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feediconRSS Vol.6, núm.1grisAR2014 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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La Paz y el aparapita, textos de Jaime Saenz sobre una ciudad ambivalente (PDF)

Valeria Canelas Jaime


Jaime Saenz es, sin duda, uno de los escritores bolivianos más importante del siglo XX. Sus obras, tanto de narrativa como de poesía, constituyen clásicos de la literatura del país andino. Su relevancia sobrepasa el horizonte nacional y su figura es estudiada tanto en Europa como en Norteamérica. De su obra, la poeta española Olvido García Valdés ha dicho “resulta perturbadora –profundamente política– su capacidad de revulsión y de pensamiento, de extrañamiento lírico”. Nació en la ciudad de La Paz en 1928, en donde también falleció en 1986. Amante de las montañas y de los callejones paceños, gran parte de su obra está centrada en esta ciudad boliviana. En muchos de sus libros, la ciudad adquiere una relevancia que la convierte prácticamente en una protagonista más de los mismos. Producto de esta fascinación, muchos de sus escritos buscan desentrañar el misterio de La Paz y de sus habitantes. Para Saenz este misterio viene dado por la doble fisionomía que la configura y que se percibe en la pugna constante entre tradición y modernidad, entre lo indígena y lo mestizo, entre el idioma castellano y el aymara. Como ha destacado la investigadora Elizabeth Monasterios, “Saenz formula una poética de la ciudad de La Paz a partir del carácter ambivalente que la define desde la colonia: sus zonas bajas, habitadas por mestizos y blancos y eje de la modernidad; y las altas, en su mayoría habitadas por aymaras y descendientes de aymaras que resisten el avance transculturador de esa misma modernidad”. De esta forma, la ciudad indígena permanece, en muchas ocasiones, indescifrable para aquellos habitantes que desconocen los misterios que la constituyen. Mientras que la ciudad moderna es, frecuentemente, inaccesible para los habitantes indígenas, aymaras en su mayoría. Sin embargo, hay personajes paceños que anulan esta división pues constituyen en sí mismos una paradoja: la de ser la esencia de una ciudad que, en cierta forma, los hace desaparecer. De ahí la mirada hasta cierto punto nostálgica de Saenz. Este es el caso paradigmático del aparapita, figura arquetípica del universo saenciano. El escritor reflexionó constantemente en toda su obra sobre la ciudad y sus habitantes. En este sentido, Imágenes paceñas[1],el libro del que ahora extraemos dos apartados, es el ejemplo más patente de esta fijación. Éste está dividido en dos partes: lugares y personas. En la primera, y más extensa, el escritor elabora descripciones de plazas, calles, avenidas o miradores que considera emblemáticos –siempre en esa delgada línea donde se entremezcla la ciudad real o aparente, como la llama Saenz, con la ciudad mágica que permanece oculta a la visión más racional. Finalmente, en la segunda parte, se centra en catorce personajes que cobran en el universo saenciano una presencia determinante a la hora de entender la ciudad. Se trata de personas humildes, en su mayoría indígenas, que reflejan a la perfección las contradicciones y paradojas de una ciudad que tiene, como Jaime Saenz afirma, una doble fisionomía. Para completar el perfil del aparapita como paradigma paceño también incluimos el ensayo “El aparapita de La Paz”, publicado originalmente en la revista Vertical en julio de 1972. Las fotografías son de Javier Molina y estaban incluidas en el libro Imágenes paceñas.

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Figura 1. Portada. Jaime Saenz, Imágenes paceñas.


La calle Linares

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Figura 2. Calle Linares.

