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feediconRSS Vol.5, núm.2grisAR2013 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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La conquista frustrada de lo urbano. La rampa de Carmen de Burgos (PDF)

Ángela Martín Pérez

Department of Literatures, Cultures and Languages
University of Connecticut
angela.martin_perez@uconn.edu

Recibido: 25/09/2013
Modificado: 23/11/2013
Aceptado: 26/11/2013

Resumen
El presente trabajo pretender abordar el papel de la mujer en la constitución de la ciudad moderna a través de la novela La rampa de Carmen de Burgos, escrita en 1917. Desde esta perspectiva, se analizarán los espacios públicos y privados en los cuales se mueven las mujeres del relato, siempre aisladas por su condición femenina y sujetas a las restricciones de la sociedad patriarcal en la que viven. La ciudad, en este caso Madrid, será espejo de sus experiencias, recipiente de sus ilusiones y espacio de la lucha frustrada por la igualdad. De ese modo, el mapa oficial se opondrá a la cartografía personal de la vida de sus protagonistas en un alegato de modernidad muy avanzado para la época.
Palabras clave: espacio, mujer, sociedad patriarcal, modernidad, feminismo.

Title: The unattainable conquest of the space
Abstract
This article seeks to analyze the role of women in the constitution of the modern city through Carmen de Burgos’ novel La rampa, written in 1917. The research focuses on public and private spaces where women try to experiment the city, despite the gender isolation and the patriarchal society restrictions. The city, in this case Madrid, will be the mirror of their experiences, the container of their hopes and the space where the struggle for gender equality takes place. Thus, the official map will be the personal cartography of their characters in a passionate defense of modernity.
Keywords: space, woman, patriarchal society, modernity, feminism.

Streets and public spaces will look and feel differently depending on the bodies that use them. (Tonkiss 2005: 112)


La ciudad industrial modificaba la vida en la urbe. Aquel espacio multidimensional habitado por grandes concentraciones humanas hacía emerger a zancadas el sistema capitalista en el que se desarrollarían la mayor parte de las actividades económicas, así como el consumo, el ocio y el recreo (Thorns 2002: 2). Sin embargo, esta ciudad moderna no creaba héroes urbanos sino individuos grotescos sin rostro y sin individualidad. Se dio una caída de las expectativas que muchos quisieron poner en su huida del trabajo del campo[1] hacia las grandes fábricas, el trabajo en cadena y las largas horas de aislamiento en un lugar cerrado. La ciudad moderna real deformaba a la ciudad imaginada o soñada, rompía los lazos con el pasado y la tradición e imponía una nueva forma de vida.
La rampa de Carmen de Burgos[2], escrita en 1917, se hizo cargo de esta cuestión, centrando la atención en el trabajo de la mujeres y en su constante adaptación al cambio de valores y a la realidad económica del primer cuarto del siglo XX. Esta sociedad cambiante es descrita sin tapujos desde la mirada pesimista de quien ha perdido la esperanza de hallar los vínculos morales necesarios para que se desarrolle lo que Durkheim denominaría solidaridad orgánica (Bounds 2004: 6), es decir, aquella basada en la interdependencia y la reciprocidad. Al contrario, la dependencia del trabajo de otros para la subsistencia no aumenta el respeto entre los individuos sino el interés por lo que otros poseen, la anomia y la alienación. Sin la capacidad creativa, los individuos se deshumanizan al ritmo de las ciudades, pierden sus rasgos distintivos y son manejados como piezas de un engranaje que funciona en su totalidad sin atender a sus componentes. Así sucede con Isabel y Águeda, protagonistas de la novela objeto de este trabajo, pero meras transeúntes del Madrid industrial:

En su vida había mucho de mecánico, de obediencia a la costumbre. Del mismo modo que era una obligación el ir a desempeñar su empleo en el Bazar y acudían ya a él sin darse cuenta, iban las tardes de domingo a dar su paseo por los parques, como las ovejas que salían a pacer al campo. Iban llenas de tristeza, de vacilaciones, solas y aburridas, sin saber qué hacer. Sentían perdida su personalidad entre la multitud. (Burgos 2006: 43)

