cuyas ventajas para la causa de las mujeres Gabrielescu parece haber sido una de las primeras en aprovechar en Rumanía. Se ha escrito que

de todas las formas de la literatura, solo la ciencia ficción da a las mujeres la libertad de reinventarse por completo. Las novelas contemporáneas solo pueden representar a las mujeres como oprimidas o rebeldes contra la opresión. La pintura en una ficción histórica rigurosa puede ser aún más sombría. En cambio, en la ciencia ficción, las mujeres siempre han sido libres de postular cualquier clase de sociedad y de imaginar mujeres con todos los roles posibles en ella[12]. (Frank, Stine y Ackermann 1994: vii)

La sociedad y los roles de O descoperire antifeministă prueban la libertad de la imaginación de Gabrielescu, así como su pericia literaria insospechada, que la debería hacer acreedora de la consideración debida tanto en la historia de la primera ciencia ficción rumana, como de la llamada literatura general, pues esta obra, pese a su brevedad, exhibe una riqueza de ideas y una brillantez formal que podría desmentir por sí sola la impresión de intrascendencia y superficialidad que la crítica académica aún hegemónica achaca, por ignorancia, a un género, el fictocientífico, que, si por algo se caracteriza, es por su compromiso intelectual y por la aceptación sin temor de los riesgos del experimentalismo literario.


Bibliografía
FRANK, Janrae; STINE, Jean; & ACKERMAN, Forrest J. (eds.) (1994): New Eves: Science Fiction about the Extraordinary Women of Today and Tomorrow. Stamford, CO: Longmeadow Press.

MANOLESCU, Florin (1980): “S.F. în România”, en Literatura S.F., pp. 181-271. Bucureşti: Univers.

MARTÍN RODRÍGUEZ, Mariano (2012): “Cine dictează canonul? Sprit conservator şi inovaţie în istoriografia literară românească din primul deceniu al secolului al-XXI-lea. Cazul literaturii ştiinţifico-fantastice”. Viaţa românească, vol. 7-8, pp. 117-138.

OPRIŢĂ, Mircea (20073): Istoria anticipaţiei româneşti. Iaşi: Feedback.

STABLEFORD, Brian (1985): Scientific Romance in Britain 1890-1950. London: Fourth Estate.

V.P.S. (2005): “Gabrielescu, Alice”, in Academia Română, Dicţionarul General al literaturii române, E/K, pp. 225b-226b. Bucureşti: Universul Enciclopedic.


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Un descubrimiento antifeminista
Alice Gabrielescu

