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feediconRSS Vol.6, núm.1grisAR2014 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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De la ciudad industrial a la ciudad lúdica. Algunas reflexiones en torno a Valencia, Palermo y Génova (1960-2000) (PDF)

Juan Carlos Colomer Rubio y Luigi De Luca

Departamento de Historia Contemporánea
Universitat de València
juan.colomer@uv.es

Recibido: 01/07/2013
Modificado: 25/02/2014
Aceptado: 30/04/2014

Resumen
Los estudios comparativos son una herramienta importante para entender la evolución plural de los espacios urbanos en la Europa contemporánea. En el siguiente artículo se presenta un estudio comparado de tres realidades urbanas que, con contextos históricos diferentes, sufrieron una modificación de su espacio urbano a partir de la morfología industrial para dar lugar a una ciudad orientada eminentemente a lo lúdico. Esta realidad de transformación, común en el traspaso hacia una economía postindustrial, fue impulsada a raíz del aprovechamiento de un gran evento. Por tanto, las preguntas centrales del trabajo serán responder cuándo y cómo Palermo, Valencia y Génova supieron aprovechar esta oportunidad para cambiar su imagen en el siglo XXI. El análisis de tres realidades mediterráneas nos permite comprender la evolución plural del espacio urbano y la ciudad europea actual.
Palabras clave: gran evento, urbanismo, municipalidades, historia contemporánea.

Title: From Industrial to Ludic Town. Some Reflections about Valencia, Palermo and Genoa (1960-2000)
Abstract
Comparative studies are an important tool to understand the pluralistic evolution of urban spaces in the contemporary Europe. In the following paper we present a comparative study of three Mediterranean cities: Genoa, Palermo and Valencia. Although through different historical paths, they all more or less modified their appearances, structures and functions from ‘industrial’ to ‘ludic’ ones. This transformation, common in the transition to a post-industrial economy, has generally been driven by the availment of a great event: the core questions of this work will try to answer when and how Genoa, Palermo and Valencia could use this opportunity to change their image in the XXI century. This analysis of three Mediterranean realities enables us to understand the pluralistic evolution of urban space and the current European city.
Keywords: great event, town planning, municipality, contemporary history.

Índice
1. Hacia un nuevo modelo urbano europeo: de la ciudad herramienta a la ciudad lúdica
2. Valencia en su transformación (1957-2007)
3. Palermo: el cambio fracasado
4. Génova: un puerto con una ciudad
5. Valencia, Palermo y Génova: fenómenos del tránsito hacia un nuevo modelo de ciudad


En su Historia del siglo XX, Eric Hobsbawm utiliza sus memorias personales para ejemplificar el alcance de los cambios urbanos en varias ciudades europeas de la segunda mitad del siglo:

Qué distinta era, por ejemplo, la Valencia de principios de los ochenta a la de principios de los cincuenta, la última vez en que este autor visitó esta parte de España. Cuán desorientado se sintió un campesino siciliano, especie de moderno Rip van Winkle –un bandido local que se había pasado un par de décadas en la cárcel, desde mediados de los años cincuenta–, cuando regresó a las afueras de Palermo, que entretanto habían quedado irreconocibles debido a la actuación de las inmobiliarias. “Donde antes había viñedos, ahora hay palazzi”, me decía meneando incrédulo la cabeza. (Hobsbawm 1994: 291-292)[1]

Puede que, más allá de la comparación realizada en la autobiografía, el historiador británico eligiese las dos ciudades mediterráneas para destacar las similitudes en ese cambio y transformación que experimentó el mundo urbano europeo en la última mitad del siglo XX y que en este artículo pretendemos desarrollar, analizar y matizar.
Las ciudades de Valencia y Palermo comparten múltiples elementos comunes: ambas de fundación romana, una inmejorable situación climática, sus fecundos entornos naturales –la Huerta y la Conca d’Oro– explotados desde la dominación árabe para el cultivo de los cítricos, la capitalidad de unos reinos medievales pequeños pero prestigiosos e incluso una relación conflictiva con otras urbes como Barcelona o Nápoles y con la misma capital del Estado –Madrid o Roma–.
Sin embargo, existen diferencias notables que impiden la comparación directa que realiza el prestigioso historiador británico: la historia contemporánea de Palermo se vio dramáticamente marcada por la delincuencia organizada. La mafia mató a dos de los 23 alcaldes y uno de ellos incluso resultó condenado por asociación mafiosa[2]. Junto con ello, gran parte de la historia de la ciudad de Valencia en el siglo XX se escribe paralelamente a la de la dictadura franquista que gobernó el país desde 1939 hasta 1975. Por ello, la comparativa que realizaremos en el presente artículo tiene que tener en cuenta el propio contexto político italiano y español. Además, otras ciudades presentan elementos de comparación interesantes: es por ello que introducimos el caso de Génova, una capital regional que tiene muchos elementos comunes tanto con Palermo como con Valencia y puede, de alguna manera, actuar como equivalente para un análisis más correcto de la trasformación de las ciudades en el siglo XX.
Un primer elemento de análisis en el que nos detendremos es la propia situación de los ayuntamientos como elementos ostentadores de poder y protagonistas del cambio en las ciudades analizadas. Mientras que en el caso español, el gobierno de las ciudades estuvo marcado por la propia estructura institucional de la dictadura franquista que despojó a los ayuntamientos de su autonomía administrativa y política dotando a los alcaldes de un papel delegado del gobierno central; en el caso del Estado italiano, se estructuró un “centralismo imperfecto” en el que los márgenes de autonomía local fueron muy estrechos y el protagonismo de los alcaldes electos muy limitado (Aimo 2010). Por otro lado, el intento de adoptar en pleno un patrón administrativo francés, algo que finalmente sí que fructificó en España, se vio frustrado por el alto grado de autonomía de los diferentes “contrapoderes” locales: de los “caciques” a los jerarcas, de los empresarios a los obispos, que gobernaron los distintos territorios en función de su necesidades individuales.
Durante el período fascista, como sucedió en el franquismo, la sustitución italiana de los alcaldes democráticos por “podestà” nombrados por el ministro del Interior o de Gobernación, llevó al extremo este patrón peculiar. Las ciudades italianas o españolas, en un período de gran desarrollo morfológico debido al crecimiento demográfico y a una cada vez mayor urbanización, se vieron indefensas frente a una desbocada especulación, más atenta al enriquecimiento que a un crecimiento equilibrado (Dogliani y Gaspari 2012; Adorno 2012: 63-80). Ni siquiera el retorno a la libertad democrática en Italia, por ejemplo, puso un freno a esta carrera para la construcción/destrucción que, de hecho, encontró un nuevo impulso en la reconstrucción de posguerra y la siguiente fase de crecimiento económico (el ‘boom’ de los años 50 y 60), lo que dio lugar, en muchas ciudades, al verdadero ‘saqueo’, estigmatizado en el caso italiano por la película de Francesco Rosi Manos sobre la ciudad.
En los últimos 50 años, en la mayoría de las ciudades, incluyendo Génova, Palermo y Valencia, cada una con sus peculiaridades, se dio un cambio de percepción del espacio urbano, de la ciudad industrial o herramienta a la ciudad recreativa o lúdica (Burgel 2012), lo que supuso un cambio en dos facetas: ‘desde abajo’ y ‘desde arriba’. En la percepción de los ciudadanos, se dio un paso desde la perspectiva de productores a la de consumidores, valorando el tiempo libre para el ocio y el esparcimiento sobre el tiempo consagrado para el trabajo (Stevens 2007); en la percepción de los regidores, se dio un progresivo abandono de la planificación sin contar con el ciudadano, en favor de un aumento en la preocupación por el welfare.
En las tres ciudades analizadas, gran parte de ese cambio se dio a partir de un gran acontecimiento que marcaría la historia de la ciudad y que obligó a sus dirigentes a repensar las políticas públicas que llevaron a modificar el modelo urbano. Ya sea el caso de Valencia con el desastre natural de la riada; una efeméride, como en el caso de Génova, o la toma de conciencia colectiva por parte de la sociedad o “primavera de Palermo” derivada de los homicidios de Dalla Chiesa o de Falcone y Borsellino.
Por tanto, el papel político de los municipios italianos y españoles, unido a su tránsito inexorable de esa ciudad herramienta a la ciudad lúdica, serán las bases sobre las que construiremos las reflexiones que presentamos en las líneas que siguen.