En la célebre calle Linares hay un tramo, entre la Sagárnaga y la Santa Cruz, que describe un ángulo recto y que tiene enorme significación, pues allí se reúnen todas las tiendas de magia.
Allí se encuentran sullus[2] de oveja y de llama, chiuchis[3] y lanas de colores, raras hierbas medicinales y no medicinales, amuletos, brujeríos y estrellas de mar, diversas materias y substancias, cuerpos y esencias rituales, copal y mirra, y toda clase de inciensos y sahumerios.
Estas tiendas señoreadas por las chifleras[4], son lóbregas, pequeñas y frías, las más antiguas de La Paz –con olor misterioso, con un soplo de irrealidad, con tumbados que se pierden en lo oscuro.
Aquí no hay campo para nada, porque todo el campo está ocupado, y tampoco se puede pisar el umbral, porque también el umbral está ocupado.
En lo profundo de la tienda, anegado un contorno de su grave humanidad en las tinieblas, vislúmbrase indecisamente la chiflera, con manta negra, con sombrero negro, con oro que reluce en los aretes, en los prendedores y en los anillos, y con perlas en todas partes, con ojos que miran en la distancia, moviendo lentamente los brazos en la penumbra y profiriendo concisamente una o dos palabras, acaso tres, para atender al caminante que por ventura se detiene ante la puerta.

El aparapita

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Figura 3. Aparapita.

Ya casi no se ven aparapitas en La Paz.
Hoy por hoy, cuando se ofrece transportar cualquier bulto y no se tiene la suerte de encontrar un aparapita, no hay más remedio que contratar una camioneta y resignarse a gastar una suma que resulta diez veces mayor que la que se erogaría por los servicios de un aparapita.
De ahí que si alguien resulta perjudicado con la falta de aparapitas, es la gran masa del pueblo.
¿De dónde ha de sacar un pobre obrero, por ejemplo, para pagar una camioneta, en tratándose de una suma que tranquilamente equivale a dos o tres días de su subsistencia? Le urge llevar un colchón y una cuja a su casa; y no es que tenga reparos en cargar el bulto sobre sus propias espaldas, sino que no siempre tiene las fuerzas suficientes para ejecutar una faena de tal naturaleza, que al mismo tiempo requiere maña, destreza y costumbre, cosas éstas que al aparapita le sobran, siendo bien sabido que puede llevar perfectamente un peso de seis quintales a una distancia de veinte o treinta cuadras sin hacer un solo descanso.
Vaya usted a saber el porqué de la gradual desaparición de los aparapitas, una de cuyas causas podría ser la siempre creciente demanda de mano de obra por las grandes y pequeñas industrias; pero la verdad es que ello configura el proceso de despersonalización que ya hace tiempo se opera entre nosotros.
Pues si finalmente hasta los aparapitas están destinados a desaparecer, quiere decir que algo anda mal, y si esto es así, habrá que reconocer entonces que estamos reventados –aunque por otra parte, es evidente que jamás lo estaremos del todo.
Pues una cosa es cierta: mientras el Altiplano y la raza aymara existan, y mientras la ciudad de La Paz exista, es absolutamente seguro que el aparapita seguirá existiendo.
¿Quién es el aparapita? ¿Acaso no es el habitante y el estante por excelencia? El aparapita está siempre en la ciudad, y no obstante, al mismo tiempo habita el Altiplano, y se encuentra aquí y se encuentra allá, sin moverse de su sitio. Y esto por obra de una fuerza que, al haberse encarnado en la tierra hecha hombre, hace de éste un ser omnipresente.