El nuevo descubrimiento médico del doctor Fernando era verdaderamente sensacional. Buscaba su fórmula ya desde el 2508, pero solo en 2520, tras doce años de tanteos, mejoras y experimentos casi cotidianos, se había decidido a hacerlo público.
Unos años antes, el doctor Fernando ya había patentando otros dos ingeniosos preparados suyos: uno que modificaba las circunvalaciones del cerebro de los cortos de mente y otro que sustituía el régimen alimenticio actual, costoso y dañino para la salud, por otro simplificado, dosificado en píldoras, capaz de suprimir radicalmente cualquier dolencia de estómago y, gradualmente, el estómago mismo.
Sin embargo, estos dos remedios prácticos, que debatieron y condecoraron los foros médicos más competentes, solo despertaron un interés pasivo en la población. De una población de treinta millones, apenas trescientos pacientes se sujetaron a un régimen higiénico de pastillas y no se presentó absolutamente nadie que pidiera el remedio contra la idiotez. El éxito material que el doctor Fernando anhelaba tanto como el moral fue, pues, nulo. Pero esta vez sus expectativas se cumplieron y hasta se superaron.
Su nuevo preparado consistía en un líquido rojo que se inyectaba bajo la piel y que tenía la propiedad de transformar en unos minutos a una mujer de edad tan avanzada y de complexión tan débil como se pueda imaginar en una mujer de veinticinco años, llena de vida y juventud. El líquido se expandía rápidamente por todo el cuerpo, activando la circulación sanguínea, tonificando los músculos, embelleciendo las mejillas y dotándolas de un terso cutis infantil, confiriendo a la mirada y a los movimientos la expresión natural de la juventud, creando en la paciente un cuerpo nuevo y casi un alma nueva, porque, a la vez que la figura corporal, modificaba totalmente el estado de ánimo. Era un remedio que, junto a la posibilidad de gustar, daba, lo que era mucho más, el placer de gustar. De lo que sigue se desprenderá sin sorpresa el motivo de que esta parte psíquica faltara por completo por esa fecha de 2250.
El preparado solo tenía un fallo: su efecto únicamente duraba cuatro horas. Transcurrido ese tiempo, la sustancia inyectada perdía sus propiedades, el cuerpo se deshinchaba bruscamente como un globo y la mujer, vuelta a su estado anterior, quedaba frente al espejo desorientada y avergonzada, como un niño con un juguete roto. La experiencia solo podía repetirse al día siguiente.
Durante doce años, el doctor Fernando había proseguido sus investigaciones guardando el misterio más riguroso. Los últimos experimentos, concluyentes, los había efectuado en una sirvienta, muda de nacimiento. Todos los familiares de la casa, hasta el auxiliar de laboratorio, creían que se trataba de una cura contra la mudez. Pero la muda se embolsaba las pagas extra sentada por las tardes sin hacer nada en el laboratorio sin espejos, bien decidida a... callarse, aun en el supuesto feliz de recobrar la voz.
Tras no conseguir prolongar el efecto de su preparado durante unas cuantas horas más, el doctor Fernando se decidió a darle curso tal como estaba. Como reclamo se sirvió de su propia esposa, una señora de más de cincuenta años, a la que, si la llamaban a veces la “hermosa Elida”, era a ciencia cierta con un tono irónico.
En la noche en que la sociedad “Tiempos pasados” S.P.R.D.P.V. (Sociedad para la Recuperación de los Derechos Perdidos de los Varones) daba su gran baile anual, la señora Elida de Fernando apareció, una hora antes de medianoche, del brazo de su marido. Fue una entrada sensacional, una aparición magnífica y brillante que asombró a los asistentes. Los que habían conocido a la Sra. de Fernando hacía treinta años, se creyeron presa de alguna alucinación, mientras que los demás se preguntaban si tenía o no una hija.
Entre dos bailes, algunas contemporáneas de Elida, que formaban el tapiz desesperanzado de la sala, la pillaron al paso de una puerta y la preguntaron sobre la transformación incomprensible, aunque no esperaban una respuesta sincera. Para sorpresa suya, la buena amiga les dijo que el procedimiento era muy simple y que su marido lo pondría al día siguiente a la disposición de cualquiera. No pudo decir más debido a los danzantes que esperaban su turno.
Su marido, retirado en un palco, observaba sus éxitos con el reloj en la mano. A las tres menos cuarto, bajó a la sala.
–Es hora de que nos vayamos.
–Pero...
Era inútil. El doctor Fernando cogió a su mujer del brazo y se dirigió a la salida con paso ligero, lo que suscitó sonrisas irónicas. La gente creía que estaba celoso. En realidad, lo apremiaba la idea de que, diez minutos después, una vez transcurridas las cuatro horas, el triunfo de su mujer e, indirectamente, el suyo, podía convertirse en un acceso monstruoso de hilaridad.
Las señoras de la ciudad vinieron a informarse desde el día siguiente. Un mes más tarde, el laboratorio del doctor Fernando era tomado literalmente al asalto. En el patio, a lo largo de las calles, hasta en las avenidas próximas se alineaban los pequeños aviones de las clientas, los aviobuses o los automóviles de quienes todavía usaban ese antiguo medio de locomoción. Quince doctores ayudantes iban a la ciudad a llevar el elixir milagroso al domicilio de las señoras de clase alta.
Como ya he indicado de pasada, en la época en que se desarrollaban estos acontecimientos, las mujeres dominaban el Estado. Desde hacía unos dos siglos, tras una revolución en la que no es momento de insistir, en los negocios políticos y diplomáticos mandaban ellas. Únicamente las mujeres constituían la magistratura, el clero y todos los servicios superiores. Lo mismo ocurría con el orden público. Siguiendo la evolución iniciada cuatro siglos antes, el feminismo había afirmado y proclamado la supremacía vigorosa de sus partidos sobre los varones desunidos, cansados y vueltos incapaces en su mayoría.
De este modo, agobiadas de trabajo y de graves responsabilidades, las mujeres veían marchitarse su juventud antes de tiempo: en un medio hostil, la belleza se perdía ya desde la niñez y ellas aceptaban los efectos del trabajo sin descanso, como un estigma inevitable que no las podía detener.
Los varones, reducidos al papel de subordinados, no se atrevían a poner objeciones y, con el tiempo, empezaron a acostumbrarse. “La mujer debe ser una pizca más hermosa que el demonio” era un proverbio que repetían a menudo, aunque con una vaga tristeza estremecida de nostalgias atávicas.
Es muy probable que fuera precisamente cediendo a un impulso atávico como el doctor Fernando, en vez de imitar la vida ociosa de las personas de su sexo, había consagrado doce años a un invento de embellecimiento femenino. A su esposa, diputada del Parlamento y miembro de diversas comisiones presupuestarias, la llamaban sus partidarias, con admiración, “Cabeza de León”, mientras que, para sus adversarias de la oposición, era “Cabeza de Caballo”. El doctor Fernando daba razón alternativamente a ambos motes, según mirara a su esposa de frente o de perfil.
El preparado del doctor Fernando fue el punto de partida y de apoyo de una revolución de Estado coronada por el éxito. Es fácil imaginarse los acontecimientos.
Una joven hermosa que la varita de un brujo cambiara tres horas al día en una vieja horrorosa no se atrevería a dejarse ver en ese intervalo, aunque admitimos como natural que una mujer fea se presente en público tal como es.