El seguimiento de sus vidas conforma el núcleo de la novela y es el motor que guía al lector a través de la sociedad madrileña de la época. Hay una atención especial al personaje de Isabel, no nacida en la pobreza sino en las filas de una clase burguesa adinerada que ostentaba cierto poder. Es inevitable la alusión a la distinción de clases existente que tiene su reflejo en las divisiones espaciales que conforman la cartografía de la ciudad. La ciudad produce y reproduce (Tonkiss 2005: 32) los distintos estamentos que participan de la vida urbana. Los trabajadores son separados de los que gobiernan sin que exista una homogeneidad real en cada grupo. Las diferentes fracciones se dividen según sus intereses, forzando la circulación del capital sin que se evite con ello su concentración en manos de unos pocos.
Esta concentración se plasma también en el trazado de la ciudad pues, si bien el centro es propiedad de las clases pudientes, la periferia se destina al obrero, forjando con ello procesos dinámicos de invasión, dominación e incluso sucesión. Se trata de legitimar la separación pero también de embellecer la riqueza desechando lo triste y maltratado de la sociedad que la sostiene:

[…] parecía que se había agrupado todo hacia aquel lado para limpiar el núcleo dorado de la ciudad de sus miserias, del mismo modo que se arrojan los muertos lejos, a las afueras, para que la vista del Cementerio y sus emanaciones pútridas no conturben ni contaminen a los habitantes. (Burgos 2006: 103)

Prima la distinción y esa diferenciación se refleja de manera espacial en la vivienda, y de manera material en el consumo. La estructura capitalista de la que es partícipe el Madrid de la época es el espacio para la compra y la venta de bienes, la acumulación de capitales y la ostentación de la riqueza. Más aún, el consumo a gran escala, el consumo de la colectividad, es indicativo también de las desigualdades sociales en el acceso a los recursos y a los espacios públicos de la ciudad (Tonkiss 2005: 61).
Los personajes de La rampa trabajan en un bazar situado entre la Plaza de Callao y la Puerta del Sol, es decir, en las zonas comerciales de más importancia en la época[3]. Muchas de las escenas que se suceden dentro de la narración reflejan las diferencias sociales a través de la compra, lo que en el caso de la mujer tiene relación directa con los cosméticos y la moda[4]. Las mujeres pudientes son las que pueden cambiar de vestuario con mayor frecuencia pero también las que pueden prolongar su juventud y su belleza, algo prohibido e incluso mal visto en la clase baja:

Usaba aquellos artificios asustada por la influencia de las preocupaciones que pesan sobre una mujer trabajadora dentro de unas costumbres que no le permitían ostentar con libertad la pintura como un adorno, sino que necesitaba mentir hipócritamente, valiéndose de ella, encantos naturales, cuidando de que no se conociese el engaño. (Burgos 2006: 55)

Sobrepasar el límite marcado por la sociedad no sólo puede ser recriminado atendiendo a la moral sino también a la legalidad. Numerosos pasajes de La rampa muestran a sus personajes contrayendo deudas para poder adquirir los bienes, dejándose engañar por crueles usureras que manipulan a su antojo los caprichos de sus clientas. Hay una subversión en el acto de comprar, una especie de rebeldía contra un sistema contradictorio que prohíbe a algunas lo que en otras promueve[5].
No obstante, el acceso a los recursos básicos obliga también a contratar los servicios de préstamo legitimando nuevas instituciones y nuevas formas de autoridad que promueven una mayor lucha de clases. En este sentido, la ciudad no es sólo el escenario del cambio social, sino también uno de los motores que lo alimentan (Bounds 2004: 10-12). Desde esta perspectiva, la experiencia de lo urbano y el impacto de la sociedad y la modernidad que habitan en él tienen un impacto directo en la personalidad del individuo. Es interesante el punto de vista de Georg Simmel, quien concibe la vida social desde la separación, es decir, desde la disociación respecto a los que nos rodean: “Sorrounden by all those others to whom you have no direct relation, you can only disconnect” (Menéndez Tarrazo 2010: 32-33). Esta desconexión es lo que fomenta la soledad y el desconocimiento de los miembros que habitan la metrópoli, en una indiferencia aprendida y transmitida que insensibiliza y corrompe la comunicación.
El reflejo de este desinterés también tiene su correspondencia en el trazado urbanístico concebido para separar la esfera pública de la privada, siendo más acentuado conforme al nivel económico de los sujetos. Las mujeres trabajadoras de Burgos se quejan precisamente de la falta de anonimato y de privacidad, algo inaccesible para ellas por no poseer un espacio propio[6]. La convivencia con Fernando concederá a Isabel ese lugar que, a semejanza de la clase social media, la aislará como mujer de la esfera pública[7]. De nuevo la emergente clase media, compuesta por dueños y encargados de las fábricas y también por los profesionales liberales, intenta emanciparse de las clases superiores e inferiores proyectando una identidad propia que otros desean copiar:

Their capacity to support non-working wives and daughters in gracious living quarters looked after by domestic servants became a hallmark of their social status […]. Respectable middle-class women [were] limited to the private sphere unless appropriately chaperoned, while middle class men moved freely between public and private. (Bondi 2005: 7)