1. Hacia un nuevo modelo urbano europeo: de la ciudad herramienta a la ciudad lúdica
En la segunda mitad del siglo XX se consolidó en Europa un nuevo significado y papel de la ciudad como espacio que garantizase a sus habitantes el acceso a la educación, la sanidad o el esparcimiento y como urbe orientada a los elementos lúdicos o de ocio (Burgel 2012).
En los cien años anteriores, coincidentes por lo general con el siglo de la segunda revolución industrial, las llamadas “economías de escala” primaban sobre otras consideraciones, también en las ideas de espacio urbano. Bajo el lema “mayor es mejor”, los grandes establecimientos industriales y las fundiciones iban a solucionar todos los problemas. Nació así, en 1926, la ‘Grande Génova’ tras la fusión administrativa de los 19 municipios contérminos, establecida por Mussolini en una de sus primeras medidas; en 1949, en el mismo afán de grandeur, el régimen franquista impulsó el nacimiento de la corporación administrativa ‘Gran Valencia’[3].
En ese cambio de los espacios urbanos surgidos en la revolución industrial, lo fundamental era el papel que desarrollaba la ciudad en cuanto a sede de la actividad productiva de toda la región. Desde los cambios acaecidos en Europa, en general, y en Italia y España en particular, donde a partir de la década de 1950 la población de las ciudades fue accediendo a un consumo de masas y en los setenta se produjo un descenso de los obreros contratados en industria pesada y, finalmente, se ampliaron las aspiraciones de toda la población a la educación, sanidad o al mundo del ocio. Se dio, por tanto, un redescubrimiento del papel político, cultural y simbólico de la ciudad.
La pérdida progresiva del peso industrial que afectó a las urbes europeas se complementó con la proliferación de las actividades de servicios. Esta tendencia masiva al reparto de las ocupaciones en las ciudades europeas no es exclusiva del continente ni totalmente nueva en la economía urbana. El éxito de la terciarización, como sucedió previamente en Estados Unidos, se debió, en las ciudades que investigamos, a la suma de dos mercados distintos en plena expansión: los servicios a las empresas, como la investigación o la publicidad, pasando por la gestión y los servicios de transportes cada vez más diversificados de las unidades familiares. Además, entre los consumidores, el rápido aumento de los niveles de vida, las modificaciones de los espacios y tiempos de la cotidianidad, el aumento del tiempo de ocio, el cambio de los tipos y formas de consumo, y, más recientemente, el envejecimiento de la población conllevaron una mayor demanda de servicios. Pero, para que ambos elementos propiciasen el surgimiento de un nuevo modelo de ciudad, se tuvo que dar un acontecimiento determinado que llevase a dicha transformación, como veremos.
La terciarización de la economía y acontecimientos como la riada de 1957 de Valencia o la efeméride del V centenario en Génova posteriormente, llevaron a la transformación del espacio urbano de las ciudades. Así, se fueron desarrollando servicios a la población (escuelas, superficies comerciales) relacionados con las demandas ciudadanas y también con la progresiva legislación en materia de estado del bienestar, pensados en la proximidad con pequeñas estructuras de barriada y con determinados servicios de ocio, culturales, educativos o de otro tipo.
Esta transformación llevará a un cambio evidente de la actitud de los ciudadanos con respecto a la ciudad, apareciendo unas nuevas actitudes de demanda y un auge del consumo interno: la urbe, en sus configuraciones materiales y sociales, se convirtió en un gran espacio de ocio y objeto de consumo para sus residentes y visitantes, como veremos en los ejemplos siguientes.