Las mujeres del año 2520, habituadas a creerse en su estado normal únicamente en el intervalo de las cuatro horas de transformación milagrosa (incluso las jóvenes usaban el preparado para embellecerse), ya no querían dejarse ver en su vieja e inestética forma propia. Esperaban la hora de la transformación cubiertas de velos gruesos, descansando para poder hacer en cuatro horas lo que solo se podía hacer en diez. La vida económica, política y social debió concentrarse y reducirse a los momentos de apariencia presentable. Se solía ver a las espectadoras salir de teatros y cines antes de que acabara la función, como si las apremiara el presentimiento de un incendio. No pocas veces ocurría que el piloto que había recibido en la cabina a una clienta en plena juventud, abriera la puerta a la salida a una desconocida a quien debía ayudar a bajar la escalerilla.
La vida de todas se convirtió en una vidilla de cuatro horas al día. Empezaron a abandonar los trabajos más duros, colocando a sustitutos. Ciertas profesiones cuyo libre ejercicio reclamaban antes los varones en vano se les abrían ahora sin resistencia. La sociedad “Tiempos pasados”, cuya actividad para la recuperación de los derechos de los varones se limitaba en realidad a obras de beneficencia, bailes, conferencias íntimas sobre los nuevos métodos de arte culinario o de puericultura sistemática, se convirtió secretamente en una sociedad revolucionaria. Aquellos pocos “varonistas”, por decirlo así, cuya propaganda, bastante tímida, en favor de la recuperación de los derechos masculinos era vista con ironía y desánimo por los demás varones, pasaron a ser en poco tiempo los hombres de la situación. En el seno de esa sociedad se organizó una potente conspiración a la espera de dar el golpe de Estado decisivo.
Una mañana, el doctor Fernando y sus quince acólitos fueron secuestrados sorpresivamente y el laboratorio, precintado. La presidenta de la República se consideró dimitida y el gobierno, formado a toda prisa por diez varones de los que se esperaban grandes cosas, se puso en marcha.
Naturalmente, bajo la dirección de tantos principiantes, no faltaron las equivocaciones. Los comienzos siempre son difíciles. Lo principal es que, en una semana, toda la organización política, administrativa, militar, etc., pasó a manos de los varones. Todo se efectuó en medio de una tranquilidad completa, sin ninguna tentativa de resistencia por parte de la antigua organización, la cual, sin los servicios del doctor Fernando, no se atrevió a presentarse en ningún sitio.
Cuando todo este drama social-estético llegó a su último acto, el doctor Fernando fue proclamado bajo el entusiasmo masculino ciudadano de honor de la República y luego se le dejó en libertad, junto con sus galenos, y se le animó a seguir aplicando su patriótico descubrimiento.
El partido de oposición feminista no tardó en reconstituirse. Pero era una oposición más bien formal que no inspiraba ningún temor grave. Las grandes obras siempre han exigido mucho más de cuatro horas al día.
Pasaron así unos meses o unos años. Un buen día, el doctor Fernando, al agacharse para recoger un guante que se le había caído al suelo, recogió, junto con el guante, una nota extraviada. La leyó. Se trataba de una carta de amor en que se concertaba una cita. No le cupo la menor duda. El papelito estaba dirigido a su mujer.
Los celos eran un sentimiento muy poco frecuente en los últimos siglos. Para las mujeres de la época de su hegemonía, activas, ocupadas desde la mañana hasta la noche, preocupadas por graves cuestiones y desdeñosas de las tiernas, no se justificaban tales sutilezas sentimentales.
De hecho, las cosas habían evolucionado en los últimos tiempos, pero el doctor Fernando estaba demasiado ocupado gozando del triunfo como para ensombrecerse el ánimo con estudios psicológicos.
Su primera idea fue poner el papelito sobre el escritorio de su mujer como algo que no le pertenecía. Sin embargo, al recordar que su mujer era guapa, al menos en las horas en que él no la veía, y acordándose también de una antigua tradición que consideraba la carta encontrada una grave ofensa a la dignidad conyugal, el doctor Fernando pensó, como una pesada carga, que tenía que vengarse.
Era fácil. Aunque no podía prolongar el efecto de su preparado de ninguna manera, podía disminuir, en cambio, su duración sin dificultad alguna. Pensó en la sorpresa que se iba a llevar al día siguiente ese Bob que firmaba la carta cuando se encontrara en los brazos con la triste caricatura de la mujer amada.
Era una venganza, pero no una solución. La fórmula de su preparado, que había adquirido el Estado recientemente, se había repartido entre todos los farmacéuticos de la ciudad y de todo el país.
El doctor Fernando, que sabía que se celebraba un consejo de ministros ese mismo día, pidió por radio el permiso de presentarle una ponencia. Su solicitud fue aceptada. Cinco minutos después, el doctor aterrizó en la terraza del Palacio del Consejo, donde había otras diez aeronaves poco mayores que una bicicleta.
El doctor Fernando enseñó al Consejo la cartita encontrada y se declaró el principal culpable, él y su medicamento. Otros cinco ministros se levantaron acusadores, confesando que también ellos habían encontrado en sus casas tales papeles. (Los varones no eran entonces tan bien educados como para no encontrarlos). El doctor Fernando, humillado y arrepentido, solicitó al Consejo un decreto por el que se retirara del comercio el preparado inmoral y se castigara con pena de muerte a quien lo fabricara a escondidas.
Los debates fueron breves. El jefe de gobierno se levantó, impuso silencio y empezó a exponer con claridad la situación de los últimos tiempos. Contó la historia del feminismo y los frutos de su época de triunfo. Explicó lo que evitaba decir a sus partidarios, que el gobierno de las mujeres había sido de verdad una bendición para el país. Su energía en el trabajo, su honradez y dedicación habían llevado al Estado a una situación floreciente. El preparado del doctor Fernando les había arrebatado esa energía. Sin él, la agrupación feminista volvería a actuar con todas las posibilidades de éxito. El pueblo, a quien había beneficiado sobre todo aquella época, solo esperaba la señal de combate para devolver el poder a las mujeres. Sí, había descontento. Tras la votación de la ley que reabría las tabernas y los clubes, la manifestación de desaprobación fue más compacta que la de celebración. No, no había peligro aún. Solo con una dirección firme, el pueblo podía volverse peligroso.
Conclusión: en interés del partido, debían pasarse por alto los pequeños disgustos conyugales.
Aprovechando la turbación de los ministros ante la perspectiva terrible del feminismo de nuevo triunfante, el jefe sometió a votación inmediatamente la solicitud del doctor. Fue rechazada por unanimidad.
A continuación, el doctor Fernando recibió la gran condecoración del “Águila Verde”, regresó a su domicilio con la serenidad del deber cumplido y vivió, hasta una edad avanzada, evitando volver a recoger guantes caídos.
A su muerte se le honró con un entierro grandioso. Entre los cientos de coronas que adornaban los autocares fúnebres destacaba especialmente la del partido gobernante, una corona de orquídeas en cuya cinta figuraba con letras enormes: Al gran bienhechor Fernando - En reconocimiento.
La corona de rosas depositada la víspera por la jefa del partido feminista llevaba, en letras más pequeñas, la misma inscripción.


