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feediconRSS Vol.6, núm.1grisAR2014 grisARUniversidad Complutense de Madrid ISSN: 1989-4015grisAR

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Cosas que ocurren en la ciudad. Tres textos de Andar por casa (PDF)

Rocío Peñalta Catalán


Rocío Peñalta (Málaga, 1983) es licenciada en Periodismo por la Universidad de Málaga y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense de Madrid. Fue finalista del premio El Fungible de Alcobendas en 2008 con el relato “Historia sin la letra i”, recogido en la antología El Fungible, Especial relatos (Punto de Lectura). Sus cuentos se han publicado en diversas revistas digitales e impresas. Andar por casa (Cuadernos del Laberinto, 2013) es su primer libro de relatos.

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Síndrome
Ya había experimentado aquella sensación antes de abandonar la avenida principal. Ahora, en este callejón desierto, la impresión de que alguien me perseguía adquiría aún más consistencia. Las farolas dibujaban pequeños halos de luz amarillenta sobre la acera. El resto de la calle permanecía en una oscuridad casi absoluta. Un gato se deslizó bajo las ruedas de un coche abandonado. Avancé unos metros. Sólo se escuchaba el eco de mis pasos repetido por las fachadas ennegrecidas de los edificios, por los contenedores cubiertos de graffiti. Aparentemente, estaba solo. Sin embargo, podía imaginar la presencia de mi perseguidor oculto tras alguna esquina, en el umbral sombrío de alguno de aquellos portales. Continué caminando, echando miradas por encima del hombro, escudriñando en la noche con los ojos entornados. Entonces me pareció ver a un hombre de mi estatura iluminado por un rayo de luna. Inmediatamente, retrocedió para volver a desaparecer en la negrura de la noche. Definitivamente, lo había visto. Un hombre de complexión mediana, con un sombrero oscuro y una gabardina desgastada, similar a la mía. Aceleré el paso, con el anhelo de cruzarme con algún paseante nocturno o de que mis pasos me condujesen hasta alguna plaza concurrida. Cada vez lo sentía más cerca, casi me pisaba los talones. Había empezado a trotar, intentando aumentar la distancia que me separaba de mi persecutor. En un momento dado, me paré bruscamente y me di la vuelta. Allí estaba, a sólo unos metros de mí. Con unos zapatos iguales a los míos, también salpicados de barro, avanzó unos pasos, hasta que pude distinguir perfectamente sus facciones en la penumbra del callejón. Una barba de dos días erizaba un mentón prominente como el mío; los labios finos, similares a los míos, se contraían en un rictus severo, de impaciencia y hostilidad; mi propia nariz; mis cejas arqueadas, interrogantes; los ojos marrones, del mismo tono castaño que los míos, reflejaban los sentimientos contradictorios de miedo y curiosidad que ahora me asaltaban. Permanecimos unos instantes mirándonos en silencio y, entonces, después de un ligero carraspeo, con mi propia voz, me preguntó: “¿por qué me sigues?”.

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Electricidad
Tengo un cable. Mejor dicho, el cabo cortado de un cable cuyo extremo contrario –cercano o remoto– está conectado a algún enchufe, instalación o aparato eléctrico.
Cuando uno hace un taladro en la pared, se imagina que puede encontrar una tubería, el dormitorio del vecino, o una cucaracha que pasaba por allí en aquel momento. Pero no un cable. Bueno… tal vez un cable sí. Pero no un cable como el que ha decidido engancharse en mi broca.
Tiro suavemente del extremo que sobresale por el agujerito de mi pared –aun a riesgo de sufrir una electrocución– para asegurarme de que no es simplemente un resto olvidado; un cachito abandonado por accidente entre dos tabiques de escayola. Después, compruebo que funcionan todas las bombillas, focos, fluorescentes, diodos de mi casa. Los enchufes, interruptores, ladrones, regletas, conexiones, terminales, empalmes, prolongadores, clavijas. Que siguen encendidos la lavadora, el frigorífico, el horno, la radio, la vitrocerámica, el aire acondicionado, el lavavajillas, el ordenador, la cafetera, el despertador, la impresora. El teléfono, el módem, la calefacción. El telefonillo del portero automático, el timbre.
Si el cable cortado no ha afectado al funcionamiento de ninguna de las instalaciones eléctricas de mi casa… ¿habré dejado sin luz al vecino?
Después de pasarme por el piso de al lado para asegurarme de que todo sigue en orden, subo a cerciorarme de que el vecino de arriba tampoco ha sufrido las consecuencias de la intrusión de mi osada broca exploradora en los emparedados misterios del edificio. Nada. La corriente alterna continúa circulando por todos los circuitos del inmueble… excepto por el cable que ahora asoma por el hoyito de mi pared.
En vista de que –aparentemente– no he causado ningún desaguisado, vuelvo a introducir el cable por el agujero, lo ocluyo con un taco, una alcayata, un cáncamo del que cuelga un cuadro. Aquí no ha pasado nada.
Sin embargo, estoy segura de que ese cable cortado impide que llegue la corriente eléctrica necesaria para el funcionamiento de algún aparato. Algo ha dejado –ha tenido que dejar– de funcionar. El ascensor, el interruptor que abre el portal, la puerta del garaje, el extractor del bar que hay en los bajos del edificio. Quizás la farola de la esquina, la luz verde del semáforo de mi calle, el reloj de la iglesia. El foco que ilumina la fachada del Ayuntamiento, el alumbrado de la próxima Navidad en la calle Mayor. La megafonía de la estación de ferrocarril, la línea dos de metro entre las estaciones de Ópera y Banco de España. Tal vez el radar del kilómetro 33 de la carretera de La Coruña, el faro de Torredambarra, la apertura automática de las puertas de El Corte Inglés de Sevilla, la alarma de incendios del colegio público Victoria Kent. El ascensor de la Tour Eiffel, el marcador del visiting team del estadio del Manchester United. El marcapasos de Lech Wałęsa. La draga de succión del Canal de Suez, el micrófono ante el que dará su próximo mitin Barack Obama, el circuito cerrado de televisión de la 中国中央电视台 (Zhōngguó Zhōngyāng Diànshìtái). La antena parabólica del observatorio de Arecibo en Puerto Rico, la línea telefónica interna del Kremlin, el satélite artificial ECHOSTAR 10.
El movimiento de rotación de la tierra.
Tu corazón.