El aparapita es, desde luego, un aymara como cualquier otro; pero un aymara que, sin dejar de ser lo que es, y habiendo por el contrario potencializado las facultades inherentes de su raza, ha querido ubicarse en la ciudad, impulsado empero por ansias irracionales, de meditación, de existencia y de trabajo, que le permitirían conocer y comprender un medio en cierto sentido nuevo, y del que se posesionaría por siempre.
Mas en cierto modo, este posesionarse ha sido para él un suicidarse –un suicidarse, en aras de una colectividad que precisamente se nutre de él y lo oprime en nombre de un orden social que sólo existe para los privilegiados.
¿Qué hace el aparapita? ¿Cuál es su actitud y cuál su comportamiento en la ciudad, que sigue siendo un enigma para él, y que al mismo tiempo no lo es en absoluto?
El aparapita es un hombre libre, hasta donde puede serlo un hombre como él, que debe ganarse el pan dependiendo de lo que buenamente –o malamente– le pagan, y que, por otra parte, en lugar de beber, no siempre prefiere comer; he ahí el aparapita. Pues bebe hasta reventar, y por paradoja, mal puede permitirse el lujo de morir de hambre, ya que su gran sentido de la dignidad se lo prohíbe.
En el fondo, no le gusta comer, y no será temeridad afirmar que desprecia la comida; en el sentir del aparapita, algo que precisamente se asocia con la basura es la comida. De ahí se explica el porqué de su estar, horas enteras, repantigado en la basura; a decir verdad, la basura no le repugna, sino que, antes bien para él, es simplemente una cosa despreciable, pero que, sin embargo, no por ello dejará de ofrecerle alguna grata sorpresa –un jarro de lata o un pedazo de vidrio, un cartón o una tela; y, una que otra vez, como inesperado regalo, una aguja o un alambre, cuando no un par de clavos, una cuchara o un zapato; un zapato, ¿para qué? –para aprovechar el cuero y la suela; ya sabrá él para qué.
Dado que no le gusta morir de hambre, por regla general, el aparapita muere bebiendo; en los recovecos de la Garita de Lima, en las esquinas de la calle Tumusla; en los callejones del Gran Poder –allí se encuentra su cadáver.
Y siempre se encuentra de retorno; está por siempre vivo.
En realidad, el aparapita conoce la ciudad en sus más recónditas interioridades, y –yendo más lejos– hasta podría decirse que la ciudad es él. Aunque conceptualmente no pueda expresarlo, puesto que no es hombre de conceptos, el aparapita sabe y conoce en lo profundo la significación de la ciudad. Y si por ventura fuese dado escuchar o poner por escrito lo que conoce y lo que sabe, la magnitud de la revelación asustaría sin duda a los más doctos sociólogos y psicólogos.
En cuanto a la propia significación del aparapita y su contenido espiritual, es ciertamente un hecho que estos valores jamás desaparecerán, aun a pesar de los dictados de las ciencias económicas y sociales, siendo además necesario puntualizar que, si alguna vez surgiera el tema del aparapita en las discusiones académicas, y se llegase a mencionar su ya inminente o ya consumada desaparición, ésta no será sino aparente.
Y según resulta obvio, si el aparapita es la ciudad, como que efectivamente lo es, mal podrá sentirse ajeno a ella y mucho menos desaparecer –pues el aparapita, dicho sea en conclusión, ha cargado la ciudad sobre sus espaldas.