*      *      *


O descoperire antifeministă
Alice Gabrielescu

Noua descoperire medicală a doctorului Fernando era într-adevăr senzaţională. Îi căuta formula încă din anul 2508 şi abia în anul 2520, după doisprezece ani de dibuiri, ameliorări şi experienţe aproape zilnice, se hotărâse s-o dea în vileag.
Cu câţiva ani înainte, doctorul Fernando îşi brevetase încă alte două preparate ingenioase: unul pentru modificarea circumvoluţiunilor creierului la cei săraci cu duhul, celălalt, înlocuind actualul sistem de alimentaţie, costisitor şi dăunător sănătăţii, printr-unul simplificat, dozat în pilule, suprimând radical orice suferinţe de stomac şi, în mod progresiv, suprimând chiar stomacul.
Dar, aceste două remedii practice, discutate şi medaliate de cele mai competente foruri medicale, n-au stârnit în public decât un interes pasiv. La o populaţie de 30 de milioane, abia trei sute de pacienţi s-au constrâns la un regim igienic de pilule şi absolut nimeni nu s-a prezentat ca să ceară leacul contra prostiei. Succesul material la care doctorul Fernando năzuia tot atât ca la cel moral, fu deci nul. De astă dată însă, aşteptările i-au fost atinse şi întrecute.
Noul său preparat consta dintr-un lichid roşu care se injecta sub piele, având proprietatea de a transforma în câteva minute pe o femeie de vârstă cât de înaintată şi de constituţie cât de şubredă, într-o femeie de 25 de ani, plină de viaţă şi tinereţe. Lichidul se răspândea iute în tot corpul, activa circulaţia sângelui, întărea muşchii, înfrumuseţa obrajii rotunjind pe ei o piele fragedă de copil, dădea privirii şi mişcărilor expresia naturală a tinereţii, crea pacientei un corp nou şi aproape un suflet nou, căci, odată cu înfăţişarea trupească, modifica total şi starea de spirit. Era un remediu care, pe lângă puterea de a plăcea, dădea — şi ceva mai mult — plăcerea de a plăcea. Din cele ce urmează se va înţelege fără uimire motivul pentru care această latură psihică lipsea cu totul prin acel an 2520.
Preparatul avea un singur punct slab: efectul său nu era valabil decât patru ceasuri. După această trecere de timp, substanţa injectată îşi pierdea proprietăţile, corpul se dezumfla brusc ca un balon şi femeia, redevenită ca înainte, rămânea în faţa oglinzii, dezorientată şi ruşinată, ca un copil în faţa jucăriei stricate. Experienţa nu putea reîncepe cu succes decât a doua zi.
Timp de doisprezece ani, doctorul Fernando şi-a urmat cercetările în cel mai strict mister. Experienţele ultime, convingătoare, s-au făcut asupra unei femei de serviciu, mută din naştere. Toţi obişnuiţii casei, chiar şi laborantul, credeau că este vorba de un leac contra muţeniei. Iar femeia mută îşi încasa surplusul de salariu pentru după-amiezile de şedere leneşă în laboratorul fără oglinzi, bine hotărâtă să... tacă, chiar în cazul fericit al unei dezlegări de grai.
Nereuşind a prelungi pentru mai multe ore efectul preparatului său, doctorul Fernando se hotărî să-i dea curs astfel. Drept reclamă, îi servi însăşi soţia sa, o femeie trecută de cincizeci de ani, căreia, dacă i se zicea uneori „frumoasă Elida”, era cu siguranţă pe un ton ironic.
În seara când societatea „Tempi passati” S.P.R.P.B. (Soc. pentru recăpătarea drepturilor pierdute ale bărbaţilor) dădea marele său bal anual, doamna Elida Fernando apăru, cu o oră înainte de miezul nopţii, la braţul soţului său. A fost o intrare senzaţională, apariţie magnifică şi strălucită care ului asistenţa. Cei ce-o cunoscuseră pe d-na Fernando cu treizeci de ani înapoi, se crezură prada unei halucinaţii, ceilalţi se gândeau dacă ea avea sau nu o fiică.
Între două tururi de dans, câteva contimporane ale Elidei care formau tapiseria deznădăjduită a sălii de bal, o prinseră în pervazul unei uşi şi o cercetară asupra neînţelesei transformări, deşi nu sperau un răspuns sincer. Spre mirarea lor buna prietenă le spuse că mijlocul era foarte simplu şi că de-a doua zi bărbatul său îl va pune la dispoziţia oricui. Nu putu spune mai mult din pricina dansatorilor care-şi aşteptau rândul.
Soţul său, retras într-o lojă, îi urmărea succesele cu ceasul în mână. La trei fără un sfert, se coborî în sală:
— E timpul să plecăm.
— Dar...
Era inutil. Doctorul Fernando luă braţul soţiei sale şi se îndreptă spre ieşire cu un pas grăbit care stârni zâmbete ironice. Lumea îl crezu gelos. De fapt, îl zorea gândul că peste zece minute, când cele patru ceasuri se vor fi scurs, triumful soţiei sale şi indirect al său ar putea face loc unui acces monstru de ilaritate.