2. Valencia en su transformación (1957-2007)
La ciudad de Valencia, en la década de los cincuenta del siglo XX, vivió un proceso de cambio que marcó su propio devenir histórico. No sólo por el crecimiento de la población –de 505.066 habitantes a la altura de 1960 se pasó a 746.612 en 2001–, sino por las propias transformaciones urbanísticas y morfológicas que experimentó la urbe y que desarrollaremos a continuación. Muchos de esos cambios se basaron en la llegada masiva de inmigrantes provenientes de zonas del interior de la Península, unido al desastre de la riada del Turia de 1957, que obligó al consistorio a adecuar nuevas zonas de expansión urbanística donde asentar a la población[4]. Ese cambio estuvo en el origen del surgimiento del nuevo tipo de ciudad que señalábamos anteriormente.
Este crecimiento exorbitado en esta década (gráfico 1) que abrió el crecimiento en décadas posteriores y que sólo se estancó en los años noventa, un caso extrapolable a las tres ciudades analizadas, unido a las propias consecuencias derivadas del mismo crecimiento, afectó directamente a muchos distritos de la capital, con escasos equipamientos públicos esenciales, nula oferta cultural, deficiencias claras en el transporte y aislamiento total del centro y otras partes de la urbe. Ello derivó en dos hechos esenciales: por un lado, el origen de las primeras demandas vecinales reclamando servicios públicos en los barrios menos dotados y, por otro, una incapacidad municipal notable para hacer frente a muchos de los problemas planteados.
El ayuntamiento, totalmente desbordado, tuvo que contentar a los múltiples nuevos vecinos y lidiar con una asfixia financiera notable a la que se vio sometido, como así sucedió con muchos ayuntamientos franquistas.