*      *      *

Cucarachas
Nadie podía dar una fecha exacta, pero lo cierto es que había desaparecido. Algunos decían que el lunes no había venido –temíamos que le hubiese pasado algo durante el fin de semana–, otros aseguraban que el viernes no llegó a aparecer; algunos creían haberlo visto en algún momento; había incluso quienes afirmaban que le habían echado en falta desde el miércoles o el jueves de la semana pasada. Todos dudábamos. Lo único que estaba claro es que el portero se había esfumado.
Enseguida nos dirigimos al presidente de la comunidad en busca de información. “Se ha marchado. Intenté convencerle de que esperase hasta final de año, así cobraría la paga extra. Pero no ha habido manera… ha renunciado al finiquito y se ha ido. Así, sin más. No hay explicación”, y se encogía de hombros. “Pero, ¿quién sacará ahora la basura?”; “Necesito que alguien cambie la bombilla del rellano”; “Y si nos llega un paquete y no estamos en casa, ¿quién se hará cargo de él?”; “¿Nadie va a regar las plantas?”… “Calma, calma. Encontraremos la solución. Buscaré a otra persona que se haga cargo de la portería… No os preocupéis”. No resultaba convincente.
Los vecinos se mostraban inquietos. Algunos fruncían los labios. Otros carraspeaban o se frotaban las manos. Todos se balanceaban ligeramente o giraban el cuello o entrechocaban los pies entornando los ojos. Nadie se movía de allí. El presidente abrió ampliamente los brazos, en un gesto de resignación, y el grupo empezó a disolverse.
Sin embargo, la ausencia del portero pronto pasó a un segundo plano. Nuestra principal preocupación era otra. La limpiadora había comenzado a espaciar cada vez más sus visitas. Y cuando venía, se limitaba a barrer un poco el portal y a vaciar la papelera.
Los folletos publicitarios se amontonaban en la entrada. El suelo estaba lleno de envoltorios de caramelos, pañuelos arrugados, restos de barro que se desprendían de las suelas, hojas secas que el viento introducía en el portal.
Las llamadas telefónicas a la empresa de limpieza no dieron resultado. Nuestra antigua limpiadora ya sólo venía una vez en semana, y los responsables de Servilimp® S. L. se negaron a enviar a otro empleado. El nuevo portero ocupó su puesto durante cinco días. Luego tuvimos dos, tres más. Finalmente, renunciamos a este lujo, autoconvenciéndonos de que, en realidad, el cambio era ventajoso; de que así, al menos, bajaría la cuota que cada mes teníamos que pagar para subvencionar los gastos de la comunidad.
En cierto modo, este cúmulo de carencias resultó beneficioso, pues contribuyó a que se generara cierta solidaridad vecinal. Todos procurábamos ensuciar lo menos posible las zonas comunes; los más hábiles se ocupaban de reparar aquello que se hubiese estropeado: la puerta de un buzón, una bombilla fundida, el picaporte de la entrada. Sin embargo, esta iniciativa filantrópica y desinteresada duró poco. Por mucho empeño que pusiésemos, las goteras humedecían el techo, la escayola de las molduras se desprendía, las pelusas se acumulaban en los rincones y las telarañas anidaban en las esquinas más sombrías.
Ya nadie se detenía en el portal más de lo necesario. Incluso el cartero se limitaba a dejar su fajo de cartas en el poyete, sin entretenerse en repartirlas en los buzones correspondientes. Atravesábamos el pasillo rápidamente, en dos o tres zancadas, para refugiarnos enseguida en el ascensor. En el descansillo, esperábamos cabizbajos e inquietos a que se quedase libre, a que llegase a nuestra planta, sin atrevernos a mirar más que a los cordones de nuestros zapatos. Ni hablar de girar la cabeza hacia los lados. Una mirada de reojo a derecha e izquierda mientras hacíamos girar la llave en la cerradura era suficiente.
Aunque ya apenas nos dirigíamos la palabra, era reconfortante encontrarse con algún vecino en el portal. Hacer el trayecto en compañía, aunque sólo fuese durante un par de plantas. Si coincidíamos con alguien en el elevador o en la escalera, sonreíamos o nos encogíamos de hombros, o esbozábamos algún gesto de connivencia.