De a doua zi, doamnele din oraş veniră după informaţii. Peste o lună, laboratorul doctorului Fernando era literalmente asaltat. În curte, în lungul străzii, până şi pe bulevardele învecinate se înşirau micile avioane ale clientelor, aviobusele sau automobilele celor care mai uzau de acest vechi mijloc de tracţiune. Cinsprezece doctori-ajutori mergeau în oraş, ducând elixirul miraculos la domiciliul doamnelor cu situaţii înalte.
După cum am spus în treacăt, pe timpul când se desfăşurau aceste evenimente, femeile aveau preponderenţa în Stat. De vreo două sute de ani, în urma unei revoluţii asupra căreia nu e locul să insistăm, afacerile politice şi diplomatice se aflau sub conducerea lor. Magistratura, clerul şi toate serviciile superioare erau alcătuite numai de femei. Paza publică de asemeni. Urmând evoluţia începută cu patru sute de ani înainte, feminismul afirmase şi proclamase întâietatea viguroasă a partidelor sale împotriva bărbaţilor dezuniţi, obosiţi şi deveniţi incapabili în majoritatea lor.
Astfel, hărţuite de muncă şi răspunderi grave, femeile îşi ofileau tinereţea foarte de timpuriu: frumuseţea în mediul nepriincios era încă din copilărie pierdută, şi ele acceptau efectele muncii fără repaos ca pe un stigmat inevitabil şi care nu le poate stingheri.
Bărbaţii, reduşi la rolul de subordonaţi, nu îndrăzneau să facă obiecţii, iar cu timpul începuseră a se acomoda. „Femeia trebuie să fie puţin mai frumoasă decât dracul” era un proverb curent rostit totuşi cu o vagă tristeţe în care tresăreau nostalgii atavice.
E foarte probabil că, cedând unui îndemn atavic, doctorul Fernando, în loc să imite viaţa de farniente a semenilor săi, s-a consacrat timp de 12 ani unei invenţii de înfrumuseţare feminină. Soţia sa, deputată în Parlament şi membră în diferite comisiuni bugetare, era supranumită admirativ de către partizanele sale: „Cap de Leu” şi de către adversarele din opoziţie „Cap de Cal”, iar doctorul Fernando dădea alternativ dreptate la amândouă poreclele, după cum îşi privea soţia de faţă sau de profil.
Preparatul doctorului Fernando fu punctul de plecare şi de sprijin al unei reuşite revoluţii de Stat. Lucrul e uşor de închipuit:
O fată frumoasă pe care bagheta unui vrăjitor ar schimba-o timp de trei ore pe zi, într-o bătrână hidoasă, n-ar mai îndrăzni să se arate în acest răstimp, deşi admitem că e natural ca o femeie hâdă să circule aşa cum se găseşte.
Femeile din anul 2520, obişnuindu-se să se creadă în starea lor normală numai în răstimpul celor patru ore de transformare miraculoasă (chiar şi cele tinere întrebuinţau preparatul pentru înfrumuseţare), nu mai voiau să se lase văzute în vechea şi inestetica lor formă. Aşteptau ora transformării, acoperite cu văluri groase, odihnindu-se pentru a putea isprăvi în patru ceasuri ceea ce nu se putea face decât în zece. Viaţa economică, politică şi socială trebui să fie concentrată, redusă la aparenţele onorabile. De la teatre şi cinematografe, se vedeau adesea spectatoare ieşind înainte de sfârşitul actului, zorite parcă de presimţirea unui incendiu. Nu de puţine ori pilotul care închisese în cupeul avietei o clientă în plină tinereţe, deschidea la sosire uşa unei necunoscute pe care trebuia s-o sprijine ca să urce scările.
Viaţa tuturor deveni o mică viaţă de patru ceasuri pe zi. Începură să părăsească serviciile mai grele, punând suplinitori. Oarecare profesiuni pentru care bărbaţii cereau în zadar libera exercitare, li se deschiseră acum fără opuneri. Societatea „Tempi passati”, a cărei activitate pentru recăpătarea drepturilor bărbaţilor se reducea de fapt la opere de binefacere, baluri, prelegeri intime asupra noilor metode de artă culinară sau de puericultură sistematică, deveni în ascuns o societate revoluţionară. Cei câţiva, să le zicem „bărbăteşti”, a căror propagandă destul de sfioasă pentru recăpătarea drepturilor era privită cu ironie şi cu descurajare de către semeni, deveniră în puţin timp oamenii zilei. O conspiraţie puternică se născu din sânul acestei societăţi aşteptând să dea lovitura de Stat decisivă.
Într-o dimineaţă, doctorul Fernando şi cei cincisprezece acoliţi ai săi fură sechestraţi pe neaşteptate şi laboratorul pus sub sigilii. Preşedinta republicii fu considerată demisă, guvernul, alcătuit în grabă din zece bărbaţi în cari se puneau mari speranţe, începu a funcţiona.
Fireşte că, sub conducerea atâtor novici, greşelile n-au lipsit. Începuturile sunt totdeauna grele. Principalul este că, într-o săptămână, toată organizaţia politică, dregătorească, militară, etc. trecu în mâinile bărbaţilor. Totul se înfăptui în deplină linişte, fără nicio încercare de rezistenţă din partea vechii organizaţii care, lipsită de serviciile doctorului Fernando, nu îndrăzni să se arate pe nicăieri.