Pero esa separación conlleva también una falta de libertad para la mujer, una asunción de determinadas actitudes y un reajuste de los espacios que se adaptarán a la medida de los roles de género más convencionales[8]. Un ejemplo es la prohibición de entrada a determinados lugares de ocio sin la compañía de un varón pero también puede citarse la adquisición de costumbres que niegan o evitan que la mujer deambule por las calles en soledad, más aún de noche. La ciudad, y Madrid específicamente, se muestran hostiles para las mujeres jóvenes y solteras que, sin la protección masculina, son vulnerables física y emocionalmente (Larson 2011: 86).
De ese modo, en contraposición a la “Nueva Mujer Moderna” (Nash 1999: 25-50) que se está haciendo un hueco en la sociedad europea, la moral española reclama la presencia del “Ángel del Hogar”, la mujer que cumpla su función reproductiva al lado de su marido, y que permanezca en la casa al cuidado de la educación de sus hijos. De ahí que Isabel, a pesar de haber sido abandonada por Fernando, está “satisfecha de haber cumplido su misión en la Tierra” (Burgos 2006: 97): la de haberse ajustado a las directrices de la clase burguesa a la que antes pertenecía.
Sin embargo, la situación real de las familias de la clase baja no permitía que la mujer ejerciera sólo su papel de madre y mujer casada[9]. Al contrario, el proceso de modernidad requería nuevos trabajadores y exigía la participación activa de la mujer que de ese modo podía contribuir al sostenimiento del hogar familiar con su sueldo (Larson 2011: 71-72). Este reajuste permitió el acceso femenino a determinadas áreas de la actividad pública como la educación, la cultura y algunos comercios aunque su remuneración siempre estaba descompensada con respecto a la del varón (Kirkpatrick 2003: 37-38). Igual sucedía con los procesos de oposición para los puestos civiles pues, aunque muchas de ellas los aprobaron, sólo pudieron ejercer como ayudantes de una figura masculina, cobrando por ello un sueldo más bajo que el de su categoría profesional (Nelken 1919). Ante este hecho, fue todo un avance la suma gradual de mujeres al campo ginecológico y pediátrico aunque fuera por motivos que atendían a la privacidad de la mujer y no a su capacidad laboral (Menéndez Tarrazo 2010: 71).
En la novela, sólo un colectivo de mujeres ha conseguido el apoyo de los hombres y el respeto de la población por su empeño y buen hacer en el trabajo: las mujeres que trabajaban en la tabacalera (Burgos 2006: 101). Ellas son las únicas mujeres de la novela que tienen la posibilidad de mantener sólo con su trabajo a toda la familia, al mismo tiempo que entrenan a sus hijas para que las sustituyan en su puesto cuando ellas deban retirarse.
Exceptuando este hecho, el proceso encontraba obstáculos en su camino y el apoyo en la tradición servía de justificación para la concesión de empleos temporales o para la práctica de despidos improcedentes. El trabajo se mostraba degradante para la mujer, más aún si estaba casada (Scanlon 1986: 9), y las mujeres que nunca llegaban a ese estado se encontraban con dificultades mayores que iban en aumento con su edad. Águeda e Isabel eran conscientes de que no había dependientas de edad avanzada en el Bazar, ni tampoco en otros comercios. La juventud y la belleza que tanto se criticaban jugaban en contra de la experiencia y la lealtad, dejando a un sector social en la más absoluta miseria:

No había jamás ancianas empleadas en las casas de modas, ni en los bazares, ni en las tiendas. Las viejas pasaban como heridas por el fondo de la ciudad. Quizá es que no había viejas porque las mataba la miseria, el abandono sordo y lento en que se las dejaba. (Burgos 2006: 36)

Son escasos los personajes de la novela que han llegado a la vejez, pero en ellos adquieren mayor valor las miserias con las que se han visto recompensados después de su vida. La actriz retirada o la mujer que busca sin descanso un puesto en los baños públicos son ejemplo de la exclusión social a la que se ven expuestas las mujeres que han quedado viudas o nunca han llegado a contraer matrimonio. De ese modo, haciendo cálculo de las mujeres que acceden a los puestos de trabajo en la ciudad y aquellas que han sido apartadas de ellos, la mano de obra de la España del primer cuarto de siglo se muestra realmente restrictiva con el sexo femenino, en unas dimensiones desproporcionadas en relación al resto de Europa (Capel 1986: 216).
Carmen de Burgos no se muestra impasible ante este hecho. Al contrario, una de las críticas que lanza es la poca preparación de la mujer para adaptarse a la ciudad moderna en un sistema que continua siendo predominantemente patriarcal (Urioste 1993: 529-530). Las mujeres son perseguidas, humilladas y cosificadas ante las miradas y los actos de los varones. No obstante, ellas mismas no son capaces de unirse de manera solidaria para luchar contra la opresión y la desigualdad. Las mujeres burguesas por un lado y las obreras por otro compartían una misma causa, pero unas y otras carecían de las herramientas o las actitudes necesarias para la acción:

Las mujeres de la clase media estaban sujetas, fanatizadas, dormidas en un letargo que no les dejaba ver que la causa de la mujer era sólo una. Sólo las obreras, movidas por su miseria, veían la verdad; pero a ellas les faltaba la cultura y los medios de defensa. (Burgos 2006: 38)

La autora repite en numerosas ocasiones que el verdadero enemigo de la mujer es la mujer misma, y los ejemplos en los que el sexo femenino es criticado duramente por mujeres se suceden continuamente. La moral clasista y patriarcal ha sido interiorizada para perpetuarse de generación en generación, desechando las posibilidades de mejora que una lucha común puede ofrecer. Hay pasividad, inactividad y, ante todo, una falta de la educación necesaria para forjar una nueva mujer moderna en el imaginario de la España urbana, a la par que las mujeres europeas:

¿Pero qué tenían en su corazón las mujeres? La atrofia de su abandono, de su incultura, su deseo de permanecer así. Eran ellas mismas las que rechazaban la liberación, las que se aferraban a la rutina, la rémora de la sociedad. Las españolas no sentían la rebeldía como las mujeres inglesas, como las rusas, como las portuguesas mismas, tan cercanas a ellas. (Burgos 2006: 38)

Ni siquiera las mujeres que acceden a una formación avanzada pueden aspirar a un pensamiento así. Las escuelas para señoritas o las escuelas de formación para maestras pretenden prolongar los valores de la sociedad en la que van a ser incluidas, impidiendo la libertad para pensar de manera contraria a la jerarquía ya legitimada. Esa educación, por tanto, queda descargada como motor de lucha social haciéndose especial hincapié en otra educación promocionada desde el hogar, el respeto común y la alianza de sexos. De ese modo se puede aspirar a una independencia económica, base de la independencia física y de la libertad de actuación. Isabel se siente completamente inútil cuando pierde la posibilidad de trabajar y depende de Fernando en todos los sentidos. Esa dependencia llega a convertirse en servidumbre, en maltrato para su cuerpo y en frustración para sus aspiraciones[10]. El personaje soñador y luchador que inicia la novela se vuelve completamente pesimista ante el mundo que le rodea, perdiendo la esperanza en la redención de las generaciones futuras:

Sobre el egoísmo que vela en la niña una compañera, una especie de reproducción de ella misma, triunfaba su cariño de madre y se afligía de poner en el mundo una hija, una mujer más; otra que reproduciría su tragedia y la tragedia de todas las hembras malogradas siempre, lo mismo en su entrega que en su integridad. (Burgos 2006: 134)

La hija de Isabel, Fernanda, muere cerca del final del relato lo que ocasiona la separación definitiva de sus padres. El vínculo que los unía desaparece, al igual que la promesa de nuevas oportunidades. El fruto de esta unión se concibe de manera paralela a cómo se crea la historia espacial de la que sus padres, y especialmente su madre, son partícipes. Fernanda es engendrada el mismo día en que el cochero muestra a sus clientes las grandezas que la Gran Vía (Larson 2011: 88) traerá a Madrid. Ambas son el futuro ilusionante de una sociedad en vías de desarrollo, pero ninguna de ellas logra saciar la abnegada personalidad de Isabel. Ni la ciudad, en su grandeza y modernidad, ni su hija, esperanza de un futuro mejor, logran salvarla de la rampa que constituye su vida, del descenso social, económico y personal. El final de la novela es eso: el triunfo de la sociedad moderna sobre la mujer, el determinismo implacable que acarrea una educación errónea y una distinción de sexos que imposibilita a la mujer para la vida urbana:

Había llegado al final de la rampa. No sentía la violencia de ir cayendo. Estaba en el fin, en el extremo, en el momento de poderse sentar, aunque definitivamente vencida. (Burgos 2006: 207)