1
Fuente: Instituto Nacional de Estadística, Boletín de Información Municipal de Valencia e ISTAT (Italia).


Fue, por tanto, la propia riada la que condicionó la evolución de la ciudad, una especie de “acontecimiento monstruo” no sólo por la magnitud sino por las consecuencias del hecho (Pérez Puche 1997).
El Plan Sur, resultado de esa inundación, se planteó como un ambicioso proyecto de transformación del espacio urbano por medio de un desvío del cauce del río a su paso por la ciudad. Así, la Confederación Hidrográfica del Júcar redactó un anteproyecto con tres posibles soluciones hidráulicamente comparables sobre la base de un caudal máximo de avenida de 5.000 m2 por segundo, superior en un 35% al caudal de la riada. En enero de 1958, el Gobierno creó una Comisión Técnica Especial para estudiar los diferentes proyectos presentados de donde surgió la Oficina de Solución Sur, dirigida por Salvador Aznar. Esta oficina se encargó de poner en marcha un proyecto de desviación del río al sur de la urbe para evitar inundaciones y, de paso, ganar las zonas del antiguo lecho para la especulación urbanística o conexión viaria. De la mano de los técnicos García-Ordoñez y Gómez Perreta se planteó la “Solución Sur” como la única opción que podía evitar las nuevas avenidas del río. La solución suponía la obra más costosa y colosal de todas las que se acometieron en la historia de la ciudad, pues se trataba de excavar un nuevo trazado desde las afueras de Quart de Poblet –pueblo cercano a la capital– hasta el mar, cruzando por medio de la huerta de Valencia.
Pero las obras también se retrasaron por la campaña de expropiaciones que hubo que realizar y porque no estaba prevista la construcción de puentes para poder abaratar el proyecto. Las discusiones fueron constantes y las negociaciones complicadas hasta el fin de la ejecución en 1973[5].
Pero dicha solución urbanística iba más allá de la mera desviación del cauce. Era, sobre todo, una solución integral al urbanismo de la capital que la transformó, diseñando tanto las zonas de expansión como lugares comerciales y servicios. Esta solución contemplaba, además, el crecimiento de Valencia según un modelo atómico, como el que se había ejecutado en Londres o Estocolmo diez años antes. La aplicación parcial de las actuaciones propuestas permitió, casi sin buscarlo, reservar una amplia zona para el puerto. En cambio, se ignoraron otras medidas de mayor calado urbanístico para el futuro, como introducir cuñas verdes de huerta en la ciudad (Sorribes 2010).
Con esta solución quedaba libre el, ya antiguo, cauce del río a la espera de posibles soluciones de uso. El alcalde, consciente de la problemática viaria de la capital con los diferentes puntos de salida y acceso a la misma, planteó el antiguo cauce como un esquema de “espina de pez” extendiéndolo como una oportunidad para encauzar el tráfico y solucionar la conexión entre el puerto y aeropuerto. El viario se combinaba con escasas zonas verdes para el esparcimiento ciudadano. Además, se estudió ubicar allí la estación de Renfe, a la altura del actual Palau de la Música, pero el Plan General de 1966, aprobado años más tarde, redujo el antiguo cauce a mera autopista. Se anuló el soterramiento de las vías y su desvío, se diseñó una zona industrial en la salida de Madrid y espacios comerciales que posteriormente se ejecutarían[6].
La ciudad posterior a la riada, marcada por el gobierno de Adolfo Rincón de Arellano, será una ciudad ampliamente transformada por las políticas de planteamiento urbano falangista iniciadas, entre otros, por el propio Plan Sur, que condicionó la evolución posterior de la ciudad. Fue el desarrollo de los acontecimientos, posteriores a la ejecución de este plan, lo que provocará el asentamiento del nuevo modelo urbano lúdico.
Así, se puso en marcha un ambicioso plan de cobertura de acequias con una inversión de 78 millones, y otro de pavimentación de calles y calzadas, junto con el remozamiento de 250.000 m2 de parques y jardines. Estas actuaciones eran de una visibilidad patente y acallaban las críticas de todo un asociacionismo vecinal que demandaba la ejecución de obras y servicios, entre ellos de ocio, para la ciudadanía.
Junto al intento de solución de los temas que habían centrado la preocupación de los gobiernos anteriores, el ayuntamiento avanzó en otros puntos que combinaban las políticas efectistas con el aprovechamiento de los escasos recursos disponibles. Así, en 1977 la aprobación del presupuesto experimentó un notable retraso –se acabó aprobando en diciembre de ese año– y ello llevó a la indefinición de un programa político propio hasta 1978. Con la publicación del informe sobre actividad municipal ese mismo año, podemos ver el estado de la ciudad a la altura del final del mandato del último alcalde nombrado directamente por el franquismo y esa preocupación por el entorno que constituía la ciudad lúdica. Una actuación claramente paralizada por un limitado presupuesto municipal, como bien se cita en el informe[7].
Así, dicho estudio destacó, en primer lugar, las obras y proyectos de dotación de servicios públicos ejecutados, subrayando las obras de alcantarillado y pavimentación de amplias zonas de las afueras, aunque paradójicamente quedaban pendientes las zonas que habían crecido especialmente en las etapas precedentes como barrio de Malilla, barrio de la Luz, poblado Fuente de San Luis, y que quedaron pendientes de urbanización durante estemandato. El consistorio aumentó, como afirmábamos anteriormente, el nuevo pavimentado aunque gran parte de éste era provisional, así como en el caso de las aceras que había que reparar y que prácticamente se dejaron a la siguiente administración.
Dentro de las políticas municipales destacó, en la línea de dotar de servicios públicos a la ciudad, el aumento de los puntos de luz en los diferentes barrios, que sólo en 1977 fue de 342 calles con 4.417 puntos y con un coste de 174.969.436 pesetas. Con ello se respondía a la demanda creciente de los vecinos sobre la luz y que el grupo de música valenciano Al Tall versionó con la conocida canción “Que vinga la llum”. Ello se vio en una compleja dotación de luz de las pedanías de Benimámet, Beniferri, Casas de Bárcena, El Saler, Masarrotjos, Perellonet, Carpesa y El Palmar –especialmente las de interés turístico–. Pese a todo, quedaba pendiente la dotación de luz a muchas de las pedanías de la ciudad, y en otras su renovación se hacía obligatoria, como en el caso de la avenida Blasco Ibáñez, cuya situación era muy deficiente.