Când toată această dramă social-estetică ajunse la ultimul act, doctorul Fernando fu proclamat în entuziasmul masculin cetăţean de onoare al Republicii, apoi împreună cu doctoraşii săi fu lăsat liber şi încurajat să continue aplicarea patrioticei sale descoperiri.
Partidul de opoziţie feminist nu întârzie să se reconstituie. Dar era o opoziţie mai mult de formă şi care nu inspira nicio teamă serioasă. Operele mari au pretins totdeauna mai mult decât patru ceasuri pe zi.
Câteva luni sau câţiva ani trecură astfel. Într-una din zile, doctorul Fernando, plecându-se să ridice de jos o mănuşă căzută, ridică, odată cu mănuşa, şi un bileţel căzut. Îl citi. Era o mică scrisoare de dragoste care fixa o întâlnire. Nu-i fu permisă nicio îndoială. Bileţelul era adresat soţiei sale.
Gelozia fusese în ultimele secole un sentiment foarte rar. Femeile din vremea hegemoniei lor, active, ocupate de dimineaţă până seara, preocupate de aspre chestiuni şi neglijând pe cele dulcege, nu îndreptăţeau asemenea subtilităţi sentimentale.
De fapt, lucrurile evoluaseră în acest din urmă timp, dar doctorul Fernando era prea ocupat să guste triumful său ca să-şi întunece dispoziţia cu studii psihologice.
Primul său gând fu să depună bileţelul pe biroul soţiei sale ca un lucru care nu-i aparţinea. Amintindu-şi însă că soţia sa era frumoasă, cel puţin în orele în care el n-o vedea, amintindu-şi încă de o veche tradiţie care considera scrisoarea găsită ca o gravă ofensă adusă demnităţii conjugale, doctorul Fernando se gândi, ca la o corvadă, că trebuie să se răzbune.
Era uşor. Preparatul său, dacă nu-i putea cu niciun chip mări durata, i-o putea lesne micşora. El se gândi la surpriza de a doua zi a acelui Bob care semna scrisoarea când va rămâne în braţe cu trista caricatură a femeii iubite.
Era o răzbunare dar care nu era o soluţie. Formula preparatului său, cumpărată de Stat în ultimul timp, fusese împărţită tuturor farmaciştilor din oraş şi din cuprinsul ţarii.
Ştiind că în acea zi guvernul ţinea consiliu, doctorul Fernando ceru prin radio permisiunea de a face o comunicare. Ea îi fu admisă. Peste cinci minute, doctorul ateriza pe terasa Palatului de Consilii unde se mai aflau încă alte zece aparate de zburat puţin mai mari decât bicicletele.
Doctorul Fernando arătă Consiliului bileţelul găsit declarându-se ca principal vinovat, el şi leacul său. Alţi cinci miniştri se ridicară acuzatori, mărturisind că au găsit şi ei prin casele lor asemenea bileţele. (Bărbaţii nu erau atunci destul de bine crescuţi ca să nu le găsească). Doctorul Fernando, umilit şi plin de căinţă, ceru Consiliului o ordonanţă care să retragă din comerţ preparatul imoral şi să anunţe pedeapsă cu moarte pentru aceia care l-ar fabrica în ascuns.
Dezbaterile fură scurte. Şeful guvernului se ridică, impuse tăcere şi începu cu o expunere limpede asupra situaţiei din ultimul timp. Făcu istoricul feminismului şi roadele epocii sale de triumf. Arătă ceea ce se ferea să spună partizanilor, că într-adevăr guvernarea femeilor fusese o binefacere pentru ţară. Energia lor de muncă, unită cu cinstea şi devotamentul lor, ridicase Statul la o situaţie înfloritoare. Preparatul doctorului Fernando le deturnase această energie. Lipsită de el, gruparea feministă avea să reintre în acţiune cu toate şansele de succes. Poporul, asupra căruia îndeosebi epoca aceasta revărsase binefaceri, aştepta doar semnalul de luptă pentru readucerea femeilor la putere. Da, nemulţumiri erau. După votarea legii de deschidere a cârciumilor şi cluburilor, manifestaţia de dezaprobare a fost mai compactă ca cea de sărbătorire. Nu, nu era încă primejdie. Numai sub o conducere fermă, poporul putea deveni periculos.
Concluzia: în interesul partidului, trebuiau trecute cu vederea micile nemulţumiri conjugale.
Profitând de turburarea în care-i aruncase pe miniştri perspectiva grozavă a feminismului din nou triumfător, şeful puse îndată la vot cererea doctorului. Ea fu respinsă în unanimitate.
Ca urmare, doctorul Fernando primi marea decoraţie a „Vulturului Verde”, reintegră domiciliul cu fruntea senină a datoriei împlinite şi trăi, până la o vârstă înaintată, ferindu-se să mai ridice de jos mănuşile căzute.
La moartea sa, i se făcu o înmormântare grandioasă. Printre sutele de coroane care ornau autocarele funebre, s-a remarcat îndeosebi aceea a partidului de la guvern, o coroană de orhidee pe a cărei panglică sta imprimat cu litere enorme: Marelui binefăcător Fernando Recunoştinţă.
Coroana de trandafiri depusă din ajun de şefa partidului feminist purta, cu litere mai mici, aceeaşi inscripţie.


