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Ciudades subterráneas: el Londres de Peter Ackroyd (PDF)

Juan José Ortega Román

jjortega@filol.ucm.es

 

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Título: Londres bajo tierra
Autor: Peter Ackroyd
Traductor: Gregorio Cantera
Editorial: Edhasa, Barcelona / Buenos Aires
Año: 2012
Número de páginas: 214

 

 

 

 

 

 

Una ciudad es a menudo vista como un organismo con entidad y vida propias, como un cuerpo, cuando lo que en realidad contemplamos no es más que la superficie, la piel que la recubre. En la mayoría de las ocasiones lo que nos queda oculto es, sin duda, mucho más atractivo y fascinante. Del mismo modo, la luz de la ciudad –lo visible– suele tener sus sombras, una parte oscura y desconocida que permanece en el anonimato y que, las más de las veces, es fiel reflejo de lo que cualquier ciudadano puede observar a simple vista. Por debajo de nuestros pies existe un mundo paralelo… Sirvan estas palabras para expresar lo que el inglés Peter Ackroyd ha querido poner de manifiesto en su ensayo Londres bajo tierra. El paisaje urbano –y humano– que se nos dibuja y que, aun así, permanece ignoto para los habitantes de la superficie de la ciudad se nos antoja inconmensurable. Siglos y siglos de historia, capas y capas de estratos que hemos ido descubriendo poco a poco, pero que, desgraciadamente, se nos presentan incompletos. Pequeños fragmentos de un puzle dan fe de lo que un día fueron las urbes, pues muchas son las ciudades que quedaron sepultadas bajo nuestros pies, muchos los Londres que han muerto para dar vida al que hoy conocemos. El autor nos saca a la luz ancestrales iglesias, antiguos cementerios, lúgubres catacumbas o fastuosas termas del Imperio Romano, al tiempo que nos explica el porqué de algunos nombres de calles. Así, Knightrider Street, muy cerca de la catedral de Saint Paul, debe su nombre a las tradicionales carreras de carruajes de un circo romano (p. 33).
En el libro se insiste sobremanera en la ingente cantidad de creencias y supersticiones que, durante siglos, ha tenido el ser humano a la hora de adentrarse en sus profundidades. La idea de que es un territorio infernal –el reino de Hades– y de que no hay que molestar ni incomodar a sus moradores se hace patente a lo largo de todas sus páginas:

la entrada en funcionamiento de ferrocarriles subterráneos que circulasen por túneles excavados en las regiones infernales y molestasen al maligno bastaría para acelerar el fin del mundo. (p. 21)