Conectando lo anterior, uno de los puntos fuertes del mandato del último alcalde franquista, Ramón Izquierdo, fue la puesta en marcha de una serie de proyectos de ajardinamiento para lo que se solicitó, en 1975, un crédito al Banco de Crédito Local –préstamo que fue concedido a finales de 1977. Por tanto, dicho préstamo, unido al presupuesto ordinario del ayuntamiento, permitió la puesta en marcha de determinados jardines y la ampliación de otros. Además, el propio gobierno municipal quería iniciar el ajardinamiento de numerosas calles de la ciudad con la plantación de árboles –deficiente en muchas zonas, especialmente en las pedanías–, un trabajo que quedará inconcluso y que deberá asumir el nuevo gobierno municipal.
Pero lo cierto es que con la salida de Ramón Izquierdo, la ciudad evidenció el problema de la dotación de servicios públicos, que se plasmó en el programa de urgencia de actuación municipal que puso en marcha la primera entidad municipal democrática de FernandoMartínez Castellano y, posteriormente, Ricard Pérez Casado.
En este plan se reafirmaba el intento de transparencia y solución de los principales problemas de la urbe lúdica consolidada tras la riada y que estaba en la base del programa electoral socialista. El ayuntamiento, con problemas financieros evidentes y una ampliación del presupuesto de 1978, sólo podía hacer frente a determinadas políticas conducentes a la mejora del entorno urbano, muy descuidado en etapas precedentes. Así, el plan atendía especialmente a todos los puntos de gestión con especial interés en cuatro pilares básicos: participación ciudadana, planificación del urbanismo, refuerzo de zonas verdes y de esparcimiento y aumento de dotación cultural en los distritos y barrios. Por tanto, se asumía preferentemente un plan de reordenación de la ciudad basado en la cultura, el urbanismo respetuoso y la vertebración de los distritos y barrios con el ayuntamiento. “Una ciudad para vivir”, base del lema socialista que explica y resume la nueva ciudad lúdica valenciana[8].
La salida prematura del alcalde, Fernando Martínez Castellano, por desavenencias con la cúpula del partido, y el nuevo mandato de Ricard Pérez Casado, en la senda del anterior, no hicieron más que reforzar esas líneas programáticas (Pérez Casado 2013). La culminación de este plan fue la puesta en marcha de las obras de urbanización de la zona verde del antiguo cauce del río.
El Plan General de Ordenación Urbana de Valencia, de 1987, se empezó a considerar como la única solución al problema de planificación urbanística del ayuntamiento democrático salido de las elecciones de 1979 que dieron la mayoría a socialistas y comunistas, los cuales formaron el primer equipo de gobierno. En la primera etapa, hasta 1982, con un gobierno estatal de centro, las relaciones resultaron tensas y los avances en la gestión municipal escasos, bloqueándose casi todos los Planes de Actuación Urbanística elaborados por el consistorio. Esta situación se sumó al hecho de que el Plan General de 1966 seguía en vigor y la Corporación del Gran Valencia seguía siendo la encargada de la titularidad del Plan, pero el ayuntamiento decidió adoptar la política de hechos consumados aun siendo consciente de las posibles ilegalidades que pudiera cometer y mediante diferentes Planes Especiales de Reforma Interior, lo que se manifestó en una ausencia de visión global en la actuación municipal de estos años, en los que se buscó reducir la densidad en aquellos barrios donde era más urgente, y mejorar la dotación de escuelas y sanatorios en los huecos existentes. Un problema serio en esta época fue la imposibilidad de tocar los planes de infraestructuras básicas contempladas en el Plan de 1966, lo que introducía una fuerte restricción a la gestión municipal. Hubo que esperar a 1987, previa derogación de la corporación Gran Valencia, para poner en marcha las bases de un plan general que intentase transformar la realidad urbanística de la capital y del que la ciudad es heredera.
A partir de la aprobación definitiva por la Generalitat Valenciana del PGOU de Valencia se abrió un período de adaptación de la ciudad al nuevo modelo lúdico o de ocio. Se iniciaron los proyectos del Palau de la Música, el plan de rehabilitación del casco antiguo (Plan RIVA), se proyectó la tranviarización parcial, el soterramiento de vías de RENFE y la construcción del Parque Central con el desplazamiento de las playas de estacionamiento de RENFE, la Avenida de Francia, y un largo etcétera que terminaron con la propuesta del Gobierno socialista de construir un área al sur de la ciudad denominado la Ciudad de las Ciencias (hoy ciudad de las Artes y las Ciencias) (Puncel Chornet 1999).
A la vez que se concretaban estos proyectos diseñados por el PSPV-PSOE en su etapa de gobierno, se sostuvo la necesidad de proteger la huerta circundante, el patrimonio histórico y hacer habitable la ciudad, aunque primó siempre la especulación, cosa que se agravó con la nueva alcaldía del Partido Popular a partir de 1991. Todo ello produjo una ciudad que se expandió fuera de sus límites. Se trató de crecer para poder ofertarse como una gran metrópolis y poder competir con Madrid, Barcelona y Sevilla bajo el supuesto de que, ofreciendo infraestructuras y servicios modernos, las inversiones y el prestigio vendrían dados, sin más argumentos.
Esa línea de expansión marcó la política de gobierno municipal del Partido Popular que, encabezado por la alcaldesa Rita Barberá, promovió la construcción de espacios “emblemáticos” en las zonas periféricas de la ciudad, la construcción de infraestructuras de todo tipo (especialmente las viarias) y la promoción “conjunta” de esos espacios urbanos en la que todos “salían ganando” –los gestores públicos en marketing político y los promotores inmobiliarios en beneficios económicos–. Espacios que serían utilizados para albergar los grandes eventos, culminación alejada de la ciudad lúdica, y que tuvieron en la Copa América de Valencia (2007) y las sucesivas carreras de Fórmula 1 en la zona portuaria (2008 a 2012) su principal exponente. Estos grandes eventos han provocado que la idea de ciudad moderna, capaz de ofertarse y competir en el mercado de las vanidades, sostenida por inversiones millonarias como medio de promoción, cale entre la población, con lo que las entidades sociales tienen un escaso eco y las movilizaciones se reducen a ser casi testimoniales (Sacco et al. 2009). El modelo de ciudad lúdica impulsado en los setenta y ochenta, y retomado por la administración de Barberá, tendrá su punto de llegada en esa gran celebración de eventos-promoción de un tipo de ciudad determinado.