[1] El uso del término, no muy común hasta ahora de “romance científico”, sigue el ejemplo de Félix J. Palma, que así traduce scientific romance en su brillante y original recreación postmoderna del género titulada El mapa del tiempo (2008).

[2] Como se puede observar, no se conoce la fecha de su muerte y, con mayor razón, quiénes son sus herederos. De llegar al conocimiento de estos, esperamos que lo consideren un homenaje desinteresado a la maestría literaria de Alice Gabrielescu.

[3] “În pofida unei expresivităţi stilistice aparte, lipsa de profunzime, stereotipia personajelor şi accentul moralizator scad adesea valoarea acestor scrieri. În volumele de nuvele Necunoscuta (1928) şi Casa cu gratii (1944), nu îndeajuns de omogene, notaţiile de atmosferă consună cu gesturile tipice ale unor personaje femenine puternice. Această lume a misterului nedesluşit, colorată de farmecul inocenţei, pretinde ca investigaţia să se servească de mijloacele introspecţiei sau de viziunea unui martor. Ceva mai reuşită, dar subminată de melodramatism, Casa cu gratii împleteşte legenda cu evenimentul actual, conferind un plus de semnificaţie unor valori morale ce tind să se relativizeze. Şi în roman Gabrielescu creează personaje feminine înzestrate cu o neobişnuită forţă a caracterului. Marşul femeilor (1933), Lumina care nu se stinge (1937 [...]) şi Secretul profesional (1943) nu depăşesc nivelul nuvelelor, fiind mai degrabă o dilatare a acestora pe o structură neschimbată şi folosind aceleaşi mijloace de construcţie” (V.P.S. 2005: 226).

[4] Por supuesto, las mujeres, como los varones, leen y disfrutan de todo, pero es indudable que el género sentimental atrae a un público femenino masivo hasta hoy en día (piénsese en el público de la vendidísima novela rosa), por lo que no es de extrañar que Gabrielescu lo explotara, con ánimo feminista, a fin de llegar a un número de lectores muy amplio.

[5] Los datos de publicación son los siguientes: Adevărul literar şi artistic, IX, 400 (5/8/1928), pp. 1-2.