Porque muchos fueron los miedos que embargaron al hombre a la hora de adentrarse en las entrañas de la tierra para acometer las obras que hoy contemplamos. Si se hubiera hecho caso de creencias populares, ninguna de ellas se hubiera llevado a cabo. Hemos de agradecer que triunfaran la razón y el progreso sobre el sinsentido popular. Pero, en palabras del propio Ackroyd, “[…] no siempre puede decirse que el mundo subterráneo sea un lugar inmundo. De él manan pozos artesianos, manantiales de aguas curativas o riachuelos capaces de saciar la sed de Londres” (p. 39). De todos ellos da cumplida y pormenorizada cuenta en el capítulo que dedica al agua y a todo lo que se relaciona con ella desde el punto de vista arquitectónico (balnearios, por ejemplo) o meramente natural (ríos y arroyos). Los cauces de esas aguas están hoy en día ­ocultos, obsoletos y olvidados en su inmensa mayoría. Mención aparte merecen las páginas que consagra al río Fleet, río venerable, siguiendo su propia definición (p. 61), pero que en la actualidad discurre enterrado e ignorado por debajo de la gran ciudad. Corrobora su importancia el hecho de que fuera la vía fluvial que se usó en el siglo XII para transportar las piedras con las que se construyó la iglesia que daría origen a la catedral de Saint Paul (p. 63). Al introducirnos en sus túneles, alcantarillas, pasadizos y galerías, el autor nos presenta un mundo que da cobijo a delincuentes, vagabundos y criminales –nos habla incluso de la existencia de calabozos– y que propicia el desarrollo de más de una temida enfermedad. El lector será mártir de las nauseabundas miserias y del fragor que desprenden todos esos bajos fondos, con sus lúgubres pasillos y naves. Curioso resulta, asimismo, el descubrimiento de yacimientos arqueológicos romanos, celtas y medievales que dan cumplida cuenta tanto de los alimentos que había en la época como de los rituales que se llevaban a cabo. No hace demasiado tiempo, en 1990, un grupo de arqueólogos del Museo de Londres halló once cadáveres descuartizados y decapitados que datan de principios del siglo XI (p. 69). Testigo de su oculta vitalidad es el sumidero que aún puede verse en la confluencia de Warner Street y Ray Street: “Si uno acerca la oreja, es posible escuchar el latido del río que fluye bajo tierra. Sigue vivo, pues” (p. 73).
El mundo que discurre por debajo del Fleet y por otros pasadizos subterráneos de la ciudad de Londres –todo un submundo, nunca mejor dicho– alberga, como ya se ha apuntado, a un nutrido grupo de curiosos personajes que “[…] no tardaron en adquirir un cariz legendario y se convirtieron en objeto de reportajes e informaciones sensacionalistas” (p. 83). Nos adentramos en el corazón de las tinieblas, donde confluyen y se confunden las dos caras del mundo subterráneo: la mágica y la demoníaca (p. 89). Un mundo que es capaz de suscitar una enorme fascinación. Así sucedió con el faraónico proyecto de colectores del ingeniero Joseph Bazalgette, en torno a 1860, por el que se construyeron obras –siempre bajo tierra, recordémoslo– que han merecido calificativos, por ejemplo, como “gótico veneciano” o que se han sido parangonadas con las siete maravillas de la Antigüedad (p. 88).
Es cierto que el sistema de alcantarillado atrae a más de un curioso y original turista. Ackroyd compara su visita con “[…] aquellas travesías de las que da cuenta la mitología clásica, cuando alguien se aventuraba en el reino de los muertos, para regresar más tarde al mundo de los vivos y narrar las peripecias vividas durante el descenso. Porque, en sentido literal, se adentran en territorio hostil” (p. 90). No le falta razón: resultaba muy sencillo contraer la enfermedad de Weil (leptospirosis o fiebre de los pantanos) que portaban las ratas, morir ahogados a causa de una inundación o sufrir la explosión originada por una acumulación de gases (p. 96). El autor nos habla así de los hombres topo y de toda una galería de personajes –reales o ficticios– surgidos al amparo y abrigo de esas húmedas y oscuras paredes.
De vertiginoso podría calificarse el enorme entramado de tubos, aljibes, cables y conductos que se encuentra bajo nuestros pies y de los que se da cumplida cuenta en el capítulo 7. A ellos se accede por pequeñas portezuelas bien disimuladas, como la que se halla en Leicester Square. El nombre de Conduit Street nos recuerda hoy la existencia de lo que en su día se denominó “La Gran Tubería” (p. 97). Sistemas de calefacción, redes de gas, tendidos –y enterrados– eléctricos, tuberías de agua no potable, kilómetros de hilos, cableados telefónicos… Porque “también nuestras voces transitan bajo tierra […]. A la velocidad de la luz […], los cables de fibra óptica llevan nuestras palabras, nuestros susurros” (pp. 106-107).
Ackroyd nos sumerge –nos entierra– en el particular mundo que nos presenta pero, paradójicamente, uno tiene la sensación de no avanzar en sus profundidades o, cuando menos, de recorrer una y otra vez las mismas galerías subterráneas. Llegamos así a los capítulos que se refieren al metro (9, 10, 11 y 12), donde un conjunto de “líneas horizontales, verticales y diagonales bastan para identificar la ciudad” (p. 141) –si bien su plano había sido calificado por Eric Hobsbawm de “obra vanguardista del arte de entreguerras”– y donde se llega a plantear, incluso, la posibilidad de considerar el metro como un non-lieu (pp. 148-149): “El metro es un sistema diseñado para seguir siempre la línea más corta entre dos puntos. Bien pensado, no es un lugar, sino el resultado de la conjunción entre el hecho de trasladarse y la expectativa de llegar a un determinado sitio”. Dejando de lado este aspecto rayano en la hermenéutica, lo cierto es que esta parte del libro posee un estilo mucho más literario. Es aquí donde el autor nos presenta una serie de historias a todas luces más interesantes y entretenidas que bien podrían haber ocupado unas cuantas páginas más. Porque no sólo se nos recuerda que el nombre de algunas estaciones de metro procede de hechos históricos (Waterloo), sino que se nos da buena cuenta de obras literarias y cinematográficas en las que este medio de transporte ha aparecido y ha sido protagonista en mayor o menor medida. Así, asistimos a escenas de libros como Tunnel Visions (Christopher Ross) o The Last Samurai (Helen de Witt) y a películas como Death Line (Subhumanos) o Things to Come (La vida futura).
Entre leyendas y hechos verídicos, las estaciones del metro se convierten en protagonistas, especialmente en época de guerra, cuando éstas hacían las veces de refugio de personas. No faltan referencias a supuestos o reales pasadizos ocultos que comunican entre sí algunas sedes institucionales. La imaginación –de la mano de la curiosidad– está servida. Si el mundo subterráneo representa por sí mismo toda una ciudad, será de ley mencionar la gran cantidad de obras artísticas que allí se alojan: desde esculturas de grifos y cruces hasta mosaicos y carteles encerrados en una arquitectura ad hoc (Norman Foster, Will Alsop…).
Cierra este trabajo una nutrida y más que suficiente bibliografía relativa al tema, seguida de un índice general y onomástico que facilitará la búsqueda de palabras clave y temas por parte del lector sin necesidad de adentrase de lleno en ese pintoresco y desconocido Londres que se nos reconstruye.



ORTEGA ROMÁN, Juan José (2013): "Ciudades subterráneas: el Londres de Peter Ackroyd" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 5, núm. 2, pp. 167-170. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen05-2/resenas04.htm. ISSN: 1989-4015

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