Por todo ello, la novela de Carmen de Burgos puede ser entendida como la cartografía personal de mujeres que, como Isabel o Águeda, viven y construyen el espacio urbano desde la mirada de un sexo que no tiene acceso a las mismas estructuras e instituciones modernas que el varón, pero que lucha constantemente contra el confinamiento que las excluye de la esfera pública y, con ello, de la independencia económica y personal.
De ese modo, la ciudad se convierte en el escenario de la lucha de sexos, no sólo atendiendo a la forma en que ha sido urbanizada, sino también a cómo han sido distribuidos los distintos espacios que, mediante la asignación de un significado y un uso, han moldeado las relaciones sociales de sus habitantes.
Subvertir esas asociaciones, dominar la esfera pública y, ante todo, compartir la organización de un espacio que estaba enteramente supeditado a los intereses masculinos son objetivos que promovieron la escritura de La rampa, a pesar del tremendo pesimismo que rodea la vida de sus caracteres.
Por todo ello, puede concluirse que la novela se construye a través de la práctica del espacio urbano por parte de dos figuras que recorren el Madrid de la época dejando testimonio de la estructura patriarcal dominante. Su descripción de los espacios, el uso que les está permitido en cada uno de ellos y la asociación de personajes que, en lugares concretos y momentos precisos, pasan por sus vidas, son reflejo de un Madrid caótico, superpoblado y cruel que en plena inmersión en el proceso de la modernidad todavía se describe anclado en las prácticas divisorias, en la desigualdad de géneros y en la desconfianza en la capacidad intelectual y laboral de la mujer.


Bibliografía
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[1] Según la propaganda de los urbanistas y arquitectos […] la ciudad moderna iba a ofrecer a todos más acceso a los frutos de la industrialización, y muchos miles de españoles se mudaron a la capital para participar en este impulso modernizador.

[2] Carmen de Burgos utilizaba el seudónimo de Colombine en sus numerosos artículos, relatos, ensayos, traducciones, libros de viajes y novelas. Además de su producción literaria es preciso subrayar su papel de activista por los derechos de la mujer (Núñez Rey 2005: 587-603).

[3] En Los negociantes de la Puerta del Sol, novela escrita dos años más tarde, la autora narra la construcción de esta zona comercial a la par que describe el nacimiento de una sociedad cada vez más social y urbana.

[4] Para un estudio más detallado recomiendo el trabajo de Ana María Díaz-Marcos (2009), “La mujer moderna de Carmen de Burgos: feminismo, moda y cultura femenina” citado en la bibliografía.

[5] A pesar de la visión negativa que desprende la novela, Carmen de Burgos aceptó el mercado masivo como medio de comunicación y de apoyo económico, abierto a las novedades, a las preocupaciones sociales, la conexión entre la emoción y la vida diaria (Kirkpatrick 2003: 209), siempre que la mujer tuviera iguales oportunidades.

[6] Al respecto es fundamental el ensayo de Helena Establier (2000), Mujer y feminismo en la obra de Carmen de Burgos, citado en la bibliografía.

[7] Carmen de Burgos considera la misión maternal como el componente central de la identidad femenina y la justificación del deber femenino de participar en la vida pública: “[T]odas las mujeres tienen que cumplir una misión social. A nadie como mujer le interesa la suerte de la patria, que es la suerte de los hijos. Por amor, sin abandonar el hogar, ha de hacer una obra de extensión fuera de él. Tiene que ser consciente e intervenir en la vida pública” (Burgos 1912: 19).

[8] “Spaces are gendered through both social practices and symbolic associations. It can be hard, of course, to separate the two: the practical ways in which people ‘do’ gender in space tend to be overwritten, wheter consciously or unconsciously, by a tangle of meanings and images. These extend from the most abstract representations of space to the minor detail of ordinary conduct” (Tonkiss 2005: 97).

[9] Cristóbal señala el incremento en el número de mujeres que comienzan a formar parte de la mano de obra del país (Cristóbal 1986: 225-248).

[10] En la introducción a un libro sobre artes decorativas femeninas, la autora defiende: “Querer a la mujer instruida lo mismo que el hombre; a la mujer consciente de sus derechos y deberes, lo mismo que él debe estarlo; a la mujer igual a sus compañeros ante los códigos, son aspiraciones justas y legítimas. Asimismo es también de justicia que la sociedad nos abra las puertas de todas las carreras, artes y profesiones, y que libremente puedan acudir a ellas las que lo necesiten o estén dotadas de aptitud excepcional” (Burgos 1911: V).


MARTÍN PÉREZ, Ángela (2013): "La conquista frustrada de lo urbano. La rampa de Carmen de Burgos" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 5, núm. 2, pp. 115-124. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen05-2/varia02.htm. ISSN: 1989-4015 http://dx.doi.org/10.5209/rev_ANRE.2013.v5.n2.43398

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