[6] Desde los polémicos trabajos del historiador norteamericano Hayden White (por ejemplo, Metahistory, 1973), se ha venido recuperando una concepción de la historiografía como tarea doble, documental y literaria, que no es sino la predominante desde sus inicios en el mundo grecolatino hasta el período romántico, antes de que el positivismo insistiera en el carácter científico de la disciplina y su expulsión subsiguiente del canon literario. El cultivo de lo que podemos denominar fictohistoria aparece así como una manera de salvar la literariedad historiográfica, pero escapando mediante las marcas de ficcionalidad claras a cualquier reproche de falsificación histórica gracias al ejercicio declarado de la imaginación creadora. De esta manera, son relativamente abundantes los experimentos historiográficos cuya índole ficticia se desprende claramente del hecho de que se trate de muestras de historia alternativa o contrafáctica, de xenohistoria (historia de otras especies, más o menos antropomorfizadas), de historia apócrifa o de países imaginarios, de historia alegórica o, en mayor medida, de historia prospectiva o del futuro, esto es, contada por una supuesta voz historiadora desde un provenir imaginado, utilizando los tiempos gramaticales del pretérito. La historia ficticia del futuro es, en cuanto a su discurso, igual a cualquier manual de historia del pasado, tal como sugieren muestras canónicas como Last and First Men. A Story of the Near and Far Future (1930), de Olaf Stapledon, o The Shape of Things to Come (1933), de H. G. Wells. En Rumanía, varios textos pueden considerarse ejemplos de historia prospectiva, tales como Oceania-Pacific-Dreagnought (1911 en su primera versión francesa; 1913, versión rumana definitiva) de Alexandru Macedonski, y Lobocoagularea prefrontală (escrita en 1948 y publicada póstumamente en 1982), de Vasile Voiculescu, además de la presente.

[7] “a cărei activitate pentru recăpătarea drepturilor bărbaţilor se reducea de fapt la opere de binefacere, baluri, prelegeri intime asupra noilor metode de artă culinară sau de puericultură sistematică”.

[8] “într-adevăr guvernarea femeilor fusese o binefacere pentru ţară. Energia lor de muncă, unită cu cinstea şi devotamentul lor, ridicase Statul la o situaţie înfloritoare”.

[9] Como escribe Stableford (1985: 10)“[l]as lecciones del romance científico siempre han tenido la capacidad de cambiar nuestras mentes al modificar nuestras visiones del mundo, que es lo que persiguen siempre, por mucho que doren bien la píldora con el azúcar de la pura diversión. El romance científico se caracteriza a menudo por su afán de proselitismo, porque muchos escritores lo utilizaron conscientemente como una manera de luchar contra los ídolos de la tribu y los ídolos del teatro: creencias falsas heredadas de la tradición y locuras populares de la actualidad. Las armas usadas al efecto son variadas e incluyen el melodrama y la sátira, además de la argumentación razonada, pero el ruido de la batalla puede oírse en cada una de ellas”. [“The lessons of scientific romance always had the power to change our minds by modifying our world-views, and they always have the intention, no matter how thickly coated they are with the sugar of mere amusement. [...] There is a crusading fervour about much scientific romance, because many writers consciously used it as a way of taking arms against the idols of the tribe and the idols of the theatre: false beliefs handed down by tradition and popular follies of the day. The weapons adopted to this purpose are varied, including melodrama and satire as well as reasoned argument, but in every scientific romance the noise of the battle can be heard”].

[10] Según Stableford (1985: 10), “el romance científico siempre es intrínsecamente festivo y nunca le falta al menos un dejo de seriedad. Ambas cosas son inherentes a su naturaleza y no debemos caer en la trampa de considerar contradictorios lo festivo y lo serio. Esta combinación de retozo y seriedad convierten a la novela científica en algo inherentemente iconoclasta”. [“Scientific romance is always inherently playful and is never without at least a hint of seriousness. Both these things are inherent in the nature of the exercice and we should not fall into the trap of considering playfulness and seriousness to be contradictory. [...] This combination of playfulness and seriousness makes scientific romance inherently iconoclastic”].

[11] “La o populaţie de 30 de milioane, abia trei sute de pacienţi s-au constrâns la un regim igienic de pilule şi absolut nimeni nu s-a prezentat ca să ceară leacul contra prostiei”.

[12] “[O]nly science fiction, of all forms of literature, gives women the freedom to completely reinvent themselves. Contemporary novels can only show women as oppressed or as rebelling against oppression. Accurate historical fiction might paint an even dimmer picture. But in science fiction, women have always been at liberty to postulate any kind of society, and to imagine women fulfilling every possible kind of role within it” (Frank, Stine y Ackermann 1994: vii).


Martín Rodríguez, Mariano (2013): "Un texto desconocido de la ficción científica rumana de ambiente urbano del período de entreguerras: O descoperire antifeministă, de Alice Gabrielescu" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 5, núm. 1, pp. 217-237. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen05-1/textos01.htm. ISSN: 1989-4015

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