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Figura 4. Aparapita.

El aparapita de La Paz[5]
El tema siempre me sedujo incidiendo sugestivamente en mis apuntes; estos han allanado el camino en la reseña que sigue.
Yo no sabía quién era ese personaje enigmático llamado aparapita cuando pisé por vez primera una bodega hace años. Aún hoy no lo sé con exactitud. Y conste que nadie quiere sacarle punta a lo que no tiene. En realidad, se trata de un hombre insignificante al par que excepcional. Se invalidan las cosas en la proximidad, pierden interés a medida que la perspectiva se reduce y, según resulta obvio, es un ejemplo el caso del Illimani, como lo es asimismo el caso del aparapita.
La palabra es de origen aymara y quiere decir: “el que carga”. Pero, ¿quién es el que carga? Valga esta aclaración antes de nada: me propongo responder tan sólo de un modo particular y condicionado a mis propias experiencias y observaciones. Al ponderar la imagen del aparapita podrá encontrarse el espíritu de la ciudad en su verdadera significación.
Por lo que se sabe, es el aparapita un indio originario del Altiplano y su raza es la aymara. La fecha de su aparición en la ciudad es algo que nadie ha precisado. Tal vez podría situarse en los albores de la República. (Aquí convendría notar esto: no me refiero para nada al cargador común y corriente, que también lo hay en La Paz y dondequiera que uno fuese. El genio del aparapita corresponde a una individualidad altamente diferenciada). Su número es reducido, relativamente; éste se renueva por aquellos individuos que se han desplazado procedentes del Altiplano, así como también por los nacidos en la ciudad. Todos ellos, fatalmente, están destinados a perecer en garras del alcohol. Es inconcebible la ancianidad en un aparapita: nuestro hombre desprecia la comida y prefiere la bebida, es lo cierto. Cuando come lo hace a la muerte de un obispo y exige un plato que ha de estar repleto de perejil, pues se siente fascinado por el perejil, de un modo realmente inexplicable y misterioso. Añádase que el acto de comer le parece una gran indecencia, por cuya razón al mismo tiempo que come se oculta de la gente, poniéndose de cara a la pared.
Y la gente lo repudia; no puede con él. Para los curas es un endemoniado, y una oveja descarriada según los evangelistas; para las viejas es un brujo. Pero según los brujos no lo es. Y según mi abuela, es una criatura de los mundos infiernos. Para unos es una bestia, para otros un animal, y para aquellos un leproso. Los literatos no le han hecho caso y tampoco los poetas; pero alguien por ahí, seguramente, ya sabrá ocuparse de él. Todos lo miran con repugnancia, cuando no con recelo o con asombro. O bien lo miran como si no existiera. Parece ser que los sociólogos no lo mencionan en sus enfoques, así como tampoco lo llevan el apunte los folkloristas. Además se prohíbe gastar pólvora en gallinazo: la atención de los expertos, ya sean nacionales o internacionales, no podría centrarse en tan poca cosa. Se trata de una larva, un fenómeno aislado y en vías de desaparecer por asimilación del progreso, o quién sabe qué. Necesariamente un ejemplar típico del subdesarrollo, mas en ningún caso un parásito.
La vestimenta surgió con un carácter determinativo en mi aproximación al personaje. La ropa que lleva en realidad no existe. Es para quedarse perplejo. El saco ha existido como tal en tiempos pretéritos, ha ido desapareciendo poco a poco, según los remiendos han cundido para conformar un saco, el verdadero, pues no es obra del sastre, es obra de la vida un saco verdadero. Los primeros remiendos han recibido algunos otros remiendos; éstos a su vez han recibido todavía otros, y estos otros, todavía muchos otros más, y así, con el fluir del tiempo, ha ido en aumento el peso en relación directa con el espesor de una prenda, tanto más verdadera cuanto más pesada y gruesa. Una noche, me propuse contar los remiendos en un saco que yo guardo. Éste tiene un bolsillo interior y debe pesar unas veinte libras. Eran más de ochenta los remiendos cuando me cansé de contarlos, y eso que todavía me faltaba la mitad de la espalda y una manga. Cómo se las arreglaba su legítimo propietario para poner los remiendos, el cual por si fuera poco era manco y tuerto, es cosa que jamás podré explicarme.
Yo soñaba con un saco verdadero y quería tener uno. Mis intentos eran rechazados con enojo, con desdén e incluso con mofa. Y tenía que haber sido tuerto aquel hombre para aceptar un vulgar saco a cambio del suyo. Sin embargo, una vez hecho el trato se puso a dudar, se quitó el saco poniendo al descubierto el muñón y le di dinero, además de un abrigo viejo, cuando se quedó desconcertado, me miró con pena y finalmente se fue. Me sentí culpable. Luego me puse ante el grave dilema de hacer hervir la prenda o dejarla tal cual y, habiéndome decidido por lo primero, repetí muchas veces la operación. Su peso disminuyó notablemente por efecto de la potasa. ¡Y qué haber de piojos! Hoy por hoy es mi prenda favorita algunas noches de frío intenso, una prenda con la que –debo confesarlo–, me siento un pobre tipo, un impostor intentando vanamente usurpar atributos que de ningún modo me corresponden, como alguien que quisiera impresionar y que, en el fondo, es un hazmerreír y no se da cuenta de nada. Lo cual me da en qué pensar, viéndome con cierto horror en el pellejo del simulador quien, según intuyo, al pretender ser como lo que no es, todavía pretende que los demás quisieran ser como es él. Sea lo que fuese, el saco sigue infundiéndome miedo cada vez que me lo pongo; el miedo siempre es un testimonio de alguna verdad oculta. Jamás llegará a pertenecerle al ladrón una cosa robada; claro que, por lo demás, no se debe olvidar el altísimo valor que asumen las cosas robadas, siempre que el ladrón no las haya robado con otro propósito que el de guardarlas bajo siete llaves.