3. Palermo: el cambio fracasado
Si en la gran mayoría de las ciudades europeas de la segunda mitad del siglo XX el cambio de la ciudad herramienta a la ciudad lúdica quedó definido por la sustitución de centro de producción industrial por actividades terciarias y ‘recreativas’, en el caso de Palermo un análisis de esta transición requiere una cantidad de matices mucho más profundos, a partir de la conciencia de que en la capital de Sicilia, como en casi todas las ciudades del sur de Italia, no se dio un verdadero despegue industrial. Mientras que a principios del siglo XX, en Milán, Turín y Génova, se sentaron las bases de la industrialización italiana, fracasó el intento privado más importante para crear en Palermo un polo de desarrollo industrial de peso, iniciado por la familia Florio (Candila 2008) en estrecho contacto con el político siciliano Francesco Crispi y producido, más o menos paralelamente, con su peculiar proyecto de “reformismo autoritario”.       
A partir de ese momento, Palermo basó su economía principalmente sobre el empleo público y el aprovechamiento clientelista de su función administrativa (Chubb 1982), añadido a la realidad particular de la delincuencia organizada, que estaba tan arraigada en el tejido social como para formar un verdadero “Estado dual”, largamente dedicado a contender legitimidad a las mismas instituciones republicanas.
Esta anomalía en el desarrollo socio-económico en la posguerra, por otra parte, iba al mismo ritmo que un crecimiento de la población común a la mayoría de las ciudades europeas: de los casi 500.000 habitantes anotados por el padrón de 1951, Palermo fue a más de 700.000 en 1981, con un aumento del 43% en treinta años. La fuerte demanda de viviendas, junto con la falta de controles administrativos ya mencionada y con la voracidad especulativa de los constructores locales, llevó, en poco tiempo, al llamado “sacco di Palermo” (Dickie 2007: 305-306), la destrucción del casco histórico y de hermosas huertas de cítricos, sacrificados en aras de un frenesí de construcción salvaje. Principales responsables de este estrago fueron los ya mencionados Lima y Ciancimino, exponentes locales de una Democracia Cristiana que, para mantenerse en el poder, hacían la vista gorda a las relaciones entre empresarios y mafiosos (Blando 2009: 390-415).
En un contexto marcado por un grave retraso económico y una aquiescencia general de la población hacia la opresiva presencia del crimen organizado, el elemento que marcó la ruptura del equilibrio fue el estallido de la segunda –y más sangrienta– “guerra de mafia”, que surgió al final de los años 70 por el control del lucrativo mercado de la heroína (Lupo 2009). Entre 1978 y 1984 hubo 401 asesinatos en Palermo, de los cuales 221 seguramente imputables a Cosa Nostra (Azzolina 2009: 20)[9].
En la ola de indignación colectiva tras estos asesinados, la segunda mitad de la década de los 80 se caracterizó por un inédito movimiento de masas contra la mafia, que se conectó con una eficaz acción de lucha contra el crimen organizado desarrollada por un grupo de jueces de Palermo, entre ellos, Giovanni Falcone y Paolo Borsellino.
Mientras arrestos y condenas judiciales diezmaban a las familias mafiosas, la capital siciliana fue el escenario del nacimiento de un gran número de asociaciones e iniciativas espontáneas de la ciudadanía, que acusaban a la mafia y a su escala de valores, redescubriendo la cultura y el valor de la legalidad como principal instrumento de lucha: era el inicio de la llamada “primavera de Palermo”.
En el aspecto político, este impulso de renovación se canalizó, de forma un tanto paradójica, en las filas del mismo partido que durante décadas había sido acusado de aceptar las interferencias de mafiosos conocidos. Dentro de la Democracia Cristiana se afirmaron nuevos caracteres, como Giuseppe Insalaco, Elda Pucci y, especialmente, Leoluca Orlando, un joven profesor universitario procedente de la alta burguesía palermitana, quien hizo su bandera de la lucha contra la mafia y de la construcción de una cultura de la legalidad (Hanspeter Oschwald 1999). Mientras tanto, la aparente paradoja de un intento de revolución cultural sin reflejo en una transformación política puede explicarse mediante el análisis de la estructura socio-económica de la capital siciliana, donde encontramos altas tasas de desempleo y donde muchos empleados dependían directamente de las políticas públicas (Azzolina 2009: 14-18). En este contexto, la oposición de izquierda siempre había sido muy minoritaria y prácticamente incapaz de canalizar los impulsos del cambio[10].    
En las elecciones municipales de 1985, la Democracia Cristiana dejó fuera de las listas a más de dos tercios de los consejeros salientes, con la obvia intención de marcar una ruptura con el pasado. Perdió una gran cantidad de votos, pasando del 46,7% en 1980 al 37,3%, pero aún mantuvo la mayoría relativa y la posibilidad de formar una coalición con la incorporación del Partito Socialista Italiano, que pasó del 11,6% en 1980 al 13,4%, y de otras formaciones de centro-izquierda más pequeñas, en la línea de lo que ocurría a escala nacional.
El nuevo alcalde, Leoluca Orlando, agotaría mandato –hecho bastante extraño en el panorama político de la República Italiana– y, sobre todo, rompería la alianza con el PSI, a quien acusó de haberse convertido en la nueva referencia de Cosa Nostra, para formar una nueva mayoría con el apoyo de unas listas cívicas antimafia (entre otros, “Città per l’Uomo”, un movimiento católico muy crítico con la Democracia Cristiana y muy activo contra la mafia) (Montemagno 1990; Alongi 1997; Orlando 1990).
Las principales medidas adoptadas por Orlando apuntaban a la recuperación del patrimonio arquitectónico, cultural y cívico ciudadano, en una línea muy similar a la de los socialistas valencianos en 1979: en particular, el centro histórico, que veía en sus 240 hectáreas una impresionante yuxtaposición de un patrimonio monumental imponente (incluyendo más de 600 palacios, iglesias, conventos y teatros) (Di Benedetto 2000) y de escombros y edificios en ruinas, abandonados desde la época de la guerra. El gobierno municipal aprobó, en poco tiempo, un plan de desarrollo detallado para la recuperación del centro histórico que a continuación se aplicaría en la alcaldía siguiente, del mismo Orlando (1993-1997), plan que coordinó la intervención directa de la municipalidad para la restauración de sus activos degradados, con un incentivo a la iniciativa privada. Este segundo aspecto, sin embargo, fue objeto de un fuerte control público a fin de evitar operaciones especulativas: la financiación municipal se reservaba para los propietarios residentes con exclusión de las empresas inmobiliarias. De esta manera se evitaba la especulación, pero por otro lado, resultó complicado el acceso a la financiación para muchos pequeños propietarios que a menudo vivían en otros lugares, por lo que no se generó el efecto deseado: el regreso a la ciudad vieja ha sido muy reducido en sus dimensiones, desde 1996 hasta 2001 los habitantes del centro histórico sólo aumentaron de 23.000 a 27.000[11].
El símbolo de esta política de recuperación fue la reapertura del Teatro Massimo, el tercero más grande de Europa después de los de París y Viena, construido en 1897 con financiación de muchos emprendedores locales, incluyendo a Ignazio Florio, y cerrado por reformas desde 1974. El edificio, un símbolo de una época en la que Palermo podría aspirar a ser la capital económica y cultural del Mediterráneo, se volvió a abrir en 1997, el centenario de su nacimiento, cuando la obra aún no estaba terminada. Una vez más, a pesar de las polémicas, el alcalde Orlando quería asociar su imagen con la de una ciudad en recuperación, en la que la belleza, la cultura y la educación[12] se unieran para luchar contra el estancamiento y la degradación.
La transición de la “ciudad herramienta” a la “ciudad lúdica”, por usar la oposición que abre este artículo, no resolvió sin embargo los problemas estructurales de la capital siciliana: al final de la segunda alcaldía de Orlando, en 2001[13], el marco económico y ocupacional seguía siendo sombrío. El desempleo alcanzó el 29,4%, frente al 11,6% italiano, y el juvenil resultó de 70,8%, frente al 33,3% a escala nacional. En los años 90, mientras que la economía del sur redujo la brecha con el resto del País (Svimez 2004), Palermo se detenía en un modelo basado en la intervención pública, sobre un asistencialismo indiscriminado, cuyo emblema fue el de los llamados “trabajadores socialmente útiles” que Orlando llegó a presentar de forma coactiva ante el pleno municipal para lograr imponer un nuevo contrato frente a los concejales preocupados por el gasto público que crecía fuera de control (Cavallaro 1996; Lupo 2009).
Sin embargo, ni siquiera en el plano cultural se puede decir que se alcanzasen plenamente los resultados que Orlando se había propuesto, o sea la completa afirmación de una cultura de la legalidad.
Podemos reconocer que en los últimos años se ha producido un cambio en la estrategia y una reducción de las actividades de la Cosa Nostra, debido también a las transformaciones del circuito mundial de las drogas. Sin embargo, resulta llamativo el dato que en 2008 situaba en el 75% a las empresas que participaban en el pago del diezmo en la provincia de Palermo (Asmundo y Lisciandra 2008: 113-136).