No se sabe muy bien cuándo ocurrió –o cuándo empezamos a percibirlo–. Tampoco resulta fácil explicar exactamente lo que sucedía. El caso es que dejamos de utilizar el ascensor. Como si de un acuerdo tácito se tratase, todos comenzamos a subir y bajar por las escaleras. Independientemente de que viviésemos en el primer piso o en el quinto. Eso no importaba. Ya no nos gustaba el ascensor.
Era como si la luz fluorescente que iluminaba el cubículo se hubiese densificado, hubiese cobrado una textura palpable, materialidad. Un tono lechoso, como un barniz envejecido, recubría las paredes del interior. También el olor había cambiado. Olor no. No es que oliese a nada especial, pero se respiraba un ambiente distinto dentro del ascensor. El aire estaba enrarecido. Flotaba un vaho de hospital, de matarratas, de habitación clausurada.
Las escaleras no eran mejores. Pero, al menos, no había que detenerse en el portal. Los inquilinos del edificio subían los peldaños de dos en dos, con el corazón latiendo violentamente dentro del pecho, con el estómago encogido al acercarse a cada recodo. O discretamente, de puntillas, tratando de hacer el menor ruido posible, intentando pasar desapercibidos.
Al llegar ante la puerta de nuestra casa, introducíamos la llave en la cerradura con una especie de desesperación injustificada, echando un rápido vistazo a nuestra espalda, como previendo un ataque inesperado.
Los primeros en dejar libres sus pisos fueron los vecinos de las plantas inferiores. En primer lugar, el cartel de “Se vende o se alquila” apareció en la ventana del 2ºA. Luego fueron los inquilinos del 1ºB los que se trasladaron, seguidos por sus compañeros de rellano. Los camiones de mudanza aparcados en la calle se convirtieron en algo familiar. Los muebles, las maletas y las cajas de cartón sobre la acera, apiladas delante de la puerta de nuestro bloque, fueron, durante algún tiempo, un elemento más del mobiliario urbano del barrio.
Los pisos más bajos del inmueble quedaron desiertos. Los propietarios fueron incapaces de encontrar arrendatarios para sus apartamentos. Todos cruzábamos el portal como fantasmas, en silencio, sin levantar la vista. Y de la misma manera atravesábamos esos primeros niveles del edificio, cuyo suelo había comenzado a cubrirse de una fina película de polvo en la que nuestras huellas quedaban sobreimpresas.
Ya no se escuchaban portazos, ni conversaciones en los pasillos, ni la televisión del piso de al lado. En el edificio reinaba el silencio más absoluto y el mínimo crujido nos hacía estremecer. Pronto fueron los del 3ºC, seguidos por los habitantes del piso de enfrente, quienes decidieron abandonar su casa sin molestarse siquiera en ponerla en venta. Un malestar inexplicable, una amenaza invisible se cernía sobre los moradores del bloque que, poco a poco, se alejaban de allí con aire taciturno. Cuando escuché que los ocupantes del piso inferior al mío hacían las maletas, empecé a preocuparme. Pronto nos tocaría marcharnos también a nosotros.
Mientras tanto, se han ido quedando libres otros pisos del inmueble, lo que me ha permitido trasladarme al ático. Ahora subo más escaleras que antes pero, en los días soleados, aún puedo salir a la terraza y oír los ruidos de la ciudad. Los autobuses, las personas que pasean a sus perros, los policías que controlan el tráfico, todos parecen indiferentes, ajenos a lo que sucede. Desde aquí, la calle parece la maqueta de un proyecto de ciudad feliz. Contemplando el paisaje desde la ventana, me olvido por un momento de la desazón que bulle en el interior del edificio, de la sorda invasión que se desliza escaleras arriba y de que, en algún momento, no sé cuándo, llegará hasta donde estoy.



PEÑALTA CATALÁN, Rocío (2014): "Cosas que ocurren en la ciudad. Tres textos de Andar por casa" [en línea]. En: Ángulo Recto. Revista de estudios sobre la ciudad como espacio plural, vol. 6, núm. 1, pp. 133-138. En: http://www.ucm.es/info/angulo/volumen/Volumen06-1/textos03.htm. ISSN: 1989-4015

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