 

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Figura 5. Aparapita.

Tan pronto como una víctima de la violencia o como un propiciador de ella, el aparapita se ve a menudo ensangrentado, con una cara monstruosa, con espantosas heridas que, evidentemente, a él no le preocupan en lo más mínimo. Él sabe a dónde irá a parar con su cuerpo y en modo alguno se le ocurre pensar de otra manera que no sea la que corresponde a la realidad pura y simple. Un entierro, un cementerio, una tumba, son cosas que él no puede concebir ni remotamente en el esquema de su vida, puesto que fueron hechas para los demás, no para él, y puesto que él ya sabe lo que sucede y se refiere a ello de un modo natural, habiéndolo declarado explícitamente, tal como correspondía hacerlo. La muerte es cosa suya y nadie podrá meterse en sus asuntos, a no ser Dios; Dios está con él. Él es quien le ha dado permiso para venir a vivir aquí. Pero en el momento que así lo desee, él puede morir y, una vez muerto, su alma, o sea él, se irá volando a su verdadera casa para servir a Dios. Ahora, si su cuerpo va a parar a la morgue, ¡qué ha de hacer él!; ¡y qué ha de hacer si lo descuartizan! Nada. Nadie puede hacer nada. Además, a él qué le importa. Tales las palabras de un aparapita, cuando habló conmigo. Por tanto, y cuando menos por su contribución al estudio de la anatomía, debería quedar eximido de cualquier culpa en este mundo. Al fin y al cabo, si la facultad de medicina de La Paz no sufre escasez de cadáveres, ello se debe en gran parte al aparapita.
Emerge la figura con sugerencias contradictorias, de abandono y destrucción, de impavidez, de muerte, de alegría, de arrogancia y humildad, conforme uno presiente un oscuro propósito en este hombre, y es como si únicamente persiguiese sacarse el cuerpo y ello no obstante, no quisiese dejar de luchar por la vida, siendo así que la vida le importa un comino. Pues él tiene sabiduría al matarse y se mata por medio de la vida, el medio más natural. Como que lo hace, con naturalidad y con alegría inclusive, cuando ha guardado unos pesos, deliberadamente, cuando se ha privado de comer en absoluto y va a la bodega, donde se pone a gritar, a reír y bailar, y donde bebe hasta que revienta. Entonces aparece muerto en la calle, tendido como un sapo. El deber, las obligaciones, el interés por mejorar de condición, son cosas que no tienen nada que ver con él. Acarrea bultos sobre las espaldas, de un lugar para otro, recibe cerrada la boca lo que se le paga. Suele cumplir funciones en los entierros de los pobres, y cuando los deudos no pueden sufragar el gasto en las pompas fúnebres, acarrea afanosamente el ataúd, de la calle Figueroa a la casa del extinto, y de la casa del extinto al cementerio. En la fiesta de San Juan gana mucha plata un aparapita y está en su elemento. Todo el santo día y gran parte de la noche se encuentra ocupado acarreando fardos de leña para las fogatas. Me gusta mirar su silueta fantasmal recortándose sobre un telón de fuego. Tarde en la noche, cientos de aparapitas más felices que el demonio –y muchos de ellos han de morir esa misma noche–, se hallan congregados alrededor de las gigantescas fogatas que crepitan hasta el amanecer en lo alto de la ciudad, en la calle Tumusla y en la Garita de Lima, en la avenida Baptista, en la avenida Buenos Aires, en la calle Max Paredes y adyacentes, en la calle Inquisivi y en el callejón Pucarani y en la avenida Pando. (Por mi parte, yo proclamaría el día de San Juan como el día del aparapita). Según iba diciendo, con su profesión se defiende él, y de eso no sale, es independiente. Solamente trabaja cuando le da la gana y, con tal que haya reunido la plata para el aguardiente y la coca, lo demás no le importa. Se queda, repantigado sobre una pared, hecho un príncipe, a su lado el rollo de soga y el manteo, sus únicos bienes, y mira la vida desde muy lejos, masca y masca la coca. Él no es de los que paga impuestos; ignora olímpicamente los sindicatos, no es un ciudadano, pero es dueño de hacer y deshacer de su persona. Este hombre se ha incorporado a la vida ciudadana en su calidad de animal racional pero al mismo tiempo se ha segregado de ella, para vivir en ella de un modo irracional por completo.