4. Génova: un puerto con una ciudad
Para el joven Vicente Blasco Ibáñez, Génova representaba la puerta de entrada para “el País del arte", y de eso nos deja testimonio en páginas muy ilustrativas:

En un puerto como el de Génova, extenso y poblado, es donde se admira la grandeza de la civilización presente, que á muchas imaginaciones perturbadas por el amor á lo antiguo parece prosaica, no sabiendo apreciar la poesía de sus proporciones grandiosas. (Blasco Ibáñez 1923: 29).

El novelista sólo es uno de los muchos viajeros que superponen, en sus descripciones, las imágenes de la ciudad y de su puerto, hasta el punto que podemos considerar que prácticamente coinciden. La milenaria historia de Génova estuvo marcada por la ruptura que representa el fin de la República en 1797 y la anexión de 1815 al reino de Saboya, quien habría logrado la unificación de la península en 1861. Con la pérdida de su soberanía, Génova se despertó de un largo sueño arrullado por los recuerdos de su gloria pasada y se lanzó de cabeza a las nuevas perspectivas de crecimiento industrial. A principios del siglo XX, Génova era, con Milán y Turín, la cumbre más baja del llamado “triángulo industrial” en el que se reunía la gran mayoría de las manufacturas italianas y al mismo tiempo su salida directa al mar (Doria 1973).
Génova experimentó una serie de cambios demográficos importantes, hasta los años 80, cuando percibimos un cambio de tendencia que en este caso es especialmente notable. El censo de 1971 registró 816.872 habitantes en los 243,56 km2 del municipio, con una densidad de 3.354 habitantes por km2, un cociente que es especialmente significativo si se tiene en cuenta la distribución geográfica de la ciudad y de toda la región: casi el 80% de Liguria tiene una pendiente de entre el 35% y el 100%, sin embargo, esto no ha impedido que estuviese cubierta por un manto de hormigón, en un furor inmobiliario que llegó a construir la principal estación de tren de la ciudad en el cauce del río Bisagno. Para resumir los acontecimientos podemos recurrir a las palabras de un estudioso genovés: “en los años cincuenta y sesenta, la ciudad en expansión devora todos los recursos de la tierra disponible, conquista las colinas, destruye el patrimonio histórico y el medio ambiente”[14] (Gabrielli 1994: 800).
Este fenómeno no es nuevo en un país donde la verdadera política territorial consistió en “la transformación sistemática de toda utilidad colectiva que puede ofrecer el territorio [...] en valores apropiados por los intermediarios y los beneficiarios de la renta inmobiliaria”[15] (Dematteis 1995: 668).
Desde 1951 a 1975, al frente de la ciudad se sucedieron tres alcaldes demócrata-cristianos (Vittorio Pertusio, Augusto Pedullà y Giancarlo Piombino) que no supieron guiar de alguna manera este crecimiento urbanístico, dejando un legado envenenado a las alcaldías posteriores. En 1975, una alianza entre el PCI y el PSI condujo al ayuntamiento a un alcalde de izquierda, a raíz de un éxito electoral de ámbito nacional.
Así, durante 10 años, el socialista Fulvio Cerofolini lideró una ciudad que se situaba en la primera fila de las emergencias nacionales por los llamados “años de plomo”. Durante más de una década, el país se vio recorrido por un rastro de sangre que salpicó abundantemente Génova. Fue en esta ciudad donde realizaron las “Brigate Rosse” el primer secuestro de un funcionario estatal –el juez Mario Sossi, del 18 de abril al 23 de mayo de 1974– y el primer asesinato planificado –el juez Francesco Coco y sus dos escoltas, el 8 de junio de 1976–. Aquí además, el 24 de enero de 1979, la banda terrorista mató al sindicalista Guido Rossa, en un episodio que marcó la ruptura de la solidaridad latente hasta entonces demostrada por una parte importante de la clase obrera hacia las “Brigate Rosse”.Además de la emergencia terrorista, los años 80 estuvieron marcados por el lento final de un modelo de desarrollo centrado en la industria pesada, que descuidaba cualquier otro elemento urbanístico. La crisis de un modelo urbano basado en la única fuerza motriz de esta industria para el desarrollo, común a muchas ciudades europeas, fue especialmente dramática en Génova. Algunos datos pueden darnos una idea del alcance de este pasaje: en la provincia de Génova, los empleados en la industria se redujeron de 101.000 en el año 1980 a 90.000 en el año 1985; los días trabajados por los obreros del puerto se redujeron en un 54,4% con respecto a los diversos productos, el 47,2% en el ámbito industrial (Arvati 1988).
Mientras todos los actores sociales debatían el futuro de la ciudad tratando de salvar un patrón condenado al declive, nadie parecía cuidarse de potenciar otros aspectos: como resumió sarcásticamente el exalcalde Romano Merlo, “hasta el final de los ochenta [...] la principal, y quizás la única, atracción para los visitantes fue el cementerio de Staglieno”[16] (Margiocco 2009), y el casco antiguo más grande de Europa entró en profunda decadencia.
La oportunidad de cambiar de rumbo y virar hacia la terciarización turística y ‘lúdica’ de Génova se dio por uno de los grandes eventos que, a finales de siglo, habían transformado muchas ciudades italianas, españolas y europeas (Richards y Palmer 2010). A medida que se acercaba el quinto aniversario del viaje a lo desconocido de Cristóbal Colón, las autoridades locales aprovecharon la oportunidad para reclamar su herencia, preparando la organización de un gran evento que iba a cambiar el rostro y la identidad misma de la ciudad.
Un balance de la Exposición internacional especializada “Colombo 92” nos presenta varios aspectos críticos, en el desequilibrio entre las ambiciones iniciales y los resultados concretos: sin embargo, esta ocasión representa el punto de inflexión para una nueva navegación en el mar abierto, que se encontró con otros momentos importantes, grandes eventos del calibre del G-8 en julio de 2001 (Leiss 2007) y el papel de Capital Europea de la Cultura, celebrado en Génova en 2004 (Sacco y Tavano Blessi 2007).
A lo largo de 20 años, la ciudad aprovechó los recursos de los grandes eventos para reformar el puerto antiguo y todo el casco histórico al alcance de su nueva vocación turística (Masboungi 2011): después de un proceso de reajuste largo y difícil, podemos concluir que Génova está lista para el nuevo modelo urbanístico del tercer milenio con renovada vocación “lúdica”.


5. Valencia, Palermo y Génova: fenómenos del tránsito hacia un nuevo modelo de ciudad
Como hemos comprobado a lo largo de estas líneas, una experiencia histórica recorrió Europa a finales del siglo XX: el tránsito de modelo de ciudad hacia lo lúdico. En ella el ciudadano adoptó un papel central como gobernado y contribuyente. Su acceso a los servicios básicos que oferte el estado del bienestar fue la tarea fundamental de los gobernantes de estas ciudades europeas. Y esa resultó la clave del tránsito de la ciudad en el continente, de una ciudad industrial a una ciudad lúdica cuyo centro fueron los servicios básicos y accesorios que aumentan el nivel de vida de sus conciudadanos.
Este cambio se dio por una terciarización de la economía, pero lo cierto es que determinados elementos marcaron el tránsito y especialmente los grandes acontecimientos que determinaron y aceleraron ese tránsito de ciudad industrial a lúdica. Es el caso de la riada de Valencia, la reacción al “sacco di Palermo” o el gran acontecimiento conmemorativo del descubrimiento que reformuló la ciudad de Génova. Pese a todo, cada urbe tuvo su contexto espacial e histórico y unas situaciones concretas que cada una vivió y que marcaron su situación. Palermo, sin capital para un desarrollo industrial y manchada por la mezcla entre asistencialismo y delincuencia que se ha descrito anteriormente, llegó a la cita de la terciarización marcada por esas carencias. Génova, casi sin territorio para un cultivo agrícola y atrapada hasta la década de los 80 en un patrón industrial superado por la evolución de la economía, tuvo que esperar al cambio de siglo para ponerse al nivel de la transformación en curso en otras ciudades europeas.
En contra, mirando a los acontecimientos más próximos, en el caso de Valencia, podríamos hablar de una ciudad “hiperlúdica”, una “metrópoli clónica glocalizada” (Santamarina Campos y Moncusí Ferré 2013) que ha intentado, por esa vía, llegar a ser ‘gran ciudad’ (city en lugar de town) sin tener los elementos estructurales (capitales financieros, mentalidad empresarial, dotaciones infraestructurales, hasta el mismo tamaño urbanístico) necesarios. Sin ninguna duda, podemos decir que en cada ciudad ese tránsito, marcado por un gran acontecimiento, tiene su eco en la actualidad, con el modelo actual de ciudad en la que hoy nos encontramos.


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[1] De hecho, no sólo los viajeros extranjeros se quedaban decepcionados de la Valencia de los 50. Alfons Cucó, en su libro póstumo Roig i blau. La transició democratica valenciana, hace referencia a los viajes en el País Valenciano de un catalán como Ferran Soldevila, para destacar la impresión de decadencia cultural de la ciudad percibida por el historiador de Barcelona entre 1956-1957 (Cucó 2002: 26).

[2] Salvo Lima, alcalde desde 1958 hasta 1963 y desde 1965 hasta 1968, fue asesinado por unos mafiosos el 12 de marzo de 1992, así como Giuseppe Insalaco, alcalde tan sólo 3 meses en 1984, y asesinado el 12 de enero de 1988. Por otro lado, Vito Ciancimino, alcalde entre 1970 y 1971, fue condenado a 10 años de cárcel en 1992.

[3] Después de la Guerra Civil, Valencia tenía una población que superaba los 400.000 habitantes y un casco urbano en el que se habían consolidado amplias barriadas industriales, sobre todo en la zona sur y en las proximidades del Puerto. Con este crecimiento y las características urbanas de ciudad industrial que ya estaba adquiriendo, en 1946 se planteó la necesidad de una Ley de Ordenación Urbana de Valencia, cuya discusión llevó a realizar un proyecto de mayor envergadura en 1949 como era el de la “Gran Valencia”; con él se integraban en el mismo proceso de planificación a otros 28 municipios de L’Horta con una superficie total de 432 km2, zonificándose el espacio urbano de la ciudad entre áreas históricas, comerciales, industriales, residenciales etc., y se recuperaron viejas propuestas de reforma interior que se sostenían en la apertura de arterias por el centro histórico considerado como un espacio a eliminar (Puncel Chornet 1999).

[4] Como “La Fuensanta, el barrio que nació de la solidaridad murciana” (Márquez Valencia 2011).

[5] Rincón de Arellano, alcalde de Valencia desde 1958 hasta 1969, nunca pudo inaugurar las obras por las que había peleado tanto. Su dimisión llegó pocas semanas antes de la visita de Franco a la construcción. Esta visita consta, en muchas crónicas periodísticas, como la inauguración oficial del nuevo trazado.

[6] La cuestión de qué hacer con el lecho del río Turia fue uno de los problemas que tuvieron que resolver los sucesivos alcaldes tras Rincón de Arellano. Durante los años 70 surgieron, paralelamente al despertar de la conciencia ecológica, movimientos ciudadanos que reclamaron la construcción de una amplia zona ajardinada en todo el lecho del antiguo cauce. La presión fue en aumento, incluso dentro del propio régimen, en relación con la crisis del modelo urbanístico asociado a esta conciencia ecológica. Así, surgieron lemas como “El riu es nostre i el volem verd” que aglutinaron a esos nuevos movimientos sociales ecologistas de la Transición. Un avance en la idea de ajardinamiento se produjo cuando el último alcalde franquista de la capital, Miguel Ramón Izquierdo, consiguió el traspaso del lecho del río, aún de titularidad estatal, al consistorio en diciembre de 1976. La ejecución del actual jardín se produjo con la llegada de la democracia al ayuntamiento, con proyectos diversos que buscaron la combinación del uso deportivo, paisajístico y cultural (Sanz Díaz y Felip i Sardà 2006: 94-96).

[7] Archivo Municipal de Valencia, “Informe de actuación municipal de 1978”.

[8] Programa electoral del PSPV-PSOE a las primeras Elecciones Municipales tras la dictadura, abril de 1979.

[9] Tal vez el asesinato que más afectó a la opinión pública local y nacional fue el del prefecto Carlo Alberto Dalla Chiesa, ametrallado en una calle muy céntrica el 3 de septiembre de 1982 con su joven esposa Emanuela Setti Carraro y su escolta.

[10] En 1980, el Partito Comunista Italiano (que el año precedente había sido el mayor partido de izquierda en las elecciones nacionales, con el 30,4% de los sufragios en todo el país) recibió solo el 15,5% de los votos en las elecciones municipales de Palermo.

[11] Datos proporcionados por la Oficina de Relaciones Públicas de la Ciudad de Palermo.

[12] De 1993 a 1997, el ayuntamiento construyó diez nuevos edificios escolares, lo que acabó con los dobles turnos que todavía en 1990 afectaban 350 escuelas primarias (Azzolina 2009: 74).

[13] Después de muchos altibajos en la escena política nacional, desde mayo de 2012 Orlando es por tercera vez alcalde de Palermo, que desde 2001 había sido gobernada por la centro-derecha. En un panorama caracterizado por una creciente personalización de la política, parece que él sea el único exponente del centro-izquierda palermitano capaz de captar el consentimiento de un electorado cada vez más desanimado respecto a los mecanismos de delegación y cada vez más tentado por la abstención o por la dispersión de los votos.

[14] La traducción es nuestra.

[15] La traducción es nuestra.

[16] Sin embargo, la ironía de Merlo, miembro del PSDI, que guió la ciudad en una junta de izquierda desde 1990 hasta 1992, no debe ocultar el valor artístico del cementerio monumental de Staglieno, que hoy en día sigue siendo una atracción para muchos turistas.


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