Es prodigiosa su capacidad para el aguardiente. Un aparapita puede beber un litro en dos periquetes (para el caso, un periquete equivale a media hora). El litro de alcohol (de caña) vale nueve pesos (75 centavos de dólar, más o menos), y el ingenio de Guabirá, en Santa Cruz, lo produce en ingentes cantidades. Hasta hace pocos años, todavía brillaban en las puertas de las bodegas unos gigantescos toneles de metal, con una capacidad de 200 litros. Dichos toneles han desaparecido ahora, en realidad por la prohibición de la venta a granel emergente de un nuevo régimen impositivo. En la calle Max Paredes y en algunas otras, existen cientos de bodegas donde relucen miles y miles de latas con un color morado, de medio, uno, cinco y diez litros, bajo cuyo resplandor pululan los aparapitas encontrándose en el mejor de los mundos. Un litro de alcohol es un litro de alcohol, indudablemente, pero si le añado un litro de agua, obtengo dos litros de buen aguardiente. Pues yo me ufanaba bebiendo precisamente a razón de dos litros por día y, por tal motivo, me consideraba un borracho de marca mayor: nada tan ridículo frente a los aparapitas, bebiendo como ellos beben unos seis litros por día. Sin embargo, este promedio tan sólo puede aplicarse al sábado y domingo. Claro que el resto de la semana, como de costumbre, beben a razón de un litro por día.
La cuestión es que uno se muere de envidia. Uno envidia al aparapita, esa simplicidad inalcanzable, esa soberana despreocupación. Y precisamente porque es muy difícil llegar a vivir como uno quisiera, qué difícil renunciar a las cosas innecesarias y cortar amarras y quemar naves, es muy difícil dejarse de cuidar su vidita y vivir, vivir, en lugar de simular que se vive. El hombre orgulloso, desorbitado, fanático, solitario y anárquico me causa envidia, y es el aparapita, obedeciendo ciegamente a sus impulsos, fascinado por el fuego y por el humo, fascinado por la sangre, fascinado por los muladares. Empujado por el aliento de la libertad, el aparapita siempre encuentra aquello que busca. Hace excursiones nocturnas a los muladares y allí encuentra maravillas. No se trata de mera retórica. En los muladares hay maravillas, según consta a quienes conocen los muladares, como me consta a mí que los conozco. Y las hay por montones para el aparapita. Puede que sean unos trapos. Los trapos le sirven para remendar su ropa, tarea que él ejecuta asimismo en el muladar. Puede ser un trozo de espejo, puede ser un alambre; puede ser un zapato o simplemente una suela; todo le sirve, él ya sabrá para qué. Puede ser una lata. Quizá algún botón. Papeles. En una bolsa de cotense embute los papeles, escoge la basura para hacer fuego y, en medio de la humareda y de las chispas, encuentra talismanes, es más supersticioso que Satanás. Encuentra un clavo, una muñeca, un guante. Unas botellas; se ve que están rotas pero a lo mejor sirven. No puede haber persona con mayor sentido del humor. Él no se ríe, sino que se pone serio mientras que alguien se encarga de reírse por él, o sea él mismo, quien lo hace para darse cuenta de que se ríe de nada.
En su delirante tránsito por las calles de la ciudad, el aparapita, dejando a su paso unas huellas quizá legendarias, se proyecta con las múltiples formas de una personalidad poderosa. Qué elegancia y qué desparpajo, qué decencia, qué pulcritud. No importa el color ni la forma del remiendo o su tamaño, tan grande como una hoja de Eva o más pequeño que una estampilla, con tal de cubrir una rotura. Para eso está el hilo y la aguja, dos cosas de las que no puede olvidarse un aparapita que se estima. La revelación de un misterio se encuentra implícitamente revelándose por el misterio mismo y por la gratuidad en sí, como una revelación sin la cual no podría darse el misterio no revelado; efectivamente, no queda más remedio que divagar, en este caso a que nos estamos refiriendo. Pues frente a lo incomprensible resulta inútil una aproximación por medio de definiciones; puede que sea paradójica una cosa, pero la cuestión es el porqué. La condición humana no se explica por el empleo de sustantivos pero nosotros calificamos y sanseacabó, con eso basta y nos quedamos satisfechos: todo lo que se fuese se nos aparece como la cosa más natural del mundo. Perdón por el circunloquio, a propósito de un caso tan intrascendente como lo es el de un hombre que se desvive poniendo remiendos a unos andrajos que han salido de la basura y se pasa la vida cuidando de ellos como si fueran la niña de sus ojos mientras que, por otro lado, hace todo lo posible y lo imposible por destruirse a sí mismo sin importarle un ardite su propia persona o las averías, las heridas y los golpes que a diario recibe. Sería difícil encontrar, en términos de intensidad poética, alguien que se le iguale.
En cuanto a las virtudes morales; yo encuentro sosiego según las reflexiones fluyen para reconfortarme, pensando en las fuerzas sustentadoras de que se nutre el ángel protector. ¿Palabras que suenan a predicador de trastienda? ¿Para ridículo del que las suscribe? Las virtudes morales en el más alto sentido –y aquí tan sólo traduzco el sentir de un aparapita cualquiera–, nos protegen de las enfermedades y de los accidentes, así como del malestar que implica el vivir, dándonos fuerza para soportar los grandes dolores, nos libran de los tormentos del hambre y de la sed, nos traen buena suerte y nos proporcionan buen humor. Por supuesto que yo estoy absolutamente convencido de que así es como debe ser. Vale la pena hacer referencia específica a la conducta moral del aparapita. Podría ser asesino, ladrón y facineroso. Razones no le faltarían. Pero él es aparapita, eso es lo que pasa y con eso está dicho todo. He aquí un hombre con una rectitud ejemplar. Es veraz, él no miente, es profundamente religioso. Es caritativo por naturaleza, bueno como el pan. Es incapaz de robar una paja. Muere con orgullo antes que pedir limosna. En los registros policiales no hay tradición de actos delictuosos cometidos por algún aparapita, pues jamás los comete. Su único delito es emborracharse, trenzándose en peleas que no pocas veces resultan sangrientas. Sus cualidades se conservan incólumes, si bien sus defectos se acentúan por causa del ambiente. Sin embargo es sanguinario por ancestro, y no hay para qué negarlo. Son memorables las hazañas de los indios. En los pueblos del Altiplano las autoridades tienen un mal fin si es que cometen desmanes. A un subprefecto lo metieron dentro de un tonel y lo hicieron hervir después de haberlo descuartizado, y entonces se lo comieron sin asco. Un cura que abusó de una india fue castigado con aquello con lo que pecó, con eso mismo, y se lo cortaron en frío, obligando al cura a que lo comiese, y luego utilizaron su cráneo para beber la sangre en caliente. La plaza del pueblo de Khollana, según se sabe, está empedrada con las calaveras de los soldados que formaban un batallón, el cual había sido enviado en plan de combate para sofocar las sublevaciones ocurridas allá por el novecientos.
Quiero volver al asunto de la vestimenta para referirme a varios detalles de la misma. Ya lo hice con el saco, y con el pantalón se repite la historia. La soga y el manteo son las herramientas de trabajo. La soga es de cuero de oveja o de llama y tiene unos tres metros de longitud. Dura una eternidad. Se lleva ya en la mano, ya enrollada alrededor de la cintura. Es sumamente resistente, como para sujetar cargas de tres quintales sobre las espaldas. (Las espaldas de los aparapitas no se llaman espaldas sino espaldarapitas: gozan de gran fama porque su fortaleza es macabra). El manteo, más grande que diez banderas juntas, es de tocuyo, utilizándose para acarrear cosas sueltas, botellas, libros, adobes, bolsas de estuco, ladrillos. Plegada en cuatro, o en ocho, o como sea, es un colchón, para dormir. Las abarcas son de un modelo privativo. Una cuestión más o menos aparte. Se utiliza alguna llanta de la basura en la confección de la suela, quedando afirmado al pie por unas lonjas de cuero de vaca las cuales, a veces, se adornan con alguna pintura. Es lo único “decente” en su persona, pues cosa rara: estas abarcas se mantienen todo el tiempo como nuevas. Para cubrir la cabeza, en el mejor de los casos, una gorra de soldado, sin visera. En su defecto, un trapo, un pedazo de cartón, una lata: cualquier cosa. La coca y la lejía en un atado junto con la plata, con los puchos de cigarrillo, con el hilo y la aguja, se guardan en un bolsillo interior del saco, que es el único; el aparapita es unibolsillo.
Por cuanto se refiere a una vivienda, el aparapita no la tiene. Por lo general pasa sus noches a la intemperie y en invierno, cubre sus carnes con periódicos, ingeniándoselas para impermeabilizar el papel y prolongar la vida del mismo, con la grasa y el aceite que se filtra sobre las calles. Vive en los cerros, metido en unas fisuras al abrigo del viento. O en las recovas, en las vecindades del cementerio, en sitios propicios de la periferia, en los patios de maniobra de las estaciones, en algún lugar a lo largo de la tubería en la que corre el río Chokeyapu. Empero, los muladares le ofrecen un mullido colchón y otras ventajas. Otras veces se queda tendido en alguna esquina, cuando se emborracha, o junto a una cloaca, en media calle, en la puerta de una bodega. Con tal que no lo molesten o lo insulten, no le importa dormir dondequiera que fuese.
Todo lo cual en lugar de moderar, sin embargo enciende el encono de la gente. Al aparapita se lo escarnece, inexplicablemente. No es un hombre de bien. No cumple ninguna función en el seno de la sociedad. Es un holgazán, un borracho, un ladrón. ¡Qué dirán los turistas cuando lo ven! Además, está hirviendo en piojos. Y es como las moscas, un agente transmisor de enfermedades. Es una afrenta su presencia en la ciudad. (Ahora bien; por mi parte, en cuanto a mi manera de ver, ¡qué sé yo! Vaya uno a saber si él no se apodera de la ciudad. Yo quisiera que mis ojos viesen lo que yo veo: es él, asimilándose a un trance ideal pero al mismo tiempo no es él, es la ciudad quien se asimila, volviéndose verdadera por la irrupción del indio. Del indio, que en la ciudad se volvió aparapita).


[1] 1979, Difusión, La Paz, con fotografías de Javier Molina.

[2] Fetos.

[3] Figuras empleadas en diversos rituales.

[4] Vendedora en las tiendas de la calle Linares. Es considerada bruja y curandera. En palabras de Saenz “[…] la chiflera, por una parte, es decididamente católica, mientras que por otra, y sin duda obedeciendo al ancestro, no ha dejado de practicar la hechicería […] desde chica ha aprendido a curar y a ser bruja”.

[5] Ensayo publicado en la revista Vertical en 1972.


CANELAS JAIME, Valeria (2014): "La Paz y el aparapita, textos de Jaime Saenz sobre una ciudad ambivalente" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 6, núm. 1, pp. 111-124. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen06-1/textos01.htm. ISSN: 1989-4015

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